El secreto de Nadia Capítulo 6
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Capítulo 6

Emily abrió la puerta antes de que consiguiera sacar la llave del bolso.

Llevaba a Adam en brazos, una servilleta prendida del hombro y una expresión tan radiante que, durante un instante, temí que hubiera ocurrido algo extraordinario en mi ausencia.

—¿Te han contratado? —me preguntó.

—¿Cómo lo sabe?

—Has tardado más de dos horas y vienes apretando el bolso contra el cuerpo. O te han contratado o has robado una pieza de valor incalculable.

Asentí con la cabeza.

Emily lanzó una exclamación, besó a Adam en la frente y lo levantó con cuidado para comunicarle que su madre acababa de convertirse en una mujer trabajadora y respetable.

El niño respondió agarrándole la cadena de las gafas, lo que ella interpretó como una celebración perfectamente apropiada para su edad.

Había comprado que le llevaran a casa una tarta de chocolate, aunque aseguró que no guardaba ninguna relación con mi entrevista y que pensaba comérsela sola si regresaba con malas noticias.

Sobre la mesa encontré también una botella de limonada, dos copas y un pequeño ramo de flores adquirido en el supermercado.

—No deberíamos celebrar tanto —le advertí mientras dejaba el contrato sobre la mesa—. Solo es un empleo parcial, de seis a diez de la noche. Seguiré buscando algo de jornada completa.

—Acabas de conseguir trabajo un día después de quedarte en la calle. Permíteme considerar eso un triunfo.

—Necesito ganar más. Tengo que pagarle la habitación, la comida y todo lo que está comprando para Adam.

Emily dejó al niño en su sillita y cortó la tarta con una generosidad que habría escandalizado a cualquier nutricionista. Después colocó una porción delante de mí y ocupó la silla contigua.

—Ya te expliqué que no quiero cobrarte alquiler.

—Y yo le expliqué que no puedo vivir aquí sin pagar.

—Entonces tendremos esta conversación muchas veces, porque ninguna parece dispuesta a mejorar su capacidad de comprensión.

Negué con la cabeza y saqué el bolígrafo para enseñarle las condiciones económicas del contrato.

El salario permitiría cubrir algunos gastos, pero no era para tirar cohetes. Emily estudió las cifras, asintió y dobló los papeles antes de devolvérmelos.

—Todo lo que ganes será para ti y para el niño.

—No, eso no puede ser.

—Qué argumento tan elaborado.

—Si insiste en no cobrarme por la habitación, al menos pagaremos una parte de los suministros y nuestra comida. Quizás no pueda darle mucho al principio, pero…

—Nadia, tengo el piso pagado, una pensión suficiente y unos ahorros que apenas utilizo. No soy millonaria, pero puedo ocuparme de la luz, el agua y la comida sin que dos personas más me conduzcan a la ruina.

—No quiero que gaste sus ahorros en nosotros.

—Lo que no quiero es que tú gastes el primer sueldo en pagar una habitación que llevaba cinco meses cerrada.

Debes ahorrar. Necesitarás ropa para Adam, transporte, documentos y muchas cosas que todavía no conoces.

Además, algún día querrás independizarte, aunque espero que no tengas demasiada prisa.

La facilidad con la que hablaba de un futuro me desarmó.

Durante los últimos meses solo había pensado en llegar a la noche, superar la semana o conservar suficientes pañales hasta recibir alguna ayuda.

Emily trazaba un camino que incluía ahorros, decisiones y una casa propia; no podía verlo todavía, pero escucharla me permitió imaginar que existía.

—Al menos déjeme cocinar —propuse—. Ya sé que no le gusta.

—No me disgusta cocinar. Me disgusta que la comida necesite tantas fases.

—Le prepararé el almuerzo y la cena. También limpiaré el piso y haré la compra.

—Puedes cocinar porque tu sopa estaba magnífica. En cuanto a lo demás, lo repartiremos. No pienso convertirme en una anciana que finge invalidez para explotar a una refugiada.

—Tampoco dejaré que se ocupe de Adam durante cuatro horas cada tarde sin darle nada a cambio.

Emily probó la tarta y dedicó unos segundos a decidir su respuesta.

—Me cocinarás y permitirás que cuide de él. Ese será nuestro acuerdo por ahora. Dentro de un mes volvemos a discutirlo; quizás entonces hayas aprendido que aceptar ayuda no te convierte en una carga.

No estaba satisfecha, pero comprendí que insistir solo conseguiría que sacara otra tarta. No me quedó otra que claudicar.

—Por tu nuevo trabajo.

—Por nuestra primera negociación.

—La he ganado yo.

—Eso cree. Insistiré, amenazo con insistir.

Chocamos las copas. Adam golpeó la bandeja de la silla con ambas manos y consiguió que la servilleta terminara en el suelo.

Emily afirmó que se había puesto de mi parte; durante el resto del día, cada ruido del niño fue interpretado como una aportación decisiva a nuestra convivencia.

Al día siguiente llegué a Bellew Art Capital veinte minutos antes de las seis.

Chloe me entregó una tarjeta de acceso, un uniforme azul marino y un carro equipado con productos distintos para madera, cristal, metal y superficies delicadas.

Las obras de arte quedaban excluidas de nuestras tareas: no debíamos tocarlas, moverlas ni limpiar los marcos. Si encontrábamos polvo, humedad o cualquier alteración, teníamos que informar al responsable de conservación.

Una mujer apareció empujando otro carro y hablando por teléfono en español. Rondaba los treinta y cinco años, llevaba el cabello negro recogido en una trenza y había adornado sus zapatillas de trabajo con cordones rojos. Terminó la llamada, guardó el móvil y me examinó con una curiosidad alegre.

—Tú debes de ser la nueva. Soy Serena —me comentó en un inglés que no era mucho mejor que el mío.

—Nadia.

—Encantada. Antes de que hagas el chiste, te informo de que mis padres eligieron el nombre por error. Soy la persona menos serena de Europa occidental.

Solté una risa y ella dio por completada la presentación. Había nacido en Valencia, vivía en Irlanda desde hacía siete años y trabajaba en la empresa desde hacía tres.

Durante el recorrido me explicó qué empleados dejaban tazas escondidas, qué puertas se cerraban solas y qué impresora se activaba algunas noches sin que nadie la utilizara.

—No está encantada —me aclaró—. Es una porquería de impresora. Aquí todo cuesta una fortuna menos lo que necesitamos para trabajar.

Comenzamos por la segunda planta, donde se encontraban las salas de reuniones y varios despachos.

Los pasillos exhibían pinturas, esculturas y vitrinas con objetos que pertenecían al fondo o aguardaban una venta.

Cada pieza llevaba una placa discreta con un número de inventario; no aparecían el precio ni el nombre de los propietarios.

Mientras Serena vaciaba las papeleras de una sala, me detuve ante un pequeño óleo.

Representaba el interior de una casa holandesa: una mujer leía junto a una mesa, un niño jugaba en el suelo y la luz entraba desde una puerta abierta al fondo.

El craquelado era regular, pero ciertas zonas del vestido mostraban una textura distinta. Me acerqué lo suficiente para examinarla sin cruzar la línea marcada en el suelo.

—Te he pillado —anunció Serena a mi espalda.

Me aparté del cuadro y agarré el paño que llevaba sujeto a la cintura.

—No lo he tocado.

—Ya lo sé. Llevas dos minutos mirándolo con cara de profesora a punto de suspender a alguien.

—Estudié Historia del Arte y trabajé en restauración.

—¿Y ahora estás aquí limpiando?

—Mi formación no está reconocida y necesito trabajar.

Serena observó la pintura, ladeó la cabeza y después volvió a mirarme.

—Pues eres muy fina y culta para andar conmigo recogiendo vasos de café.

—No creo que la cultura impida vaciar una papelera.

—No, pero te ayudará a saber qué cuadro vender cuando decidas robarlos. Yo escogería el más grande; no entiendo de arte, pero por tamaño seguro que compensa.

Le expliqué que el valor no dependía de las dimensiones y respondió que aquella información arruinaba su plan de jubilación. Después quiso saber qué había visto en el óleo.

—Puede tener una intervención antigua en el vestido —le conté—. Quizás repintaron una zona dañada o modificaron parte de la figura.

—Yo solo veo a una señora leyendo mientras el niño destroza el salón.

Continuamos trabajando. Serena convertía cada tarea en una historia y cada empleado en un personaje.

No era indiscreta sobre las operaciones de la empresa, pero conocía las costumbres de todos: quién se marchaba a las cinco en punto, quién fingía seguir ocupado y quién dejaba la mesa cubierta de papeles para parecer indispensable.

A las ocho subimos a la sexta planta, reservada a la dirección.

El espacio resultaba más amplio y menos decorado que en los pisos inferiores.

Varias oficinas se distribuían alrededor de una zona central, y al fondo se encontraba el despacho de Ryan Bellew, separado del pasillo por una cristalera que podía volverse opaca con solo pulsar un botón, según me contó Serena.

Ryan seguía trabajando. Se había quitado la chaqueta y, aun en mangas de camisa, era la viva imagen de la elegancia.

—Siempre se queda hasta tarde —me comentó Serena mientras cambiaba la bolsa de una papelera—. Algunas noches se marcha después que nosotras.

—Pensaba que un hombre con su dinero tendría gente para trabajar por él.

—La tiene. El problema es que también le gusta saber qué hacen.

Comencé a limpiar las mesas de la zona común. Cuando levanté la cabeza, Ryan estaba observándome desde el despacho.

No supe cuánto tiempo llevaba haciéndolo. Reconoció mi cara, o al menos eso deduje por la ligera inclinación de su cabeza; después señaló con un gesto el contrato imaginario que yo había sostenido la mañana anterior y levantó el pulgar.

Respondí con una sonrisa antes de regresar al trabajo.

—Te ha saludado —murmuró Serena, acercándose con el pulverizador en la mano.

—Me vio ayer después de la entrevista.

—A mí tardó seis meses en distinguirme del extintor.

—Solo ha sido un gesto.

—Un gesto de un hombre que está tremendo. Hay que respetar los acontecimientos importantes.

Le pedí que bajara la voz. La cristalera podía impedir que escuchara, pero no estaba dispuesta a comprobarlo. Serena fingió limpiar la superficie de una mesa mientras observaba de reojo el despacho.

—Tiene cuarenta y dos años, es tan rico que da mucho coraje y trata bien al personal. Demasiadas virtudes juntas siempre esconden algo.

—Tiene novia, por lo que sé.

—Nessa Mandeville —confirmó, arrugando la nariz—. Directora de Adquisiciones, heredera de una familia con más dinero que afecto y una hija de puta de mucho cuidado.

—Ayer la vi.

—Entonces ya sabes que no camina: inspecciona el suelo para decidir si merece sus zapatos. A una compañera la hizo llorar porque encontró una marca en la mesa después de una reunión. La marca la había dejado ella con su copa, pero eso no pareció importarle.

Las puertas del ascensor se abrieron antes de que pudiera responder. Nessa salió hablando por teléfono y cruzó la planta sin mirarnos.

Llevaba un vestido oscuro bajo el abrigo y sostenía una carpeta roja. Entró en el despacho de Ryan sin llamar, dejó los documentos sobre la mesa y pulsó el botón que volvió opaca la cristalera.

—¿Ves? —susurró Serena—. Hasta el cristal sabe cuándo conviene esconderse.

Tuve que morderme el labio para contener la risa. Un buen rato después, terminamos aquella planta y descendimos para guardar los productos. Antes de marcharme, pasé de nuevo junto al óleo holandés.

Esta vez no me detuve, aunque mis ojos buscaron la alteración del vestido y confirmaron que la diferencia de textura no era producto de la iluminación.

Al salir del edificio, Serena me propuso acompañarme hasta la parada del autobús. Habló durante todo el trayecto, me preguntó por Adam y prometió enseñarme al día siguiente dónde escondían las mejores galletas de las reuniones. Yo la escuchaba mientras guardaba la tarjeta de acceso en el bolso.

Había pasado cuatro horas limpiando despachos, recogiendo tazas y cambiando bolsas de basura.

Sin embargo, también había reconocido una restauración antigua, recorrido salas llenas de obras y trabajado a pocos metros de un hombre que examinaba fotografías con una lupa después de que todos los demás se marcharan.

No era el empleo para el que me había formado. Pero tampoco se parecía a ningún otro trabajo de limpieza.