Capítulo 10
El sábado me despertó el murmullo de Emily al otro lado de la puerta.
No distinguí las palabras, solo su entonación conspiradora y, poco después, uno de los grititos con los que Adam llevaba varias semanas anunciando al mundo que estaba despierto y dispuesto a ser atendido.
Abrí los ojos. La claridad entraba por las cortinas de la habitación y dejaba una franja dorada sobre la cuna.
La cuna estaba vacía.
Me incorporé con tanta rapidez que la sábana terminó en el suelo.
—¡Emily!
La puerta se abrió antes de que pudiera levantarme. Emily apareció con Adam en brazos. Mi hijo llevaba el pijama azul que le había puesto la noche anterior y un gorro de papel torcido sobre una oreja. En la parte delantera habían escrito con rotulador: “Ayudante oficial”.
—Tu madre se asusta con una facilidad preocupante —le comentó Emily—. Tendremos que explicarle que un hombre de seis meses puede salir de su habitación sin pedir permiso.
—¿Por qué te lo has llevado?
—Porque necesitaba su colaboración.
Adam me recibió agitando los brazos. Emily lo dejó sobre la cama y él se lanzó hacia mí con esa combinación de entusiasmo y falta de equilibrio que convertía cada movimiento suyo en un pequeño accidente.
Lo sujeté antes de que se golpeara con mi hombro y besé sus mejillas.
—¿Colaboración para qué?
—Ven a desayunar cuando estés lista.
—Emily...
—Y ponte algo bonito.
Desapareció sin ofrecer más explicaciones.
Miré a Adam. Él se quitó el gorro, lo aplastó entre las manos y trató de llevárselo a la boca.
—Tú sabes algo —le dije—. Y ya te han comprado con comida.
Su respuesta fue una burbuja de saliva.
Encontré sobre la silla un vestido que no había dejado allí. Era mío, uno de los pocos que metí en la maleta al salir de Ucrania: rosa maquillaje, de manga larga, sencillo y bastante más elegante que la ropa que usaba a diario. Emily lo había planchado. Encima colocó una nota.
“No admito pantalones de trabajo en una ocasión importante.”
Volví a leerla sin comprender. Después abrí el armario para buscar una chaqueta y descubrí que mis zapatillas tampoco estaban. En su lugar, aguardaban los botines que había comprado de segunda mano para la entrevista en Bellew Art Capital.
Media hora más tarde entré en la cocina con Adam apoyado en la cadera. Emily se había puesto un vestido color mostaza y unos pendientes de perlas. Sobre la mesa no había desayuno, salvo dos tazas de té y una rebanada de pan mordisqueada.
—Estás muy elegante —le comenté.
—Y tú también. Aunque tienes cara de estar a punto de llamar a la policía.
—Alguien ha secuestrado a mi hijo esta mañana.
—Ha participado por voluntad propia. Incluso intentó comerse el material de oficina.
Se acercó a Adam, le ajustó el gorro y contempló satisfecha su obra. Luego abrió un cajón y sacó un sobre blanco. Mi nombre aparecía escrito con su caligrafía redondeada.
—Feliz cumpleaños, cariño.
No reaccioné enseguida. Recordé qué día era al despertar, por supuesto, pero llevaba varias semanas apartando la fecha cada vez que se acercaba a mis pensamientos.
Cumplir años pertenecía a otra vida: a mi madre telefoneándome antes de que amaneciera, a los bollos de cereza que horneaba incluso cuando no conseguía harina suficiente, a mis compañeros del laboratorio fingiendo que habían olvidado la fecha mientras escondían flores en la sala de análisis.
Aquel año no quería contar el tiempo. No quería pensar en todo lo que había cambiado entre un cumpleaños y el siguiente.
—¿Cómo lo sabías?
—El martes me pediste que guardara tus documentos mientras ibas a comprar pañales. No estaba husmeando —aclaró—. Tu pasaporte se abrió solo cuando lo metí en la caja.
Bajé la vista hacia el sobre.
—No tenías que hacer nada.
—Ya lo sé.
—Ni siquiera pensaba comentarlo.
—También lo sé.
—Entonces...
—Entonces comprendí que necesitabas celebrarlo.
Pronunció aquellas palabras con naturalidad, sin compadecerme. Eso fue lo que me desarmó. Acerqué a Adam a mi pecho y hundí la nariz en su gorrito para ocultarme unos segundos.
—Mi madre siempre me preparaba un pastel de miel —expliqué—. Aunque yo le decía que ya era mayor para esas cosas. Hoy no me ha llamado aún. Tienen problemas con las comunicaciones.
—Las madres no creen que sus hijos sean mayores. Yo todavía le pregunto a Rachel si lleva paraguas cuando llueve en Londres.
—En Londres siempre llueve.
—Por eso mi pregunta es muy sensata.
Me entregó el sobre. Dentro había una tarjeta con unas flores pintadas y tres palabras escritas bajo la felicitación impresa.
“Hoy eliges tú.”
—¿Qué significa?
—Que vamos a salir. Puedes elegir dónde.
—Podría cocinar algo especial.
—No.
—Emily, me apetece.
—Y a mí me apetece no lavar cacerolas en tu cumpleaños. Hoy comemos fuera.
—Pero...
—Nadia, llevo sesenta y seis años perfeccionando mi terquedad. No vas a vencerme antes del té.
Acabó llevándonos a Howth porque, según ella, nadie debía pasar su primer cumpleaños en Dublín sin ver el mar.
Protesté por el gasto del tren, por el restaurante que parecía haber reservado y por la enorme bolsa que escondió bajo el cochecito. Emily ignoró las tres objeciones.
Durante el trayecto, Adam se dedicó a sonreír a todo el vagón.
Una niña de unos cuatro años se acercó para enseñarle un conejo de peluche y él intentó arrebatárselo.
Su madre se disculpó; yo también; Emily resolvió la disputa anunciando que Adam aún no conocía las leyes irlandesas sobre la propiedad privada.
—Tiene cara de pirata —decidió la niña.
—Su padre era cosaco —dije.
La niña aceptó aquella información con enorme seriedad y regresó junto a su madre.
Cuando bajamos, el aire olía a sal, pescado y pan caliente. Las gaviotas daban vueltas sobre el puerto con una audacia que Emily consideraba delictiva.
Cerró bien la bolsa del cochecito y me advirtió que podían robar un almuerzo entero sin perder velocidad.
Paseamos junto a los barcos. El cielo estaba despejado, aunque el viento levantaba pequeñas olas grises y me obligaba a sujetarme el pelo.
Emily empujaba el cochecito y hablaba con Adam sobre cada embarcación, cambiándoles el nombre a todas. Una pasó a llamarse “La bañera de san Patricio”; otra, “La herencia malgastada”; una tercera, mucho más lujosa, quedó bautizada como “La compensación por un marido insoportable”.
Me reí tanto que tuve que detenerme.
—¿Qué? —me preguntó ella—. Mira ese barco. El dueño tiene una bufanda amarilla y está dando órdenes desde tierra. Sé reconocer a un hombre insoportable.
—No puede juzgar a una persona por su bufanda.
—Claro que puedo. Para eso he vivido más que tú.
Seguimos hasta el extremo del muelle. Allí sacó de la bolsa una manta, dos termos y un paquete envuelto. La observé extenderlo todo en un banco protegido del viento.
—Había dicho que comeríamos fuera.
—Esto no es la comida. Es el aperitivo.
—¿También hay aperitivo?
—Los cumpleaños irlandeses son agotadores.
En uno de los termos había chocolate caliente. En el otro, leche templada para Adam. El paquete contenía tres bollos de canela que Emily había comprado antes de que yo despertara. Colocó una vela diminuta en el mío y trató de encenderla, pero el viento apagó cuatro cerillas.
—Podemos imaginar que está encendida —le propuse.
—Eso es rendirse.
—Es una vela, Emily.
—Es tu vela.
Se levantó, usó su propio cuerpo para proteger la llama y consiguió encenderla al quinto intento. Volvió al banco con el cabello revuelto y una expresión triunfal.
—Rápido. Antes de que el clima irlandés vuelva a intervenir.
Miré aquella llama minúscula. Adam golpeaba la barra del cochecito con ambas manos.
Emily empezó a cantar “Cumpleaños feliz” en voz muy baja y terminó tarareando porque no sabía cómo encajar mi nombre en la melodía.
Cerré los ojos.
No pedí volver atrás. Tampoco pedí recuperar mi empleo, mi casa ni la seguridad con la que antes planeaba el futuro.
Pedí que Adam creciera sin miedo. Pedí conservar aquella habitación de paredes color terracota y las mañanas en las que Emily discutía con la tetera.
Pedí tener fuerzas para construir algo que no dependiera de la bondad de nadie, aunque la bondad de aquella mujer me hubiera salvado.
Apagué la vela.
—¿Qué has pedido? —quiso saber Emily.
—Si lo digo, no se cumplirá.
—Muy bien. Veo que en Ucrania tenéis normas razonables.
El almuerzo fue en un restaurante pequeño frente al puerto. Había reservado una mesa amplia para poder colocar el cochecito, pero Adam se negó a permanecer dentro en cuanto vio llegar la comida.
Terminó sentado en una trona, con un babero que el camarero nos prestó y una cuchara de silicona que golpeó contra la mesa durante casi una hora.
Pedimos sopa de pescado y pan moreno. Yo elegí el plato más barato; Emily llamó al camarero y añadió ostras, salmón y una copa de vino para cada una.
—No sé comer ostras —confesé.
—Yo tampoco. Pero Megan decía que eran sofisticadas.
El nombre de su nieta ya no borraba por completo su sonrisa.
Aún hacía una pausa al pronunciarlo, aunque cada vez me contaba más cosas de ella: su costumbre de perder las llaves, el horror que sentía por las pasas, los mensajes que enviaba a medianoche cuando bebía con sus amigas y la imaginaba en casa, preocupada.
—Le habría encantado Adam —aseguró, mientras le limpiaba la barbilla—. Y tú también.
—Me habría gustado conocerla.
—Creo que os parecéis un poco.
—¿También limpiaba oficinas? —bromeé.
—No. También fingía que no necesitaba que nadie la cuidara.
No encontré una respuesta que no estropeara el momento. Emily alargó la mano sobre la mesa y tomó la mía.
—No tienes que contarme qué pensabas hacer hoy si no nos hubiéramos conocido.
La sopa dejó de interesarme.
—Nada —admití—. Trabajar por la noche. Quizás comprar un pastelito para compartir con Adam, aunque él no pudiera comerlo.
—Eso no es nada. Algo más harías…
—Preocuparme. He de reconocer que vivo mucho más tranquila ahora. Ese es el mejor regalo que podías hacerme.
—Pero no será el único —me aseguró.
Después del almuerzo caminamos por una calle de tiendas pequeñas.
Me detuve ante un escaparate lleno de libros usados y grabados.
Había una reproducción antigua del puerto de Odesa entre dos paisajes irlandeses.
No era valiosa ni especialmente hermosa, pero reconocí el contorno de la costa y los edificios pálidos al fondo.
Entré solo para mirarla mejor.
Emily se quedó detrás de mí mientras estudiaba la impresión. La tinta se había debilitado en los márgenes y el papel tenía una mancha de humedad.
—¿Es tu ciudad?
—No. Yo nací más al norte. Pero fui varias veces. Antes.
No necesitaba explicar qué significaba aquella última palabra.
Abandonamos la tienda sin comprar nada. Diez minutos más tarde, Emily afirmó que había olvidado el paraguas dentro y regresó sola. Su excusa era pésima: no había llevado paraguas.
La esperé junto a un puesto de flores, sonriendo.
—Podrías esforzarte un poco más cuando intentas engañarme —le dije al verla salir con un paquete plano bajo el brazo.
—A mi edad una administra las energías.
—No quiero que sigas comprándome cosas.
—Esto no es para ti. Es para la pared de mi casa.
—La pared de mi habitación, ¿no?
—La casa es mía, por tanto la pared también. Jurídicamente no tienes ningún argumento.
Antes de tomar el tren de regreso, compró un pastel pequeño de miel en una panadería.
No era igual al que preparaba mi madre; llevaba crema de limón y unas abejas de azúcar en la parte superior.
Aun así, al abrir la caja en la cocina aquella tarde, tuve que respirar varias veces antes de llamarla y eso que ignoraba si conseguiría contactar.
Mi madre respondió al segundo tono.
— Z diújom narodzhennia, miłości moja (Feliz cumpleaños, amor mío).
Emily permaneció fuera del encuadre mientras le enseñaba el piso. Mi madre vio la habitación, la cuna y el zorro de trapo de Adam. Después le pedí a Emily que se acercara.
Las dos se miraron a través de la pantalla. Ninguna hablaba el idioma de la otra. Yo empecé a traducir, pero Emily me indicó que esperara.
—Su hija es muy valiente —dijo despacio—. Y su nieto se ha apropiado de mi casa.
Traduje. Mi madre se llevó una mano a los labios. Respondió en ucraniano, con los ojos llenos de lágrimas.
—Dice que nunca podrá agradecerte lo que has hecho por nosotros.
Emily aguardó mi traducción y negó con firmeza.
—Dile que tú también has hecho mucho por mí.
Aquella noche cenamos pastel de miel. Emily insistió en colocar otra vela porque la del puerto, según ella, no ardió el tiempo reglamentario. Adam terminó con crema en la nariz y una abeja de azúcar pegada en la manga. Reímos, hicimos fotografías y enviamos una a mi madre.
Cuando fui a acostarme, encontré el grabado de Odesa apoyado sobre la cómoda. Emily aún no había comprado un marco. Lo había dejado allí para que fuera lo primero que viera al entrar.
Me senté junto a la cuna. Adam dormía boca arriba, con una mano abierta a la altura de la cabeza. El zorro descansaba a sus pies.
Aquel cumpleaños no se parecía a ninguno de los anteriores.
No había celebrado la vida que perdí, sino la que empezaba a reunir pieza a pieza: mi hijo, una mujer que había decidido quererme sin hacer preguntas, un empleo que me acercaba al arte aunque nadie supiera todavía cuánto significaba para mí.
Fuera, Emily cerró un armario y protestó al descubrir que yo había lavado las tazas antes de subir.
Sonreí. Por primera vez desde que había abandonado Ucrania, cumplir años no me pareció una cuenta de todo lo que faltaba. También podía ser una forma de contar lo que permanecía.