El secreto de mi chico Capítulo 35
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Capítulo 35

Valentina

Durante mucho tiempo había creído que las personas como Ethan Monroe simplemente desaparecían cuando comprendían que ya no tenían ninguna oportunidad. Me había equivocado. Y empezaba a darme cuenta de una forma que no me gustaba nada. Al principio fueron llamadas. Muchas llamadas. Demasiadas.

Después llegaron los mensajes. Mensajes interminables que iban desde las disculpas hasta los reproches, pasando por promesas que jamás pensaba creer.

Cuando comprendió que no iba a responderle, empezó a aparecer.

Y aquello ya era otra cosa. Aquello comenzaba a asustarme.

No porque me hubiera hecho nada. Todavía.

Sino porque nunca sabía cuándo iba a verle.

Ni dónde. Ni cuánto tiempo llevaba observándome antes de que yo me diera cuenta de que estaba allí.

Aquella mañana lo vi desde la ventana de mi despacho.

Estaba al otro lado de la calle. Apoyado en su coche.

Mirando hacia el edificio. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—No me gusta nada esa cara —dijo Charlotte entrando en el despacho.

Aparté la vista de la ventana.

—Está ahí otra vez.

Su expresión cambió inmediatamente. Se acercó. Miró hacia abajo. Y soltó una maldición.

—¿Otra vez?

Asentí.

—Desde hace diez minutos.

Charlotte cruzó los brazos.

—Esto empieza a ser preocupante.

—Quizá simplemente está intentando hablar conmigo.

—Val, lleva semanas intentando hablar contigo.

—Lo sé.

—Y tú llevas semanas diciéndole que no.

Suspiré. Porque tenía razón. Toda la razón.

—No quiero denunciarle por aparecer en lugares públicos.

—No estoy hablando de denunciarle todavía.

—¿Entonces?

—Estoy hablando de que empieces a tomarte esto en serio.

La miré.

—Lo hago. —No lo suficiente.

Me conocía demasiado bien. Sabía que estaba intentando minimizar la situación.

Sabía que una parte de mí seguía convencida de que aquello acabaría solo.

Que Ethan terminaría cansándose. Que encontraría otra cosa en la que ocupar su tiempo.

Pero cada día parecía más obsesionado. Y eso me inquietaba. Mucho. Charlotte se sentó frente a mí.

—¿Mateo lo ha visto?

Negué inmediatamente.

—No.

—Bien.

—No quiero que se preocupe.

—Ni yo.

Me masajeé las sienes.

—Estoy cansada.

—Lo sé.

—Muy cansada.

Charlotte me observó durante unos segundos. Después suavizó la voz.

—¿Has hablado con Daniel?

Solté una pequeña carcajada.

—Daniel quiere escoltarme hasta para ir a comprar pan.

—Porque está preocupado.

—Lo sé.

—Y porque está enamorado de ti desde hace años.

—Charlotte...

—¿Qué?

—No empieces.

Ella levantó las manos.

—Vale. No empiezo.

Pero sonrió. Y yo puse los ojos en blanco. Porque era incapaz de evitarlo.

A la hora de comer fui a buscar a Daniel para revisar unas propuestas comerciales. Nada más entrar en su despacho levantó la cabeza. Y me observó atentamente. Demasiado atentamente.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué todo el mundo me pregunta eso hoy?

—Porque tienes cara de haber dormido tres horas.

Me dejé caer en la silla.

—Más o menos.

Daniel frunció el ceño.

—¿Ethan?

Asentí. No hizo falta decir más. Su mandíbula se tensó inmediatamente.

—¿Dónde estaba esta vez?

—Fuera de la empresa.

—¿Otra vez?

—Sí.

Soltó un suspiro cargado de irritación.

—Valentina...

—Ya sé lo que vas a decir.

—No creo que lo sepas.

—Vas a decirme que debería denunciarle.

—No.

Parpadeé sorprendida.

—¿No?

—Voy a decirte que deberías dejar de volver sola a casa.

Lo miré.

—Daniel...

—Lo digo en serio.

—No pienso vivir escondida.

—Tampoco digo eso.

Se inclinó hacia delante.

—Pero tampoco tienes que hacer como si esto fuera normal.

Bajé la mirada. Porque aquello era precisamente lo que estaba haciendo.

Intentar fingir que todo seguía igual. Que nada había cambiado.

Que no tenía miedo. Cuando empezaba a tenerlo.

Y eso era lo peor. No quería sentir miedo.

No quería darle ese poder. No quería que alguien condicionara mi vida de esa manera. Daniel suavizó la expresión.

—Si necesitas algo, me llamas.

—Lo sé.

—A cualquier hora.

Sonreí ligeramente.

—Lo sé.

—Y si tengo que partirle la cara, también.

Aquello me arrancó una carcajada.

—Eso no va a solucionar nada.

—A mí me haría sentir mejor.

—Qué bruto eres.

—Solo con la gente que te hace daño.

Mi sonrisa desapareció poco a poco. Porque sabía que lo decía completamente en serio. Y porque me di cuenta de que tenía suerte. Muchísima suerte. De tener gente que me quería. Que me protegía. Que se preocupaba por mí. Aunque a veces me costara aceptarlo.

Aquella tarde fui a recoger a Mateo al colegio. Cuando apareció por la puerta corrió directamente hacia mí. Como siempre. Y me abrazó con fuerza.

—¡Vale!

Sonreí.

—Hola, terremoto.

—He sacado un sobresaliente en ciencias.

—¿Sí?

—¡Sí!

—Pues eso merece una celebración.

Sus ojos brillaron.

—¿Pizza?

—Pizza.

—¡Te quiero!

—Qué casualidad. Yo también.

Mateo me dio un beso en la mejilla. Y empezó a contarme todos los detalles de su examen mientras caminábamos hacia el coche.

Escucharlo era uno de mis momentos favoritos del día.

Porque siempre consiguió recordarme lo importante.

Lo real. Lo que de verdad merecía la pena.

Y durante unos minutos conseguí olvidarme de Ethan Monroe. Olvidarme del miedo. Olvidarme de todo.

Hasta que llegamos al aparcamiento. Y lo vi.

Otra vez. Esperándonos al otro lado de la calle.

Mi corazón dio un vuelco. Mateo siguió hablando.

Ajeno a todo. Y por primera vez sentí un nudo de auténtico pánico en el estómago.

Porque ya no estaba apareciendo solo cerca de mí.

Estaba apareciendo cerca de mi hermano. Y eso cambiaba completamente las reglas del juego.

Me quedé paralizada durante una fracción de segundo.

Solo una. Pero fue suficiente para que el miedo me atravesara el pecho.

Ethan estaba allí. Al otro lado de la calle.

Observándonos. Mateo siguió caminando a mi lado sin darse cuenta de nada.

Seguía explicándome algo sobre un coche de Fórmula 1 que había visto en internet y sobre un piloto que, según él, iba a convertirse en leyenda.

Yo apenas escuchaba. Toda mi atención estaba centrada en aquel hombre. En su mirada. En la forma en que nos observaba. Porque ya no era casualidad. Ya no podía convencerme de que simplemente coincidíamos. Era imposible. Y lo peor era que él sabía que yo lo sabía. Apreté la mano de Mateo.

—¿Vale?

Bajé la vista inmediatamente.

—¿Sí?

—¿Te encuentras bien?

Intenté sonreír.

—Claro.

Mateo entrecerró los ojos. Aquella expresión tan seria que a veces ponía y que me recordaba demasiado a un adulto atrapado en el cuerpo de un niño.

—Estás rara.

—Estoy cansada.

—Has trabajado mucho otra vez.

—Un poco.

No pareció convencido. Pero no insistió.

Y yo se lo agradecí. Porque no quería preocuparle.

No quería que un niño de diez años cargara con problemas que no le correspondían.

Llegamos al coche. Abrí la puerta. Esperé a que subiera.

Y solo cuando cerré la suya me atreví a mirar de nuevo.

Ethan seguía allí. Inmóvil. Observándome.

Sentí un escalofrío. Subí rápidamente al coche.

Puse el motor en marcha. Y me alejé. Durante varios minutos estuve comprobando el retrovisor.

Una y otra vez. Una y otra vez. Hasta que Mateo terminó dándose cuenta.

—¿Te persigue alguien?

La pregunta me golpeó de lleno y giré la cabeza.

—¿Qué?

—No paras de mirar detrás.

Forcé una sonrisa.

—Es la costumbre.

—Mentira.

Aquella respuesta me hizo soltar una pequeña carcajada.

—¿Desde cuándo sabes detectar mentiras?

—Desde que vivo contigo.

Y ahí estaba. Mi hermano. El niño al que había criado prácticamente sola. El niño que había pasado demasiadas cosas para su edad. El niño que siempre parecía darse cuenta de todo. Alargué una mano y revolví su pelo.

—No pasa nada.

—Vale.

Pero volvió a mirarme. Y aquella vez sí vi preocupación en sus ojos. Lo que me hizo sentir todavía peor.

Aquella noche cenamos pizza en el salón. Con una película de acción que Mateo insistió en elegir porque, según él, tenía los mejores coches de toda la historia del cine. Yo sospechaba que lo decía de todas las películas que veía. Pero decidí no discutirlo.

Después de cenar recogimos juntos. Como siempre. Y cuando terminamos se sentó en el sofá a mi lado. Apoyó la cabeza sobre mi hombro. Y durante unos segundos ninguno dijo nada. Aquellos silencios eran de mis favoritos. Porque no eran incómodos. Eran hogar. Eran familia. Eran nosotros.

—Vale.

—Dime.

—¿Eres feliz?

Parpadeé. No esperaba aquella pregunta.

—¿A qué viene eso?

Se encogió de hombros.

—Solo quería saberlo.

Sonreí.

—Sí.

—¿Seguro?

—Seguro.

Mateo pareció pensarlo.

—A veces pareces triste.

Aquello me rompió un poco el corazón. Porque intentaba ocultarlo. Siempre. Intentaba que no viera mis preocupaciones. Mis miedos. Mis noches sin dormir. Pero los niños observaban más de lo que los adultos creíamos. Mucho más. Lo abracé.

—Todo el mundo está triste alguna vez.

—Ya.

—Pero eso no significa que no sea feliz.

Le di un beso en la cabeza.

—Te tengo a ti.

Eso hizo que sonriera. Y automáticamente volvió a ser un niño.

—Y tienes suerte.

—¿Sí?

—Porque soy increíble.

Solté una carcajada.

—Eso es verdad.

—Lo sabía.

Y durante unos minutos conseguimos olvidarnos de todo.

A la mañana siguiente llegué a la empresa antes de las ocho. Necesitaba mantener la cabeza ocupada. Necesitaba trabajar. Necesitaba pensar en cualquier cosa que no fuera Ethan Monroe. Pero fue inútil. Porque apenas llevaba media hora sentada cuando alguien llamó a la puerta.

—Adelante.

Charlotte apareció. Y la expresión de su cara me hizo incorporarme inmediatamente.

—¿Qué pasa?

Entró. Cerró la puerta. Y dejó un sobre encima de mi mesa. Sentí un mal presentimiento instantáneo.

—¿Qué es eso?

—Lo han dejado en recepción.