Capítulo 5
A la mañana siguiente me despertó el olor a café y pan tostado.
Durante unos segundos no reconocí la habitación ni las cortinas bordadas que suavizaban la luz, pero Adam se movió dentro de la cuna y los recuerdos del día anterior regresaron en orden: el supermercado, las naranjas rodando por el suelo, el impermeable amarillo de Emily y una llave que todavía descansaba sobre la mesilla.
Me levanté para atender al niño y descubrí una nota introducida por debajo de la puerta.
“Cuando estéis despiertos, venid a desayunar. He preparado tostadas para un número razonable de personas. Esta vez solo ocho.”
Sonreí y guardé el papel dentro del cajón. Después de cambiar a Adam, me puse la ropa que Emily lavó la tarde anterior y entré en la cocina.
Ella había colocado sobre la mesa huevos, tostadas, fruta, yogur y una fuente de bollos. Llevaba un vestido azul oscuro, zapatillas de casa y unas gafas de lectura sujetas por una cadena de cuentas rojas.
—Buenos días —me recibió—. Tienes mejor cara.
—He dormido muy bien.
—Eso significa que mis vecinos no organizaron ninguna pelea. Me decepciona un poco; quería ofrecerte una bienvenida memorable.
Senté a Adam sobre mis piernas y acepté una taza de café. Emily me preguntó qué pensaba hacer aquella mañana, y la lista de asuntos pendientes disipó buena parte del bienestar con el que había despertado.
—Necesito buscar trabajo. También debo informarme sobre guarderías, aunque todavía no sé cuánto podré pagar.
—De la guardería hablaremos cuando tengas un sueldo. Mientras buscas y empiezas a trabajar, yo cuidaré de Adam.
—No puedo pedirle eso.
—No lo has pedido. Me estoy ofreciendo.
—Es un bebé. Requiere mucho tiempo.
—Lo sé. Crie a una hija y después a una nieta. Las dos sobrevivieron a mis cuidados, aunque Rachel sostiene que su afición por los zapatos caros es consecuencia de algún error que cometí durante la lactancia.
Le recordé que la compañía de una mujer y un niño no incluía convertirla en cuidadora.
Emily untó mermelada sobre una tostada, la examinó con atención y añadió otra cucharada antes de responderme.
—Tengo sesenta y seis años, Nadia, no noventa. Puedo cambiar pañales, preparar biberones y llamar por teléfono si ocurre algo. Lo que no puedo hacer es pasar otro día entero conversando con el reloj de la cocina. Permíteme decidir qué compañía necesito.
La firmeza de su argumento no dejó mucho espacio para mis objeciones.
Acordamos que se ocuparía de Adam durante las entrevistas y las primeras semanas de trabajo; cuando recibiera mi sueldo, buscaría una solución estable o le pagaría una cantidad por cuidarlo.
No aceptó la segunda posibilidad, pero permitió que quedara pendiente para evitar una discusión antes de las nueve de la mañana.
Emily abrió después un ordenador portátil que guardaba sobre una silla y me enseñó varias páginas de empleo.
La lentitud del aparato exigía paciencia: cada anuncio tardaba en aparecer y, cuando intentábamos retroceder, la pantalla decidía cerrar la página.
Revisamos ofertas de camarera, ayudante de cocina, cuidadora y limpiadora. Algunas pedían referencias locales; otras exigían horarios que terminaban después de medianoche o comenzaban antes de que funcionara el transporte.
—Aquí hay una —señaló Emily.
El anuncio se publicó la tarde anterior. Una empresa del centro de Dublín buscaba personal de limpieza para sus oficinas, de lunes a viernes, entre las seis y las diez de la noche.
Ofrecían contrato directo, formación inicial y un salario por hora algo superior al de las otras ofertas. Las candidatas podían acudir aquella misma mañana con su documentación porque necesitaban cubrir el puesto de inmediato.
Leí el nombre de la empresa dos veces: Bellew Art Capital.
Debajo aparecía una breve descripción: gestión de fondos de inversión especializados en pintura, escultura, joyas históricas, manuscritos y antigüedades.
La empresa asesoraba a coleccionistas privados, adquiría obras para inversores y participaba en operaciones internacionales.
El anuncio solicitaba una limpiadora, pero durante unos instantes solo vi las palabras “arte”, “pintura” y “colecciones”.
Imaginé salas de reuniones con obras originales, despachos donde se examinaban informes de procedencia y almacenes preparados para proteger piezas que podían haber atravesado varios siglos antes de llegar a Dublín.
—Quieres ese trabajo —afirmó Emily.
—Quiero otro trabajo dentro de esa empresa.
—Pues empieza por el que ofrecen.
—Me contratarán para fregar suelos y vaciar papeleras.
—Estarás más cerca del arte que limpiando una cocina. Y, por lo que me has contado, sabes reconocer oportunidades escondidas debajo de capas bastante feas.
—Eso se aplica a los cuadros, no a los empleos.
—Hasta hoy.
La entrevista comenzaba a las diez y media. Disponía de poco más de una hora para arreglarme y llegar a la dirección indicada.
Emily me acompañó hasta su dormitorio y abrió un armario lleno de ropa ordenada por colores. Tras descartar dos faldas que me quedaban grandes, encontró un pantalón oscuro de Megan y una blusa blanca.
—No tienes que ponértelos si te resulta extraño —me aclaró—. Guardé su ropa porque no sabía qué hacer con ella, pero las prendas no cumplen ninguna función dentro de un armario.
Acepté el pantalón y elegí mi propio jersey. Me recogí el cabello, guardé los documentos en el bolso y besé a Adam varias veces antes de marcharme.
Emily tuvo que quitarme el abrigo de las manos para impedir que volviera a vestirlo después de haberlo desvestido ella.
—Ve a conseguir el empleo —me ordenó—. Nosotros tenemos una mañana muy ocupada.
Bellew Art Capital ocupaba un edificio contemporáneo de seis plantas situado cerca del río. La fachada combinaba ladrillo oscuro con grandes paneles de vidrio, y el nombre de la empresa aparecía grabado en una placa de metal junto a la entrada.
Dos esculturas geométricas presidían el vestíbulo; una estaba formada por láminas de cobre entrelazadas y la otra, por bloques de piedra blanca que parecían sostenerse en un equilibrio imposible.
Me acerqué a la primera antes de presentarme en recepción. Reconocí el nombre de la artista en la placa y recordé un artículo que leí años atrás. Aquella pieza debía de costar más dinero del que gané durante toda mi vida profesional.
La recepcionista me indicó que subiera a la segunda planta. La entrevista se celebró en una sala pequeña donde esperaban otras cuatro mujeres.
Algunas entregaron currículos de varias páginas; el mío contenía experiencia que no guardaba relación con el puesto, de modo que preparé una versión sencilla durante el trayecto y situé los pequeños trabajos de limpieza realizados en St. Brigid’s House por encima de mi formación artística.
Una mujer de unos treinta años salió a buscarme. Se presentó como Chloe y me condujo a un despacho donde había dos sillas, una mesa redonda y varias carpetas apiladas.
—Veo que ha trabajado en conservación artística —me comentó después de revisar mi currículo.
—En Ucrania. Aquí todavía no he conseguido que reconozcan mi experiencia.
—Su formación parece muy superior a la necesaria para este puesto.
—No considero que ningún trabajo sea inferior a mí.
Chloe levantó la vista y demoró la respuesta mientras hacía girar un bolígrafo entre los dedos.
—No quería decir eso.
—Lo entiendo. Necesito trabajar y puedo hacerlo bien. Soy cuidadosa, aprendo rápido y tengo autorización para trabajar en Irlanda.
Me preguntó por mi disponibilidad, por el transporte y por mi experiencia con productos de limpieza.
Respondí con sinceridad. En el centro había colaborado en la limpieza de zonas comunes a cambio de pequeñas cantidades, pero nunca trabajé para una empresa dedicada a ello.
Chloe me explicó que recibiría formación, que el equipo utilizaba productos específicos y que determinadas salas requerían protocolos más rigurosos por contener obras de arte o documentación confidencial.
—Algunas reuniones terminan tarde y puede encontrar empleados mientras trabaja —me advirtió—. Necesitamos discreción. Nada de fotografías ni comentarios sobre las piezas, los clientes o las operaciones que vea.
—Estoy acostumbrada a trabajar con obras y documentos confidenciales.
—¿Le costará limitarse a las tareas de limpieza?
La pregunta me avergonzó porque revelaba una preocupación que yo misma tenía. Contemplé la carpeta que sostenía y elegí la única respuesta posible.
—Sé para qué me están contratando.
Chloe realizó una llamada y me pidió que esperara fuera. Diez minutos después regresó con varios documentos.
El puesto era mío si superaba la comprobación básica de antecedentes y aceptaba comenzar al día siguiente.
Tendría un mes de prueba, uniforme, contrato directo y un horario de seis a diez, aunque algunos viernes podría terminar antes.
Leí cada página con atención antes de firmar. Cuando me entregó una copia, tuve que sujetarla con ambas manos para evitar que se notara cuánto me temblaban los dedos.
—Gracias.
—Ha conseguido el trabajo usted, Nadia. Yo solo he rellenado las casillas.
Me acompañó hasta el vestíbulo y me explicó dónde debía presentarme al día siguiente. Al llegar a la entrada, las puertas exteriores se abrieron y varios empleados se apartaron para dejar pasar a una pareja.
El hombre llevaba un abrigo gris oscuro sobre el traje y sostenía una carpeta de gran tamaño bajo el brazo.
Rondaría los cuarenta años; era alto, de hombros anchos y cabello castaño, con algunas hebras más claras junto a las sienes.
No tenía el aspecto distante que esperaba del propietario de un fondo millonario.
Saludó al vigilante por su nombre, le preguntó por la recuperación de su esposa y se detuvo para ayudar a una empleada que trataba de maniobrar con dos cajas.
La mujer que lo acompañaba no redujo el paso.
Vestía un traje color marfil, zapatos de tacón y un abrigo camel abierto.
Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta baja y llevaba unos pendientes dorados que destacaban sobre el cuello alto.
Cuando un joven se acercó para entregarle unos documentos, los revisó sin devolverle el saludo.
—La procedencia está incompleta —le indicó—. No vuelva a poner un informe así sobre mi mesa.
—Falta una confirmación de la galería de Zúrich —intentó explicarle él.
—Entonces el informe no está listo.
Le devolvió la carpeta y continuó avanzando. El hombre del abrigo gris se reunió con ella después de dejar las cajas en recepción.
Cruzaron unas palabras que no alcancé a escuchar; él sonrió ante su respuesta, mientras ella pulsaba el botón del ascensor sin modificar el gesto.
—Ese es Ryan Bellew —me explicó Chloe al advertir mi curiosidad—. Fundó la empresa hace doce años.
El apellido confirmó lo que ya imaginaba.
—¿Y ella?
—Nessa Mandeville, directora de Adquisiciones. También es su pareja.
Nessa volvió la cabeza en aquel momento. Su atención recorrió a Chloe, se detuvo brevemente en mí y descendió hasta la copia del contrato que llevaba entre las manos.
No mostró interés ni desprecio; para ella formaba parte del personal que cruzaba el vestíbulo y desaparecía después de cumplir una función.
Ryan siguió la dirección de su mirada. Sus ojos encontraron los míos durante un instante antes de que las puertas del ascensor se abrieran. Inclinó la cabeza a modo de saludo y entró detrás de su novia.
—Parece amable —le comenté.
—Lo es, siempre que nadie le haga perder dinero.
Chloe regresó a su puesto y salí del edificio con el contrato guardado dentro del bolso. Antes de alejarme, levanté la vista hacia las plantas superiores.
Detrás de aquellos cristales se negociaban cuadros, se discutían atribuciones y se decidía el destino de obras que yo habría dado cualquier cosa por examinar.
Al día siguiente entraría allí con uniforme, guantes y productos de limpieza. No era el regreso que había imaginado. Pero volvería a estar cerca del arte, aunque fuera con una fregona en la mano.