Capítulo 42
Nathaniel
El móvil había permanecido sobre la mesa de mármol del salón durante cuarenta y siete minutos exactos. Lo sabía porque no había dejado de mirarlo ni un solo instante desde que aquellas palabras aparecieron en la pantalla.
«Nathan. Necesito verte. Ven a cenar esta noche a las ocho. Valentina.»
Leí el mensaje por décima vez en los últimos cinco minutos.
La brevedad del texto me desconcertaba tanto como la invitación misma.
No había preguntas, no había reproches explícitos, no había el enfado que merecía después de semanas de silencio forzado y de la mentira que había construido entre nosotros como un muro de cristal invisible pero infranqueable.
Me levanté del sofá y caminé hasta los ventanales que daban al océano Pacífico. El sol de Los Ángeles se ocultaba lentamente sobre el horizonte, tiñendo el agua de tonos dorados y anaranjados que normalmente me habrían transmitido una paz que, en aquel momento, era absolutamente inalcanzable.
Tenía treinta y seis años. Llevaba cinco al frente del imperio Blackwood, había cerrado acuerdos multimillonarios mirando fijamente a los ojos de hombres que intentaban destrozarme, había sobrevivido a la presión constante de mi padre y a las expectativas de una familia que exigía perfección en cada movimiento.
Y, sin embargo, nunca en mi vida había sentido los nervios que ahora me atenazaban el estómago.
Era ridículo. Absurdo. Me sentía como un maldito adolescente en su primera cita, revisando mentalmente qué ponerme, cómo actuar, qué decir.
Había probado tres corbatas distintas antes de decidir que ninguna era adecuada para cenar en un apartamento modesto de un barrio humilde.
Finalmente opté por unos pantalones de lino azul marino y una camisa blanca remangada, sin chaqueta, sin corbata, intentando parecer lo menos intimidante posible.
Margaret, mi ama de llaves desde hacía más de dos décadas, me observó con curiosidad cuando bajé las escaleras.
—¿Sales esta noche, Nathaniel?
—Sí, Margaret. No me esperes despierta.
—¿Debo preparar el coche? Harold puede...
—No —la interrumpí, quizás con demasiada prisa—. Llevaré el coche yo mismo.
Asintió con discreción, aunque vi en sus ojos que percibía algo diferente en mí. No era para menos. Yo mismo me sentía diferente. Desconocido en mi propia piel.
El trayecto hasta el apartamento de Valentina me pareció eterno y demasiado breve a la vez.
El tráfico de Los Ángeles a esa hora era un infierno, pero agradecía cada segundo de retraso que me permitía organizar mis pensamientos.
¿Qué iba a decirle? ¿Cómo podía justificar lo injustificable?
Había entrado en su vida bajo falsas pretensiones, me había hecho pasar por el chófer de la mansión cuando en realidad era el propietario, le había ocultado mi identidad durante semanas mientras ella me abría las puertas de su hogar y de su confianza con una generosidad que no merecía.
Aparqué el coche a dos manzanas de distancia, necesitando caminar esos últimos metros para recomponerme.
Cuando llegué a la puerta del edificio, tardé treinta segundos en pulsar el timbre del apartamento.
Treinta segundos en los que consideré la posibilidad de dar media vuelta y marcharme a la otra punta del mundo, como había fantaseado tantas veces en las últimas semanas.
Pero entonces ella abrió. Y dejé de respirar.
Llevaba un vestido blanco de falda con vuelo que le llegaba hasta las rodillas, con tirantes finos que dejaban al descubierto sus hombros bronceados y ese cuello elegante que tantas veces había imaginado besando.
El cabello castaño oscuro caía en ondas suaves sobre sus clavículas, y sus ojos color miel brillaban con una intensidad que me desarmó por completo.
Estaba preciosa. Deslumbrante. Y por un instante, el tiempo se detuvo.
—Hola, Nathan —dijo, y su voz sonó más suave de lo que recordaba.
—Hola —respondí, sintiendo que la mía salía ronca, forzada.
Me hizo pasar al interior del apartamento. El espacio era pequeño, modesto, pero irradiaba una calidez que mi mansión de Malibú nunca había conocido. Había fotografías familiares en las paredes, macetas en el balcón que se veía desde el salón, y un aroma a algo delicioso que emanaba de la cocina.
—¿Dónde está Mateo? —pregunté, mirando a mi alrededor buscando al niño.
—Está en casa de los padres de Charlotte —respondió, cerrando la puerta—. Eleanor y Richard se lo llevaron después de comer. Se quedará a dormir allí.
Asintió, aliviado y nervoso a la vez. Estaríamos solos. No habría testigos de lo que fuera a ocurrir esa noche, ni intermediarios que pudieran suavizar la crudeza de nuestra conversación.
—He preparado la cena —dijo, dirigiéndose hacia la cocina americana—. Pescado al horno con verduras y una ensalada. Espero que te guste.
—Seguro que sí —murmuré, siguiéndola.
La observé mientras movía los platos, servía la comida, vertía el vino.
Cada gesto suyo me parecía cargado de significado, cada mirada fugaz una pregunta sin responder.
Nos sentamos a la pequeña mesa del comedor, y durante unos minutos el silencio solo se vio interrumpido por el sonido de los cubiertos contra la porcelana.
—Mateo me contó que estuviste con él —dijo de repente, sin levantar la vista de su plato.
Dejé el tenedor sobre el mantel.
—Sí. Espero que no te molestara. No quería incomodarte, pero...
—No me molestó —interrumpió, finalmente mirándome a los ojos—. Me dijo que le prometiste que nunca me harías daño.
El nudo que sentía en el estómago desde hacía semanas se apretó todavía más.
—Se lo dije de verdad —respondí, sintiendo que la honestidad era lo único que me quedaba—. Nunca te haría daño, Valentina. Jamás.
Ella asintió lentamente, procesando mis palabras.
—¿Por qué me mentiste? —La pregunta salió baja, casi un susurro, pero me golpeó con la fuerza de un puñetazo.
Suspiré, dejando los codos sobre la mesa y entrelazando las manos.
—Al principio fue una casualidad. Te encontré esa noche, estaba herido, y tú me ayudaste sin preguntar quién era.
Cuando me preguntaste qué hacía allí, se me ocurrió lo del chófer.
Y después... —hice una pausa, buscando las palabras adecuadas—.
Después descubrí lo agradable que era ser simplemente Nathan.
No Nathaniel Blackwood, CEO de la empresa familiar, no el heredero de un imperio, no el soltero codiciado de los periódicos del corazón.
Solo Nathan. Y tenía miedo de que, si sabías la verdad, todo cambiaría.
—Todo cambió de todos modos —observó ella, y tenía razón.
—Lo sé. Y lo siento. De verdad, Valentina. Siento haberte mentido, siento haberte hecho sentir que no podías confiar en mí.
Terminamos de cenar en un silencio más cómodo, aunque cargado de tensión. Después nos trasladamos al salón, sentándonos en el sofá con una distancia prudente entre ambos que me resultaba insoportable.
—Hablemos del futuro —propuso ella, girándose hacia mí—. De lo que cada uno quiere.
Asintió, aliviado de que ella tomara la iniciativa.
—Tú primero —dije.
Valentina se quedó pensativa unos segundos, mirando sus manos entrelazadas sobre el regazo.
—En mi futuro está Mateo —afirmó con firmeza—. Al igual que está en mi presente. Es mi hermano, mi responsabilidad, mi familia. No voy a dejarle atrás, Nathan. No importa lo que pase, no importa con quién esté o dónde viva. Él viene conmigo.
La miré con una intensidad que esperaba que ella pudiera percibir.
—Lo sé —respondí—. Y no dejaría a ese niño atrás por nada del mundo.
Para mí también es importante, Valentina.
Quiero estar en su vida, quiero ayudar con sus estudios, quiero verle crecer y convertirse en el hombre que sé que será algún día.
Porque si con diez años cuida y protege así a su hermana mayor, sé que algún día será un gran hombre. Un hombre de palabra y de provecho.
Ella me observó con los ojos ligeramente humedecidos, y durante un instante vi en su mirada algo que no había visto desde antes de que descubriera la verdad: confianza.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué quieres para tu futuro?
Estuve a punto de responder con una evasión, con algo genérico sobre el éxito empresarial o la expansión del grupo Blackwood. Pero me detuve. Porque ella se merecía la verdad. Toda la verdad.
—Quiero paz —dije finalmente—. Quiero dejar de sentirme solo en una mansión de seis habitaciones. Quiero alguien con quien compartir el silencio, no solo el ruido de los eventos sociales. Quiero... —tragué saliva, arriesgándome—. Te quiero a ti, Valentina. En mi futuro, te quiero a ti.
Ella bajó la vista, y cuando volvió a alzarla, había lágrimas en sus ojos.
—Tengo miedo —confesó, y su voz tembló—.
No quiero pasar por lo que pasó mi madre.
No quiero que un día te des cuenta de que yo no soy suficiente para ti, de que tu padre tiene razón y no soy adecuada para un Blackwood.
No quiero quedarme embarazada y que decidas que no quieres saber nada más de mí, que desaparezcas como hizo mi padre.
Cada palabra suya me atravesaba como un cuchillo. Me levanté del sofá y me arrodillé delante de ella, tomando sus manos entre las mías.
—Escúchame bien —dije, mirándola fijamente a los ojos—.
Jamás serás suficiente para mí, porque tú eres mucho más de lo que esperaba y de lo que imaginaba.
Me da igual lo que diga mi padre, me da igual lo que piense el consejo o la prensa o cualquiera.
Te quiero a ti. Y si tengo que casarme y formar una familia, quiero que sea contigo y solo contigo.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, y yo las sequé con los pulgares.