Capítulo 4
La habitación se encontraba al final del pasillo, frente a un armario estrecho donde Emily guardaba toallas, sábanas y una colección de paraguas que, según me explicó, nunca estaban allí cuando realmente los necesitaba.
Antes de abrir, sostuvo el picaporte durante unos segundos y miró hacia el salón, donde Adam continuaba dormido sobre la manta.
—No he cambiado muchas cosas desde que Megan murió —me advirtió—. No porque quiera conservar la habitación para siempre, sino porque nunca sabía por dónde empezar.
Empujó la puerta y me dejó pasar.
Las paredes estaban pintadas de un tono entre terracota y rosa apagado. Había una cama individual cubierta con una colcha de cuadros azules, un escritorio de madera clara y una estantería repleta de novelas, cuadernos y pequeñas cajas.
Sobre la cómoda descansaban varios frascos de perfume, un joyero cerrado y una fotografía de Megan durante una excursión, con el cabello azotándole la cara y los brazos extendidos hacia un paisaje que no aparecía en el encuadre.
No parecía una habitación abandonada. Conservaba el desorden moderado de alguien que podía regresar en cualquier momento: una chaqueta colgada detrás de la puerta, un par de zapatillas debajo de la cama y varios lápices dentro de una taza con la palabra “Dublín”.
Aquella presencia me produjo pudor. Emily me ofrecía el espacio de la persona a la que más había querido, y yo irrumpía en él con una maleta húmeda, pañales y una vida deshecha.
—No quiero desplazar sus cosas —le expliqué.
—Megan diría que ya era hora de que alguien pusiera orden. Guardaba entradas de cine, envoltorios de caramelos y hasta piedras que recogía durante los viajes. Una vez trajo medio bolsillo lleno de arena y destrozó la lavadora.
Se acercó al armario y abrió las puertas. La mitad izquierda estaba vacía; en la derecha permanecían varios vestidos y un abrigo rojo.
—Rachel se llevó algunas prendas y yo guardé otras. Podemos dejarte este lado hoy y despejar el resto cuando te apetezca. No tienes que decidir nada ahora.
—Con esto es suficiente.
Había espacio para colocar una cuna junto a la cama, entre la mesilla y el escritorio.
La ventana daba al patio comunitario y tenía una cortina de algodón con pequeñas hojas bordadas. Bajo ella, el radiador desprendía un calor que todavía me resultaba extraño después de una noche caminando bajo la lluvia.
Dejé la maleta junto al armario. Hasta entonces había imaginado que tener un lugar donde dormir significaba encontrar cuatro paredes y una puerta que pudiera cerrar; sin embargo, al contemplar la cama preparada, las cortinas y una lámpara con la pantalla torcida, comprendí cuánto necesitaba algo más que un techo.
Necesitaba entrar en una habitación sin temer que una tarjeta magnética abriera la puerta desde fuera.
Emily regresó al salón para comprobar cómo seguía Adam y me concedió unos minutos a solas.
Abrí la maleta, saqué la ropa y la extendí sobre una silla. Después coloqué mis documentos en el cajón de la mesilla, aunque enseguida los retiré y los guardé debajo de las prendas. La costumbre de protegerlos había arraigado demasiado para dejar atrás la cautela en unas horas.
—¡Nadia! —me llamó desde la cocina—. Si no vienes, voy a cocinar y eso podría estropear el buen comienzo de nuestra convivencia.
La encontré sacando verduras de un cajón de la nevera. La compra del supermercado ocupaba la mesa, con la tarta de limón en el centro y las seis cajas de galletas alineadas junto a una barra de pan.
—Creía que cocinaría usted.
—He dicho que podría hacerlo, no que fuera aconsejable. Necesitamos establecer desde el principio expectativas razonables.
Me explicó que cocinar nunca fue su fuerte, entre risas. A mí, en cambio, me encantaba desenvolverme entre fogones. Le pedí permiso y le faltó el tiempo para cederme todo el espacio.
Preparé una sopa con patatas, zanahorias, puerro y un trozo de pollo que Emily guardaba en el congelador.
Mientras yo cortaba las verduras, ella sostuvo a Adam y recorrió la cocina con él, mostrándole cada objeto. Le presentó la tetera, los botes de especias y un reloj con forma de gato cuyos ojos se movían de un lado a otro.
—Todavía no me has dicho cómo se llama —recordó.
—Adam.
—Adam Danylenko —repitió, probando el sonido—. Es un nombre importante. El primero de todos.
—Su padre habría querido llamarlo de otra manera. De haber deseado su nacimiento, claro.
No me preguntó cuál ni mostró curiosidad por aquel hombre. Se limitó a observar al niño, que acababa de prender los dedos del borde de su pañuelo.
—Entonces Adam es perfecto.
Durante el almuerzo me habló de los vecinos. En el piso superior vivía un matrimonio que discutía todos los domingos por la temperatura de la calefacción; al otro lado del pasillo, una profesora jubilada tocaba el violín y ensayaba siempre la misma pieza.
Emily afirmó que no debía preocuparme si escuchaba golpes después de medianoche, porque el edificio crujía, las tuberías protestaban y ninguno de sus habitantes tenía la energía necesaria para cometer un asesinato.
Adam permaneció en su regazo mientras comíamos. Se mostraba encantado con ella.
Tuve que recordarle dos veces que la sopa se enfriaba porque estaba demasiado ocupada acercándole una cuchara para que él tratara de agarrarla. Cuando comenzó a quejarse, ella se levantó y lo meció con movimientos cortos.
—Puedo atenderlo —le indiqué.
—Ya lo sé. Llevas seis meses haciéndolo sola. Ahora come mientras todavía está caliente.
La orden no admitía discusión. Terminé el plato y acepté una segunda ración.
Emily cortó después la tarta de limón, aunque aseguró que la compró para una visita que esperaba durante la semana. No le creí, pero me pareció pronto para cuestionar su relación con el azúcar.
Al terminar, quiso recoger la cocina y me envió a ducharme. El cuarto de baño era pequeño, con azulejos blancos y un armario pintado del mismo verde que los muebles de la cocina. Colocó sobre una banqueta una toalla, que también olía a lavanda y varios productos sin estrenar.
—Tómate el tiempo que necesites —me aconsejó—. Adam y yo tenemos asuntos que tratar.
—¿Qué asuntos?
—Todavía no puedo decírtelo. Es confidencial.
Cerré la puerta, pero tardé en abrir el grifo. La última ducha la había tomado en el centro, pendiente de cualquier sonido procedente de la habitación.
Aquella vez Adam estaba con una mujer a la que apenas conocía; pese a ello, el miedo no aparecía acompañado de la alarma que Aaron me había enseñado a esperar.
Desde el baño escuchaba a Emily cantar una melodía infantil y detenerse cada pocos versos para inventar una letra distinta.
El agua caliente arrastró el cansancio de la noche, el olor de la pensión y la huella imaginaria de las manos que todavía sentía sobre mi cuerpo.
Me lavé el cabello dos veces, apoyé las palmas contra los azulejos y dejé que el vapor llenara el baño. Cuando salí, encontré mi ropa dentro de la lavadora y a Adam dormido en brazos de Emily.
—No ha llorado —me informó—. Aunque ha expresado opiniones bastante severas sobre tu tardanza.
—No debería haber puesto la lavadora.
—También he añadido mis toallas. Así puedes fingir que me haces un favor.
Después del café, Emily anunció que necesitábamos una cuna.
Le expliqué que Adam podía dormir conmigo, pero me recordó la silla que la noche anterior había colocado junto a la cama para evitar que cayera.
No supe cómo conocía aquel detalle hasta recordar que se lo conté durante nuestra conversación.
—Hay una tienda infantil a diez minutos —continuó—. Podemos mirar, no comprar. A veces mirar es una forma muy eficaz de terminar comprando, pero no adelantemos acontecimientos.
Salimos poco después de las tres. Dejamos la maleta en el piso y utilicé el portabebés, mientras Emily arrastraba un carro de compra azul que extrajo del armario del pasillo.
La tienda ocupaba un local ancho, lleno de ropa diminuta, cochecitos y muebles blancos.
Una mujer llamada Patricia recibió a Emily con un abrazo y escuchó encantada la historia de nuestra amistad de varias horas, presentada ya como un acontecimiento destinado a transformar el barrio.
Elegimos una cuna sencilla de madera clara que cabía junto a la cama y podía convertirse más adelante en una cama pequeña. Emily insistió en comprar un colchón nuevo y dos juegos de sábanas. Cuando vi el precio, la aparté del mostrador.
—No puedo permitir que gaste tanto.
—La cuna no es para ti.
—Tampoco puede pagar todo lo que Adam necesite.
—No pienso hacerlo. Hoy necesita un lugar seguro para dormir y yo tengo dinero suficiente para proporcionárselo.
—Se lo devolveré cuando encuentre trabajo.
—Cuando encuentres trabajo, celebraremos una cena. Si insistes en devolvérmelo, podremos discutirlo durante el postre.
Patricia prometió enviar la cuna esa misma tarde. Antes de marcharnos, Emily tomó de una cesta un pequeño zorro de tela, con una oreja naranja y otra azul. Se lo entregó a Adam, que lo agarró por la cola y trató de llevárselo a la boca.
—También necesita un juguete —declaró.
—Tiene algunos en el centro.
La expresión se me alteró al recordar que no pude recogerlos. Emily comprendió sin pedirme explicaciones y pagó el zorro junto con la cuna.
Regresamos cuando comenzaba a oscurecer. Dos empleados de la tienda llegaron poco después y montaron el mueble en la habitación.
Emily retiró una caja del escritorio, yo moví la mesilla y entre las dos preparamos la cama de Adam.
Las sábanas tenían dibujos de animales del bosque; el zorro quedó apoyado junto a los barrotes, fuera de su alcance mientras durmiera.
La ropa salió de la secadora y pude guardar varias prendas en el armario.
Emily colocó una caja vacía sobre la cómoda para los pañales y encontró en un cajón una manta que Megan utilizaba de niña. Antes de dármela, la sostuvo entre las manos y examinó los bordes deshilachados.
—Podemos comprar otra —propuse.
—Esta lleva demasiado tiempo esperando.
Cenamos la sopa restante y pan tostado. Adam comió en mis brazos y después permitió que Emily le diera el biberón, aunque ella celebró cada trago con tanto entusiasmo que terminó distrayéndolo. Cuando se quedó dormido, lo llevó hasta la habitación y lo acostó con cuidado.
—Buenas noches, pequeño inquilino —le susurró—. El alquiler incluye abrazos, pero no son reembolsables.
Me entregó una llave del piso antes de retirarse. La observé sobre mi palma, sorprendida por el peso de un objeto tan pequeño.
No era una tarjeta que alguien pudiera anular desde un despacho ni una autorización sujeta al humor de un director. Era una llave propia.
Me acosté con el camisón que me prestó y dejé la puerta entreabierta.
Adam dormía en la cuna, a un brazo de distancia, con la manta de Megan extendida sobre las piernas.
Durante unos minutos escuché los movimientos de Emily por el pasillo, el agua del grifo y el cierre de un armario. Después el piso quedó en reposo.
Esperé que regresaran las amenazas de Aaron, la angustia por el dinero o la imagen de la calle bajo la lluvia. Después de meses viviendo en esa situación, era lo normal.
Nada de eso logró imponerse al olor de las sábanas recién lavadas ni al sonido de la respiración de mi hijo.
Adam despertó una vez durante la madrugada. Le di el pecho en la cama, lo sostuve hasta que expulsó el aire y volví a acostarlo.
Cuando abrí los ojos de nuevo, el sol entraba por las cortinas y desde la cocina llegaba el ruido de una cuchara golpeando una taza.
Había dormido varias horas seguidas, profundamente, sin sobresaltarme ante los pasos del pasillo ni comprobar la cerradura.
Por primera vez desde que llegué a Irlanda, desperté sin preguntarme cuánto tardarían en echarnos.