El secreto de mi chico Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Y entonces comenzó a moverse.

Arriba y abajo, con una cadencia perfecta, con las manos apoyadas en mi pecho para equilibrarse.

Era la visión más erótica que había visto nunca.

Sus pechos rebotaban con cada movimiento, y no pude resistirme.

Agarré uno con la mano, llevándomelo a la boca, chupando el pezón hasta que ella jadeó y aceleró el ritmo.

Con la otra mano, encontré su clítoris. Lo acaricié con el pulgar mientras ella se movía, creando una doble sensación que la hizo perder el control casi de inmediato.

—Nathan... voy a...

—Vente —gruñí contra su pecho—. Quiero sentirte otra vez.

Se corrió con un grito ahogado, apretándome con fuerza, y yo seguí moviéndola sobre mí, prolongando su orgasmo hasta que ella quedó sin fuerzas, jadeando contra mi hombro.

Pero aún no había terminado.

La giré sobre la tumbona, poniéndola de espaldas a mí. La penetré de nuevo desde atrás, y ella se quedó sentada sobre mí, con su espalda contra mi pecho, con mis piernas abiertas bajo las suyas.

—Mírame —ordené.

Ella giró la cabeza por encima del hombro. Nuestros ojos se encontraron, y la besé por encima del hombro, un beso torcido y profundo mientras comenzaba a moverme dentro de ella.

Mis manos subieron a sus pechos. Los acaricié, los pellizqué, tiré de sus pezones hasta que ella gemía sin control. La penetraba desde atrás con embestidas profundas, y ella se movía conmigo, encontrando el ritmo, buscando más fricción, más profundidad, más todo.

Era una escena obscenamente erótica. La luna iluminando nuestros cuerpos desnudos, el sonido del agua de la piscina, nuestros gemidos mezclándose en la noche.

Ella se miraba por encima del hombro, con los ojos vidriosos de deseo, y cada vez que nuestras miradas se encontraban, la intensidad aumentaba.

—Eres perfecta —gruñí contra su cuello, besándola, mordiéndola—. Joder, cómo me gustas. Cómo te necesito.

—Nathan... —jadeó ella—. No pares... por favor...

No paré. La penetré con una ferocidad controlada, buscando nuestro clímax conjunto. Y cuando finalmente llegamos, fue explosivo. Ella se corrió con un grito largo y ronco, y yo la seguí segundos después, vaciándome dentro de ella con un gemido que pareció salir de lo más profundo de mi alma.

Permanecimos así durante largos minutos, recuperando el aliento, con mi miembro aún dentro de ella, con mis brazos rodeándola como si nunca fuera a soltarla.

Finalmente, la giré suavemente para mirarla a la cara. Estaba preciosa. Despeinada, sonrojada, con los labios hinchados de mis besos. La besé de nuevo, con una pasión que no se había extinguido ni un ápice.

—Para mí no eres un capricho —susurré contra sus labios, y mi voz salió ronca, cargada de una emoción que me desbordaba—. No eres algo pasajero. No eres un entretenimiento.

La besé de nuevo, profundamente, antes de continuar.

—Quiero que lo seas todo —dije—. Todo, Valentina. Mi presente, mi futuro, mi vida. Todo.

Ella me miró con esos ojos color miel que parecían ver directamente mi alma. Y durante un segundo, pensé que iba a decir algo. Que iba a reconocer que sentía lo mismo. Que iba a permitirme entrar de verdad en su vida.

Pero en lugar de eso, me besó. Un beso suave, casi triste, que me hizo sentir que había algo que no estaba diciendo.

La cogí en brazos, saliendo de ella con un gemido de protesta mutuo, y la llevé hacia la casa. Subimos las escaleras en silencio, con ella aferrada a mí, con su cabeza apoyada en mi hombro.

Mientras caminaba, tuve un pensamiento profundo que me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago.

Estaba enamorado.

No de forma superficial. No como algo pasajero o conveniente. Estaba perdidamente, irracionalmente, irrevocablemente enamorado de esta mujer. De su fuerza, de su vulnerabilidad, de la forma en que amaba a su hermano, de su sarcasmo, de su ternura, de todo lo que ella era.

Y esa verdad me aterraba.

Porque estaba construyendo algo precioso sobre una mentira. Porque tarde o temprano tendría que confesarle quién era realmente. Y porque temía, con un miedo que me helaba la sangre, que cuando lo hiciera, todo esto se derrumbaría como un castillo de naipes.

Llegamos a mi habitación. La tendí sobre la cama con cuidado, como si fuera de cristal, como si pudiera romperse si la trataba con demasiada rudeza.

Y entonces hicimos el amor de nuevo.

Pero esta vez fue diferente. Esta vez no fue el sexo salvaje y urgente del jardín. Esta vez fue tierno. Lento. Profundo.

La besé cada centímetro de su piel, memorizando cada curva, cada valle, cada punto que la hacía estremecerse.

La penetré despacio, mirándola a los ojos, sin apartar la mirada ni un segundo.

Nuestras manos se entrelazaron sobre la almohada, y nos movimos juntos con una sincronía perfecta, como si nuestros cuerpos hubieran sido diseñados específicamente para esto.

Había muchas miradas. Miradas que decían lo que las palabras no se atrevían a decir. Miradas que prometían cosas que quizá nunca podríamos cumplir. Miradas que, a pesar de todo, me daban esperanza.

Cuando finalmente nos corrimos juntos, fue suave, profundo, casi espiritual. Nos quedamos abrazados después, con el corazón todavía acelerado, con el sudor enfriándose sobre nuestra piel, con el silencio de la noche envolviéndonos como una manta protectora.

Valentina se quedó dormida en mis brazos, con la cabeza sobre mi pecho, con su respiración sincronizándose con la mía.

Y yo me quedé despierto, mirando el techo, con el peso de mi mentira aplastándome el pecho y el amor que sentía por ella creciendo como una marea imparable.

Porque ahora sabía la verdad.

La quería. Para siempre.

Pero también sabía que, cuando descubriera quién era realmente, probablemente me odiaría.

Y esa certeza me destrozaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.