Capítulo 30
Nathaniel
Sabía que había llegado el momento. No era una idea vaga ni una de esas decisiones que uno se convence de tomar para sentirse mejor consigo mismo.
No era una promesa hecha en mitad de la culpa para luego aplazarla una semana más.
Era una certeza. Una certeza limpia, brutal, imposible de ignorar.
Esa noche iba a decírselo todo a Valentina.
Todo. Sin medias verdades. Sin silencios cuidadosamente colocados.
Sin las piezas seleccionadas de una historia diseñada para parecer menos terrible de lo que realmente era. La verdad completa.
Y eso era exactamente lo que me estaba destruyendo por dentro.
Porque la verdad no solo iba a cambiar la forma en que ella me veía.
Iba a cambiar la forma en que nos veía. A nosotros.
Y la simple idea de perder aquello me hacía sentir un miedo que no conocía.
Un miedo real. No el miedo a fracasar. No el miedo a decepcionar a mi familia.
No el miedo a perder dinero, poder o reputación.
Era peor. Era el miedo a perder a alguien que importaba.
Llevaba horas ensayando la conversación en mi cabeza.
Horas. Cada vez que creía haber encontrado las palabras adecuadas, aparecía una nueva pregunta.
Una nueva consecuencia. Una nueva forma de imaginar el momento exacto en que la expresión de Valentina cambiaría.
Porque cambiaría. Por mucho que intentara convencerme de lo contrario.
Porque no existía ningún universo donde aquella confesión terminara sin dolor.
Me levanté de la silla. Volví a sentarme.
Me puse de pie otra vez. La ansiedad me recorría el cuerpo como electricidad.
Ridículo. Yo. Nathaniel Blackwood. El hombre que negociaba adquisiciones multimillonarias sin pestañear.
El hombre capaz de enfrentarse a consejos de administración enteros.
El hombre que jamás había mostrado debilidad delante de nadie.
Y, sin embargo, una conversación con una mujer me tenía completamente paralizado.
Porque no era una mujer cualquiera. Era Valentina. Y eso cambiaba todas las reglas.
¿Cómo se le dice a alguien que toda la relación empezó con una mentira?
La pregunta llevaba días persiguiéndome.
No una mentira cruel. No una mentira construida para hacer daño.
Ni siquiera una mentira diseñada para manipularla.
Era algo peor. Mucho peor. Porque había nacido del miedo.
Del miedo a ser juzgado. Del miedo a que, al escuchar mi apellido, me mirara igual que me había mirado el resto del mundo toda mi vida.
Con prejuicios. Con expectativas. Con interés. O con rechazo.
Nathaniel Blackwood. El apellido siempre llegaba antes que yo.
Siempre. Antes que mi voz. Antes que mis decisiones.
Antes que cualquier cosa que pudiera hacer.
La gente no conocía a Nathaniel. Conocía a los Blackwood.
Conocía los titulares. Las portadas. Los escándalos.
La fortuna. La influencia. La historia. Yo solo era una extensión de todo aquello.
Una pieza más de una maquinaria enorme que llevaba años funcionando sin preguntarme si quieras formar parte de ella.
Y por primera vez en mi vida había encontrado un lugar donde ese apellido no importaba.
Un lugar donde simplemente era yo. Y ahora estaba a punto de destruirlo.
Me acerqué al enorme ventanal del despacho.
La ciudad se extendía bajo mis pies. Miles de luces.
Miles de personas. Miles de vidas. Desde allí arriba todo parecía pequeño.
Controlable. Ordenado. Pero mi vida no lo estaba.
Mi vida era un desastre cuidadosamente disfrazado de estabilidad.
Apoyé una mano contra el cristal. Frío. Sólido.
Real. Ojalá mis pensamientos fueran igual de simples.
El teléfono vibró. No lo miré. Volvió a vibrar.
Y otra vez. Lo ignoré. Porque solo había una llamada que esperaba.
Y sabía que no era ella. Valentina nunca interrumpía.
Nunca exigía. Nunca presionaba. Y esa era una de las razones por las que me sentía tan miserable.
Porque confiaba en mí. Dios. Cómo confiaba en mí.
Aquella mañana había estado a punto de hacerlo. Había estado a segundos. La había visto sonreír mientras tomaba café. Mateo hablaba sin parar de algo relacionado con dinosaurios. Yo apenas escuchaba. Tenía el discurso preparado. Las palabras listas. La decisión tomada.
—Esta noche quiero cenar contigo —le había dicho.
Ella levantó la vista.
—¿Solo nosotros?
—Sí.
—¿Pasa algo?
Recuerdo haber tragado saliva.
—Tengo algo importante que contarte.
Ella sonrió. Así de fácil. Sin sospechas. Sin dudas. Sin miedo.
—Entonces allí estaré.
Y siguió desayunando. Confiando. Como si yo no estuviera ocultándole la parte más importante de mi vida.
El recuerdo me golpeó con fuerza. Cerré los ojos. Por un instante imaginé la misma escena después de conocer la verdad. La sonrisa desapareciendo. La decepción. El silencio. La distancia. Y tuve que abrir los ojos inmediatamente. No soporté la imagen.
Porque yo sabía exactamente lo que estaba en juego.
No era solo una relación. Ni siquiera era solo amor.
Era algo más profundo. Más peligroso. Valentina y Mateo se habían convertido en mi hogar.
Y jamás había tenido uno. No de verdad. Había tenido mansiones.
Propiedades. Casas imposibles. Pero un hogar era otra cosa.
Un hogar era llegar y querer quedarse. Un hogar era escuchar la risa de Mateo desde otra habitación.
Era encontrar a Valentina leyendo en el sofá.
Era cenar juntos. Era discutir por tonterías.
Era sentir paz. Y yo estaba a punto de arriesgarlo todo.
La puerta se abrió y no necesité levantar la vista. Reconocería esa energía en cualquier lugar.
—Estás peor de lo que imaginaba.
Mi hermana cerró la puerta detrás de ella.
—Gracias por el apoyo emocional.
—De nada.
—Siempre tan considerada.
—Siempre tan dramático.
Resoplé. Ella se acercó y se sentó frente a mí. Me observó durante varios segundos. Demasiados. Como si estuviera examinando una herida abierta.
—Tienes mala cara.
—No he dormido bien.
—No has dormido nada.
No respondí. Porque tenía razón.
—Vas a decírselo hoy.
No era una pregunta. Asentí.
—Sí.
—Por fin.
—No parece que te entusiasme.
—Porque deberías haberlo hecho hace días.
—Lo sé.
—Semanas.
—También lo sé.
Ella cruzó los brazos.
—¿Y entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Por qué sigues actuando como si fueras la víctima de esta historia?
La miré.
—No estoy actuando.
—Sí lo estás.
Su tono se endureció.
—Nathaniel, llevas semanas obsesionado con cómo te sentirás tú cuando se entere.
Parpadeé.
—Es que sé que voy a perderla.
—Tal vez.
—Probablemente.
—Tal vez —repitió.
—No lo entiendes...
—No. Tú no lo entiendes.
Se inclinó hacia delante.
—Valentina merece saber quién eres.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Porque si lo supieras ya se lo habrías contado.
La habitación quedó en silencio. Dolía escucharla porque tenía razón. Y ambos lo sabíamos.
—Tengo miedo.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Mi hermana se quedó inmóvil. No porque fueran sorprendentes. Sino porque yo nunca las decía. Jamás.
—Ya lo sé —contestó suavemente.
—No quiero verla marcharse.
—Lo sé.
—No quiero que me mire como mira al resto del mundo.
—Quizá no lo haga.
—¿Y si sí?
—Entonces será su decisión.
Esa frase me atravesó. Porque era precisamente lo que había estado evitando.
La decisión de Valentina. Había estado protegiéndome detrás de la mentira.
Convenciéndome de que necesitaba más tiempo.
Más estabilidad. Más certezas. Pero la realidad era mucho más simple.
Tenía miedo de darle la oportunidad de elegir.
—Si te quiere de verdad —dijo mi hermana— tiene derecho a decidir qué hace con la verdad.
Bajé la mirada. No encontré nada que responder. Porque no existía ninguna respuesta.
—¿La amas?
La pregunta me hizo reír sin humor.
—Sabes que sí.
—Quiero oírlo.
La observé.
—Sí.
La palabra salió seca. Inmediata y sin vacilar.
—La amo.
Y decirlo en voz alta resultó extrañamente devastador. Porque lo convertía en algo real. Irrefutable.
Mi hermana sonrió apenas.
—Entonces deja de comportarte como un cobarde.
—Qué inspirador.
—Lo intento.
—Tus métodos son cuestionables.
—Y los tuyos desastrosos.
Por primera vez en todo el día conseguí sonreír. Solo un poco. Pero bastó. Ella se levantó. Rodeó el escritorio. Y me abrazó. Algo raro entre nosotros. Algo poco frecuente. Por eso mismo significaba tanto.
—Hazlo esta noche.
—Lo haré.
—Sin excusas.
—Sin excusas.
—Sin retrasarlo.
—Sin retrasarlo.
Se apartó.
—Bien.
Caminó hacia la puerta. Pero antes de salir se giró.
—Y Nathaniel...
—¿Sí?
—Deja que ella decida quién eres.
La puerta se cerró. Y me quedé solo. Completamente solo. Con mis pensamientos. Con el miedo. Con la verdad.
Abrí el cajón del escritorio. Saqué la reserva.
Cena privada. Un salón apartado. Sin interrupciones.
Solo nosotros dos. Solo la verdad. Pasé el dedo por el papel.
Era absurdo. Una simple reserva. Y, sin embargo, parecía una sentencia.
Tomé aire. Lo solté lentamente. Ya estaba.
No había vuelta atrás. Aquella noche terminaría. De una forma o de otra.
Entonces ocurrió. Sin aviso. Sin preparación.
Sin darme tiempo a reaccionar. El teléfono vibró.
Una vez. Dos. Tres. Cinco. Diez. Demasiadas.
Fruncí el ceño. La pantalla se iluminaba sin parar.
Mensajes. Llamadas. Correos. Notificaciones.
Algo iba mal. Muy mal. Cogí el teléfono.
Abrí el primer mensaje. Y sentí cómo se me congelaba la sangre.
«Filtración corporativa afecta al grupo Blackwood».
Mi corazón dio un golpe seco. Abrí otro.
«Reaparecen antiguos archivos financieros relacionados con la familia Blackwood».
Otro. «Medios digitales recuperan material sobre el heredero del grupo».
No. No. No podía ser. Abrí un enlace. Luego otro. Y otro más. Fotografías. Artículos. Archivos. Entrevistas antiguas. Información enterrada durante años. Todo estaba reapareciendo. Todo.
Sentí un nudo cerrarse alrededor de mi garganta. Porque conocía ese mecanismo. Sabía cómo funcionaba. Cuando una historia comenzaba a moverse, los medios no se detenían. Escarbaban. Profundizaban. Conectaban piezas. Y tarde o temprano alguien llegaría hasta mí. Hasta Valentina. Hasta Mateo.
Mi teléfono volvió a sonar. Esta vez sí miré la pantalla.
Era el director de comunicación. Lo rechacé.
Volvió a llamar. Lo rechacé otra vez. No podía hablar con él.
No todavía. Porque había una única pregunta ocupando toda mi mente.
Una sola. ¿Ya lo había visto Valentina? El pulso se me disparó.
Abrí las redes. Las menciones crecían por segundos.
Los artículos se multiplicaban. Los nombres aparecían uno detrás de otro.
Blackwood. Blackwood. Blackwood. Blackwood. Como una maldita plaga.
Y entonces apareció una fotografía. Una fotografía mía.
Antigua. Tomada años atrás. Acompañada por un titular que hizo que el estómago se me hundiera.
Porque si alguien seguía leyendo... Si alguien conectaba los puntos...
La verdad dejaría de pertenecerme. Y Valentina no la escucharía de mí.
La descubriría igual que el resto del mundo.
A través de una pantalla. A través de desconocidos. A través de titulares.
—Mierda.
La palabra escapó entre dientes. Cogí las llaves.
El teléfono. La chaqueta. Todo a la vez.
Ya no importaba la cena. No importaba el plan.
No importaban las palabras perfectas. Solo importaba llegar antes.
Antes de que alguien la llamara. Antes de que leyera un artículo.
Antes de que el mundo decidiera contarle mi historia.
Corrí hacia el ascensor. Y mientras las puertas se cerraban, una certeza aterradora se instaló en mi pecho.
Quizá ya era demasiado tarde. Quizá la verdad había escapado de mis manos.
Quizá, por primera vez en mi vida, ya no tenía ningún control sobre lo que iba a ocurrir.
Y lo peor de todo... era que Valentina estaba a punto de descubrir quién era realmente Nathaniel Blackwood.