El secreto de mi chico Capítulo 41
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Capítulo 41

Valentina

No sabía qué hacer con Nathan. Y empezaba a odiar esa sensación. Porque toda mi vida había sido una persona práctica.

Tomaba decisiones. Analizaba las situaciones.

Valoraba los riesgos. Y actuaba. No me quedaba atrapada en mitad de un camino sin saber hacia dónde avanzar.

Pero aquello era diferente. Porque el problema no estaba en mi cabeza.

Estaba en mi corazón. Y mi corazón llevaba semanas comportándose como un auténtico traidor.

Había días en los que recordaba la mentira. El engaño. Las medias verdades. La forma en que había descubierto quién era realmente. Y sentía una rabia tan intensa que me costaba respirar. Pero después aparecían otros recuerdos.

Los buenos. Los peligrosos. La primera vez que me hizo reír.

La primera vez que ayudó a Mateo. La primera vez que me abrazó cuando tuve un mal día.

Y entonces todo volvía a romperse. Porque seguía ahí.

Todo. El amor. La decepción. La confianza perdida.

Los sentimientos intactos. Todo mezclado.

Todo al mismo tiempo. Y aquello era agotador.

Aquella tarde Daniel insistió en acompañarme a casa.

Otra vez. Yo ya había dejado de discutir.

Porque sabía que no iba a cambiar de opinión.

Y porque, en el fondo, agradecía la compañía.

Condujimos durante varios minutos hablando de trabajo.

De clientes. De proyectos. De cualquier cosa.

Hasta que el silencio terminó imponiéndose. Y entonces ocurrió.

—¿Todavía lo amas?

Giré la cabeza.

—¿Qué?

Daniel mantuvo la vista fija en la carretera.

—Sabes perfectamente qué he preguntado.

Mi estómago se encogió. Porque no estaba preparada para responder. Porque llevaba semanas evitando responderme incluso a mí misma.

—Daniel...

—No tienes que mentirme.

Aquello me hizo bajar la mirada. Y el problema fue que tardé demasiado en contestar. Demasiado. Muchísimo. Tanto que el silencio respondió antes que yo. Daniel soltó un suspiro suave.

—Ya.

Cerré los ojos un instante.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es.

—Estoy enfadada.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

Apreté las manos sobre mi regazo.

—Y aun así...

No terminé la frase. No pude. Porque me dolía demasiado. Daniel sonrió con tristeza.

—Valentina.

Lo miré. Y por primera vez vi algo distinto en sus ojos. Aceptación. No resignación. Aceptación. Como si hubiera entendido algo que quizá llevaba años sabiendo.

—El amor no desaparece porque alguien te decepcione.

Aquellas palabras me atravesaron. Porque eran verdad. Dolorosamente verdad. Y porque describían exactamente lo que me estaba ocurriendo.

Cuando llegamos al apartamento me despedí de Daniel con un abrazo. Uno largo, sincero y necesario.

—Gracias.

—Siempre.

Esperé a que se marchara. Después entré en el edificio. Y en cuanto abrí la puerta del apartamento supe que algo ocurría. Mateo apareció corriendo. Con una sonrisa enorme. Tan enorme que inmediatamente sospeché.

—¿Qué qué has hecho?

—¡Nada!

—Mateo.

—Vale. Quizá algo.

Crucé los brazos.

—Habla.

Y entonces soltó la bomba.

—He estado con Nathan.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Esta tarde.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Cómo que esta tarde?

—Vino a buscarme cuando terminé las actividades.

Me quedé inmóvil.

—¿Y tú fuiste con él?

—Claro.

—Mateo...

—Charlotte lo sabía. Y Eleanor también. Y Richard.

Eso me tranquilizó un poco. Solo un poco.

—¿Y qué habéis hecho?

Su sonrisa se hizo todavía más grande.

—Fuimos a ver coches.

Por supuesto. ¿Cómo no?

—¿Solo eso?

—Y comimos hamburguesas. Y vimos una exposición. Y me dejó sentarme en un simulador de Fórmula 1. Y...

—Mateo.

Mi hermano se calló. Pero seguía sonriendo.

Y entonces entendí algo. Nathan no había intentado verme.

No me había buscado. No había utilizado a Mateo para acercarse a mí.

Simplemente había pasado tiempo con él. Porque quería hacerlo.

Porque quería seguir presente. Porque quería seguir siendo Nathan para mi hermano.

Y aquello removió algo dentro de mí. Algo importante.

Más tarde, mientras recogíamos la cocina, Mateo volvió a sacar el tema. Como era de esperar.

—¿Estás enfadada?

Levanté la vista.

—¿Por qué iba a estarlo?

—Por Nathan.

Suspiré.

—No estoy enfadada contigo.

—Ya lo sé.

Se quedó pensativo unos segundos. Y entonces dijo algo que me dejó completamente inmóvil.

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—Cuando fuimos a la feria de coches.

Mi respiración se ralentizó. Recordaba perfectamente aquel día.

—Sí.

—Nathan me prometió algo.

Lo miré.

—¿Qué te prometió?

Mateo bajó la vista a la encimera. Como si estuviera organizando las palabras.

—Me prometió que nunca te haría daño.

Sentí un nudo en la garganta. Inmediatamente.

—Mateo...

—Y yo le creí.

Aquello dolió. Mucho. Porque sabía que Nathan también había creído esa promesa cuando la hizo. Porque sabía que jamás había planeado herirme. Porque las peores heridas casi siempre eran las que uno provocaba sin querer. Mi hermano volvió a mirarme. Y vi una madurez impropia de sus diez años.

—Sé que te quiere.

No respondí.

—Mucho.

Seguía sin responder. Porque no podía. Porque tenía razón.

—Y sé que tú también lo quieres.

Las lágrimas empezaron a quemarme detrás de los ojos.

—Mateo...

—Déjame terminar.

Aquello me sorprendió tanto que obedecí.

—Si existe un hombre en el mundo que vaya a cuidarte toda la vida...

Su voz tembló ligeramente.

—Además de mí. Ese es Nathan. Y nadie más.

El silencio que siguió fue devastador. Porque aquellas palabras venían de la persona más importante de mi vida. De alguien que adoraba a Nathan. Pero que me adoraba todavía más a mí. Mateo se acercó. Me abrazó. Y apoyó la cabeza contra mi hombro.

—Solo quiero que seas feliz.

Las lágrimas terminaron cayendo. Sin que pudiera evitarlo. Lo abracé con fuerza. Muchísima fuerza. Porque en aquel instante entendí que mi hermano veía cosas que yo llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.

Cuando Mateo se fue a dormir me quedé sola en el salón. Con todas aquellas emociones revoloteando dentro de mí. Con todas aquellas dudas. Con todos aquellos recuerdos. Y sin saber qué hacer con ellos. Miré el teléfono. Durante mucho tiempo. Muchísimo. Hasta que finalmente lo cogí.

Abrí la conversación de Nathan. La observé.

Y empecé a escribir. Una palabra. Dos. Tres.

Después una frase. Y otra. Y otra más. Cuando terminé me quedé mirando la pantalla.

Sin enviarlo. Simplemente observándolo. Pensando.

Recordando. Pensando otra vez. En las palabras de Mateo.

En la forma en que Nathan había desaparecido cuando le pedí espacio.

En la manera en que había protegido a Mateo.

En la manera en que me había protegido a mí.

Incluso cuando yo no quería saber nada de él.

Incluso cuando estaba enfadada. Incluso cuando tenía todos los motivos del mundo para alejarse.

Y entonces pensé en Ethan Monroe. En el miedo.

En aquellas semanas horribles. Y en cómo todo había desaparecido.

Porque Nathan había actuado. Sin pedir reconocimiento. Sin exigir gratitud. Sin utilizarlo para manipularme. Simplemente porque estaba preocupado. Simplemente porque me quería. Las lágrimas volvieron a aparecer. Más suaves esta vez. Más tranquilas. Más sinceras.

Y mientras seguía mirando aquel mensaje sin enviar, comprendí algo por primera vez en mucho tiempo. Seguía dolida. Seguía enfadada. Seguía necesitando tiempo. Pero ya no estaba segura de querer una vida en la que Nathan no estuviera. Y aquella diferencia lo cambiaba todo.

Cerca de medianoche me acerqué a la ventana del salón.

La ciudad brillaba bajo las luces de verano.

Todo parecía tranquilo. En calma. Y por primera vez desde que toda aquella historia había estallado, no sentí que estuviera perdiéndolo.

No sentí que cada día nos alejara más. No sentí que el final estuviera escrito.

Porque algo había cambiado. Quizá dentro de él.

Quizá dentro de mí. Quizá dentro de los dos.

No lo sabía. Todavía no. Pero mientras observaba la noche de Los Ángeles comprendí una única cosa con absoluta claridad.

Aún quedaba historia por escribir. Y por primera vez en mucho tiempo esa idea ya no me daba miedo.