Capítulo 42 #2
—Y si en este momento me dijeras que estás embarazada, me harías el hombre más feliz del mundo.
No me iría a ninguna parte, Valentina. No hay mejor mujer para ser la madre de mis hijos que tú.
Has criado a Mateo, has hecho un gran niño de él, y quiero que nuestros hijos sean así.
Futuros hombres de palabra y de provecho.
Futuros hombres que protejan a quienes aman.
Ella sollozaba ahora sin contención, y yo la besé. Primero suavemente, en la frente, en los párpados, en las mejillas mojadas. Luego en los labios, con toda la pasión y el amor que llevaba semanas reprimiendo.
—Te amo —susurré contra su boca—. Si me das la oportunidad, cuidaré de ti y de Mateo. Os querré el resto de mi vida, tanto o más que ahora.
—Nathan... —susurró ella, y luego me besó con una desesperación que respondía a todas mis preguntas.
La cogí en brazos, levantándome del suelo con ella en mis brazos, y caminé hacia el pasillo.
—¿Dónde está tu habitación? —pregunté con la voz ronca.
Ella señaló una puerta al final del pasillo, y yo la empujé con el hombro, entrando en una habitación sencilla pero acogedora, con una cama de matrimonio cubierta de una colcha blanca.
La dejé sobre el colchón con suavidad, pero cuando ella me tiró de la camisa para acercarme a ella, la suavidad se desvaneció.
La besé con furia, con desesperación, con todo el deseo que había acumulado durante semanas de abstinencia forzada.
Ella respondió con la misma intensidad, desabrochándome la camisa con dedos temblorosos mientras yo le subía el vestido por encima de la cabeza.
La dejé en ropa interior, contemplándola durante un segundo que me pareció eterno.
Era perfecta. Cada curva, cada cicatriz invisible, cada aliento entrecortado que escapaba de sus labios.
—Eres mía —gruñí, más para mí mismo que para ella, antes de volver a hundirme en su cuello, besando, mordisqueando, saboreando.
—Siempre tuya —respondió ella, y aquellas dos palabras fueron la gasolina que avivó el fuego.
Nos deshicimos de la ropa con una urgencia casi violenta. No había tiempo para delicadezas, para preliminares suaves. La necesidad era demasiado grande, demasiado abrumadora. Cuando finalmente la tuve desnuda debajo de mí, sentí que podía estallar solo con contemplarla.
—Dime que me quieres —exigí, posicionándome entre sus piernas.
—Te quiero —jadeó ella, arqueándose hacia mí—. Dios, Nathan, te quiero tanto...
La penetré de una sola embestida, hundiéndome en su calidez con un gemido que salió de lo más profundo de mi ser.
Ella gritó mi nombre, clavando las uñas en mi espalda, y por un instante nos quedamos inmóviles, disfrutando de la perfección de estar unidos de nuevo.
Luego comenzó el movimiento. Lento al principio, profundo, cada embestida buscando el punto exacto que la hacía jadear con más fuerza.
Pronto la lentitud se convirtió en urgencia, en desenfreno. La cama crujía bajo nuestros cuerpos, el sudor nos empapaba la piel, y las palabras se mezclaban con gemidos y jadeos.
—Más fuerte —suplicó ella, y yo obedecí, aumentando el ritmo hasta convertirlo en un frenesí salvaje.
La cogí de las muñecas, inmovilizándolas sobre la almohada sobre su cabeza, y la miré a los ojos mientras la penetraba una y otra vez con fuerza brutal, posesiva. Ella no apartaba la mirada, desafiándome con esa intensidad suya que tanto me enamoraba.
—¿De quién eres, cariño? —gruñí, sintiendo que el placer se acumulaba en la base de mi espalda.
—Tuya —respondió ella, y aquella palabra me hizo perder el control.
La solté para agarrarle las caderas, levantándolas del colchón para penetrarla más profundamente, buscando el ángulo perfecto que la hiciera estallar. Cuando la encontré, ella comenzó a temblar, sus gemidos subiendo de tono hasta convertirse en gritos ahogados.
—Nathan, voy a...
—Córrete —ordené, sintiendo que mi propio orgasmo se acercaba imparable—. Ahora, cariño. Córrete para mí.
Ella explotó con un grito que ahogué con mi boca, contrayéndose a mi alrededor con espasmos que me arrastraron al abismo. Me hundí en ella una última vez, profundamente, vaciándome con un rugido que salió de lo más profundo de mi pecho.
Durante varios minutos permanecimos así, entrelazados, jadeantes, recuperando el aliento.
Poco a poco, el ritmo cardíaco se nos normalizó, la piel se nos enfrió, y la realidad volvió a filtrarse en la habitación.
Me deslicé a su lado, tirando de ella para que reposara sobre mi pecho, acariciando su cabello despeinado con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes.
—Nathan... —murmuró ella, trazando círculos sobre mi pectoral.
—¿Sí?
Se incorporó sobre un codo para mirarme a la cara. Sus ojos color miel brillaban con una luz diferente, más suave, más segura.
—Quiero que me prometas algo —dijo, y su voz sonó firme, decidida.
—Lo que quieras.
—Quiero que me prometas que dentro de un año... —hizo una pausa, sonriendo levemente—. Ya seré la señora Blackwood.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que pensé que iba a salírseme del pecho. La miré, asegurándome de que había entendido bien.
—¿Estás diciendo que...?
—Solo si me haces una pedida de matrimonio en condiciones —interrumpió ella, con un brillo travieso en los ojos—. Con anillo, arrodillado, y toda la parafernalia romántica.
No pude evitar reírme, una carcajada genuina que brotó de lo más profundo de mi ser, mezclada con una emoción que nunca había sentido.
—Será una pedida de matrimonio digna de una reina —prometí, besándola con ternura—. Te lo aseguro.
Volví a besarla, esta vez con suavidad, con promesas silenciosas en cada roce de nuestros labios.
Y mientras la tenía entre mis brazos, mientras el olor a jazmín de su champú me envolvía, pensé en lo mucho que amaba a esa mujer.
En cómo había entrado en mi vida como un huracán, derribando todas mis defensas, todas mis certezas, todos mis miedos.
En cómo, contra todo pronóstico, había encontrado en ella algo que ni todo el dinero del mundo podía comprar: un hogar.
Y mientras el silencio de la noche los envolvía, mientras ella se quedaba dormida sobre mi pecho con una sonrisa en los labios, supe con absoluta certeza que nunca, jamás, dejaría de amarla. Porque Valentina Reyes era, y sería siempre, el amor de mi vida. Y ahora, finalmente, era mía.