Capítulo 39
Nathaniel
Había una diferencia enorme entre comprender algo y aceptarlo.
Yo llevaba semanas comprendiendo que había cometido un error.
Un error monumental. Un error que había destrozado la confianza de la única mujer que realmente me importaba.
Pero aceptar las consecuencias era otra historia.
Porque aceptar las consecuencias significaba entender que quizá no podía arreglarlo.
Que quizá no existía una conversación mágica.
Ni una explicación perfecta. Ni una disculpa lo bastante buena.
Y aquello era algo con lo que nunca había sabido convivir.
Yo solucionaba problemas. Era lo que hacía.
Era lo que llevaba haciendo toda mi vida.
Pero Valentina no era un problema. Era una persona.
Y una persona herida. Por mi culpa. Aquella realidad resultaba tan incómoda como necesaria.
Por eso, después de nuestra conversación en el portal, tomé una decisión.
No iba a perseguirla. No iba a insistir.
No iba a presionarla. Porque si realmente quería demostrarle que había aprendido algo, tenía que empezar por respetar sus tiempos. Aunque me costara una barbaridad.
Los días siguientes fueron extraños. Más tranquilos.
Y al mismo tiempo desesperantes. Porque sabía que ella estaba ahí.
A pocos kilómetros. Trabajando. Cuidando de Mateo.
Viviendo su vida. Y aun así me obligaba a mantener las distancias.
No desaparecí por completo. Tampoco podía hacerlo.
Seguía pendiente de la seguridad. Seguía asegurándome de que no hubiera ninguna novedad relacionada con Ethan Monroe.
Pero fuera de eso... Nada. Ni llamadas. Ni mensajes.
Ni encuentros casuales. Ni excusas absurdas para verla.
Nada. Y aquello era mucho más difícil de lo que había imaginado.
—Pareces enfermo.
Levanté la vista. Ethan Walker acababa de entrar en mi despacho. Con un café en una mano. Y una expresión insufriblemente divertida.
—Buenos días.
—No tienen pinta de serlo.
Se sentó frente a mí.
—¿Cuántos días llevas sin intentar hablar con ella?
—Cinco.
Abrió mucho los ojos.
—¿Cinco?
—Sí.
—¿Cinco días enteros?
—Ethan...
—Estoy impresionado.
Resoplé.
—No tiene gracia.
—Un poco sí.
Negué con la cabeza. Mi mejor amigo dio un sorbo a su café.
—¿Y cómo lo llevas?
—Fatal.
—Eso ya me parece más normal.
Me apoyé en el respaldo de la silla.
—Necesita espacio.
—Lo sé.
—Y yo necesito que deje de doler.
Ethan sonrió.
—Eso va a tardar más.
—Gracias por tu optimismo.
—Para eso estoy.
Lo fulminé con la mirada. Y él se rio. Como siempre.
Dos días después ocurrió algo que llevaba años evitando.
Una rueda de prensa. No porque me asustaran los periodistas.
Ni las cámaras. Ni las preguntas. Llevaba demasiado tiempo lidiando con ellas.
Lo que evitaba era hablar de mí. De verdad.
No de cifras. No de negocios. No de adquisiciones multimillonarias. De mí.
Porque siempre había considerado que mi vida privada era exactamente eso.
Privada. Y porque durante años me había resultado muy cómodo esconderme detrás de un apellido.
Detrás de una empresa. Detrás de una imagen cuidadosamente construida.
Pero empezaba a estar cansado. Cansado de fingir.
Cansado de aparentar. Cansado de ser una versión incompleta de mí mismo.
Y por primera vez decidí dejar de hacerlo.
La conferencia se celebró en uno de los auditorios del grupo empresarial.
Más de cien periodistas. Decenas de cámaras.
Luces. Micrófonos. Preguntas preparadas.
Todo perfectamente organizado. Como siempre.
Empezamos hablando de la empresa. Resultados.
Expansiones. Nuevos proyectos. Lo habitual.
Y durante casi una hora todo transcurrió exactamente como esperaba.
Hasta que una periodista levantó la mano.
—Señor Blackwood.
Asentí.
—Durante años ha sido una figura muy presente en la prensa social. Últimamente eso ha cambiado. ¿Hay algún motivo?
La sala se quedó en silencio. Esperando. Y por primera vez no esquivé la pregunta. No sonreí. No utilicé una respuesta vacía. Simplemente dije la verdad.
—Sí.
Aquello provocó un murmullo inmediato. La periodista pareció sorprendida.
—¿Quiere explicarlo?
Respiré hondo. Y durante unos segundos pensé en Valentina. En su sonrisa. En su decepción. En la forma en que me había mirado cuando descubrió quién era. Y entonces hablé.
—Durante mucho tiempo pensé que podía separar mi vida real de la imagen pública. Pensé que podía controlar ambas cosas. Me equivoqué.
El silencio se volvió absoluto.
—Cometí errores. Errores importantes. Y uno de ellos fue no ser completamente honesto con alguien que merecía toda la verdad desde el principio.
Vi cómo varios periodistas intercambiaban miradas. Tomaban notas. Algunos incluso parecían olvidar respirar.
—¿Está hablando de una relación sentimental?
Preguntó otro, y asentí.
—Sí.
—¿La relación terminó?
Aquella pregunta dolió más de lo que esperaba. Pero respondí igualmente.
—Sí.
—¿Por qué?
Sonreí sin humor.
—Porque las mentiras tienen consecuencias.
Nadie dijo nada. Nadie se movió. Toda la sala parecía suspendida en el tiempo.
—Perdí a alguien importante —continué—. Y la perdí porque no tuve el valor de ser completamente sincero desde el principio.
Aquello generó una auténtica explosión de murmullos. Pero ya no me importaba. Porque por primera vez en años estaba diciendo exactamente lo que pensaba. Sin filtros. Sin estrategias. Sin cálculos.
—¿Está intentando recuperarla?
Preguntó alguien desde el fondo. Y aquella fue probablemente la pregunta más difícil de todas. Porque la respuesta sincera era sí. Por supuesto que sí. Cada día. Cada minuto. Pero también sabía que aquello no dependía únicamente de mí. Así que respondí con la única verdad posible.
—Estoy intentando convertirme en alguien que merezca una segunda oportunidad.
Y después di por terminada la rueda de prensa.
La noticia explotó antes incluso de que llegara al coche.
Titulares. Especulaciones. Teorías. Artículos.
Programas de televisión. Todo el mundo quería saber quién era la mujer.
Todo el mundo quería conocer la historia.
Todo el mundo parecía haberse vuelto loco.
Yo no. Porque solo me importaba una persona.
Y esa persona ya conocía la historia completa.
Aquella noche fui a cenar con mis padres. Una cena que esperaba incómoda. Muy incómoda. Pero para mi sorpresa ocurrió algo inesperado. Cuando terminamos el postre, mi padre dejó los cubiertos sobre la mesa. Y me observó. En silencio. Durante varios segundos.
—He visto la rueda de prensa.
Me preparé para una crítica. Para una reprimenda. Para cualquier cosa. Pero no para lo que dijo después.
—Has estado bien.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—He dicho que has estado bien.
Mi madre sonrió inmediatamente. Como si llevara años esperando escuchar algo así. Yo me quedé mirándolo. Sin saber muy bien qué responder. Mi padre suspiró.
—No estoy de acuerdo con muchas de tus decisiones. Eso no es ningún secreto.
—No.
No lo era.
—Pero hoy has asumido la responsabilidad de tus errores. Y eso requiere valor.
Aquellas palabras me dejaron completamente descolocado. Porque durante toda mi vida había perseguido su aprobación. Y precisamente ahora que había dejado de hacerlo... Era cuando parecía empezar a obtenerla.
—Gracias.
William Blackwood asintió. Una sola vez. Pero fue suficiente. Porque para alguien como él aquello equivalía prácticamente a una ovación.
Esa noche regresé a casa con una sensación extraña.
Como si algo hubiera cambiado. Como si hubiera dado un paso que llevaba demasiado tiempo evitando.
Entré en la terraza. Me serví un whisky.
Y observé el océano. Las olas rompían suavemente contra la orilla.
El aire olía a sal. Y por primera vez en meses mi cabeza estaba en calma.
No porque hubiera solucionado nada. No lo había hecho.
Valentina seguía lejos. Seguía enfadada.
Seguía herida. Pero ya no intentaba convencerme de que las palabras serían suficientes.
Porque había entendido algo importante. Las palabras solo tenían valor cuando iban acompañadas de hechos.
Y yo pensaba demostrárselo. No con discursos.
No con promesas. No con declaraciones grandilocuentes.
Sino con tiempo. Con paciencia. Con respeto. Con acciones.
Porque si algún día volvía a mirarme como antes, quería haberme ganado esa mirada. Y mientras contemplaba el océano bajo la luz de la luna, solo tuve una certeza. Pronto volvería a verla. No para convencerla de nada. No para pedirle que regresara. Sino para mostrarle algo mucho más importante.
Que el hombre que la había amado nunca había desaparecido. Y que, por fin, estaba aprendiendo a ser digno de ella.