El secreto de mi chico Capítulo 28
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Capítulo 28

Nathaniel

Pasaron treinta minutos. Quizá treinta y cinco. El tiempo se había vuelto elástico, distendido, como si la noche hubiera decidido regalarnos horas extra que no existían en ningún reloj.

Estaba sentado en el sofá, con el brazo extendido sobre el respaldo, observando cómo Mateo intentaba mantener los ojos abiertos mientras la película seguía su curso.

El niño luchaba contra el sueño con una determinación admirable, pero estaba perdiendo la batalla.

Sus párpados caían, se abrían de golpe, volvían a caer.

La cabeza se le inclinaba hacia delante, hacia atrás, buscando un apoyo que no encontraba.

Finalmente, el inevitable ocurrió.

Mateo se quedó dormido. De verdad esta vez. No el sueño ligero de quien intenta resistirse, sino ese sueño profundo e inocente de los niños, con la respiración regular y el cuerpo completamente relajado.

Me levanté con cuidado, intentando no hacer ruido. Valentina estaba en la cocina, había ido a buscar algo de beber para los tres. Aproveché su ausencia para coger a Mateo en brazos.

Era ligero. Mucho más ligero de lo que esperaba para un niño de diez años. Se acomodó contra mi pecho de forma instintiva, buscando calor, buscando seguridad. Su cabeza cayó sobre mi hombro y soltó un suspiro contento, sin despertar.

Comencé a subir las escaleras.

El silencio de la casa era diferente ahora. Más denso. Más íntimo. Cada paso que daba sobre la madera de roble resonaba con una claridad que parecía amplificar mis pensamientos.

Y tenía muchos pensamientos.

La conversación con Valentina seguía dando vueltas en mi cabeza como un disco rayado que no podía parar de sonar.

Su voz cuando había dicho aquellas palabras.

El dolor que había escuchado debajo de la calma forzada.

La forma en que sus ojos se habían oscurecido al hablar de su madre, de Ethan, de sus miedos.

«Por eso sé que jamás podría enamorarme de alguien con una fortuna familiar a sus espaldas, porque no quiero ser solo algo pasajero.»

Las palabras me habían atravesado como un cuchillo afilado.

Porque yo era exactamente eso. Alguien con una fortuna familiar.

Alguien cuya vida estaba condicionada por el dinero, por las expectativas, por un mundo de apariencias y obligaciones.

Alguien que, además, le había mentido sobre quién era realmente.

Llegué a la habitación de Mateo y lo tendí sobre la cama con cuidado. Le quité las zapatillas, le subí la manta hasta la barbilla, y me quedé un momento observándolo.

Dormía con una expresión de paz absoluta. Sin preocupaciones. Sin miedos. Con esa confianza inquebrantable que solo tienen los niños que se sienten protegidos.

Y pensé en ella. En Valentina.

Nadie con dos dedos de frente podría utilizarla como un mero entretenimiento para echar unos polvos y ya.

Era demasiado buena para eso. Demasiado real.

Demasiado valiosa. Y nadie con un mínimo de decencia podría permitir que un niño como Mateo se encariñara, se ilusionara, construyera castillos en el aire sobre algo que nunca sería real.

Pero yo estaba haciendo exactamente eso.

Cada día que pasaba, cada momento que compartía con ellos, estaba permitiendo que Mateo construyera una realidad donde yo ocupaba un lugar que no me correspondía. Y estaba permitiendo que Valentina se acercara a un hombre que no era más que una mentira bien construida.

Bajé las escaleras con paso pesado.

El salón estaba vacío.

La película seguía sonando en la televisión, pero Valentina no estaba en el sofá. Tampoco en la cocina. Llamé suavemente, pero no obtuve respuesta.

Entonces vi que la puerta del jardín estaba entreabierta.

Salí afuera.

El aire de la noche de julio era cálido, impregnado del olor a sal marina y a jazmines que crecían en algún rincón del jardín. La luna llena iluminaba el paisaje con una luz plateada que transformaba el agua de la piscina en un espejo líquido.

Y allí estaba ella.

Sentada en el borde de la piscina, con los pies sumergidos en el agua, mirando hacia la luna que se reflejaba en el océano oscuro.

Llevaba un vestido ligero, de algodón blanco, que se movía suavemente con la brisa marina.

Su pelo castaño caía en ondas sobre sus hombros, y su silueta contra la luz de la luna era tan hermosa que me detuve un segundo simplemente para observarla.

Para grabarla en mi memoria.

Porque sabía, con una certeza que me helaba la sangre, que este momento era precioso y frágil. Que estaba construyendo recuerdos sobre una mentira. Y que tarde o temprano, esa mentira se derrumbaría y me llevaría todo esto con ella.

Pero no podía alejarme. No quería.

Caminé hacia ella con paso suave, sin hacer ruido sobre el césped. Ella no se giró. Seguía mirando la luna, perdida en sus pensamientos, con una expresión que no podía descifrar desde atrás.

Me detuve a un metro de distancia.

—Valentina.

Ella giró la cabeza lentamente. Y cuando me vio, sonrió. No una sonrisa grande y ruidosa, sino esa sonrisa suya, preciosa y natural, la que parecía reservada solo para momentos de verdadera conexión.

—No te había oído —dijo.

Me acerqué más. Me incliné y la besé. Un beso suave, casi reverente, que sabía a mar y a noche de verano. Ella respondió con la misma ternura, y cuando nos separamos, le tendí la mano.

—Ven —dije—. Tomemos algo en la barra.

La ayudé a levantarse. Sus pies estaban mojados, así que la cogí en brazos unos segundos para llevarla hasta la zona de la barra sin que se mojara. Ella soltó una risa sorprendida, pero se aferró a mi cuello, y durante esos segundos sentí su peso perfecto contra mí, su calor, su olor.

La dejé en la barra del chiringuito que había diseñado específicamente para este espacio. Madera clara, taburetes altos, sombrillas que colgaban sin desplegar porque la noche era perfecta. Detrás de la barra, tenía todo lo necesario para preparar cualquier cóctel imaginable.

—¿Qué te apetece? —pregunté, moviéndome detrás de la barra.

—Algo fuerte —respondió ella, con una sonrisa pícara—. Ha sido un día largo.

—¿Ron con Coca? ¿Whisky? ¿Gin tonic?

—Sorpréndeme.

Preparé dos gin tonics. Generosos. Con hielo perfectamente cuadrado, rodajas de lima, y una proporción de ginebra que hizo que ella arqueara una ceja cuando probó el primero sorbo.

—Esto no es un gin tonic —dijo—. Esto es una declaración de intenciones.

—¿Te gusta?

—Demasiado.

Nos reímos. Y durante los siguientes minutos, mientras bebíamos y la brisa marina nos acariciaba, algo cambió. La tensión de antes se disipó. La conversación fluyó con facilidad, llena de bromas y risas y miradas cómplices.

Ella me contó anécdotas de Mateo cuando era pequeño. Yo le conté historias de Amelia y mí de niños. Hablamos de todo y de nada, y cada vez que nuestras miradas se encontraban, la electricidad entre nosotros se hacía más palpable, más urgente.

Cuando terminamos las copas, el silencio se instaló. Pero no era incómodo. Era cargado de expectativa. De promesas no dichas.

Me acerqué a ella. La agarré de la barbilla y la besé de nuevo. Esta vez el beso fue diferente. Más profundo. Más urgente. Cargado de todo lo que no habíamos dicho pero que ambos sentíamos.

La levanté de la barra y la senté encima de ella. Ella se quedó allí, con las piernas colgando, mirándome con ojos oscuros de deseo.

Me arrodillé.

—Nathan...

—Shhh —murmuré, separando sus piernas suavemente.

Levanté su vestido, revelando que no llevaba nada debajo. Gemí al verla así, expuesta y perfecta bajo la luz de la luna. Me acerqué y la besé en el interior de los muslos, subiendo despacio, dejando un rastro de besos húmedos hasta llegar a su centro.

La saboreé allí mismo, en la barra del chiringuito, con el océano de fondo y la luna como única testigo.

Usé mi lengua con una voracidad que no podía controlar, encontrando su clítoris hinchado y sensible, lamiéndolo, succionándolo, haciendo que ella se agarrara a la barra con fuerza y arqueara la espalda hacia mí.

—Joder, Nathan... —gemía ella, con la voz ronca—. Así... justo así...

La penetré con mi lengua, una y otra vez, mientras mis dedos acariciaban sus muslos, sus caderas, cualquier parte de ella a la que podía llegar. Sentía cómo se estremecía, cómo su respiración se aceleraba, cómo se acercaba al borde.

Cuando se corrió, fue con un grito que resonó en la noche, con el cuerpo convulsionándose contra mi boca, con las manos enterradas en mi cabello tirando con fuerza.

No le di tiempo a recuperarse.

Me puse de pie, me bajé los pantalones y me liberé. Estaba duro como una roca, palpitante, necesitándola con una urgencia que me consumía. La penetré de una sola embestida profunda, y ella gritó de nuevo, aferrándose a mis hombros.

La hice mía allí mismo, sobre la barra, con las piernas colgando y yo entre ellas.

Embestidas duras, profundas, salvajes. El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con el de las olas rompiendo en la playa.

Ella gemía sin control, repitiendo mi nombre como una plegaria, y yo la penetraba una y otra vez, buscando mi propio placer, pero asegurándome de que ella llegara de nuevo.

Cuando se corrió por segunda vez, apretándome con fuerza interiormente, no pude resistir más. Me vacié dentro de ella con un gemido ronco que salió de lo más profundo de mi pecho, un sonido animal e inevitable.

Permanecimos así unos segundos, jadeando, conectados de la manera más íntima posible.

Pero no quería que terminara.

La cogí en brazos, saliendo de ella con un gemido de protesta por ambas partes, y la llevé hasta una de las tumbonas que había cerca de la piscina. Era amplia, cómoda, con cojines que invitaban al pecado.

Me senté en ella y la coloqué a horcajadas sobre mí.

—Fóllame —ordené, y mi voz salió más ruda de lo que pretendía—. Quiero verte moverte sobre mí.

Valentina obedeció. Se posicionó sobre mi miembro, que ya estaba recuperando la erección, y se dejó caer lentamente, tomándome dentro de ella con una lentitud torturadora. Cuando estuvo completamente sentada sobre mí, nos miramos a los ojos.