El secreto de mi chico Capítulo 27
61%

Capítulo 27

Valentina

El sol comenzaba a descender cuando abandonamos la feria de coches. Mateo seguía hablando. Y hablando. Y hablando. No estaba segura de que hubiera respirado una sola vez durante los últimos veinte minutos.

—Y entonces el coche hacía este ruido...

Imitó el rugido de un motor.

—Y después Nathan giró así...

Movió las manos en el aire.

—Y luego aceleró y...

—Mateo —interrumpí entre risas.

—¿Sí?

—Llevas media hora contando exactamente la misma historia.

—Porque ha sido increíble.

Nathan soltó una carcajada desde el asiento del conductor.

—No puedo discutir eso.

—¿Verdad?

—Verdad.

Mateo sonrió satisfecho. Y continuó contando la historia. Por cuarta vez.

Yo los observaba en silencio. Y algo cálido se instaló en mi pecho.

Porque durante años había visto a mi hermano relacionarse con mucha gente.

Con los Whitmore. Con algunos compañeros del colegio.

Con los vecinos. Incluso con Ethan cuando todavía formaba parte de nuestras vidas.

Pero aquello era diferente. Muy diferente.

Con Nathan parecía sentirse comprendido.

Escuchado. Importante. Como si alguien hubiera encontrado exactamente la misma frecuencia que él.

Y lo mejor era que Nathan parecía disfrutarlo tanto como Mateo.

No fingía. No sonreía por educación. No lo toleraba por hacerme feliz.

Lo quería de verdad. Y verlo me emocionaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Quizá porque durante años había tenido miedo.

Miedo de que mi hermano se sintiera diferente.

De que algún día entendiera que nuestra familia no era como las demás.

De que echara de menos una figura masculina estable.

De que sintiera aquel vacío. Pero ahora... Ahora lo veía reír. Lo veía feliz.

Y por primera vez pensé algo que me asustó.

Me imaginé una vida así. Los tres. Juntos.

Sin preocupaciones. Sin despedidas. Sin pérdidas.

Una vida donde Nathan estuviera presente.

Y donde Mateo pudiera seguir sonriendo de aquella manera.

La imagen fue tan bonita que tuve que apartar la mirada. Porque empezaba a resultar peligrosa.

Cuando llegamos a la mansión, el océano brillaba bajo los últimos rayos del atardecer. Mateo salió disparado hacia la casa.

—¡Tengo hambre!

—Qué sorpresa —murmuró Nathan.

—Creo que se ha pasado el día quemando energía.

—Creo que nació quemando energía.

Me eché a reír. Y él me miró. Solo unos segundos. Pero suficientes. Porque cada vez que nuestros ojos se encontraban sentía algo revolverse dentro de mí. Algo que crecía. Algo imposible de ignorar.

La cena acabó siendo pizza. Mucha pizza.

Demasiada pizza. Nathan pidió varias familiares.

Mateo insistió en que necesitábamos probar todas.

Y por alguna razón absurda terminamos sentados en el enorme sofá del salón con cajas abiertas por todas partes.

La película elegida tampoco sorprendió a nadie.

Una película sobre pilotos de Fórmula 1. Por supuesto.

—Es la mejor película del mundo —declaró Mateo.

—Eso es discutible —dije.

—No.

—Sí.

Nathan levantó una mano.

—Como experto imparcial, debo decir que Mateo tiene razón.

—Traidor.

—Objetivo.

—Traidor.

Mateo señaló a Nathan.

—Me cae bien.

—Lo sé.

—Mucho.

—Eso también lo sé.

—Más que tú.

—Eso ha sido cruel.

El niño soltó una carcajada. Y Nathan también. Y yo terminé riéndome con ellos.

La película avanzaba. Los coches rugían.

Los pilotos competían. Y Mateo narraba cada escena como si fuera comentarista deportivo.

Nathan lo escuchaba con una paciencia infinita.

Corrigiendo algún dato. Explicándole curiosidades.

Contándole anécdotas. Y poco a poco fui dejando de prestar atención a la pantalla.

Porque era mucho más bonito observarlos a ellos.

Aquella complicidad, aquella facilidad, aquella conexión.

Y otra vez apareció la misma idea. Nathan había sido lo mejor que nos había pasado en muchísimo tiempo.

Especialmente a Mateo. Porque le devolvía algo que llevaba años echando en falta.

Entusiasmo. Ilusión. La sensación de que alguien importante estaba a su lado.

Mi móvil vibró sobre el sofá. Fruncí el ceño. Cogí el aparato y al ver el nombre sentí que toda la calidez desaparecía. Ethan. Abrí el mensaje. Y leí. Una vez. Después dos. Y finalmente una tercera.

Ethan: Lo siento, Val. Nunca debí decir que no eras suficiente.

Nunca debí hacerte sentir que Mateo era un problema.

Me avergüenzo de ello cada día. Estaba perdido.

Las apuestas me destrozaron. El juego me convirtió en alguien que no reconocía.

Pero sigo queriéndote. Os sigo queriendo.

Me gustaría que volviéramos a ser una familia.

Suspiré lentamente. Una familia. No. Eso ya no. Quizá nunca. Porque una familia no abandonaba. No rompía a las personas que decía querer. No utilizaba sus heridas para hacer daño. Apagué la pantalla. Y dejé el móvil sobre el sofá. Sin responder. Porque no había nada que responder.

Cuando levanté la vista encontré los ojos de Nathan sobre mí. Me estaba observando. Con atención. Con calma. Como si hubiera notado inmediatamente que algo había cambiado. Le sonreí. Una sonrisa pequeña. Tranquilizadora. Y él me devolvió otra. Después pasó un brazo por mis hombros.

Me atrajo hacia él. Y depositó un beso suave en mis labios.

Nada exagerado. Nada escandaloso. Solo un gesto natural.

Cariñoso. Como si llevara toda la vida haciéndolo.

Y mientras me acomodaba contra su costado pensé algo que me hizo sonreír.

Podía acostumbrarme a aquello. Demasiado fácilmente.

Y quizá ese era el problema. Porque empezaba a gustarme tanto que ya no estaba segura de querer renunciar a ello nunca.

La película seguía avanzando, pero Mateo llevaba ya varios minutos con la cabeza ladeada hacia el respaldo del sofá.

Primero luchó. Se le notaba. Quiso mantenerse despierto.

Quiso llegar al final de la película como un adulto responsable de diez años.

Pero el cansancio le ganó. Siempre le ganaba cuando por fin se sentía seguro.

Y Nathan había conseguido justo eso. Seguridad. Me incliné hacia él con cuidado.

—Se ha dormido.

Nathan bajó la mirada. Mateo tenía la boca ligeramente abierta y las manos aún aferradas a una de las cajas de pizza como si la estuviera protegiendo incluso en sueños. Nathan sonrió de lado.

—Ha aguantado más de lo que esperaba.

—Eso es porque no quería perderse nada.

—Es muy cabezota.

—Eso lo ha sacado de mí.

—Entonces tiene mala suerte.

Le lancé una mirada divertida.

—¿Perdón?

—Quería decir buena suerte.

Negué con la cabeza, sonriendo. Pero antes de que pudiera decir nada más, Nathan se levantó con cuidado.

Sin hacer ruido. Sin romper la calma del salón.

Se acercó a Mateo y lo levantó en brazos como si no pesara nada.

El niño se acomodó automáticamente contra su pecho.

Instintivamente. Como si ya supiera que ese era su sitio.

Lo observé en silencio. Nathan subió las escaleras sin esfuerzo, desapareciendo por el pasillo hacia la habitación de Mateo.

Y me quedé sola. Con la película de fondo.

Con las cajas de pizza abiertas. Y con el silencio.

Un silencio extraño. Denso. Casi íntimo.

Me puse en pie y empecé a recoger un poco la mesa.

Por inercia. Por necesidad de ocupar las manos.

Porque mi cabeza estaba demasiado llena.

Ethan. Nathan. Mateo. Mi madre. Mi vida entera parecía girar en círculos peligrosamente rápidos.

Y yo no sabía en cuál de ellos debía quedarme.

Metí las cajas vacías en una bolsa cuando sentí pasos detrás de mí.

No tuve que girarme para saber quién era.

Nathan. Se acercó despacio. Sin prisa. Y antes de que pudiera reaccionar, sus manos encontraron mis caderas.

Firmes. Cálidas. Me quedé inmóvil. Su aliento rozó mi cuello.

Y un segundo después me besó justo debajo de la oreja.

Suave. Lento. Como si supiera exactamente dónde tocarme para desarmarme.

—Estás muy callada —murmuró.

—Estoy pensando.

—Eso me preocupa.

Me reí suavemente.

—¿Por qué?

—Porque sueles pensar demasiado.

Me giré ligeramente hacia él.

—¿Y tú no?

—Yo actúo.

—Eso explica muchas cosas.

—Y casi siempre salen bien.

Le miré con la ceja arqueada.

—¿Casi siempre?

—Vale. A veces.

Sonreí. Pero la sonrisa se deshizo rápido. Porque el peso del mensaje de Ethan seguía ahí. Como una sombra. Nathan lo notó. Por supuesto que lo notó.

—¿Quieres hablar de ello?

—No lo sé.

—Eso suele significar que sí.

Le miré durante unos segundos. Y finalmente asentí. Nos sentamos en el sofá, esta vez sin película, sin ruido, sin Mateo. Solo nosotros dos. El océano de fondo. Nathan girado hacia mí. Esperando. Sin presionar. Y eso me hizo más fácil hablar.

—Ethan no era malo al principio —empecé.

Nathan no reaccionó. Solo escuchaba.

—Cuando lo conocí… era encantador. De esos hombres que te hacen sentir que todo va a ir bien. Que todo va a ser fácil.

Tragué saliva.

—Se enamoró de mí o eso creí yo. Y durante un tiempo… fue bonito.

Nathan asintió despacio.

—¿Y después?

Bajé la mirada.

—Después llegó el problema.

Silencio.

—El dinero —dije al final—. Las apuestas. El juego.

Nathan frunció ligeramente el ceño. No de sorpresa, sino de comprensión.

—Se enganchó —continué—. Primero pequeñas cosas. Después ya no podía parar. Empezó a mentir. A desaparecer. A pedir dinero. A prometer que lo dejaba.

Respiré hondo.

—Y cuando las cosas iban peor… empezó a cambiar conmigo.

Nathan no apartó la mirada ni un segundo.

—¿Cómo?

Me costó decirlo. Pero lo hice.

—Decía que Mateo era un problema.

La mandíbula de Nathan se tensó. Lo vi. Lo noté.

—Que yo no podía tener una vida normal con él. Que ningún hombre querría asumir eso. Que nunca sería suficiente para nadie porque siempre vendría con «responsabilidades».

La palabra me supo amarga.

—Y un día, simplemente… lo dijo claramente. Que yo no era suficiente para él tampoco.

Silencio. Nathan respiró lentamente, controlándose. Pero sus ojos eran más oscuros. Más duros.

—Lo siento —dijo al fin.

Negué.

—No lo sientas. Ya está.

Pero no estaba. Y ambos lo sabíamos. Me abracé a mí misma sin darme cuenta.

—Por eso no quiero repetir eso —añadí—. Por eso no puedo estar con alguien que tenga una vida demasiado… cerrada. O demasiado condicionada.

Le miré.

—No quiero ser un añadido. Ni un capricho. Ni alguien que encaje a medias.

Nathan se inclinó hacia mí.

—No eres eso.

Tragué saliva.

—Mi madre pasó por algo parecido —continué.

Él escuchó aún más atento.

—Se enamoró de alguien que prometía el mundo. Y acabó sola, trabajando sin parar, cargando con todo. Por eso siempre me dijo que el amor no debería doler tanto —hice una pausa—. Y que si alguna vez tenía que elegir entre amor y estabilidad… eligiera estabilidad.

Lo miré.

—Y eso intento hacer. No quiero pasar por lo mismo que ella, y por eso sé que jamás podría enamorarme de alguien con una fortuna familiar a sus espaldas, porque no quiero ser solo algo pasajero.

Nathan no respondió de inmediato. Se quedó mirándome. Como si estuviera ordenando cada palabra. Cada miedo. Cada herida. Y entonces habló.

—No creo que tengas que elegir.

Lo miré sin entender.

—Siempre hay gente que convierte el amor en algo difícil —continuó—. Pero no todos somos así.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

—¿Y tú no lo eres?

Nathan tardó un segundo. Solo uno.

—No quiero serlo.

Y esa respuesta… me desarmó más de lo que esperaba.

Un ruido en la escalera nos interrumpió. Mateo. Descalzo. Con el pelo revuelto. Arrastrando una manta como si fuera su capa de superhéroe.

—He oído voces.

Nathan soltó una leve risa.

—Deberías estar dormido.

—Estaba.

—¿Y ahora?

El niño se acercó a nosotros. Mirándonos con curiosidad. Y sin previo aviso se sentó entre los dos. Como si fuera su sitio natural.

—No me gusta dormir solo cuando hay película buena —dijo.

Nathan negó con la cabeza, divertido.

—Esa es la excusa más floja que he escuchado.

—Es la verdad.

Me reí. Mateo se giró hacia mí. Y de repente me abrazó. Fuerte. Sin avisar. Apoyando la cabeza en mi pecho. Me quedé quieta. Y le acaricié el pelo instintivamente. Nathan nos observaba. En silencio. Con una expresión que no supe leer del todo. Pero que me hizo sentir… segura. Mateo susurró:

—Me gusta cuando estamos así.

Yo cerré los ojos un segundo. Y pensé lo mismo. Demasiado. Y demasiado fuerte. Porque en ese instante, con Nathan a mi lado y Mateo abrazado a mí… No supe dónde terminaba el presente. Ni dónde empezaba lo que podía llegar a ser.