Capítulo 38
Valentina
Había algo raro. Y cuanto más intentaba convencerme de que estaba exagerando, más evidente resultaba.
Ethan Monroe había desaparecido. Simplemente desaparecido.
De un día para otro. Sin mensajes. Sin llamadas.
Sin cartas. Sin aparecer junto al edificio de la empresa.
Sin quedarse observando desde la distancia.
Sin esperarme cerca del colegio de Mateo.
Nada. Absolutamente nada. Y aquello debería haberme hecho sentir mejor. Mucho mejor.
Debería haberme quitado un peso enorme de encima.
Debería haberme permitido volver a respirar con normalidad.
Pero no era eso lo que sentía. Porque cuando alguien se volvía tan insistente durante semanas y desaparecía de golpe...
La sensación que quedaba no era tranquilidad.
Era inquietud. Era esa incómoda sensación de estar esperando algo.
Como si una parte de mí no terminara de confiar en aquella calma repentina.
—Estás pensando demasiado.
Charlotte dejó su taza de café sobre mi escritorio y se sentó frente a mí. Yo aparté la vista de la pantalla del ordenador.
—No estoy pensando demasiado.
—Claro que sí.
—No.
—Valentina.
Suspiré.
—Vale. Quizá un poco.
Charlotte sonrió.
—Mucho mejor.
Me acomodé en la silla.
—Solo me parece extraño.
—¿El qué?
—Todo.
—Eso es muy específico.
La fulminé con la mirada. Ella se rio.
—Hablo en serio.
—Ya lo sé.
Miré hacia la ventana.
—Ha desaparecido.
—¿Y eso es malo?
—No.
—Entonces...
—No lo sé.
Y era verdad. No sabía explicarlo. Solo sabía que después de semanas viviendo pendiente de dónde podía aparecer Ethan, aquel vacío resultaba casi antinatural. Charlotte me observó unos segundos.
—Quizá por fin ha entendido que se acabó.
—Ojalá.
—¿Y si es así?
Me encogí de hombros.
—Entonces me alegraré.
Pero no sonó tan convincente como debería. Porque algo seguía molestándome. Algo que todavía no conseguía identificar.
Dos días después, Daniel confirmó que no era la única que había notado cosas extrañas. Estábamos terminando una reunión cuando cerró la carpeta y me observó.
—¿Has visto a los hombres del coche negro?
Fruncí el ceño.
—¿Qué hombres?
—Los que llevan varios días aparcando frente al edificio.
Aquello llamó inmediatamente mi atención.
—¿Qué coche?
—Un SUV negro.
Miré a Charlotte. Ella arqueó la ceja.
—Yo también los he visto.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Pensaba que eran de seguridad corporativa.
—¿Seguridad de qué?
—Ni idea.
Daniel cruzó los brazos.
—No parecen peligrosos.
—Eso tranquiliza muchísimo.
—Lo digo en serio. Siempre están observando. Nunca se acercan. Nunca molestan a nadie.
—Eso no es precisamente normal.
—Lo sé.
Una sensación extraña comenzó a instalarse lentamente en mi estómago. Pequeña. Molesta. Persistente. Como una pieza de un puzle que no terminaba de encajar.
Aquella tarde recogí a Mateo en casa de los Whitmore.
Eleanor había insistido en que se quedara a merendar con ellos.
Y como siempre, mi hermano había aceptado encantado.
Cuando llegué lo encontré en el jardín. Corriendo detrás del perro de los vecinos junto con Charlotte.
Y por un instante todo pareció normal. Completamente normal.
Hasta que Richard Whitmore apareció a mi lado.
—¿Cómo estás?
Sonreí.
—Bien.
Me observó.
—Mientes fatal.
—Qué manía tiene todo el mundo con decirme eso.
Richard soltó una carcajada.
—Porque es verdad.
Nos quedamos viendo a Mateo.
—¿Sigue sin aparecer?
La pregunta me hizo girarme.
—¿Cómo sabes eso?
—Charlotte me lo contó.
Claro. Por supuesto que lo había hecho.
—Sí. Sigue sin aparecer.
Richard asintió lentamente. Y durante un instante pareció debatirse internamente. Como si quisiera decir algo. Pero finalmente no lo hizo. Y aquello solo consiguió aumentar todavía más mis sospechas.
Esa misma noche regresé al apartamento con una sensación extraña.
Mateo iba hablando sobre una competición de karting.
Yo asentía. Contestaba. Sonreía. Pero mi cabeza estaba en otro sitio.
Pensando. Uniendo detalles. Intentando entender qué estaba pasando.
Y fue entonces cuando ocurrió. Cuando aparqué frente al edificio.
Cuando bajé del coche. Cuando levanté la vista.
Y lo vi. Mi corazón se detuvo durante una fracción de segundo.
Nathan. Estaba allí. Esperándome. En el portal.
Sin esconderse. Sin fingir casualidades.
Sin excusas. Simplemente allí. Como si hubiera tomado la decisión de dejar de huir. Mateo fue el primero en reaccionar.
—¡Nathan!
Maldita fuera. Mi hermano salió disparado antes de que pudiera detenerlo.
Nathan sonrió. Y aquella sonrisa consiguió atravesarme como una cuchilla.
Porque era la misma. Exactamente la misma.
La sonrisa que había aprendido a reconocer antes de saber quién era realmente.
La sonrisa del hombre del que me había enamorado.
No la del multimillonario. No la del CEO.
No la del apellido Blackwood. La suya. Solo la suya.
—Hola, campeón.
Mateo se lanzó a abrazarlo. Y Nathan lo sostuvo con una facilidad que me rompió un poco el corazón.
Porque ninguno de los dos parecía estar fingiendo.
Porque el cariño era real. Siempre lo había sido.
Cuando Mateo se apartó, Nathan levantó la mirada hacia mí.
Y entonces toda la tensión regreso de golpe.
—Hola, Valentina.
Aquella voz. Dios. Odiaba que siguiera afectándome.
—¿Qué haces aquí?
Mateo miró de uno a otro. Percibiendo inmediatamente el ambiente.
—Vale...
Forcé una sonrisa.
—Sube a casa.
—Pero...
—Mateo.
Mi hermano dudó. Después miró a Nathan. Y finalmente asintió.
—Vale.
Se acercó a mí. Me dio un beso en la mejilla. Y desapareció dentro del edificio. Solo entonces volví a mirar a Nathan.
—¿Qué haces aquí?
Repetí. Su expresión se volvió seria.
—Necesitaba hablar contigo.
—Pues ya estás hablando.
—No en mitad de una guerra.
Crucé los brazos.
—Entonces será mejor que empieces. Porque no pienso invitarte a subir.
Un destello de dolor cruzó sus ojos. Apenas un segundo. Pero lo vi. Y aquello me molestó todavía más. Porque seguía afectándome. Porque seguía importándome. Porque no quería que importara. Nathan asintió lentamente.
—De acuerdo.
Se metió las manos en los bolsillos. Y durante unos segundos pareció buscar las palabras adecuadas.
—La seguridad que has visto...
Mi estómago se encogió.
—¿Qué pasa con ella?
—La contraté yo.
Silencio absoluto. Mi cerebro tardó varios segundos en procesarlo.
—¿Qué?
—Fui yo.
Lo miré fijamente. Incapaz de creerlo.
—¿Me estás diciendo que llevas semanas vigilándome?
—Protegiéndote.
—No te atrevas a llamarlo así.
La rabia apareció de golpe.
—No tenías ningún derecho.
—Lo sé.
Aquella respuesta me descolocó. Porque no intentó justificarse. No discutió. No se defendió. Simplemente lo reconoció.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Nathan bajó la mirada un instante. Y cuando volvió a levantarla vi algo que no esperaba. Miedo. Miedo real.
—Porque estaba asustado.
Aquello me dejó inmóvil.
—¿Qué?
—Daniel me contó lo de Ethan.
Mi respiración se detuvo.
—Nathan...
—Y tuve miedo.
Su voz era baja. Sincera. Dolorosamente sincera.
—No por mí. Por ti. Por Mateo. Por lo que pudiera pasar.
Sentí cómo la rabia empezaba a resquebrajarse. Muy poco. Pero lo suficiente.
—Podrías haber hablado conmigo.
—Lo intenté.
La culpa apareció inmediatamente. Porque era verdad. Lo había ignorado. Una y otra vez. Nathan continuó.
—Llamé. Escribí. Intenté verte. No quisiste. Y lo entendí. Lo acepté. Pero no podía quedarme quieto sabiendo que estabas asustada.
Aquellas palabras me golpearon más fuerte de lo que deberían.
Porque no sonaban manipuladoras. No sonaban calculadas.
No sonaban propias de Nathaniel Blackwood.
Sonaban a Nathan. Al hombre que había conocido antes.
Al hombre que ayudaba a Mateo con sus deberes.
Al hombre que me escuchaba cuando tenía un mal día.
Al hombre que siempre parecía saber cuándo necesitaba apoyo.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. Demasiada.
Y por primera vez en mucho tiempo dejé de ver al multimillonario.
Al empresario. Al hombre que me había mentido.
Y volví a ver al otro. Al que se había ganado mi confianza mucho antes de que supiera quién era.
La rabia seguía ahí. Por supuesto que seguía ahí.
Pero ya no estaba sola. Ahora se mezclaba con algo mucho más peligroso.
Confusión. Y aquello era muchísimo peor.