El secreto de Nadia Capítulo 3
9%

Capítulo 3

A media mañana entré en un supermercado con la maleta, el portabebés y la certeza de que jamás volvería a quejarme por cargar demasiado peso.

Había dejado la pensión a las diez, después de calentar un biberón con agua que la recepcionista accedió a hervir, y llevaba casi una hora caminando sin un destino concreto.

Necesitaba comprar un cargador para el teléfono, conectarme a internet y averiguar dónde podríamos pasar la noche, pero antes debía comprar algo de comida.

Elegí un paquete de pan, dos plátanos y una botella de agua. Después de sumar mentalmente los precios varias veces, añadí un paquete pequeño de pañales; los que había sacado del centro no durarían.

El niño dormía contra mi pecho, protegido por el abrigo, mientras yo avanzaba hacia la caja arrastrando una maleta que se desviaba hacia la derecha cada vez que una rueda encontraba una junta del suelo.

Delante de mí esperaba una mujer de unos sesenta y cinco años, baja y de formas redondeadas, con el cabello plateado cortado a la altura de la mandíbula.

Llevaba un impermeable amarillo, botas de agua verdes y un bolso del que sobresalía un paraguas plegable.

Su carro contenía más dulces que otros alimentos: galletas de mantequilla, mermelada, bollos, chocolate y una tarta de limón que parecía suficiente para alimentar a una familia entera.

—Emily, ¿otra vez comprando para un regimiento? —bromeó la cajera mientras pasaba los productos.

—Es una precaución razonable. Nunca se sabe cuándo pueden presentarse veinte personas a tomar el té.

—En ese caso, algún día tendré que averiguar dónde vive.

La mujer sonrió, aunque enseguida bajó la vista y abrió el bolso para buscar la cartera. Al hacerlo, dejó sobre la cinta una hoja doblada en cuatro.

La cajera la reconoció antes de que Emily tratara de ocultarla entre las manos.

—¿Al final va a poner el anuncio?

—Esa era la intención, pero llevo toda la mañana encontrando excusas.

—Le vendrá bien tener a alguien en casa —opinó la joven, y el gesto bromista desapareció de su rostro—. ¿Qué tal lo lleva?

Emily se demoró en guardar el cambio y después se encogió de hombros.

—Como puedo, cariño. Hay días mejores.

No supe a qué se referían y aparté la atención para no entrometerme. Comencé a colocar mi compra sobre la cinta, pero el bebé se movió bajo el abrigo y tuve que sujetarlo con una mano.

Cuando levanté la vista, la mujer había agarrado dos bolsas de papel y trataba de introducir en una de ellas la tarta de limón. El fondo cedió antes de que pudiera sostenerlo.

Las naranjas rodaron por el suelo, el pan cayó junto a mis botas y un bote de mermelada chocó con la base de la caja. La tarta se inclinó dentro de su envase, amenazando con terminar boca abajo.

—¡Mi tarta! —exclamó Emily, lanzándose hacia ella.

Alcancé la caja a tiempo y la dejé sobre la cinta. Después me agaché para recoger las naranjas, aunque la postura resultaba complicada con el niño sujeto al pecho.

La cajera salió de su puesto y acudió con otras bolsas, mientras la responsable del desastre se disculpaba con todos los clientes de la fila.

—No se preocupe —le aseguré al entregarle el pan—. No se ha roto nada.

—Excepto mi dignidad, pero esa lleva años bastante dañada.

Sonreí antes de poder evitarlo. Emily observó al bebé, que acababa de despertar y asomaba la cara entre las solapas de mi abrigo.

—¡Oh, cielos! ¿También llevabas ahí a esta preciosidad mientras salvabas mis naranjas?

—Está acostumbrado a que haga varias cosas a la vez.

Se acercó un poco, pero no intentó tocarlo. Se limitó a contemplarlo con una emoción tan abierta que supe que la pregunta de la cajera y aquel anuncio guardaban una historia que nadie tenía derecho a pedirle en mitad de un supermercado.

—¿Cuántos meses tiene? —me preguntó.

—Seis.

—Es maravilloso.

El niño la estudió con los ojos muy abiertos y respondió a su entusiasmo expulsando una burbuja de saliva. Emily soltó una carcajada, se secó la comisura de un ojo con un dedo y comenzó a ordenar la compra en las nuevas bolsas.

—¿Vive lejos? —le pregunté al comprobar que apenas podía con ellas.

—A dos calles. He cometido el error de venir sin el carrito porque quería convencerme de que solo compraría leche.

Miré la montaña de dulces y luego las asas que se le clavaban en los dedos.

—La acompañaré.

—No puedo permitirlo. Ya llevas un bebé, una maleta y tu propia compra.

—Puedo poner una bolsa encima de la maleta. Será más fácil que llevarla con la mano.

Intentó protestar de nuevo, pero la cajera intervino para afirmar que aceptar ayuda también constituía una habilidad.

Emily terminó entregándome la bolsa menos pesada y colocó la tarta sobre mi equipaje con la solemnidad de quien confía una obra de arte a un transportista especializado.

Salimos juntas. La lluvia había cesado, aunque el aire conservaba la humedad de la noche anterior y las ruedas de la maleta se atascaron varias veces en las irregularidades de la acera.

Emily caminaba despacio; a los pocos metros me preguntó si estaba de visita en Dublín y señaló el equipaje con una inclinación de cabeza.

—No exactamente.

Esperé que insistiera, pero se puso a hablar del tiempo y de la escasa fiabilidad de los pronósticos irlandeses.

Me explicó que, después de vivir toda su vida en Dublín, había aprendido a salir de casa preparada para lluvia, viento y sol en una misma hora.

El impermeable amarillo no respondía a una preferencia estética, aclaró, sino a la necesidad de que los conductores pudieran localizarla antes de atropellarla.

El edificio se encontraba al fondo de una calle tranquila, detrás de un pequeño patio comunitario con bancos de metal y macetas colocadas por los vecinos.

Era una construcción de ladrillo marrón, de tres plantas, levantada varias décadas atrás y dividida en pisos amplios. Emily vivía en la planta baja, en una vivienda con una puerta azul y un número de cerámica junto al timbre.

—Deja las bolsas dentro y podrás marcharte —me propuso mientras buscaba las llaves—. Aunque, si no tienes prisa, podrías aceptar una taza de té. Es lo menos que puedo ofrecer después del rescate.

Tenía prisa. Debía encontrar alojamiento, llamar a varios servicios de ayuda y conseguir que los euros que me quedaban duraran más de lo humanamente posible.

Sin embargo, el niño necesitaba un pañal nuevo y yo llevaba desde la noche anterior alimentándome con galletas. Acepté.

El piso olía a pan tostado y jabón de lavanda. Un pasillo revestido con papel pintado azul comunicaba el salón con la cocina, cuyas puertas de madera estaban pintadas de un tono verde agua.

No había muebles elegidos para combinar, sino objetos reunidos durante muchos años: una mesa redonda con sillas diferentes, una cómoda oscura llena de fotografías y un sofá cubierto por una manta de cuadros.

En una esquina descansaba una máquina de coser antigua, y varias plantas ocupaban un mueble bajo junto al radiador. Podría haberlo definido de muchas formas, pero creo que el término que mejor se ajustaba a lo que veía era acogedor; simplemente acogedor.

Emily me condujo hasta la cocina, despejó una silla y señaló el cuarto de baño. Cuando regresé después de cambiar al niño, había preparado té, tostadas y un plato con bollos. También extendió una manta gruesa sobre una alfombra para que pudiera acostarlo.

—No hacía falta tanto —protesté.

—La frase favorita de quienes más lo necesitan.

Adam quedó boca arriba, entretenido con sus manos. Emily se sentó en el suelo a su lado sin preocuparse por el esfuerzo que le costaría levantarse y comenzó a hablarle.

Le explicó que había estado a punto de morir aplastada por sus propias compras y que él debía elegir mejor a sus amistades en el futuro.

Comí una tostada mientras los observaba. La naturalidad con la que aquella desconocida se dirigía a mi hijo me recordó a mi madre y tuve que concentrarme en untar la mantequilla para dominar la emoción.

—¿Dónde te alojas? —me preguntó después de un rato.

Levanté la vista.

—Todavía no lo sé.

Emily dejó de agitar los dedos delante del bebé y apoyó una mano sobre la alfombra.

—¿Por eso llevas la maleta?

Asentí. Podía inventar una explicación, pero estaba demasiado cansada para construir otra versión de mi vida.

Le conté que había llegado embarazada desde Ucrania, que mi hijo nació en Dublín y que hasta la noche anterior vivíamos en un centro de acogida. Evité algunos detalles al principio; cuando mencioné que el director me había expulsado, preguntó qué motivo le dio.

—Ninguno verdadero. Entró en mi habitación mientras el niño dormía y trató de tocarme. Lo rechacé y me zafé. Después dijo que yo lo había agredido.

—¿Has acudido a la policía?

—No puedo demostrarlo. Él dirige el centro, conoce a todo el mundo y sabe cómo explicar las cosas. Yo no conozco bien el sistema y tengo miedo de que investiguen si puedo cuidar de mi hijo.

—Tener miedo no significa que él tenga razón —me respondió—. Significa que ha sabido exactamente con qué amenazarte.

Me preguntó su nombre y lo repitió en voz baja cuando se lo facilité, procurando memorizarlo. Después quiso saber cuánto dinero llevaba encima, aunque se disculpó en cuanto vio mi expresión.

—No pretendo meterme en tus asuntos. Solo necesito entender qué piensas hacer.

—Buscaré trabajo de inmediato. Tengo formación universitaria y experiencia en restauración de arte, pero aquí no consigo que la reconozcan. Trabajaré limpiando, cuidando personas o en cualquier cosa que pueda hacer. Cuando encuentre empleo, pagaré una habitación y una guardería.

—¿Y mientras tanto?

—Puedo pagar otra noche en algún lugar barato.

Ambas sabíamos que no era cierto. Emily miró hacia el pasillo y después a la hoja doblada que todavía sobresalía de su bolso. Se levantó con ayuda de una silla, la sacó y me la entregó.

El anuncio estaba escrito a mano:

“Se ofrece habitación a mujer responsable a cambio de compañía y ayuda ocasional en casa. No se requiere atención médica. Piso tranquilo. Referencias disponibles.”

—Pensaba colocarlo esta mañana en el tablón del supermercado —me explicó—. La habitación está al final del pasillo.

—No puedo aceptar.

—Todavía no te he ofrecido nada.

—Va a hacerlo.

—Resulta irritante que además de restauradora seas adivina.

Recogió al bebé después de pedirme permiso y lo sostuvo con una destreza que no esperaba. Él se acomodó contra su cuerpo, fascinado por uno de los botones verdes de su rebeca.

—Mi nieta Megan vivía conmigo —continuó—.

Su madre, mi hija Rachel, se trasladó a Londres cuando ella tenía siete años.

Acababa de separarse, consiguió un trabajo allí y pensó que Megan se reuniría con ella en cuanto organizara su vida.

La niña no quiso dejar el colegio ni a sus amigos, así que se quedó conmigo.

Lo que iba a durar unos meses terminó durando diecisiete años.

La fotografía más grande de la cómoda mostraba a Emily junto a una joven de cabello rojizo y sonrisa amplia.

—Murió hace cinco meses —añadió—. Un accidente de tráfico. Rachel vino durante unas semanas, pero después regresó a Londres. Tiene allí su trabajo, su marido y dos hijos pequeños. Me ha pedido que me mude con ellos; yo le he explicado que prefiero conservar mi casa y volverla a llenar.

Comprendí entonces la pregunta de la cajera.

—Lo siento mucho.

—También yo. Pero sentirlo no cambia que tenga una habitación vacía y que tú necesites una.

Me acerqué al bebé y le arreglé el cuello de la camiseta para ocupar las manos.

—Encontraré trabajo y le pagaré el alquiler. Quizás no pueda hacerlo desde el primer mes, pero…

—No quiero cobrarte. Necesito compañía, alguien con quien charlar y una persona que me recuerde que no debo comprar seis paquetes de galletas cada vez que salgo. Eso vale más que una habitación cerrada.

—Apenas me conoce.

—Tú tampoco me conoces. Podría roncar, cantar ópera en la ducha o pertenecer a una organización criminal de jubiladas.

La risa me sorprendió en mitad del cansancio.

—No puedo aprovecharme de usted.

—Entonces no lo hagas. Busca trabajo, cuida de tu hijo y, sal adelante. Si dentro de una semana cualquiera de las dos piensa que ha cometido un error, lo hablaremos.

Miré la maleta junto a la puerta, los pañales sobre una silla y a mi hijo dormido en brazos de Emily.

Al despertar aquella mañana tenía cuarenta y siete euros, ninguna dirección y unas horas para encontrar una solución.

Al rato, la dueña de un llamativo impermeable amarillo me ofrecía la habitación de la nieta que crio.

—¿Por qué hace esto? —le pregunté.

Emily contempló al niño y acarició con un dedo la tela que cubría su brazo.

—Porque llevo cinco meses preguntándome qué puedo hacer con todo el cariño que ya no tengo dónde poner.

No encontré una respuesta capaz de estar a la altura de aquellas palabras. Me limité a asentir mientras las lágrimas me nublaban la vista.

—Será solo hasta que pueda valerme por mí misma —conseguí advertirle.

—Por supuesto —aceptó, aunque su sonrisa indicaba que acababa de concederme la primera de muchas victorias imaginarias—. Ahora termina el té. Después te enseñaré la habitación y veremos dónde podemos conseguir una cuna.

Aquel día entré en el supermercado buscando pan, pañales y una manera de sobrevivir hasta la noche. Salí de allí con un hogar.