El secreto de Nadia Capítulo 2
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Capítulo 2

Había conocido a Maksym cuando ambos teníamos trece años y podíamos atravesar Kyiv en metro para reunirnos después de clase sin sonidos de bombas como telón de fondo. De eso hacía doce años.

Primero fue el muchacho que me guardaba un asiento, después el amigo que cargaba con mis carpetas de dibujo y, al terminar la universidad, el hombre con quien imaginé un hogar propio, dos hijos y una vejez que entonces parecía tan lejana que podíamos bromear sobre ella.

La guerra alteró el orden de todas las cosas, pero durante un tiempo creí que no cambiaría lo que sentíamos.

Maksym se quedó en la ciudad y comenzó a trabajar para una empresa que distribuía alimentos y material sanitario; yo continué acudiendo al laboratorio de restauración siempre que las alarmas y los cortes de transporte lo permitían.

Nos veíamos poco, dormíamos mal y discutíamos por asuntos que antes apenas merecían una conversación, aunque seguíamos afirmando que resistiríamos juntos.

Me quedé embarazada en medio de aquel desorden. Al principio, no me lo quería creer.

Compré la prueba una tarde, después de pasar varios días atribuyendo el retraso al miedo y al cansancio, y la hice en el aseo del laboratorio.

Mientras esperaba el resultado, contemplé una mancha de humedad sobre los azulejos y pensé en la tabla flamenca que debía examinar aquella semana.

Mi cabeza se refugió en fechas, pigmentos y barnices hasta que las dos líneas aparecieron y dejaron sin importancia cualquier otra cuestión.

No supe si reír o llorar. Guardé la prueba en el bolso, terminé el informe que tenía pendiente y regresé a nuestro diminuto apartamento de alquiler. Durante el trayecto ensayé distintas maneras de contárselo. Ninguna incluía la reacción que encontré.

—No podemos tenerlo —me respondió después de escucharme.

Permanecía de pie en la cocina, con la chaqueta puesta y las llaves todavía en la mano.

Ni siquiera me preguntó cómo me encontraba. Y eso, sin lugar a ninguna duda, me hirió profundamente.

Repitió que era una locura, que la ciudad no resultaba segura y que no sabíamos qué ocurriría a la semana siguiente. No le faltaba razón, pero no encontrar un atisbo de ilusión en sus ojos me destrozó.

Después comenzó a caminar de un extremo a otro mientras enumeraba los problemas que conocía tan bien como él: las alarmas, el dinero, la incertidumbre laboral y la posibilidad de que tuviera que marcharse sin previo aviso.

—Precisamente por todo eso no quiero decidir hoy —le expliqué—. Necesito pensarlo.

—No hay nada que pensar, Nadia. Debes abortar.

El verbo me hirió más que la idea. No dijo «podríamos», «deberíamos» ni «qué quieres hacer». Habló de mi cuerpo y del niño que apenas comenzaba a formarse dentro de él mediante una orden, con la misma seguridad que habría empleado para indicarme qué carretera estaba cortada.

—No puedes decidirlo por mí.

—Soy el padre.

—Entonces compórtate como tal y habla conmigo.

Su temor era comprensible; durante las primeras horas traté de recordarlo para no convertirlo en alguien a quien nunca había conocido.

Maksym había perdido a un hermano, su trabajo podía desaparecer en cualquier momento y cada llamada nocturna le hacía temer una nueva desgracia.

Sin embargo, el miedo dejó de ser una explicación cuando concertó una cita sin consultarme y me envió la dirección de la clínica.

No acudí. Ni siquiera se me pasó por la cabeza, a decir verdad.

Aquella noche llegó al apartamento enfurecido. Me reprochó que lo hubiera obligado a pedir favores y que estuviera condenándonos a una vida imposible.

Durante la discusión aseguró que un hijo sería una carga, que yo no lograría trabajar y que terminaríamos dependiendo de nuestras familias.

Cuando comprendió que no iba a ceder, abrió un cajón, sacó parte de su ropa y la metió en una bolsa.

—Si decides tenerlo, será responsabilidad tuya —me advirtió antes de marcharse—. No me obligues a arruinar también mi vida.

Esperé durante varios días una llamada que nunca llegó. Le escribí una vez para preguntarle si quería acompañarme a la primera ecografía y borré el mensaje después de enviarlo. Lo leyó, pero no respondió. Esa fue la última conversación que mantuvimos.

Tumbada en la pensión, seis meses después del nacimiento de mi hijo, recordé el apartamento vacío y la forma en que me senté en el suelo de la cocina cuando comprendí que Maksym no regresaría.

Quizás debería haberlo odiado; habría resultado más sencillo que continuar buscando entre los recuerdos al muchacho que compartía conmigo el almuerzo y prometía quererme hasta que fuéramos viejos.

Sin embargo, el hombre que me abandonó ya no se parecía a él, y yo no podía reconciliar a ambos.

El niño se removió a mi lado. Coloqué la palma sobre su vientre y esperé hasta que su respiración recuperó un ritmo pausado.

La cama era demasiado estrecha para los dos, de modo que había acercado la silla al borde para impedir que rodara y cayera al suelo.

El sistema no me permitía descansar: cada vez que cerraba los ojos, comprobaba su postura, la distancia hasta la pared y el espacio que quedaba entre su cara y la manta.

Mi madre fue la primera persona a quien le confesé que estaba embarazada. Larysa Danylenko (quien también fue madre soltera) no me preguntó qué pensaba Maksym ni cuánto tiempo llevaba sin contestar mis mensajes.

Me preparó té, apartó una pila de ropa de la única butaca del salón y me pidió que le explicara qué quería hacer.

—Quiero tenerlo —le respondí.

—Entonces, Nadia, tendremos que conseguir que nazca en un lugar seguro.

Hablar en plural fue su manera de sostenerme. Yo todavía trabajaba y conservaba algunos ahorros, pero los precios habían aumentado y buena parte de mi salario se destinaba a ayudarla.

Mi madre insistió en prestarme el dinero que guardaba para reparar la calefacción; cuando me negué, apareció al día siguiente en mi apartamento y escondió varios billetes dentro de un libro sobre pintura barroca.

—Me los devolverás cuando este pequeño sea un restaurador famoso y cobre una fortuna por mirar cuadros viejos —bromeó, señalando mi vientre.

—Los restauradores no nos hacemos ricos.

—Entonces procura que sea el dueño del museo.

Aquella conversación regresó a mí con tanta claridad que busqué el libro dentro de la maleta.

Lo había llevado durante todo el viaje: una edición antigua, con reproducciones de mala calidad y anotaciones hechas por mí durante la universidad.

Encontré los billetes meses atrás y utilicé parte del dinero para pagar el desplazamiento hasta Polonia.

Los últimos se habían mezclado con mis ahorros y se consumieron entre comida, transporte y las necesidades del bebé.

Mi madre no pudo acompañarme. Se ocupaba de su hermano mayor, que sufría una enfermedad pulmonar y se negaba a abandonar Kyiv.

También estaba convencida de que alguien debía conservar la casa familiar y proteger los objetos que todavía seguían allí. Discutimos hasta la víspera de mi partida; al final, me abrazó en la estación y me obligó a prometer que no regresaría mientras existiera algún riesgo para el niño.

Viajé en tren hasta Lviv y crucé después a Polonia junto a otras mujeres. Pasé dos noches en un pabellón habilitado para desplazados antes de conseguir un vuelo a Dublín.

Elegí Irlanda porque ofrecía protección y porque el inglés era el único idioma extranjero en el que podía desenvolverme. También había leído que las personas llegadas de Ucrania recibían alojamiento temporal.

No conocía a nadie allí, pero en aquel momento me pareció preferible empezar en una ciudad desconocida a permanecer en un lugar donde cada alarma me obligaba a calcular cuánto tardaría en llegar a un refugio con el embarazo avanzado.

El dinero me permitió pagar el billete y conservar una pequeña cantidad. No había partido en la miseria, aunque las semanas transcurridas desde entonces se encargaron de acercarme a ella.

Antes de marcharme trabajaba en el Laboratorio Orlov de Conservación Artística, un centro privado que colaboraba con museos, galerías y coleccionistas.

Había estudiado Historia del Arte y completado una especialización en conservación y restauración de pintura.

Mi labor consistía en examinar obras, documentar intervenciones anteriores y participar en su recuperación bajo la dirección de restauradores con mayor experiencia. Aprendí a distinguir un repinte apresurado, una firma añadida décadas después y las alteraciones provocadas por un barniz inadecuado.

También colaboraba en los estudios previos a la compra de piezas. El laboratorio analizaba pigmentos, soportes y documentación histórica para determinar si una obra era auténtica y si su procedencia podía acreditarse.

Aquel trabajo me fascinaba porque exigía conocimientos y paciencia, pero también intuición: una fecha mal anotada o una sombra ejecutada con una técnica impropia podían derribar una historia construida durante años.

El edificio cerró varias veces durante la guerra y algunos proyectos fueron trasladados.

Continué trabajando hasta pocos días antes de abandonar Ucrania, aunque mi contrato terminó cuando el laboratorio redujo personal.

La directora me entregó una carta de recomendación que guardaba junto a mis documentos; aun así, en Irlanda no conseguí que ninguna institución tuviera en cuenta mi experiencia.

La homologación de mi título seguía pendiente, faltaban certificados que no podía obtener y las galerías a las que escribí solicitaban referencias locales.

En St. Brigid’s House dejé de buscar empleo relacionado con el arte. Cada respuesta negativa me recordaba la distancia entre la profesional que había sido y la mujer que pedía pañales en un despacho.

Comencé a dibujar retratos para reunir unas monedas, pero ni siquiera me permitía llamarlo trabajo. Era una forma de sobrevivir mientras esperaba que mi vida volviera a empezar.

Acaricié el lomo del libro que mi madre eligió para esconder el dinero y saqué de entre sus páginas mi antigua tarjeta del laboratorio.

En la fotografía llevaba el cabello recogido y una bata blanca; debajo de mi nombre aparecían las palabras «Departamento de Pintura y Autentificación».

Observé aquella versión de mí durante varios minutos. Parecía una desconocida, aunque todavía recordaba la emoción de abrir una caja recién llegada, examinar una superficie bajo la luz adecuada y descubrir los indicios que otros habían pasado por alto.

Guardé de nuevo la tarjeta y consulté la hora. Faltaba poco para el amanecer.

Al día siguiente no podía permitirme buscar el empleo que deseaba, sino cualquiera que aceptara a una mujer con escasa experiencia laboral en Irlanda y un bebé al que alimentar.

Limpiaría habitaciones, serviría desayunos o fregaría cocinas si era necesario. Mi formación no pagaría otra noche en aquella pensión.

Adam abrió los ojos y movió una mano hasta encontrar uno de mis dedos. Lo sostuvo con una fuerza sorprendente para un cuerpo tan pequeño.

Me acerqué para besarle la cabeza y pensé en mi madre, en el dinero escondido dentro de un libro y en la promesa que le había hecho antes de subir al tren.

No regresaría mientras mi hijo estuviera en riesgo.

Tampoco permitiría que Aaron Kelleher me empujara de nuevo hacia un hombre capaz de decidir por mí.

Cuando amaneciera, buscaría ayuda, trabajo y un lugar donde dormir. No sabía en qué orden conseguiría cada cosa ni cuánto tiempo podría protegernos con cuarenta y siete euros, pero ya había aprendido que esperar a que alguien viniera a salvarme era otra manera de perderlo todo