El secreto de mi chico Capítulo 37
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Capítulo 37

Nathaniel

Dormí poco aquella noche. Nada nuevo.

Llevaba meses durmiendo poco. Pero aquella vez era diferente.

Porque por primera vez en mucho tiempo no me había acostado pensando en cómo recuperar a Valentina.

Ni en cómo conseguir que me escuchara. Ni en cómo explicarle una vez más algo que ya sabía.

Aquella noche me había acostado pensando en Ethan Monroe.

Y en el miedo que había visto reflejado en los ojos de Daniel cuando me contó lo ocurrido.

Porque Daniel Foster no era un hombre fácil de impresionar.

Ni de asustar. Y sin embargo estaba preocupado.

Muy preocupado. Lo suficiente como para acudir a mí.

Lo suficiente como para dejar a un lado cualquier resentimiento que pudiera existir entre nosotros.

Eso significaba que la situación era mucho peor de lo que Valentina admitía.

Y conocerla solo reforzaba esa teoría. Valentina siempre minimizaba sus propios problemas.

Siempre. Era capaz de mover cielo y tierra por cualquier persona a la que quisiera.

Pero cuando se trataba de ella... Siempre encontraba una forma de convencerse de que podía soportarlo sola.

Que podía solucionarlo sola. Que no necesitaba ayuda. Y precisamente por eso me preocupaba.

A las seis y media de la mañana ya estaba en el gimnasio de la casa. Golpeando un saco de boxeo con más fuerza de la necesaria. Muchísima más. El cuero crujía bajo cada impacto. El sudor me corría por la espalda. Y aun así no conseguía descargar toda la tensión que llevaba dentro.

—Ese saco no te ha hecho nada.

La voz de Harold me hizo girarme. Mi chófer llevaba años trabajando para mi familia. Y también llevaba años creyéndose con derecho a decirme lo que pensaba. Algo que, por extraño que pareciera, agradecía.

—Buenos días.

—No tienen pinta de serlo.

Cogí una toalla.

—¿Qué haces aquí tan temprano?

—Margaret está preocupada.

Resoplé.

—Fantástico.

—Dice que llevas una semana alimentándote a base de café.

—Exagera.

—Nathaniel.

—Vale. No exagera.

Harold sonrió.

—Eso pensaba.

Me observó durante unos segundos.

—¿Es por ella?

No hizo falta preguntar quién. Asentí.

—Sí.

—¿Ha ocurrido algo?

Me apoyé contra una de las máquinas. Y por primera vez en días verbalicé lo que me preocupaba.

—Hay un hombre que la está acosando.

La sonrisa desapareció de inmediato.

—¿Qué?

Le resumí la situación. Sin entrar en demasiados detalles. Pero los suficientes. Y cuando terminé tenía exactamente la misma expresión que había visto en Daniel. Preocupación. Pura preocupación.

—¿Está protegida?

—Sí.

—Bien.

—Todo lo bien que puedo protegerla sin que se entere.

Harold cruzó los brazos.

—Esto no va a gustarle.

—Lo sé.

—Ni un poco.

—Lo sé.

—Y aun así lo has hecho.

Lo miré.

—Sí.

—Entonces debes estar muy asustado.

Aquella observación me dejó inmóvil. Porque era cierta. Completamente cierta. Y porque era la primera vez que alguien lo decía en voz alta. Yo estaba asustado. Mucho. No por mí. Por ella.

Aquella mañana apenas conseguí concentrarme.

Las reuniones se sucedieron una detrás de otra.

Contratos. Inversiones. Expansiones. Cifras de varios millones de dólares que normalmente captaban toda mi atención.

Pero no aquel día. Aquel día mi cabeza estaba en otro sitio.

A media mañana recibí la primera llamada del equipo de seguridad.

—Todo tranquilo.

—¿Novedades?

—Ninguna.

—Bien.

Colgué. Y me obligué a seguir trabajando. Media hora después volví a mirar el teléfono. Y después otra vez. Y otra. Hasta que Ethan apareció en mi despacho. Mi mejor amigo se quedó observándome durante varios segundos.

—Esto empieza a ser preocupante.

—¿Qué?

—Llevas cinco minutos mirando el móvil.

—Estoy esperando una llamada.

—Ya lo veo.

Tomó asiento.

—¿Alguna novedad?

—Nada.

—Eso es bueno.

—Lo sé.

—Entonces deja de comportarte como si el mundo estuviera acabándose.

Lo fulminé con la mirada.

—Muy útil.

—Intento ayudarte.

—Lo haces fatal.

Ethan sonrió, después se hizo un breve silencio hasta que volvió a hablar.

—¿La has llamado?

—Sí.

—¿Y?

—No responde.

—Eso también es normal.

Lo sabías. Claro que lo sabía. Pero seguía molestándome. Porque una parte de mí seguía esperando escuchar su voz. Aunque fuera para mandarme al infierno. Al menos sería algo.

Aquella tarde fui a ver a mis padres. Algo que evitaba siempre que podía.

Especialmente desde que mi padre había convertido mi vida sentimental en uno de sus proyectos personales.

Pero mi madre llevaba días insistiendo. Y después de la semana que había tenido no me quedaban demasiadas fuerzas para discutir.

La residencia familiar seguía exactamente igual que siempre.

Impecable. Elegante. Impresionante. Y completamente incapaz de sentirse como un hogar. Mi madre me recibió con un abrazo.

—Estás más delgado.

—Hola, mamá.

—¿Estás comiendo?

—Todo el mundo me pregunta lo mismo.

—Porque pareces un fantasma.

Sonreí. Por primera vez en todo el día. Mi madre siempre tenía ese efecto. Nos dirigimos al salón. Y allí estaba mi padre. Leyendo informes. Como si el mundo entero dependiera de él.

—Llegas tarde.

Y ahí estaba el motivo por el que normalmente evitaba aquellas visitas.

—Hola, padre.

—Nathaniel.

Tomé asiento. Intentando armarme de paciencia. Mi madre se sentó a mi lado. Y durante unos minutos hablamos de temas inofensivos. Hasta que mi padre decidió arruinarlo.

—¿Has vuelto a hablar con esa chica?

Cerré los ojos. Un segundo. Solo uno.

—No.

—Entonces deberías olvidarla.

Mi mandíbula se tensó.

—No te he pedido consejo.

—Y aun así voy a dártelo.

Mi madre lanzó un suspiro.

—Tu padre...

—¿Qué?

—Déjalo.

—No.

Me miró directamente.

—Llevas meses comportándote como un adolescente.

—Tengo treinta y seis años.

—Exacto.

Mi paciencia empezó a agotarse. Rápidamente.

—No voy a hablar de esto.

—Algún día tendrás que hacerlo.

—Hoy no.

—Nathaniel...

—He dicho que no.

El silencio cayó sobre el salón. Pesado. Incómodo. Mi padre me sostuvo la mirada. Y durante unos segundos volvimos a ser lo que siempre habíamos sido. Dos hombres demasiado parecidos. Demasiado orgullosos. Demasiado obstinados. Hasta que mi madre intervino.

—Basta.

Los dos la miramos.

—Los dos.

Aquello consiguió lo imposible. Que ninguno discutiera. Porque cuando Victoria Blackwood utilizaba ese tono de voz hasta los huracanes se detenían. Mi madre se volvió hacia mí. Y su expresión se suavizó.

—¿Cómo está ella?

Aquella pregunta fue completamente distinta. No había juicio. Ni exigencias. Ni presión. Solo preocupación.

—No muy bien.

—¿Ha pasado algo?

Asentí. Y por primera vez conté lo ocurrido. Cuando terminé mi madre parecía tan preocupada como yo.

—Pobre chica.

—Sí.

—Y tú estás sufriendo porque no puedes ayudarla.

Solté una risa amarga.

—Algo así.

Mi madre me acarició la mano, como cuando era niño.

—Escúchame.

La miré.

—Si realmente la quieres... No dejes que el orgullo decida por ti.

Aquellas palabras se quedaron resonando dentro de mí.

Porque el orgullo ya me había costado demasiado.

Muchísimo. Y estaba empezando a comprender que quizá había llegado el momento de dejar de escucharle.

Porque cuando se trataba de Valentina...

No había nada más importante que ella. Ni siquiera yo mismo.

Las palabras de mi madre me acompañaron durante todo el camino de vuelta a Malibú.

No dejes que el orgullo decida por ti. Parecía sencillo.

Incluso lógico. Pero la realidad era mucho más complicada.

Porque aquello ya no dependía únicamente de mí.

Si hubiera sido por mí, habría ido a buscar a Valentina aquella misma noche.

Habría llamado a su puerta. Habría esperado las horas que hicieran falta.

Habría soportado cada reproche. Cada mirada de decepción.

Cada palabra cargada de dolor. Solo para verla.

Solo para asegurarme de que estaba bien.

Pero sabía que sería un error. Porque ella me había dejado claro que necesitaba distancia.

Y después de todo lo que había ocurrido, lo mínimo que podía hacer era respetarlo. Aunque me estuviera matando lentamente.

Cuando llegué a casa encontré a Margaret esperando en la cocina. Era casi medianoche, y aun así seguía despierta. Como si tuviera un radar especial para detectar cuándo regresaba con el ánimo por los suelos.

—Hay sopa.

La observé.

—¿Sopa?

—Sí.

—Tengo treinta y seis años.

—Y sigues necesitando que alguien te obligue a cenar.

Resoplé. Margaret sonrió satisfecha. Sabía que había ganado.

Como siempre. Me senté en la isla de mármol de la cocina mientras ella servía un plato.

Aquella mujer llevaba trabajando para mi familia desde antes de que yo terminara la universidad.

Había visto pasar novias. Rupturas. Crisis empresariales.

Problemas familiares. Y probablemente conocía más secretos sobre mí que nadie.

—¿Es ella otra vez?

Preguntó sin mirarme. Como si estuviera hablando del tiempo. Me apoyé contra el respaldo.

—¿Tan evidente es?

—Nathaniel.

—Vale. Sí.

Margaret dejó el plato delante de mí.

—Nunca te había visto así.

Aquello me hizo levantar la vista.

—¿Así cómo?

Se apoyó en la encimera. Pensativa.

—Perdido.

La palabra me golpeó más de lo esperado. Porque era exactamente así como me sentía. Perdido. Como si hubiera encontrado algo que jamás había buscado. Y después lo hubiera destrozado con mis propias manos.

—No sé cómo arreglarlo.

Margaret sonrió con ternura.

—A veces no puedes arreglarlo.

—Menudo consejo.

—Déjame terminar.

La observé.

—A veces no puedes arreglarlo inmediatamente. Pero puedes demostrar quién eres mientras esperas.

Aquello me hizo pensar. Mucho. Porque quizá era precisamente eso lo que estaba ocurriendo.

Quizá no podía arreglar lo que había roto.

No todavía. Pero sí podía decidir quién iba a ser a partir de ese momento.

Y tenía muy claro quién quería ser. El hombre que la protegiera.

Aunque ella no quisiera verme. Aunque jamás volviera a confiar en mí. Aunque nunca me perdonara.

Dos días después recibí la primera llamada que realmente me preocupó. Estaba terminando una reunión cuando el teléfono vibró. Vi el número. Y respondí inmediatamente.

—Habla.

—Señor Blackwood.

La voz del jefe de seguridad sonó profesional. Pero algo en su tono hizo que se me acelerara el pulso.

—¿Qué ocurre?

—Nada grave.

Odiaba esa frase. Todo el mundo decía nada grave justo antes de contar algo grave.

—Continúe.

—El individuo ha vuelto a aparecer cerca del edificio donde trabaja la señorita Reyes.

Apreté la mandíbula.

—¿Ha intentado acercarse?

—No.

—¿Ha hablado con ella?

—No.

—¿Entonces?

—Parece que simplemente observaba.

Aquello no me tranquilizó. Ni un poco. Porque precisamente eso era lo que más me preocupaba. La persistencia. La obsesión. La incapacidad de aceptar un no.

—Manténganlo vigilado.

—Por supuesto.

Colgué. Y permanecí varios segundos inmóvil. Mirando la pantalla apagada. Intentando controlar la rabia. Porque estaba harto. Harto de que ella tuviera que mirar por encima del hombro. Harto de que Mateo pudiera cruzarse con aquel hombre. Harto de sentirme inútil.

Aquella misma tarde apareció Amelia. Otra vez. Sin llamar. Otra vez.

—Deberías poner una puerta giratoria.

Levanté la vista.

—¿Qué quieres?

—Comprobar que no te has vuelto completamente loco.

—Aún no.

—Bien.

Tomó asiento frente a mí. Y me observó durante unos segundos. Demasiados.

—Sigues pensando en ella.

—Sí.

—Todo el tiempo.

—Sí.

—Eres agotador.

Aquello me arrancó una pequeña sonrisa.

—Gracias.

—De nada.

Amelia apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Sabes qué es lo más curioso?

—Sorpréndeme.

—Que durante años pensé que jamás te enamorarías.

Aquello me hizo arquear una ceja.

—¿En serio?

—Completamente.

—Qué confianza tienes en mí.

—No era falta de confianza. Era que parecías un robot.

Solté una carcajada.

—Muy amable.

—Estoy siendo sincera.

Negó con la cabeza.

—Las mujeres te gustaban. Claro. Pero nunca te importaban.

Y aquella afirmación era cierta. Incómodamente cierta.

Porque antes de Valentina todo había sido sencillo.

Demasiado sencillo. Relaciones superficiales.

Encuentros pasajeros. Conversaciones vacías.

Nada que realmente me afectara. Nada que pudiera hacerme daño.

Hasta ella. Hasta aquella mujer que había aparecido de la nada.

Con su sonrisa imposible. Con su manera de cuidar de todo el mundo.

Con aquella capacidad desesperante para hacerme sentir mejor simplemente estando cerca. Amelia sonrió al ver mi expresión.

—Mira esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre enamorado.

—No existe esa cara.

—Claro que existe.

Suspiré.

—Vete.

Ella soltó una carcajada.

—Yo también te quiero.

Aquella noche volví a intentar llamar a Valentina.

Una vez. Dos. Tres. Sin respuesta. Me quedé observando el teléfono durante varios segundos.

Debatiéndome entre insistir o no. Finalmente lo dejé sobre la mesa.

Porque no quería convertirme en alguien que no aceptaba sus límites.

Precisamente ahora. Precisamente después de lo que estaba ocurriendo con Ethan Monroe.

No. Jamás haría eso. Sin embargo... Había algo que sí podía hacer.

Cogí el móvil nuevamente. Y marcó otro número.

—¿Sí?

La voz de Daniel sonó cansada.

—Soy Nathaniel.

Hubo un breve silencio.

—¿Ha pasado algo?

—No.

—Entonces me has asustado.

Casi sonreí.

—Solo quería preguntarte cómo está.

Daniel tardó unos segundos en responder.

—No muy bien.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Tiene miedo?

—Sí.

La sinceridad de aquella respuesta me golpeó con fuerza. Porque era exactamente lo que temía escuchar.

—Pero intenta ocultarlo.

—Eso también encaja con ella.

—Sí.

Durante unos segundos ninguno habló. Hasta que Daniel rompió el silencio.

—Te sigue queriendo.

Aquella frase me dejó completamente inmóvil.

—¿Qué?

—No te hagas ilusiones. No he dicho que vaya a perdonarte mañana. Ni pasado. Ni dentro de un mes. Pero te sigue queriendo.

Cerré los ojos. Porque escuchar aquello dolía. Y al mismo tiempo era lo mejor que me había ocurrido en semanas.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía.

—¿Por qué?

—Porque si vuelves a hacerle daño, seré yo quien te rompa la cara.

Aquello me arrancó una carcajada. La primera de verdad en mucho tiempo.

—Lo tendré en cuenta.

—Más te vale.

Cuando colgué permanecí varios minutos mirando el océano desde la terraza. Pensando en ella. Pensando en Mateo. Pensando en todo lo que había salido mal. Y por primera vez desde que la había perdido sentí algo parecido a la esperanza. Pequeña. Frágil. Casi insignificante. Pero suficiente.

Porque mientras ella siguiera sintiendo algo, mientras todavía existiera una posibilidad, yo no pensaba rendirme. Aunque tuviera que esperar todo el tiempo del mundo.