El secreto de Nadia Capítulo 1
3%
El secreto de Nadia

El secreto de Nadia

Por Sarah Rusell

© inepub.com

Capítulo 1

La mano de Aaron Kelleher se deslizó desde mi hombro hasta el borde del camisón con una familiaridad que no le había concedido. Sus dedos rozaron la piel que el tejido dejaba descubierta y, durante unos segundos, el miedo me impidió apartarme.

A menos de un metro, mi hijo dormía en la cuna que el centro me había proporcionado después del parto, ajeno a la respiración del hombre que acababa de entrar en nuestra habitación sin llamar.

—Está dormido —murmuró Aaron, inclinándose hacia mí—. No tenemos por qué despertarlo.

El olor de su loción se mezclaba con el de la leche y los pañales que guardaba sobre la cómoda.

Volví la cabeza hacia la cuna; el niño tenía las manos cerradas junto a las mejillas y movía los labios de vez en cuando, entregado a uno de esos sueños que todavía parecían continuar la vida dentro de mi vientre.

—Salga de mi habitación —le pedí, procurando que la voz no me temblara.

Había cerrado la puerta al entrar. Lo comprendí al oír el chasquido de la cerradura cuando traté de retroceder y mi espalda chocó con la madera. Aaron no se apartó; levantó una mano y me retiró un mechón de la cara, demorando los dedos junto a mi cuello.

—Deberías ser más amable conmigo, Nadia. He hecho mucho por ti.

—No le he pedido que venga aquí.

—Me has pedido ayuda muchas veces.

—Ayuda para mi hijo, no esto.

Su boca se endureció. Aquel hombre llevaba meses paseándose por St. Brigid’s House con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa dispuesta para los visitantes.

Cuando acudían representantes del ayuntamiento o alguna asociación entregaba ropa, él estrechaba manos, posaba para las fotografías y llamaba «nuestras familias» a las mujeres alojadas en el centro.

Después se encerraba en su despacho y decidía quién podía utilizar la lavadora, qué madre recibiría pañales o qué residente tendría acceso a una habitación individual.

—Te conseguí esta habitación —me recordó—. Podrías estar compartiendo una sala con otras cinco mujeres y sus hijos.

—Le estoy agradecida. Eso no significa que pueda tocarme.

Intenté alcanzar el picaporte, pero me sujetó por la cintura y pegó su cuerpo al mío. El sobresalto me arrancó un sonido breve que despertó al niño. Primero escuché un gemido; después llegó el llanto, todavía débil, que fue creciendo mientras yo empujaba a Aaron con ambas manos.

—Suélteme.

—Baja la voz.

—¡Suélteme!

Le golpeé la cara antes de pensarlo. La bofetada resonó en el aire y lo obligó a retroceder.

Aproveché para correr hacia la cuna, saqué al pequeño y lo estreché contra mí.

Él buscó mi pecho por encima del camisón, confundido y hambriento, mientras yo trataba de sostenerlo sin perder de vista al hombre que se acariciaba la mejilla.

Aaron tardó varios segundos en reaccionar. Cuando lo hizo, recogió del suelo la tarjeta magnética que se le había caído durante el forcejeo y la guardó en el bolsillo de su pantalón.

—No sabes con quién te las estás gastando —me advirtió.

—Sé muy bien quién es usted.

—No tienes ni idea. Llegaste sin nada, te dimos un techo y permitimos que tuvieras aquí al niño. ¿Crees que eso te convierte en dueña del lugar?

—Tengo derecho a estar aquí.

—Los derechos terminan cuando se incumplen las normas.

Comprendí entonces lo que preparaba. Aaron controlaba los informes, conocía a los responsables de la organización y podía describir lo ocurrido de la manera que más le conviniera.

Diría que lo había atacado, que me comportaba de forma agresiva o que suponía un riesgo para las demás residentes.

Mi inglés había mejorado durante aquellos meses, pero todavía necesitaba buscar palabras cuando estaba nerviosa; él, en cambio, podía mentir con la voz segura de quien llevaba años siendo escuchado.

—Usted ha entrado en mi habitación de noche —le recordé—. Ha intentado…

La palabra se atascó en mi garganta. Pronunciarla habría dado una forma demasiado concreta a lo sucedido.

—He venido porque una empleada me ha informado de que el niño llevaba horas llorando —repuso, señalando la cuna vacía—. Quería comprobar que estuviera bien y me has agredido.

—Eso es mentira.

—Es mi palabra contra la tuya.

Mi hijo continuaba llorando, y su cuerpo menudo se agitaba entre mis brazos. Lo acuné con movimientos lentos mientras Aaron abría la puerta y permanecía un momento en el umbral.

—Tienes media hora para recoger tus cosas.

—No puede expulsarnos en mitad de la noche.

—Puedo y voy a hacerlo. Si te niegas, llamaré a la policía y presentaré una denuncia por agresión. Tal vez entonces examinen con más atención tu situación.

Sabía que mi permiso de residencia estaba en regla, que la protección temporal me autorizaba a permanecer en Irlanda y trabajar, pero el miedo no atendía a documentos.

Se alimentaba de cada formulario que aún no comprendía, de las oficinas en las que debía pedir que repitieran las preguntas y de la posibilidad de que alguien decidiera separarme de mi hijo.

Aaron conocía ese temor porque se lo había visto utilizar contra otras mujeres.

—Quiero hablar con la organización —exigí.

—Mañana podrás llamar a quien quieras. Esta noche te marchas.

Cerró la puerta y se alejó por el pasillo. Escuché sus pasos hasta que el llanto del niño volvió a imponerse sobre los demás sonidos.

Me senté en la cama, me abrí el camisón y lo acerqué al pecho. Se alimentó con avidez, aferrado a mí, mientras intentaba calcular cuántas prendas cabrían en la única maleta que había conservado desde mi llegada.

Logré alcanzar Dublín ocho meses atrás, embarazada de siete y con una mochila que pesaba menos que la vida abandonada en Ucrania.

Durante el viaje me repetí que todo sería provisional: unas semanas lejos de casa, el nacimiento del niño en un lugar seguro y el regreso en cuanto las circunstancias lo permitieran.

En la estación me recibió una voluntaria que sostenía un cartel escrito en ucraniano; me entregó comida, me ayudó con la documentación y me condujo a St. Brigid’s House.

Los primeros días transcurrieron entre consultas médicas, entrevistas y llamadas que no siempre conseguían conectar con mi país.

Aaron se presentó como el director del centro y me aseguró que allí estaría protegida. En un primer momento, me consiguió una habitación compartida, buscó una cuna usada y, cuando el hospital confirmó que mi embarazo necesitaba mayor vigilancia, autorizó que un vehículo me llevara a las revisiones.

Después del nacimiento me trasladó a aquella habitación individual. Pensé que su atención respondía a la compasión. No entendí las visitas cada vez más frecuentes, las preguntas sobre el padre de mi hijo ni la mano que alguna vez demoró sobre mi espalda.

Necesitaba creer que existían personas buenas y, durante demasiado tiempo, confundí esa necesidad con confianza.

Cuando el niño terminó de comer, lo dejé sobre la cama y le cambié el pañal.

Después vestí varias capas de ropa, guardé nuestros documentos en el bolsillo interior del abrigo y llené la maleta.

No podía llevarme la cuna, el bañito de plástico ni la suave manta que una asociación había donado.

Metí pañales, dos biberones y las latas de leche que aún quedaban, pues alternaba la lactancia natural con la artificial; mis vestidos ocuparon el último espacio disponible.

A los veinticinco minutos, Aaron volvió acompañado por un vigilante. No me permitió despedirme de las otras mujeres. Tampoco quiso entregarme ningún documento que explicara la expulsión.

—Mañana vendré a recoger el resto de nuestras cosas —le anuncié.

—Lo que dejes se considerará abandonado.

El vigilante bajó la maleta y evitó mirarme durante el trayecto. Yo llevé al niño pegado al cuerpo, dentro del portabebés que una madre polaca me había regalado.

Al cruzar la salida, el viento me azotó la cara y levantó la capucha que protegía su cabeza. Aaron permaneció bajo el techo de la entrada, resguardado de la lluvia.

—Si vas a denunciarme, recuerda que fuiste tú quien me golpeó —me avisó—. Todavía estoy dispuesto a olvidar lo ocurrido.

No le respondí. Sujeté el asa de la maleta y eché a andar sin saber hacia dónde dirigirme.

La lluvia convirtió las calles en una sucesión de reflejos amarillos y rojos. Consulté el teléfono hasta encontrar un alojamiento económico a poco más de un kilómetro, pero al llamar me explicaron que no aceptaban niños.

El segundo no tenía habitaciones libres. En el tercero, una mujer me indicó un precio que superaba lo que habría pagado por tres noches en Kyiv; aun así, le pedí que me reservara una.

El dinero que llevaba procedía de pequeños trabajos realizados en el centro. Había traducido cartas para otras residentes, dibujado retratos por encargo y decorado tarjetas que vendimos durante un mercadillo organizado por una asociación.

Algunas madres me pagaban por remendar ropa o cuidar a sus hijos mientras acudían a una entrevista. No era mucho, pero había guardado cada billete pensando que serviría para comprar medicamentos, pañales o un billete de regreso.

Nunca imaginé que tendría que gastarlo en una cama para no dormir en la calle.

Mi bebé, Adam, despertó durante el trayecto y comenzó a quejarse contra mi pecho.

Me refugié en el portal de una tienda cerrada para comprobar que estaba seco y cubrirlo mejor. Tenía las mejillas frías, aunque el cuerpo conservaba el calor bajo el abrigo.

Le besé la frente y continué andando; detenerme solo conseguía que la realidad adquiriera más peso.

La pensión ocupaba las dos plantas superiores de un edificio estrecho. La mujer de recepción observó al bebé, después la maleta mojada y, por último, mi cara.

Por un instante temí que negara la reserva, pero se limitó a pedirme el pasaporte y el pago por adelantado.

—¿Cuántas noches? —me preguntó.

Abrí la cartera y conté los billetes. Podía pagar dos, pero entonces apenas conservaría dinero para comer y desplazarme.

—Una noche.

La habitación estaba en la última planta y carecía de ascensor. Subí la maleta con una mano, sosteniéndola peldaño a peldaño, mientras protegía al niño con la otra.

Al cerrar la puerta encontré una cama individual, un lavabo y una silla cubierta por una tela verde descolorida. No había cuna, de modo que extendí una manta en el centro del colchón y acosté allí a mi hijo.

Dormía otra vez. Me senté a su lado y vacié el contenido de la cartera: cuarenta y siete euros, algunas monedas y una fotografía doblada que conseguí sacar de Ucrania.

A la mañana siguiente tendría que encontrar una habitación, un trabajo y una persona dispuesta a cuidar de un bebé de seis meses. También tendría que decidir si denunciaba a Aaron, aun sabiendo que él ya estaría preparando su versión.

Apagué el teléfono para conservar la poca batería que quedaba, ya que olvidé coger el cargador, y me tumbé junto al niño sin quitarme la ropa.

Durante horas escuché los pasos de los huéspedes al otro lado de la pared y el agua golpeando el cristal. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la mano de Aaron sobre mi piel y la amenaza pronunciada junto a la cuna.

Al amanecer solo tendría cuarenta y siete euros y ninguna dirección a la que acudir. Pero mi hijo seguiría conmigo. Por aquella noche, debía bastar.