El secreto de mi chico Capítulo 40
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Capítulo 40

Nathaniel

Los días posteriores a la rueda de prensa fueron un auténtico caos. Exactamente lo que había esperado. Y, al mismo tiempo, mucho peor.

Mi equipo de comunicación parecía estar al borde de un colapso nervioso colectivo.

Las llamadas no dejaban de llegar. Las solicitudes de entrevistas se multiplicaban por horas.

Las revistas querían exclusivas. Las cadenas de televisión querían declaraciones.

Y los periodistas parecían haberse convencido de que descubrir la identidad de la mujer misteriosa era ahora la misión más importante de sus vidas.

No me sorprendía. Conocía perfectamente cómo funcionaba aquel mundo. Llevaba demasiados años formando parte de él. Pero esta vez era diferente. Porque ya no se trataba únicamente de mí. Y eso cambiaba las reglas. Por completo.

—No me gusta.

Levanté la vista de los documentos. Amelia estaba sentada frente a mi escritorio. Con los brazos cruzados. Y esa expresión que siempre aparecía cuando estaba a punto de decirme algo que probablemente no quería escuchar.

—Vas a tener que ser más específica.

—La prensa.

—A mí tampoco.

—No te hagas el gracioso.

Sonreí ligeramente. Mi hermana suspiró.

—Nathaniel.

—¿Qué?

—Has removido un avispero.

—Lo sé.

—Y ahora van a investigar.

—También lo sé.

—Y cuando investigan suelen encontrar cosas.

Aquello hizo que mi sonrisa desapareciera. Porque Amelia tenía razón. Toda la razón. Y precisamente por eso llevaba varios días adelantándome a los acontecimientos.

—No permitiré que lleguen a ella.

Mi hermana me observó atentamente.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—La subestimas.

Fruncí el ceño.

—¿A quién?

—A Valentina.

Aquello me desconcertó.

—No la subestimo.

—Sí lo haces.

Negué con la cabeza.

—No.

—Crees que necesita que la protejas de todo.

Aquellas palabras me hicieron pensar. Porque había algo de verdad en ellas. No toda. Pero algo.

—No intento protegerla de todo.

—¿No?

—No.

Me apoyé en el respaldo de la silla.

—Solo intento evitar que pague las consecuencias de mis errores.

Amelia permaneció en silencio unos segundos. Y después sonrió.

—Eso ya tiene más sentido.

Aquella misma tarde recibí una llamada de Daniel. La primera en varios días.

—Hola.

—Hola.

Hubo un breve silencio.

—He pensado que querrías saber algo.

Mi cuerpo se tensó inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

—Nada malo.

Respiré.

—Daniel.

—Lo sé. Lo siento.

Escuché cómo soltaba una pequeña carcajada.

—Pero cada vez que te llamo parece que esperas una catástrofe.

—Porque normalmente me llamas cuando pasa algo.

—Punto para ti.

Esperé.

—¿Qué querías contarme?

—Valentina vio la rueda de prensa.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

—¿Sí?

—Sí.

Aquella única sílaba parecía insuficiente.

—¿Y?

—Y nada.

Fruncí el ceño.

—Daniel.

—No sé qué quieres que te diga. No dijo mucho.

—¿Nada?

—Nada.

Aquello era imposible. Valentina siempre tenía algo que decir. Siempre.

—¿Seguro?

—Nathaniel.

—Vale.

Daniel soltó otro suspiro.

—Solo se quedó mirando la televisión.

—¿Y después?

—Después cambió de canal.

Aquello me arrancó una sonrisa involuntaria. Porque era exactamente algo que ella haría. Cuando una situación la superaba emocionalmente. Cuando no sabía qué sentir. Cuando necesitaba tiempo. Simplemente se alejaba.

—Gracias.

—De nada.

—Y Daniel.

—¿Sí?

—Gracias por seguir cuidando de ella.

El silencio al otro lado duró varios segundos.

—Siempre lo haré.

—Lo sé.

Y ambos sabíamos que aquello era cierto.

Esa noche llegué a casa más tarde de lo habitual.

Margaret estaba terminando de recoger la cocina.

Harold veía un partido en una televisión auxiliar del salón.

Todo parecía normal. Tranquilo. Silencioso.

Y por alguna razón aquello me hizo pensar en Valentina.

Otra vez. Probablemente porque cualquier cosa terminaba haciéndome pensar en ella.

Subí al despacho. Me serví un café. Y abrí uno de los cajones.

El que llevaba meses evitando abrir. Porque dentro había algo que me recordaba demasiado quién era antes de conocerla.

Y quién era después. Saqué una fotografía.

Una única fotografía. La primera que nos hicimos juntos.

Mateo aparecía en medio. Sonriendo como si acabara de ganar la lotería.

Valentina estaba a su lado. Riéndose. Y yo...

Yo la estaba mirando a ella. No a la cámara, ni a Mateo. A ella.

Me quedé observando aquella imagen durante largos segundos.

Y comprendí algo que ya sospechaba. La había querido mucho antes de atreverme a reconocerlo.

Muchísimo antes. Quizá desde el principio.

Quizá desde aquella primera noche en la que insistió en ayudar a un desconocido herido sin pedir nada a cambio.

Quizá desde el momento en que vi cómo protegía a su hermano.

Quizá desde que entendí que su corazón era infinitamente más grande que el mío.

La verdad era que ya no importaba cuándo había empezado.

Solo importaba que seguía sintiéndolo. Con la misma intensidad. O más.

Dos días después ocurrió algo que no esperaba. Estaba terminando una reunión cuando mi secretaria apareció en la puerta.

—Señor Blackwood.

—¿Sí?

—Tiene una visita.

Fruncí el ceño. No esperaba a nadie.

—¿Quién?

—El señor Richard Whitmore.

Aquello sí logró sorprenderme. Mucho. Porque Richard Whitmore no era precisamente el tipo de hombre que aparecía sin avisar.

—Hazlo pasar.

Mi secretaria asintió. Y pocos segundos después Richard entró en el despacho. Elegante. Sereno. Con esa presencia tranquila que siempre había tenido. Nos estrechamos la mano.

—Richard.

—Nathaniel.

—¿A qué debo la visita?

Tomó asiento. Y durante unos instantes me observó. Como si estuviera evaluándome.

—He visto la rueda de prensa.

Ahí estaba. Otra vez.

—Ya veo que tuvo audiencia.

Richard sonrió.

—Más de la que imaginas.

No respondí. Porque ambos sabíamos que era verdad.

—Has sido valiente.

Aquella palabra volvió a sorprenderme. Porque era la segunda vez en pocos días que alguien la utilizaba. Y nunca me había considerado especialmente valiente. Decidido. Sí. Obstinado. También. Valiente no.

—Solo dije la verdad.

—Precisamente.

Aquello me dejó pensativo. Richard apoyó una mano sobre el brazo del sillón.

—Valentina está herida.

Mi estómago se encogió.

—Lo sé.

—Mucho.

—Lo sé.

—Y también sigue queriéndote.

Aquello me golpeó exactamente igual que cuando me lo dijo Daniel. Con la misma intensidad. Con la misma esperanza dolorosa.

—Richard... —

No estoy diciendo que te vaya a perdonar. Ni que vaya a hacerlo pronto. Ni siquiera que vaya a hacerlo.

—Entiendo.

—Pero conozco a esa niña desde que nació. Y sé cuándo alguien le importa de verdad.

Tragué saliva. Porque escuchar aquello de alguien como Richard tenía un peso enorme.

—Gracias.

Él negó con la cabeza.

—No me las des todavía. Todavía tienes mucho trabajo por delante.

Aquello me arrancó una pequeña sonrisa.

—Eso ya lo sé.

Richard también sonrió. Y por primera vez desde que entró en mi despacho el ambiente se relajó ligeramente. Antes de marcharse se detuvo junto a la puerta. Y me miró una última vez.

—No vuelvas a mentirle.

La sinceridad de aquella frase fue absoluta. Brutal. Directa. Y merecida.

—No lo haré.

Richard sostuvo mi mirada unos segundos. Como si estuviera decidiendo si creerme o no. Finalmente asintió. Y salió del despacho. Dejándome completamente solo. Solo con mis pensamientos. Solo con mis errores. Y solo con una certeza que cada vez resultaba más clara. No podía cambiar el pasado.

No podía borrar lo ocurrido. No podía obligar a Valentina a confiar en mí. Pero sí podía demostrarle algo. Día tras día. Paso a paso. Que el hombre que ella había amado seguía ahí. Y que esta vez no pensaba esconderse detrás de nada.