Capítulo 8
Durante el desayuno del día siguiente, Emily me pidió que dejara de tratarla de usted.
Lo hizo después de que le preguntara si quería otra taza de café y antes de responder se quitó las gafas, las dejó sobre la mesa y me señaló con la cucharilla.
—Llevas cuatro días viviendo en mi casa, cocinas para mí y me has confiado a tu hijo. Si vuelves a hablarme de usted, empezaré a pensar que necesitas recordarme que soy vieja.
—Es una forma de respeto.
—Respétame recogiendo tus calcetines del radiador. Para lo demás, me llamo Emily y puedes tutearme.
Intenté explicarle que en Ucrania siempre había utilizado un tratamiento más formal con las personas mayores, pero aquella precisión empeoró mi defensa.
Emily alegó que seis décadas y media no la convertían en una reliquia y que, si insistía, empezaría a llamarme “señora Danylenko” delante de Adam.
—De acuerdo —acepté—. Te tutearé.
—¿Ves? No ha ocurrido ninguna catástrofe.
—Todavía es pronto.
La satisfacción de Emily duró hasta que Adam volcó el cuenco de fruta sobre la mesa.
Una porción de plátano aterrizó en su manga y el niño comenzó a golpear la bandeja de la trona, encantado con el resultado. Ella lo acusó de sabotear un momento importante y prometió enseñarle modales antes de que pudiera andar.
Pasé la mañana preparando varias solicitudes de empleo, aunque el horario de Bellew Art Capital complicaba la búsqueda de un segundo trabajo.
Las ofertas matinales exigían disponibilidad hasta bien entrada la tarde y las de jornada completa se solapaban con mi contrato. Emily me recordó que apenas acababa de empezar y me aconsejó esperar antes de llenar todos los minutos del día.
A las cinco y media llegué a la empresa. Encontré el vestíbulo ocupado por empleados que trasladaban carpetas, bandejas y arreglos florales.
Dos vigilantes comprobaron las salas de la quinta planta, mientras un técnico ajustaba la iluminación de varias pinturas instaladas aquella mañana.
Serena apareció empujando su carro y llevando una caja de copas vacías sobre la cabeza.
—Hoy viene una clienta que podría comprar el edificio, despedirnos y convertirlo en un establo sin revisar antes su cuenta bancaria —me informó—. Así que procura que hasta el polvo tenga buena presencia.
Bajó la caja y me explicó que la visitante era la señora Armitage, una coleccionista británica que había heredado pinturas, miniaturas, joyas y manuscritos de varias generaciones de su familia.
Deseaba desprenderse de una parte de la colección, y Bellew Art Capital competía con dos fondos extranjeros para conseguir la operación.
—Llevan semanas preparando esta visita —continuó—. Nessa ha revisado personalmente hasta el jabón del aseo. Ayer retiró unas flores porque el color no combinaba con un retrato.
—¿Eso influye en una venta?
—Según ella, todo influye. Según yo, la señora Armitage venderá a quien le pague más y le dé mejor champán.
La planta debía permanecer recogida durante toda la reunión. Serena y yo nos ocuparíamos de retirar el servicio cuando terminaran, además de atender cualquier incidencia en las zonas comunes.
Subimos poco antes de las seis y encontramos a Nessa comprobando la disposición de los documentos sobre una mesa. Llevaba un traje azul oscuro y el cabello recogido; cada vez que detectaba una mínima desviación, movía el objeto unos centímetros.
Al verme entrar con el carro, señaló una puerta lateral.
—Déjalo allí. La señora Armitage no debe encontrarse material de mantenimiento al salir.
—Sí, señora Mandeville.
—Y no os acerquéis a la sala hasta que termine la reunión. Si necesitáis pasar, utilizad el corredor de servicio.
Ryan salió de uno de los despachos con varias fotografías bajo el brazo. Vestía un traje negro, aunque había prescindido de la corbata, y discutía por teléfono sobre los resultados de unos análisis. Al cruzarse conmigo redujo el paso y señaló el carro oculto tras la puerta.
—Veo que Nessa también ha desterrado vuestros utensilios.
—Solo hasta que se marche la visita, señor Bellew.
—Si el trato fracasa por culpa de una fregona, tendremos problemas empresariales mucho más graves.
Su comentario me arrancó una sonrisa. Ryan se despidió con un movimiento de cabeza y entró en la sala. Nessa lo siguió después de recordarme que el corredor debía permanecer despejado.
—Te ha hecho una broma —murmuró Serena cuando ambos desaparecieron.
—Ha hablado de una fregona.
—Por algún sitio se empieza.
La señora Armitage llegó acompañada por una asesora y un abogado. Era una mujer alta, de cabello blanco y movimientos enérgicos, que caminaba con un bastón de empuñadura dorada sin apoyarse realmente en él.
Llevaba prendido en la solapa un broche ovalado, formado por un retrato en miniatura rodeado de diamantes pequeños. Lo vi durante unos segundos antes de que las puertas de la sala se cerraran.
La reunión se prolongó más de dos horas. Serena y yo trabajamos en las otras plantas, aunque ella encontró motivos para pasar varias veces cerca del corredor de servicio.
Regresaba con informaciones obtenidas de camareros, asistentes y empleados: la señora Armitage había rechazado la primera valoración, Nessa defendía una adquisición conjunta y Ryan intentaba convencerla de dividir la colección en varios lotes.
Poco antes de las nueve, Nessa salió de la sala y caminó hacia su despacho. Cuando regresó llevaba el abrigo y el bolso.
—Ryan, tengo que marcharme —le comunicó desde la puerta—. Mi madre lleva media hora esperando en el restaurante.
—Pensaba que la cena era mañana.
—La cambiaron esta tarde. Te envié un mensaje.
Ryan consultó el teléfono y frunció el ceño al encontrarlo.
—Ve. Yo terminaré con Armitage.
Nessa le recordó dos cifras y bajó la voz para añadir algo que no alcancé a escuchar.
Después se acercó a él y le dio un beso breve; antes de marcharse, recorrió el corredor con la atención de quien espera descubrir un fallo.
Serena fingió una extraordinaria dedicación a la limpieza de un interruptor.
—No se va nunca antes que él —me comentó en cuanto las puertas del ascensor se cerraron—. Esto es un acontecimiento histórico. Deberíamos poner una placa.
La reunión terminó cerca de las diez. La señora Armitage salió satisfecha, aunque no parecía haber firmado ningún acuerdo.
Ryan la acompañó hasta el ascensor y prometió enviar una propuesta revisada al día siguiente. Mientras esperaban, la mujer se llevó una mano a la solapa y sus dedos recorrieron la tela vacía.
—Mi broche —exclamó—. Lo llevaba al llegar.
Todos regresaron a la sala. La asesora revisó el bolso, el abogado miró debajo de la mesa y varios empleados inspeccionaron el corredor. La señora Armitage aseguró que la pieza perteneció a su tatarabuela y que jamás se la quitaba fuera de casa.
Serena y yo esperábamos junto a los carros cuando Ryan salió al pasillo.
—Nadie puede abandonar la planta hasta que aparezca —nos indicó—. Sé que vuestro turno ha terminado, pero os pagaremos este tiempo.
—Por supuesto, señor Bellew —le respondí.
Entramos en la sala después de que los invitados se trasladaran a un despacho. Las copas y las carpetas ocupaban la mesa, varias sillas estaban separadas y un chal descansaba sobre el respaldo de una de ellas.
Serena comenzó a mirar debajo de los muebles mientras yo examinaba el recorrido que la señora Armitage debió de seguir.
El broche llevaba un cierre antiguo y podía haberse desprendido al quitarse el abrigo o al sentarse.
Revisé la zona próxima a su silla, el suelo y los pliegues del chal. No encontré nada. Después observé el sillón situado frente a una mesa auxiliar, donde habían servido el café tras la negociación. El tapizado tenía una abertura estrecha entre el asiento y uno de los brazos.
Introduje los dedos, pero la profundidad no me permitía alcanzar el fondo. Pedí una linterna a Serena y dirigí la luz hacia la abertura. Un destello apareció entre el tejido y la estructura de madera.
—Está aquí.
Ryan entró al escucharme. Se agachó junto al sillón y trató de acceder al broche, aunque su mano tampoco cabía.
—Podemos desmontar el asiento —propuso.
—Espere. Quizás consiga moverlo sin rozar la miniatura.
Saqué del carro unas pinzas largas que utilizábamos para recoger objetos en espacios reducidos y cubrí los extremos con una gasa.
Después incliné el sillón unos centímetros, guie el broche hacia la abertura y lo sujeté por el borde metálico. Tardé varios minutos en extraerlo; cuando por fin lo conseguí, lo deposité sobre un paño doblado con el retrato orientado hacia arriba.
Ryan observó la pieza y luego mis manos.
—Has tenido más cuidado que algunos especialistas.
—Es antiguo. No sabía si el cierre podía desprenderse.
—La mayoría habría tirado de él hasta sacarlo.
—La mayoría no querría pagar los daños.
Una sonrisa breve modificó sus facciones antes de coger el paño por los extremos.
—Buen argumento.
Llevó el broche a la señora Armitage. Desde la sala escuchamos su exclamación de alivio y el relato de Ryan, que explicó dónde apareció sin atribuirse el hallazgo. La mujer entró poco después para darme las gracias. Quiso ofrecerme dinero, pero me negué a aceptarlo.
—Ha salvado usted una pieza muy querida —insistió.
—Solo la he encontrado.
—Y ha sabido tratarla mejor que yo. La próxima vez utilizaré un cierre moderno, aunque mi tatarabuela se revuelva en su tumba.
Se marchó cerca de las diez y media. El abogado y la asesora la acompañaron, y Ryan esperó hasta que el coche abandonó la entrada. Serena y yo terminamos de recoger la sala mientras él guardaba los documentos.
—¿Crees que venderá? —me preguntó Serena.
—No tengo forma de saberlo.
—Yo creo que sí. Después de recuperar el broche está enamorada de esta empresa. Podríamos pedir una comisión.
Ryan apareció en la puerta en ese momento.
—Si Armitage firma por el broche, os concederé a las dos el mérito.
Serena se volvió con una mano sobre el pecho.
—Señor Bellew, yo siempre he confiado en la operación.
Ryan soltó una carcajada y nos indicó que dejáramos el resto para el equipo de la mañana. Ya era demasiado tarde y la empresa pediría un taxi para llevarnos a casa. Serena aceptó encantada; yo traté de negarme porque todavía circulaban autobuses, pero él descartó mi protesta.
—La empresa te ha retenido fuera de tu horario. La empresa te lleva a casa.
—No es necesario, señor Bellew.
—No he dicho que sea necesario. He dicho que lo haremos.
El tono no fue autoritario, aunque dejaba poco margen para discutir. Asentí y guardé los guantes en el carro.
—Gracias.
—Gracias a ti por encontrar el broche, Nadia.
Pronunció mi nombre sin consultar la tarjeta. Recordé el comentario de Serena y aparté aquella observación antes de concederle una importancia que no tenía.
Mientras esperábamos el taxi, mi teléfono vibró. Emily me había enviado una fotografía de Adam dormido junto al zorro de tela y un mensaje escrito debajo:
“Tu hijo exige una explicación por el retraso. Yo también, pero él tiene peor carácter.”
Sonreí al leerlo.
—¿Algún problema? —me preguntó Ryan.
—No. Mi hijo se ha dormido y Emily me estaba informando.
Sus ojos descendieron un instante hasta la fotografía.
—No sabía que tuvieras un hijo.
—Tiene seis meses.
—Entonces alguien te espera despierto incluso cuando llegas tarde.
—Dos personas, en realidad. Emily tampoco sabe acostarse sin comprobar que he vuelto.
El ascensor llegó antes de que pudiera preguntarme quién era ella. Serena entró hablando sobre el precio que tendría un broche rodeado de diamantes y calculando cuántos años necesitaríamos trabajar para comprarlo.
Al salir del edificio, Ryan sostuvo la puerta y se despidió. El coche aguardaba junto a la acera; Serena ocupó el asiento delantero y me dejó la parte trasera para continuar interrogando al conductor sobre su vida.
Durante el trayecto contemplé la fotografía de Adam otra vez. Aquel día había empezado con una discusión sobre el tuteo y terminaba después de recuperar una joya que habría pagado muchas vidas distintas a la mía.