Capítulo 29
Nathaniel
Había pasado un mes. Un mes desde aquella noche en la que entendí, sin posibilidad de negarlo, que estaba enamorado de Valentina.
Un mes desde que dejé de intentar encajar lo que sentía en categorías lógicas, útiles o controlables.
Y, sobre todo, un mes en el que había dejado de reconocer la versión de mí mismo que existía antes de ella.
El trabajo seguía siendo el mismo. Reuniones, informes, decisiones que movían millones con una firma.
El despacho seguía oliendo a cuero y café caro.
La ciudad seguía girando a su ritmo indiferente bajo las ventanas de cristal de la torre.
Pero todo lo demás había cambiado. Porque ahora, entre todo eso, estaban ellos. Valentina. Y Mateo.
En ese mes, mi vida había empezado a dividirse en dos partes muy claras.
Las horas en la oficina. Y las horas con ellos.
Con Valentina, cada encuentro parecía fácil y peligroso al mismo tiempo.
Fácil porque había una naturalidad que no había conocido nunca.
Peligroso porque cada conversación, cada roce, cada mirada, hacía más difícil recordar que aquello no era aún un nosotros definitivo. Y con Mateo… todo era distinto.
Mateo me había adoptado como si esa decisión le perteneciera desde siempre. No preguntaba si venía. Daba por hecho que venía. Y lo más inquietante era que yo también.
Habíamos hecho cosas simples. Demasiado simples para alguien como yo, que había pasado años rodeado de cosas complicadas.
Habíamos ido al cine tres veces. Mateo había insistido siempre en sentarse en el medio, como si necesitara asegurarse de que no me escapaba.
Habíamos cocinado pizza casera una noche, aunque terminó siendo un desastre absoluto y acabamos pidiendo otra.
Habíamos ido a una pista de karts donde Mateo me había acusado de competir sin piedad, lo cual, según él, era comportamiento sospechoso de villano rico. Valentina había reído tanto aquel día que aún podía recordar el sonido exacto de su risa.
También habíamos pasado tardes sin hacer nada importante.
Tardes en el salón. Mateo tirado en el suelo con sus coches en miniatura.
Valentina leyendo en el sofá. Yo fingiendo trabajar con el portátil mientras en realidad los observaba a ambos.
Y en esos momentos, sin grandes gestos ni palabras importantes, era cuando más claro lo veía todo.
No era una fantasía. No era un capricho. Era algo que ya estaba pasando.
Pero había algo que seguía pesando. La verdad. La que aún no le había contado. Y cada día que pasaba sin decirla, la palabra traición dejaba de ser una posibilidad futura para convertirse en una certeza presente.
Ese día, estaba en el despacho. Solo. El móvil vibraba constantemente con correos que no estaba leyendo.
Tenía una reunión en cuarenta minutos. Y, sin embargo, no había avanzado nada en la presentación.
Porque mi cabeza no estaba allí. Estaba en otra parte.
En la decisión que llevaba semanas posponiendo.
Decírselo. Decirle quién era realmente. Valentina no podía seguir viendo una versión incompleta de mí. Y Mateo tampoco merecía eso.
La puerta se abrió sin llamar.
—Sabía que estabas aquí —dijo una voz conocida.
Levanté la vista. Mi hermana entró con paso seguro, cerrando la puerta detrás de ella.
—Tienes cara de desastre —añadió.
—Gracias por la observación.
Ella dejó unos papeles sobre la mesa, pero no se sentó. Me estudió en silencio.
—No es el trabajo —dijo al fin.
No fue una pregunta. Fue una afirmación. Y suspiré.
—Es Valentina.
Su expresión cambió ligeramente. Una media sonrisa apareció en su rostro.
—Ya me lo imaginaba.
Eso me hizo mirarla.
—¿Te lo imaginabas?
—Hace semanas que te comportas como alguien que ha perdido la cabeza —respondió—. Y no es precisamente por una fusión empresarial.
No contesté. Porque no podía. Ella se apoyó en el borde del escritorio.
—Me contaste que le habías mentido —dijo más seria—. Hace dos semanas.
Asentí lentamente.
—Sí.
—Y sigues sin decírselo.
Otra vez, silencio. No lo negué. Porque no podía. Mi hermana cruzó los brazos.
—Nathaniel… —mi nombre sonó más suave esta vez—. ¿Vas a decírselo al fin o vas a seguir esperando a que sea demasiado tarde?
Tragué saliva.
—Voy a decírselo.
Ella arqueó una ceja.
—Eso ya lo has dicho antes.
—No así.
Esta vez sí la miré directamente.
—No puedo seguir así.
La expresión de ella cambió. Menos juicio. Más comprensión.
—Margaret también te lo ha dicho, ¿no? —preguntó.
Suspiré.
—Sí.
—Entonces no es solo tu conciencia.
Negué con la cabeza.
—Es todo.
Mi hermana se enderezó.
—Entonces hazlo ya.
—Mañana —dije sin pensar demasiado.
Ella me miró fijamente.
—¿Mañana?
Asentí.
—La invitaré a cenar. Solo los dos. Sin distracciones. Y se lo diré todo.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado. Entonces ella se acercó y me abrazó. Un abrazo firme. Real.
—Suerte —murmuró—. Porque si alguien me hubiera mentido tanto tiempo como tú lo has hecho… no sé si podría perdonarlo, por muy enamorada que estuviera.
No respondí. Porque esa era exactamente la parte que me aterraba.
Cuando salió del despacho, la oficina volvió a quedarse en silencio. Pero no duró mucho. La puerta volvió a abrirse. Esta vez sin avisar. Mi padre entró. Y su sola presencia hizo que el aire cambiara.
—Sigues sin entenderlo —dijo sin saludar.
No levanté la vista.
—Buenos días a ti también.
—Esta noche tienes la cena.
Suspiré.
—Lo sé.
—Hay gente importante.
—Siempre la hay.
Mi padre dejó un sobre sobre la mesa.
—La hija de un viejo amigo mío estará allí.
Le miré.
—No.
Él frunció el ceño.
—¿No qué?
—No voy a casarme con alguien que tú elijas.
El silencio se tensó. Mi padre se inclinó ligeramente hacia delante.
—Nathaniel, esto no va de sentimientos.
—Para mí sí.
—Va de estabilidad.
Solté una risa corta.
—Ya tengo estabilidad.
—Ah, ¿sí?
Le sostuve la mirada.
—Si algún día me caso, será con una sola persona.
Su expresión se endureció.
—¿Y quién es?
Respiré hondo, y lo dije.
—Llevo un mes conociendo a una mujer —hice una pausa—. Me he enamorado de ella.
Mi padre no reaccionó de inmediato. Eso fue peor.
—Te estás dejando llevar —dijo al fin.
Negué.
—No.
—Es una distracción.
—Es mi vida.
Su mandíbula se tensó.
—La hija de mi amigo es la mejor opción.
Solté una risa breve, sin humor.
—Si fuera tan buena opción, ya estaría casada.
Eso le irritó. Lo vi en su mirada. Me levanté.
—Iré a la cena esta noche —añadí—. Pero como CEO. No como candidato a nada.
Cogí la chaqueta.
—No como pieza en un juego que no estoy jugando.
Mi padre no respondió. Salí del despacho sin esperar su permiso. El pasillo estaba frío. Demasiado largo. Demasiado silencioso. Y entonces lo vi. Ethan estaba apoyado en la pared, revisando el móvil. Levanto la vista al verme.
—Tienes cara de «he sobrevivido a mi padre» —dijo.
—Adivina.
—No hace falta.
Caminamos juntos.
—¿Vas a decírselo? —preguntó sin rodeos.
Asentí.
—Mañana.
Él me miró de reojo.
—Eso ya lo he oído antes.
—Esta vez es distinto.
Suspiró.
—Si quieres construir algo con Valentina, primero tienes que dejar de construirlo sobre una mentira.
No contesté. Porque tenía razón. Su móvil sonó. Miró la pantalla. Y sonrió. De esa forma que solo aparece cuando alguien importa de verdad.
—¿Charlotte? —pregunté.
—Sí.
La forma en que lo dijo lo delató.
—Esa mujer es peligrosa —añadió él, guardando el móvil.
—¿Peligrosa?
—Me está haciendo feliz.
Eso lo dijo sin ironía.
—Estoy enamorado como un idiota adolescente —añadió.
Lo miré un segundo.
—Me alegro.
Y lo decía en serio.
Horas después ya no estaba en la oficina. Estaba con ellos. Con Valentina y Mateo. En un lugar cualquiera donde el tiempo parecía dejar de importar.
Mateo hablaba de coches, otra vez. Valentina reía. Y yo los observaba. Y pensé lo mismo que llevaba pensando un mes entero.
Quería esto. Quería esto para siempre. Pero también pensé otra cosa. Si ella se iba… No sería de nadie más. No quería otra vida. No quería otra persona. Solo a ellos. Aunque fuera desde lejos. Aunque fuera en silencio. Aunque fuera sin ser suyo del todo.
Y por primera vez desde que todo empezó, no supe si lo que estaba construyendo era amor o una despedida que aún no había ocurrido.