El secreto de Nadia Capítulo 9
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Capítulo 9

El viernes llegué a Bellew Art Capital y encontré a Nessa Mandeville discutiendo por teléfono en mitad del vestíbulo.

Llevaba un vestido verde oscuro que le dejaba los hombros descubiertos, el cabello recogido y unos pendientes de esmeraldas que brillaban cada vez que volvía la cabeza. A su alrededor, varios empleados trasladaban cajas de copas y bandejas hacia los ascensores.

Aquella noche se celebraba una recepción para inversores y coleccionistas. El fondo presentaría las adquisiciones del trimestre y anunciaría la apertura de una nueva línea dedicada a manuscritos y joyería histórica.

El catering llevaba toda la tarde preparando la cocina de apoyo, los bares y las mesas de la quinta planta; a las siete llegarían cerca de sesenta invitados.

—No me importa que hayan sufrido un accidente —replicó Nessa a la persona que hablaba al otro lado del teléfono—. Naturalmente que me preocupa su estado, pero necesito una solución. Envíen a otros camareros.

Escuchó la respuesta mientras apretaba el puente de la nariz.

—¿Cómo que no tienen a nadie? Hemos contratado un servicio completo.

Colgó y llamó de inmediato a otro número. Chloe se acercó para explicarnos que una furgoneta en la que viajaban cuatro camareros había chocado de camino al edificio.

Ninguno estaba grave, pero los habían trasladado al hospital para realizarles pruebas. La empresa de catering tenía al cocinero, dos ayudantes y un encargado en Bellew Art Capital, aunque se había quedado sin la mitad del personal de sala.

—Pues que contraten gente de otra empresa —ordenó Nessa después de terminar la segunda llamada.

—Un viernes por la noche y con una hora de margen será complicado —le advirtió Chloe.

Serena apareció a mi lado con el uniforme de trabajo y el carro. Observó las cajas apiladas, a Nessa y los cuatro portatrajes que una empleada del catering había dejado en recepción.

—Nosotras podemos hacerlo —propuso.

Volví la cabeza hacia ella, convencida de haber oído mal.

—¿Qué has dicho? —le preguntó Nessa.

—Que Nadia y yo podemos servir las copas. Si nos valen los uniformes de las chicas que no han llegado, claro. El catering ya los había traído.

—No somos camareras —le recordé.

—Tampoco somos astronautas y estoy segura de que, con quince minutos de formación, podría pilotar algo pequeño.

Nessa examinó a Serena y después dirigió la atención hacia mí. La idea no parecía gustarle, pero las puertas del ascensor continuaban abriéndose para dejar pasar proveedores y faltaba menos de una hora para la llegada de los invitados.

—¿Habéis trabajado alguna vez sirviendo en una recepción?

—Yo sí —mintió Serena con soltura—. Nadia aprende rápido.

—Nunca he llevado una bandeja —admití.

Mi compañera me dio un codazo.

—Pero tienes un equilibrio magnífico.

Nessa consultó la hora.

—Probaos los uniformes. Si os sirven, el encargado del catering os explicará qué debéis hacer. Esta noche representaréis a la empresa, así que procurad no conversar con los invitados ni expresar opiniones que nadie os haya pedido.

La última advertencia estaba dirigida a mí. Asentí y recogí uno de los portatrajes.

—Sí, señora Mandeville.

Serena esperó hasta que entramos en el vestuario para llevarse una mano al pecho.

—“Procurad no expresar opiniones”. La marquesa de la alfombra ha hablado.

—¿Por qué nos has ofrecido?

—Porque nos pagarán horas extra, comeremos lo que sobre y estoy cansada de vaciar papeleras. Además, servir copas está chupado.

El uniforme consistía en un pantalón negro, una camisa del mismo color y un chaleco ajustado con botones forrados.

El mío me quedaba bien, aunque tuve que doblar el bajo del pantalón. Serena aseguró que parecía una camarera de un hotel de lujo y se dio dos vueltas delante del espejo para comprobar su propio aspecto.

El encargado del catering nos condujo hasta la cocina de apoyo y nos enseñó a distribuir las copas sobre la bandeja, mantenerla a la altura adecuada y recoger los vasos usados sin mezclar ambos servicios. Después colocó seis copas llenas de agua y nos obligó a recorrer el pasillo.

Serena avanzó primero. Llegó hasta el final sin derramar una gota, hizo una reverencia y trató de girar con rapidez. Dos vasos chocaron y el agua le empapó la camisa.

—El giro artístico aún necesita trabajo —reconoció.

Cuando llegó mi turno, sujeté la bandeja con ambas manos.

—Solo una —me corrigió el encargado—. La otra debe quedar libre para servir.

—Se caerá.

—No si mantienes el brazo firme y evitas mirar las copas.

Serena caminó a mi lado durante el segundo intento y fingió ser una invitada insoportable. Me pidió champán, se cruzó delante de mí y simuló tropezar con unos zapatos imaginarios.

—¿Todo eso puede ocurrir? —le pregunté.

—A partir de la tercera copa, ocurrirán cosas peores.

Tras varios recorridos conseguí transportar la bandeja sin perder ninguna copa. El encargado nos asignó la zona principal: Serena serviría champán y yo ofrecería vino y agua. Los camareros profesionales se ocuparían de los canapés y de atender a los invitados importantes.

La quinta planta se transformó antes de las siete. Las puertas entre varias salas quedaron abiertas para crear un espacio amplio, y las piezas seleccionadas para la presentación ocupaban pedestales y vitrinas protegidas.

Había dos paisajes del siglo XIX, una colección de miniaturas, varias joyas georgianas y un manuscrito expuesto bajo una cubierta de cristal. Un cuarteto de cuerda afinaba sus instrumentos en un extremo de la sala.

Ryan apareció pocos minutos antes de que llegaran los primeros invitados. Vestía un esmoquin negro y una camisa blanca; se detuvo para hablar con el encargado, comprobó la colocación de una pintura y saludó a los músicos. Cuando pasó cerca de nosotras, Serena levantó la bandeja.

—¿Champán, señor Bellew?

Él tomó una copa y me reconoció al volver la cabeza.

—Veo que habéis cambiado de departamento.

—Solo esta noche —le expliqué—. Faltan varios camareros.

Su atención se demoró en el chaleco, el cabello que me había recogido en un moño bajo y la bandeja que sostenía con excesiva prudencia.

—¿Has hecho esto antes?

—No, señor Bellew.

—Entonces procuraré no cruzarme delante de ti.

La diversión que asomó en sus ojos consiguió que aferrara con más fuerza el borde de la bandeja.

—Se lo agradecería.

Ryan se alejó para recibir a una pareja. Serena esperó unos segundos antes de acercarse.

—Se ha parado…

—Ha comprobado que no fuera a lanzarle el vino encima.

—Te ha comprobado con bastante profundidad.

—Sirve tus copas.

Los invitados llenaron las salas en menos de media hora.

Al principio avancé con tanta concentración que apenas distinguía sus rostros; después aprendí a detenerme a la distancia adecuada, ofrecer la bandeja y retirarla sin interrumpir las conversaciones.

Algunos me daban las gracias, otros tomaban una copa sin reparar en mi presencia y varios dejaban los vasos usados en la bandeja de bebidas nuevas.

Nessa se movía entre ellos con fingida amabilidad.

Sonreía, recordaba los nombres de los cónyuges y presentaba a cada persona ante quienes podían interesarle.

Junto a Ryan formaba una pareja imponente: él atraía a los invitados con su cercanía; ella dominaba los detalles de las operaciones y conducía cada conversación hacia el terreno que le convenía.

En un momento de descanso entré en la cocina para cambiar la bandeja. Serena estaba comiendo un canapé de salmón detrás de una columna.

—El primero ha sido por accidente —me explicó con la boca llena—. Los otros tres, por solidaridad.

—Nos han pedido que no comamos durante el servicio.

—También nos pidieron experiencia y aquí estamos.

Regresé a la sala con varias copas de agua. Un hombre de cabello canoso retrocedió sin mirar y chocó con mi hombro. La bandeja se inclinó; corregí el peso con la mano libre, aunque una copa cayó sobre el suelo y se hizo añicos.

Ryan se acercó antes de que pudiera agacharme.

—¿Te has cortado?

—No.

—Entonces no toques los cristales.

Avisó a otro de los camareros y pidió que acordonaran la zona hasta retirarlos. El hombre que había tropezado conmigo se disculpó, pero Nessa llegó atraída por el ruido y contempló la copa rota.

—Te pedí que fueras cuidadosa —me recriminó.

—Un invitado chocó conmigo.

—La función del servicio consiste precisamente en anticiparse a los movimientos de los invitados.

Ryan desvió la atención hacia ella.

—Ha sido un accidente, Nessa.

—Uno que podría haber terminado con alguien herido.

—No ha ocurrido.

Nessa me señaló la puerta de la cocina.

—Ve a buscar otra bandeja y procura que sea la última copa que rompes.

—Sí, señora Mandeville.

Me marché antes de que la vergüenza se reflejara en mi cara. En la cocina, apoyé la bandeja sobre una mesa y respiré varias veces.

Había sufrido gritos, amenazas y una expulsión; aun así, aquella corrección delante de Ryan y de los invitados consiguió reducirme por unos instantes a una empleada torpe que ocupaba un lugar prestado.

Serena entró poco después.

—La muy hija de puta podría haberse tragado una esmeralda y ahorrarnos verla.

—Tiene razón en que alguien podía haberse cortado.

—Y tú tienes razón en que no te crecieron ojos en la nuca. No la defiendas.

Regresamos al servicio. Evité acercarme a Nessa y concentré la atención en los invitados.

Ryan me observó en dos ocasiones, aunque no volvió a intervenir. Al final de la presentación pronunció un discurso breve sobre la nueva línea de inversión y agradeció la confianza de quienes habían acompañado al fondo desde su fundación.

Nessa permaneció a su lado; cuando él mencionó el trabajo del equipo, colocó una mano sobre su brazo y sonrió a los fotógrafos.

La recepción comenzó a vaciarse cerca de las diez. Varios invitados permanecieron en grupos pequeños, terminando sus copas mientras los camareros retiraban las bandejas.

Serena desapareció camino del aseo y me dejó recogiendo vasos en la sala principal.

Tardó más de diez minutos en regresar. Cuando apareció, llevaba la bandeja pegada al pecho y el color había desaparecido de su rostro.

—Ven conmigo —me ordenó.

—Tengo que terminar esta mesa.

—Ahora, Nadia.

La seguí hasta la cocina de apoyo. Serena cerró la puerta y comprobó que el encargado estaba ocupado al otro lado del pasillo.

—Acabo de ver a Nessa besándose con uno de los inversores.

Pensé que se trataba de otra de sus exageraciones.

—¿Qué dices?

—Lo que has oído. En el corredor que lleva a los baños, detrás de la puerta del almacén. No era un beso de saludo ni uno de esos besos finos de gente rica. Lo tenía agarrado por las solapas y él llevaba una mano debajo de su chaqueta.

—Te habrás confundido de mujer.

—Nadia, era Nessa. Ese vestido verde puede verse desde otro país.

—Ryan está a pocos metros.

—Ya lo sé.

—Quizás ellos…

—¿Tienen una relación abierta? Pues podrían haber avisado, porque toda la empresa lleva meses esperando que anuncien su compromiso. Y ella ha pasado la noche pegada al brazo de Ryan mientras se escondía para besar a otro.

—¿Quién era el hombre?

—El de la corbata granate. Ha estado hablando con ellos durante toda la recepción.

Lo recordé. Tendría unos cuarenta y cinco años, cabello rubio oscuro y un acento inglés muy marcado. Había llegado acompañado por dos asesores, aunque no por una pareja. Durante el discurso de Ryan ocupó la primera fila y aplaudió antes que nadie.

—¿Te han visto? —le pregunté.

—Nessa no. Él levantó la cabeza y creo que sí, pero me marché antes de averiguarlo.

Serena comenzó a caminar por la cocina, incapaz de contener la agitación.

—Te juro por mi madre que los vi. Si estoy mintiendo, que me condenen a limpiar su despacho durante el resto de mi vida.

La puerta se abrió y ambas interrumpimos la conversación. Ryan entró buscando una botella de agua. Había aflojado la pajarita y sostenía el teléfono en una mano.

—¿Todo bien? —nos preguntó.

—Perfectamente —respondió Serena con una voz demasiado aguda.

Nos miró durante un segundo, tomó la botella y regresó a la recepción.

Mi compañera esperó a que sus pasos se alejaran.

—¿Ves? —susurró—. Encima él va por ahí confiado, agradeciendo a todo el mundo que haya venido. Me dan ganas de agarrarlo y explicárselo.

—No vas a hacerlo.

—¿Por qué no?

—Porque no sabemos qué relación tienen ni qué has visto exactamente. Y porque nosotras somos las limpiadoras que hoy sirven copas. Nadie nos agradecerá que nos metamos en su vida.

Serena no quedó convencida, aunque aceptó guardar el secreto. Salimos de la cocina por separado y continuamos recogiendo.

Nessa regresó a la sala unos minutos después. Su peinado seguía intacto y el vestido no mostraba ninguna arruga. Se acercó a Ryan, le entregó una copa y le habló al oído. Él sonrió ante lo que le decía y apoyó una mano en su cintura.

Busqué al hombre de la corbata granate. Estaba cerca del ascensor, conversando con otros inversores. Antes de marcharse, volvió la cabeza hacia Nessa. Ella no respondió a su mirada, pero los dedos que sostenían la copa se cerraron con fuerza alrededor del tallo.

Serena había dicho la verdad. Y Ryan Bellew no sospechaba nada.