Capítulo 36
Nathaniel
Nunca me había gustado sentir que perdía el control de una situación.
Era una de las razones por las que llevaba años dirigiendo empresas.
Una de las razones por las que los accionistas confiaban en mí.
Una de las razones por las que mi padre me había entregado las riendas del imperio familiar.
Yo analizaba. Calculaba. Me anticipaba. Tomaba decisiones. Y resolvía problemas.
Pero había una excepción. Una. Valentina Reyes.
Porque cuando se trataba de ella hacía meses que había dejado de saber qué demonios estaba haciendo.
Desde que descubrió quién era realmente.
Desde que comprendió que le había ocultado mi identidad.
Desde que me había mirado como si fuera un desconocido.
Todo había cambiado. Y lo peor era que no podía culparla.
Porque si alguien me hubiera hecho lo mismo probablemente tampoco lo habría perdonado.
Aquella mañana estaba revisando unos informes financieros cuando alguien llamó a la puerta de mi despacho. Ni siquiera levanté la vista.
—Adelante.
Escuché la puerta abrirse. Y después una voz que conocía perfectamente.
—Tienes mala cara.
Suspiré.
—Buenos días para ti también, Ethan.
Mi mejor amigo tomó asiento frente a mí.
—¿Has dormido?
—Poco.
—¿Has comido?
—Más o menos.
—¿Has dejado de comportarte como un idiota enamorado?
Levanté la vista lentamente.
—Lárgate.
Sonrió.
—Eso significa que no.
Volví a centrarme en los documentos. Aunque ambos sabíamos que no estaba leyendo absolutamente nada. Ethan me observó durante unos segundos.
—¿Has sabido algo de ella?
Negué.
—No.
—¿Nada?
—Nada.
Y aquella única palabra pesó más de lo que debería.
Porque era verdad. No contestaba mis llamadas.
No respondía mis mensajes. Y cada vez que intentaba acercarme desaparecía.
Como si yo fuera una enfermedad contagiosa.
No podía reprochárselo. Pero tampoco podía evitar que me doliera.
Muchísimo. Ethan dejó escapar un suspiro.
—Te mereces esto.
—Gracias por tu apoyo.
—De nada. —
Eres un amigo horrible.
—Pero sincero.
Aquello me arrancó una sonrisa mínima. Muy mínima. Y desapareció casi al instante. Porque justo entonces alguien volvió a llamar a la puerta.
—Pasa.
Esta vez fue Daniel. Y en cuanto vi su expresión comprendí que algo iba mal. Muy mal. Se acercó. Cerró la puerta. Y miró primero a Ethan y después a mí.
—Necesito hablar contigo.
Fruncí el ceño.
—¿Ha pasado algo?
Daniel tardó apenas dos segundos en responder.
—Es Valentina.
Sentí cómo se me tensaba todo el cuerpo. De golpe.
—¿Qué ocurre?
—No está herida.
El alivio llegó tan rápido que casi me mareó. Pero duró poco. Porque la siguiente frase fue mucho peor.
—Es Ethan Monroe.
Mi mandíbula se endureció. Inmediatamente.
—¿Qué ha hecho?
Daniel se pasó una mano por el pelo. Y empezó a contarme todo.
Las llamadas. Los mensajes. Las apariciones constantes.
La carta. El aparcamiento. El colegio de Mateo.
Cada palabra era un golpe. Cada detalle hacía crecer algo dentro de mí.
Algo frío. Algo peligroso. Algo que no tenía nada que ver con los celos. Nada.
Porque aquello ya no era una cuestión sentimental. Ni una cuestión de orgullo. Ni siquiera una cuestión de pareja. Era otra cosa. Mucho más simple. Valentina tenía miedo. Y eso era suficiente. Cuando Daniel terminó de hablar el despacho quedó en silencio. Un silencio pesado. Incómodo. Oscuro.
—¿Por qué demonios no me lo habías contado antes?
Daniel me sostuvo la mirada.
—Porque ella no quería.
Apreté la mandíbula.
—Joder.
—Lo sé.
Me levanté. Necesitaba moverme. Necesitaba hacer algo. Lo que fuera. Porque permanecer sentado resultaba imposible.
—¿Ha denunciado?
—Todavía no.
—Error.
—Estoy de acuerdo.
Empecé a caminar de un lado a otro. Intentando controlar la rabia.
Porque la rabia estaba ahí. Y era enorme.
No contra Valentina. Jamás contra ella. Sino contra aquel imbécil.
Contra el hecho de que ella estuviera asustada.
Contra el hecho de que alguien hubiera conseguido hacerla sentir vulnerable.
La imagen de Mateo apareció en mi cabeza.
Y aquello fue todavía peor. Porque también estaba cerca del niño.
Y eso me parecía imperdonable. Absolutamente imperdonable.
—Nathaniel.
Levanté la vista. Daniel seguía observándome.
—No hagas ninguna locura.
—No pienso pegar a nadie.
—No me refería a eso.
—Entonces deja de preocuparte.
Pero ambos sabíamos que estaba mintiendo. Porque ya estaba pensando. Calculando. Buscando soluciones. Como siempre. Solo que esta vez no era una empresa. Era ella. Y eso lo cambiaba todo.
Intenté llamarla tres veces aquella tarde.
No respondió. Le escribí un mensaje. Tampoco respondió.
Volví a intentarlo por la noche. Nada. Ni una sola respuesta.
Ni una. Y cuanto más silencio recibía más claro tenía que no quería saber nada de mí.
Aquello dolía. Claro que dolía. Pero había algo que dolía más.
Saber que estaba pasando miedo. Y no poder ayudarla.
A las nueve llegué a casa. Margaret me recibió como siempre.
—Buenas noches, Nathaniel.
—Buenas noches, Margaret.
—¿Te pongo algo de cena?
—No tengo hambre.
Su mirada maternal me siguió mientras cruzaba el salón.
Probablemente porque llevaba meses teniendo exactamente la misma cara.
La cara de un hombre que había perdido algo importante.
Muy importante. Subí al despacho. Serví un whisky.
Y me quedé mirando el océano a través de los ventanales.
La casa estaba completamente en silencio. Demasiado.
Aquella inmensa mansión solía parecerme un refugio.
Ahora parecía vacía. Porque la única persona que realmente quería allí no estaba.
Ni pensaba volver pronto. Cerré los ojos.
Y pensé en Valentina. En su sonrisa. En su forma de reír.
En la manera en que cuidaba de Mateo. En la manera en que siempre cuidaba de todo el mundo menos de sí misma. Y entonces tomé una decisión.
A la mañana siguiente hice dos llamadas. Solo dos. Las necesarias. A las once ya estaba reuniendo con el responsable de una de las mejores empresas de seguridad privada de California.
—Quiero discreción absoluta.
—Por supuesto.
—Nada de uniformes. Nada de llamar la atención. Nada de acercarse a ella.
—Entendido.
—Solo vigilancia preventiva. La zona del apartamento. La empresa. Los trayectos habituales. Eso es todo.
El hombre tomó notas.
—¿Existe alguna amenaza específica?
Pensé en Ethan Monroe. Y sentí un impulso muy poco civilizado.
—Existe alguien que está empezando a obsesionarse con ella.
—Entendido.
—Si ocurre cualquier cosa quiero saberlo inmediatamente.
—Así será.
Firmé los documentos. Me levanté. Y me marché. Sin más. Porque aquello no era una negociación. Ni una sugerencia. Era una necesidad.
Amelia descubrió lo que había hecho menos de veinticuatro horas después. Como siempre. Mi hermana tenía una capacidad sobrenatural para enterarse de todo. Entró en mi despacho sin llamar. Se sentó frente a mí. Y cruzó los brazos.
—¿Has contratado seguridad para Valentina?
Levanté la vista.
—Hola, Amelia.
—No cambies de tema.
—Buenos días para ti también.
—Nathaniel.
Suspiré.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, he contratado seguridad.
Mi hermana abrió mucho los ojos.
—¿Estás loco?
—No.
—Esto no es una empresa que puedas gestionar.
Aquella frase me hizo apoyar la espalda en la silla. Y durante unos segundos permanecí en silencio. Después respondí. Con absoluta sinceridad.
—Lo sé.
Amelia me observó.
—Entonces, ¿qué demonios estás haciendo?
La respuesta salió sola. Porque era la verdad. La única verdad que importaba.
—Por eso no estoy gestionándolo.
Mi hermana se quedó callada.
—Estoy protegiéndola.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Y poco a poco vi cómo su expresión cambiaba. Porque Amelia me conocía mejor que nadie. Sabía cuándo actuaba por orgullo. Cuándo actuaba por ego. Cuándo actuaba por obsesión. Y sabía que aquello no era ninguna de esas cosas.
—La sigues queriendo.
Solté una risa amarga.
—Nunca he dejado de hacerlo.
—Nathaniel...
Miré hacia la ventana. Hacia el horizonte. Hacia algún lugar donde todo fuera más sencillo.
—No necesito que vuelva conmigo. Ni ahora. Ni mañana. Ni dentro de un año. Lo único que necesito es saber que está bien. Y que Mateo está bien.
Amelia bajó la mirada. Y por primera vez no discutió.
Porque entendió exactamente lo que yo ya había aceptado.
Que aquello ya no iba de mí. Ni de mis sentimientos.
Ni siquiera de nuestras oportunidades perdidas.
Iba de ella. De su seguridad. De su tranquilidad.
De su felicidad. Y si para conseguirlo tenía que permanecer lejos...
Lo haría. Porque amar a alguien también significaba eso.
Protegerlo incluso cuando ya no te permitía acercarte.
Y aquella noche, mientras contemplaba las luces del océano desde la terraza de mi casa, comprendí algo con absoluta claridad. Valentina podía tardar meses en perdonarme. Quizá años. Quizá nunca lo hiciera. Pero eso no cambiaría nada. Porque siguiera siendo suyo o no, jamás dejaría de protegerla.