Capítulo 7
A la mañana siguiente, Emily decidió que mi segundo día como mujer empleada debía comenzar con una excursión al parque.
Presentó la idea durante el desayuno, mientras repartía trozos de plátano en un plato y Adam los aplastaba con los dedos antes de llevárselos a la boca.
—Necesitas conocer algo de Dublín que no sea un centro de acogida, una pensión o tu lugar de trabajo —me explicó—. De lo contrario, acabarás pensando que esta ciudad solo contiene habitaciones prestadas y hombres con traje.
—También conozco el supermercado.
—Eso mejora mucho la situación.
Había conseguido un cochecito de bebé aquella misma mañana. Pertenecía a la vecina del piso superior, cuyo nieto ya caminaba y consideraba ofensivo que alguien intentara sentarlo.
Emily lo bajó al salón antes de que yo despertara y lo examinó con la minuciosidad de una inspectora: comprobó los frenos, lavó la funda y añadió una manta que combinaba con el zorro de tela.
—No podemos aceptar todo lo que nos ofrecen —protesté al encontrarlo junto a la puerta.
—No lo hemos aceptado. Nos lo han prestado durante unos meses.
—Eso sigue siendo aceptar algo.
—Vas mejorando. Ayer rechazabas una casa; hoy solo discutes por un cochecito.
Preparé bocadillos de pollo y queso, una ensalada de patatas y un termo con café.
Emily añadió galletas, dos porciones de tarta y una bolsa de pan duro que, según aseguró, no tenía intención de utilizar para alimentar a ningún animal.
La escondió en el fondo del bolso mientras me observaba, anulando cualquier credibilidad.
Fuimos hasta St Stephen’s Green en autobús. Adam contempló a los pasajeros desde el cochecito y sonrió a una mujer que ocupaba el asiento contrario.
Antes de llegar a la segunda parada ya había conquistado a media fila; un hombre le ofreció las llaves para que jugara, una adolescente le enseñó fotografías de su perro y Emily explicó a todos que se trataba de su nuevo compañero de piso.
—No necesitan conocer nuestra situación —le murmuré.
—No he contado nada privado. Solo he dicho que eres restauradora, ucraniana, excelente cocinera y demasiado orgullosa para tu propio bien.
—Eso es prácticamente una biografía.
—He omitido tu edad. Soy muy discreta.
El parque estaba lleno de familias, corredores y empleados que aprovechaban el descanso del mediodía.
Los senderos conservaban la humedad de la lluvia, pero el cielo se había abierto y una luz pálida se extendía sobre el césped.
Encontramos un banco cerca del estanque, no demasiado próximo al agua, y Emily colocó una manta sobre la hierba para que Adam pudiera ponerse cómodo.
El niño quedó boca abajo, apoyado en los antebrazos, y dedicó varios minutos a intentar alcanzar su zorro. Cada vez que sus dedos rozaban la cola, Emily alejaba el juguete unos centímetros para animarlo a avanzar.
—Eso es cruel —le advertí.
—Es entrenamiento. Dentro de unos meses tendrá que perseguirme por el pasillo para impedir que le compre ropa.
—Ya le ha comprado una cuna y un juguete.
—La cuna es un mueble. El zorro es material educativo.
Adam consiguió agarrarlo y lo celebró llevándoselo a la boca. Emily aplaudió con tal entusiasmo que una pareja sentada cerca volvió la cabeza. Después sacó la bolsa de pan del bolso y se encaminó hacia el estanque.
—Dijo que no alimentaría a los animales.
—No lo he dicho. Solo expliqué que el pan no tenía esa finalidad.
—¿Cuál tenía entonces?
—Darte tema de conversación.
La seguí mientras ella desmenuzaba el pan. Varias aves se acercaron a la orilla y Emily repartió los pedazos con una justicia discutible, favoreciendo a un pato de cuello verde que, según afirmó, tenía una expresión honrada.
Un empleado del parque apareció antes de que terminara la bolsa y señaló un cartel que prohibía alimentar a las aves.
—Lo siento —respondió ella, escondiendo el pan restante detrás de la espalda—. No lo había visto.
El cartel estaba a menos de un metro.
—Está justo delante de usted —repuso el hombre.
—Por eso no lo vi. A mi edad una empieza a desconfiar de todo lo evidente.
El empleado contuvo una sonrisa y le pidió que guardara la comida. Emily obedeció hasta que se alejó; entonces entregó el último trozo a Adam, quien lo aplastó contra la manta antes de que yo pudiera impedírselo.
—Acaba de convertir a un bebé de seis meses en cómplice —le reproché.
—En Irlanda la responsabilidad penal empieza bastante más tarde. Estamos a salvo.
Regresamos al banco y almorzamos. Le conté cómo fue mi primera noche en Bellew Art Capital, la cantidad de obras expuestas y la restauración que creí reconocer en el óleo holandés. Emily escuchó mientras daba pequeños sorbos al café.
—¿Y el dueño? —me preguntó.
—¿Qué ocurre con él?
—Ayer mencionaste a su novia varias veces y a él ninguna. Eso despierta mi curiosidad.
—No tengo nada que contar. Se quedó trabajando hasta tarde y me saludó desde su despacho.
—¿Es atractivo?
—Sí.
—¿Mucho?
—Emily…
—Tengo sesenta y seis años, no he perdido la vista y pienso visitar algún día ese edificio. Necesito saber si debo arreglarme.
Me eché a reír y Adam imitó el sonido desde la manta, aunque no comprendía el motivo.
Emily afirmó que el niño acababa de aprobar sus preguntas y regresó al asunto hasta que le describí a Ryan de forma breve. Al escuchar que tenía novia, perdió parte del interés, pero no todo.
—Los hombres con pareja no desaparecen del mundo —argumentó—. Solo dejan de estar disponibles.
—No he pensado que lo estuviera.
—Me alegra saberlo. Llevas dos días en mi casa y todavía no estoy preparada para compartir un escándalo romántico. O sí —bromeó.
Pasamos el resto de la mañana caminando por el parque. Emily saludó a varios desconocidos, discutió con una mujer sobre el nombre de una planta y compró un gofre que tuvo que comer deprisa porque amenazó con chorrear chocolate sobre su abrigo.
Nunca había conocido a nadie tan goloso como ella.
Adam se durmió antes de llegar al autobús y continuó descansando durante el regreso. Al entrar en el piso, sentí que volvía a un lugar conocido, aunque apenas llevaba dos noches allí.
A las cinco preparé la cena para Emily y dejé un puré listo para Adam. Después me puse el uniforme, comprobé dos veces que llevaba la tarjeta de acceso y me despedí.
Ella me empujó hacia la puerta cuando traté de repetir todas las instrucciones sobre el biberón.
—He criado a dos personas —me recordó—. Ninguna se intoxicó antes de los dieciocho años.
—Esa precisión no me tranquiliza.
—Vete a trabajar.
Serena me esperaba en la segunda planta con dos cafés y unos sándwiches sustraídos de una reunión.
—Bienvenida a tu segunda noche —me recibió—. A partir de la tercera ya no podrás fingir que estás de visita.
El trabajo avanzó sin incidentes durante las primeras horas. Recogimos las salas, limpiamos los despachos vacíos y repusimos material en los aseos.
Me explicó que su verdadero talento consistía en distinguir qué empleados dejaban propina durante Navidad y cuáles regalaban bombones que antes habían recibido de otra persona.
Poco después de las ocho, nos enviaron a una sala privada de la quinta planta.
Se había celebrado una presentación para varios inversores y quedaban copas, platos y carpetas sobre una mesa larga.
En el centro de la estancia, protegido por una vitrina baja, se exhibía un manuscrito iluminado; junto a una pared descansaba una alfombra antigua de tonos rojos, azules y ocres.
Comencé a recoger las copas mientras Serena retiraba los platos. Una de ellas contenía vino tinto y estaba colocada cerca del borde. Cuando intenté alcanzarla, la base resbaló sobre un documento plastificado. La sujeté antes de que cayera, pero varias gotas salpicaron la alfombra.
—Mierda —murmuró Serena.
Fui hasta el carro y busqué una bayeta absorbente. No presioné la mancha ni utilicé ningún producto; la composición de los tintes y la antigüedad de la pieza exigían una intervención específica.
La puerta se abrió antes de que pudiera avisar al responsable. Nessa Mandeville entró acompañada por un hombre que llevaba una cartera de piel. Se despidió de él en el pasillo y avanzó hacia la mesa, pero se detuvo al verme arrodillada junto a la alfombra.
—¿Qué ha ocurrido?
—Se ha derramado un poco de vino —le expliqué—. He retirado la copa, pero no he tratado la mancha.
Su atención descendió hasta la bayeta que sostenía.
—Pues trátala.
—Necesito saber qué protocolo aplican a esta pieza.
—Agua fría y producto para tejidos. No parece complicado.
—Podría fijar el pigmento del vino o alterar los tintes. Es mejor que avise al departamento de Conservación.
Nessa dejó la carpeta sobre la mesa. Su expresión cambió con lentitud, no por preocupación hacia la alfombra, sino por el hecho de que yo hubiera cuestionado una orden.
—Te han contratado para limpiar, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces límpiala.
—No quiero causar un daño mayor.
—¿Y consideras que sabes más sobre esta pieza que yo?
Serena apareció a mi lado con una bolsa de basura en la mano. Antes de que abriera la boca, me levanté y dejé la bayeta sobre el carro.
—Trabajé como restauradora en Ucrania. No conozco esta alfombra ni los tratamientos que ha recibido, por eso prefiero que la examine alguien responsable de su conservación.
Nessa me recorrió con la vista desde las zapatillas hasta la placa con mi nombre.
—Aquí no trabajas como restauradora, solo limpias.
—Lo sé.
—Pues procura recordarlo cuando te asignen una tarea.
Tomó el teléfono de la sala y llamó a una extensión. Explicó el incidente sin mencionar que había intentado obligarme a utilizar un producto genérico y solicitó que enviaran a alguien. Después se volvió hacia Serena.
—Termina de recoger la mesa. Ella puede continuar con el resto de la planta.
No necesitaba preguntar a quién se refería. Agarré el carro y salí de la sala. La indignación me acompañó hasta el pasillo; había actuado correctamente, pero Nessa consiguió que mi conocimiento pareciera una pretensión impropia del uniforme que llevaba.
Serena me alcanzó antes de llegar al ascensor.
—Será hija de puta.
—No quiero problemas durante mi segundo día.
—El problema lo tiene ella, que lleva una escoba metida por el culo y todavía no ha aprendido a utilizarla.
—Serena.
—¿Qué? Estoy hablando bajito.
Las puertas del ascensor se abrieron y entramos con los carros. Pulsó el botón de la sexta planta con más fuerza de la necesaria.
—Tú acabas de impedir que esa alfombra termine desteñida —continuó—. Lo mínimo sería darte las gracias.
—No sabemos si el producto habría causado daño.
—Ella tampoco, pero lo ordenó con la seguridad de Moisés separando las aguas. Además, estaba molesta antes de entrar. Esa mujer se despierta cabreada porque el mundo ha tenido la desfachatez de seguir existiendo durante la noche.
A pesar de mi malestar, tuve que reírme. Serena se animó y dedicó el trayecto a enumerar posibles usos alternativos para la alfombra, entre ellos envolver a Nessa y enviarla a una subasta en un país lejano.
Al llegar a la sexta planta encontramos a Ryan saliendo de su despacho. Llevaba la chaqueta sobre un hombro y una carpeta en la mano. Se detuvo al vernos.
—¿Algún problema en la quinta? —me preguntó.
Nessa debía de haberlo informado o la llamada al departamento de Conservación llegó hasta él. Serena cerró la boca por primera vez desde que la conocía.
—Se derramó vino sobre una alfombra —le respondí—. No apliqué ningún producto porque desconocía la composición de los tintes.
—Has hecho bien. Conservación se ocupará.
La confirmación alivió una parte del enfado, aunque también demostraba que Nessa intentó imponer una actuación incorrecta. Ryan miró el carro, después mi uniforme y finalmente la tarjeta con mi nombre.
—Nadia, ¿verdad?
—Sí.
—Bienvenida —añadió.
Se despidió con una inclinación de cabeza y caminó hacia el ascensor. Serena esperó hasta que las puertas se cerraron para agarrarme del brazo.
—Sabe tu nombre.
—Lo ha leído en la tarjeta.
—Mi nombre también está en la tarjeta y durante meses me llamó Sandra.
—Se habrá confundido.
—Por supuesto. Y yo soy un ejemplo internacional de serenidad.
Terminamos el turno a las diez. Cuando salimos, Serena seguía indignada con Nessa y fascinada porque Ryan hubiera respaldado mi decisión.
Yo traté de restar importancia a ambas cosas, aunque durante el trayecto hasta casa recordé varias veces la manera en que pronunció mi nombre y la naturalidad con la que reconoció que había actuado bien.
Emily había dejado encendida la luz del pasillo. Al entrar, encontré a Adam dormido en su cuna y una nota sobre la mesa de la cocina.
“Cena en el horno. El pequeño delincuente del parque ha cenado y se ha dormido sin resistencia. Hoy estoy cansada. Espero un informe completo por la mañana.”
Guardé la nota junto a la primera y calenté la comida. Había empezado el día persiguiendo patos, compartiendo un almuerzo y riéndome hasta que me dolieron las mejillas. Lo terminaba después de enfrentarme a la novia de mi jefe por una alfombra manchada de vino.
Dublín comenzaba a ofrecerme una vida. Todavía no sabía si estaba preparada para todo lo que traería consigo.