El secreto de mi chico Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Mi estómago se encogió. Miré el sobre. No tenía remitente.

Nada. Solo mi nombre. Lo abrí despacio. Y encontré una única hoja.

La letra era inconfundible. Ethan. «Te echo de menos.

Podríamos arreglarlo. Solo necesito que me escuches.

Todavía podemos volver a ser felices.» El pulso empezó a acelerárseme.

No porque las palabras fueran especialmente agresivas.

Sino porque aquello demostraba que estaba cruzando nuevos límites.

Charlotte cogió la carta. La leyó. Y su expresión se endureció.

—Esto ya no me gusta nada.

—A mí tampoco.

—Valentina...

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

Su voz sonó más seria de lo habitual.

—Esto está empezando a convertirse en acoso.

Tragué saliva. Porque era exactamente la palabra que llevaba días evitando.

Acoso. No quería verla. No quería admitirla.

Porque hacerla real significaba aceptar que aquello iba en serio.

Que no era una simple insistencia. Que no iba a desaparecer por arte de magia. Charlotte tomó asiento frente a mí.

—Voy a hablar con mi padre.

—Charlotte...

—No voy a pedirle que haga nada. Solo quiero saber qué opciones tienes.

Me froté las manos. Intentando controlar el nerviosismo.

—No quiero problemas.

—El problema ya existe.

Aquella frase se quedó resonando en mi cabeza.

Porque tenía razón. Y por primera vez empecé a plantearme que quizá todos los demás llevaban semanas viendo algo que yo me negaba a aceptar.

Quizá Daniel tenía razón. Quizá Charlotte tenía razón.

Quizá los Whitmore también. Quizá ya no se trataba de mantener la normalidad.

Quizá se trataba de protegerme. Y reconocer eso era mucho más difícil de lo que parecía.

Porque implicaba aceptar una verdad que me revolvía el estómago. Por primera vez desde que todo aquello había empezado, tenía miedo de verdad.

Intenté concentrarme en el trabajo durante el resto de la mañana.

De verdad que lo intenté. Pero era imposible.

La carta seguía guardada en el cajón de mi escritorio.

Y aunque no pudiera verla, sentía su presencia.

Como si aquellas pocas líneas hubieran cambiado algo.

Como si hubieran hecho que la situación dejara de parecer una molestia incómoda para convertirse en algo más oscuro.

Algo más serio. Algo más real. A las doce recibí una llamada interna.

—¿Sí?

—¿Puedo pasar?

La voz de Daniel llegó desde el otro lado.

—Claro.

Un minuto después apareció en mi despacho. Llevaba una carpeta bajo el brazo. Pero su expresión no era precisamente profesional. Era preocupada. Charlotte ya había hablado con él. Estaba segura.

—Te lo ha contado.

Daniel cerró la puerta.

—Sí.

Suspiré.

—Charlotte no sabe guardar secretos.

—No era un secreto que debiera guardar.

No discutí. Porque tampoco podía darle la razón sin sentirme incómoda. Daniel tomó asiento frente a mí.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Me observó.

—Valentina.

—¿Qué?

—Llevas años trabajando conmigo. Sé cuándo mientes.

Resoplé.

—Estoy nerviosa.

—Normal.

—Y enfadada.

—También es normal.

—Y cansada.

—Más normal todavía.

Aquello consiguió arrancarme una pequeña sonrisa. Daniel apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Escúchame.

—Te escucho.

—No estás sola en esto.

Bajé la mirada. Porque aquella frase consiguió emocionarme más de lo que debería.

—Lo sé.

—No, creo que no lo sabes.

Su voz se suavizó.

—Los Whitmore te adoran. Charlotte movería medio estado por ti. Mateo te idolatra. Y yo...

Se detuvo. Un segundo. Dos. Después suspiró.

—Yo tampoco voy a permitir que nadie te haga daño.

El corazón me dio un pequeño vuelco. Porque entendía perfectamente lo que había detrás de aquellas palabras. Lo llevaba entendiendo años. Y precisamente por eso intentaba no profundizar demasiado. Daniel era una de las personas más importantes de mi vida. Y no quería perder aquello. Nunca.

—Gracias.

Sonrió.

—De nada.

El silencio se instaló entre nosotros durante unos instantes. Hasta que volvió a hablar.

—Esta tarde te acompaño al coche.

—Daniel...

—No es negociable.

Puse los ojos en blanco.

—Qué mandón eres.

—Trabajo en ventas. Es una enfermedad profesional.

Aquello me hizo reír. Y durante unos segundos conseguí relajarme. Solo unos segundos. Pero los necesitaba.

Aquella tarde terminé de trabajar algo más tarde de lo habitual.

Un cliente había solicitado unos cambios de última hora.

Y cuando levanté la vista del ordenador ya habían pasado las siete.

La oficina estaba casi vacía. Recogí mis cosas.

Apagué el ordenador. Y salí del despacho.

Daniel ya me esperaba junto a los ascensores.

—No hacía falta.

—Sí hacía falta.

—Pesado.

—Mucho.

Bajamos juntos al aparcamiento. Intenté convencerme de que estaba exagerando.

De que no iba a pasar nada. De que Ethan no podía aparecer en todas partes.

Pero en cuanto las puertas del ascensor se abrieron sentí cómo se me congelaba la sangre.

Porque estaba allí. Esperándome. A pocos metros de mi coche.

Daniel lo vio exactamente al mismo tiempo que yo. Y su expresión cambió al instante.

—Joder.

Ethan empezó a caminar hacia nosotros. No parecía agresivo. No parecía fuera de control. Pero tampoco parecía alguien dispuesto a rendirse.

—Valentina.

Me tensé.

—Ethan.

Daniel dio un paso adelante. Colocándose ligeramente delante de mí.

—Creo que ella no quiere hablar contigo.

Ethan ni siquiera lo miró. Sus ojos seguían clavados en mí.

—Solo necesito cinco minutos.

—No.

—Valentina...

—He dicho que no.

Durante unos segundos nadie habló. El aparcamiento parecía demasiado silencioso. Demasiado vacío. Demasiado grande. Y aquello solo aumentaba mi nerviosismo. Ethan pasó una mano por su cabello. Parecía alterado. Más de lo habitual.

—Estoy intentando arreglar las cosas.

—No hay nada que arreglar.

—Claro que sí.

—No.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba.

—Se acabó.

—No tiene por qué acabarse.

—Sí.

Su respiración se volvió más rápida. Y algo en su mirada cambió. Algo que no me gustó nada.

—Podemos volver a ser como antes.

—No.

—Yo he cambiado.

—No me importa.

Aquellas palabras parecieron golpearle. Lo vi en su cara. En sus ojos. En la tensión de su mandíbula.

—¿Ni siquiera vas a darme una oportunidad?

—No.

—¿Por él?

Miró a Daniel. Y sentí una punzada de rabia.

—Esto no tiene nada que ver con Daniel.

—Claro que sí.

—No.

Di un paso adelante.

—Tiene que ver contigo. Con tus mentiras. Con tus engaños. Con todo lo que hiciste.

Su rostro palideció.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Y me arrepiento.

—Demasiado tarde.

—Valentina...

—No te quiero.

El silencio fue inmediato. Brutal. Absoluto.

Incluso Daniel se quedó inmóvil. Porque aquella era la primera vez que lo decía tan claramente.

Sin rodeos. Sin suavizarlo. Sin intentar proteger los sentimientos de nadie.

No te quiero. Los ojos de Ethan se llenaron de algo que no supe identificar.

Dolor. Rabia. Desesperación. Quizá las tres cosas.

—No puedes decir eso.

—Claro que puedo.

—Nosotros...

—No hay ningún nosotros.

Mi corazón latía con fuerza. Las manos empezaban a temblarme. Pero seguí hablando.

—No hay futuro. No hay segunda oportunidad. No hay nada. Quiero que me dejes en paz. Por favor.

Durante unos segundos pensé que iba a discutir. Que iba a insistir. Que iba a seguir presionando. Pero no lo hizo. Simplemente se quedó mirándome. Como si acabara de recibir un golpe. Después dio un paso atrás. Y otro. Y otro más. Hasta detenerse.

—Lo siento.

Fruncí el ceño. Aquello no era lo que esperaba.

—Ethan...

—Lo siento por todo.

Su voz sonó extraña. Vacía.

—De verdad.

Y entonces se dio la vuelta. Y se marchó. Sin añadir nada más. Sin insistir. Sin mirar atrás. Yo seguí inmóvil. Observándolo alejarse. Hasta que desapareció. Y solo entonces me di cuenta de que estaba temblando. De arriba abajo. Como una hoja. Daniel se acercó inmediatamente.

—Val.

Intenté respirar. Pero me costaba. Mucho.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—Solo necesito...

La voz me falló. Maldita fuera. Me falló. Y aquello fue suficiente para que comprendiera algo que llevaba negándome semanas.

Aquella conversación no me había liberado. No me sentía mejor. No me sentía tranquila. No sentía alivio. Sentía miedo. Miedo de verdad. Porque algo dentro de mí me decía que aquella historia todavía no había terminado.

Y por mucho que quiera convencerme de lo contrario... ...presentía que lo peor aún estaba por llegar.