Capítulo 26
Nathaniel
El postre fue todavía peor. Porque había helados. Y ninguno de los tres tuvo la madurez suficiente para comportarse como un adulto. Especialmente Mateo. Pero tampoco nosotros.
—¿Vainilla o chocolate? —pregunté.
—Chocolate.
—Buena elección.
—Lo sé.
—¿Y tú? —pregunté a Valentina.
—Fresa.
—Elección discutible.
—¿Discutible?
—Mucho.
—No tienes gusto.
—Tengo un gusto excelente.
—No.
—Sí.
Mateo observó la discusión. Después negó con la cabeza.
—Definitivamente estáis ligando.
Volvimos a atragantarnos los dos.
Seguíamos riéndonos cuando ocurrió. Una frase. Solo una frase. Y de repente todo cambió. Mateo estaba terminando su helado. Moviendo las piernas bajo la mesa. Feliz. Relajado. Sin darse cuenta de nada.
—Esto no lo hacíamos nunca con Ethan.
La sonrisa desapareció de mi rostro. Miré al niño.
—¿Ethan?
Mateo asintió.
—Era el novio de Valentina.
Sentí algo desagradable en el estómago. No celos. O quizá sí. Pero sobre todo algo más. Porque al levantar la vista vi la expresión de Valentina, y comprendí inmediatamente que aquello seguía doliendo.
Sus ojos habían perdido brillo. Su sonrisa había desaparecido.
Y por un instante vi tristeza. Dolor. Un dolor antiguo.
Profundo. Muy profundo. Algo dentro de mí reaccionó al instante.
Quise preguntar. Quise saber. Quise descubrir quién demonios era Ethan.
Pero también comprendí que aquel no era el momento. Así que simplemente sonreí.
—Bueno.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Creo que todavía nos quedan unos trescientos coches por ver.
Los ojos del niño volvieron a iluminarse.
—¿De verdad?
—Por lo menos.
—¡¡Vamos!!
Y salió disparado otra vez. Valentina me miró.
Sabía perfectamente lo que había hecho. Sabía que le había dado una salida.
Y durante un segundo sus dedos buscaron los míos bajo la mesa.
Apretándolos suavemente. Como si me estuviera dando las gracias.
No hizo falta decir nada. Lo entendí perfectamente.
La tarde continuó. Más coches. Más fotografías.
Más risas. Más historias. Y cuanto más tiempo pasaba con ellos, más peligroso se volvía todo.
Porque cada vez era más fácil imaginarme formando parte de sus vidas.
Cada vez era más fácil imaginar que aquello podía durar.
Que podía ser real. Que quizá... Solo quizá...
Había encontrado lo que llevaba toda una vida buscando sin saberlo.
Y lo peor era que ya no estaba seguro de querer escapar.
Todo lo contrario. Por primera vez. Quería quedarme.
La mejor parte de la tarde llegó cuando ya pensaba que Mateo no podía emocionarse más. Me equivocaba. Porque entonces encontramos la zona de experiencias. Y el niño prácticamente dejó de respirar.
—No...
Seguí la dirección de su mirada. Habían habilitado un pequeño circuito cerrado donde algunos de los asistentes podían subir como acompañantes en varios deportivos de alta gama conducidos por pilotos profesionales. Ferraris. Porsche. McLaren. Lamborghini. Los ojos de Mateo parecían dos faros.
—No puede ser...
Valentina sonrió.
—Creo que acabamos de perderlo.
—Completamente.
—Nathan...
—¿Sí?
—Míralo.
Observé al niño. Parecía que acababa de descubrir la entrada al paraíso. Y algo dentro de mí se derritió. Otra vez.
—Vamos.
Mateo giró la cabeza.
—¿Qué?
—Vamos a preguntar.
Quince minutos después seguía convencido de que aquel niño iba a explotar de felicidad.
Porque no solo podía subir. Podía hacerlo conmigo.
Resultó que uno de los organizadores me reconoció.
Algo que agradecí profundamente porque Mateo no se dio cuenta.
Simplemente pensó que habíamos tenido suerte.
Y yo no tenía ninguna intención de corregirlo.
Valentina observaba desde la zona habilitada para los visitantes mientras nosotros nos acercábamos al vehículo.
Un deportivo negro. Potente. Bajo. Agresivo.
Mateo acarició la carrocería como si estuviera tocando una reliquia sagrada.
—¿Puedo sentarme?
—Claro.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Y tocar cosas?
—Mientras no rompas nada.
—Prometo intentar no hacerlo.
Me eché a reír.
Minutos después estábamos dentro. El rugido del motor llenó el habitáculo y Mateo abrió los ojos como platos.
—Madre mía...
—¿Preparado?
—No.
—Perfecto.
—¿Por qué perfecto?
—Porque eso significa que va a ser divertido.
El niño soltó una carcajada. Y arrancamos.
Las primeras curvas fueron suaves. Controladas. Suficientes para que se acostumbrara. Después aumenté ligeramente el ritmo. Nada peligroso. Pero sí suficiente para que la potencia del coche se sintiera. Mateo soltó un grito de emoción.
—¡¡Esto es increíble!!
—Lo sé.
—¡¡Es lo mejor que me ha pasado nunca!!
—Espero no decepcionarte mañana.
—Imposible.
Sonreí. Y durante unos segundos nos limitamos a disfrutar. Del ruido. De la velocidad. De la experiencia. Hasta que algo cambió. Fue sutil. Pero lo noté. Mateo se quedó más callado. Mirando por la ventanilla. Pensativo. Y después habló.
—Nathan.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Te gusta mucho mi hermana?
Sentí una presión extraña en el pecho.
—Sí.
El niño asintió lentamente. Como si aquella respuesta confirmara algo.
—Se nota.
—Ah, ¿sí?
—Mucho.
—¿Tanto?
—Muchísimo.
No pude evitar sonreír. Permanecimos unos segundos en silencio. Hasta que volvió a hablar.
—Ethan también parecía quererla mucho al principio.
Las manos se tensaron sobre el volante. Solo un poco. Lo suficiente para que yo mismo me diera cuenta.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Y después?
Mateo bajó la vista.
—Después ya no.
Aquello me gustó aún menos. Muchísimo menos.
—¿Qué pasó?
El niño tardó unos segundos en responder. Como si estuviera ordenando los recuerdos.
—Valentina cree que yo no lo sé.
Sentí un mal presentimiento.
—¿No sabes qué?
—Lo que pasó cuando rompieron.
Mi mandíbula se tensó.
—Mateo...
—Los escuché.
La alegría que había llenado aquella tarde desapareció poco a poco. Sustituida por algo más oscuro. Más pesado.
—¿Escuchaste qué?
El niño tragó saliva.
—Ella lloraba.
Aquellas dos palabras fueron suficientes. Sentí una punzada desagradable en el estómago.
—¿Y él?
—Le dijo que estaba cansado.
Mis manos se cerraron con fuerza sobre el volante.
—¿Cansado?
—Que estaba cansado de tener que cuidar de mí.
Algo dentro de mí se congeló.
—¿Qué?
—Dijo que no quería una novia que viniera con un niño pegado todo el tiempo.
Las náuseas aparecieron de golpe. Reales, intensas y brutales. Porque conocía a Mateo. Porque conocía a Valentina. Porque sabía exactamente todo lo que ella había sacrificado por aquel niño. Y porque algún imbécil había sido capaz de usar precisamente eso para hacerle daño.
—También dijo...
El niño bajó aún más la cabeza.
—También dijo que nunca iba a ser suficiente para él.
Respiré profundamente. Una vez. Dos. Tres. Porque de repente tenía unas ganas tremendas de encontrar a Ethan. Y romperle la cara.
Reduje la velocidad. Después detuve el coche en una zona segura del circuito. Mateo me miró sorprendido.
—¿Ha pasado algo?
Sí. Había pasado algo. Algo muy importante. Pero no tenía nada que ver con el coche. Me giré hacia él. Completamente. Y vi algo que me partió el alma. Miedo. Aquel niño estaba asustado. No por él. Por ella.
—Nathan...
—¿Sí?
—¿Tú también vas a hacer daño a mi hermana?
El mundo pareció quedarse en silencio. Durante unos segundos.
Solo unos segundos. Pero suficientes. Suficientes para comprender la magnitud de aquella pregunta.
Porque no la hacía un niño curioso. La hacía un niño aterrorizado.
Un niño que había visto sufrir a la persona que más quería en el mundo.
Y que estaba intentando protegerla. Tragué saliva.
Después le sostuve la mirada. Sin apartarla y sin dudar.
—Mateo.
—¿Sí?
—Escúchame bien.
El niño asintió.
—Lo último que haría en esta vida sería hacer daño a tu hermana.
Sus ojos buscaron los míos. Como si estuviera intentando descubrir si mentía.
—¿Lo prometes?
—Sí.
—¿De verdad?
—De verdad.
—¿Aunque te enfades?
—Aunque me enfade.
—¿Aunque discutáis?
—Aunque discutamos.
—¿Aunque deje de gustarte?
Aquella pregunta me golpeó de una forma extraña. Porque no podía imaginarlo. Simplemente no podía.
—Eso no va a pasar.
—¿Cómo lo sabes?
Sonreí.
—Porque tu hermana es especial.
Mateo bajó la vista. Y por primera vez desde que había empezado aquella conversación pareció relajarse.
—Si ella me deja...
Mi voz salió más grave. Más seria. Más sincera de lo que esperaba.
—Voy a cuidar de ella.
El niño me observó.
—Y de ti.
Parpadeó.
—¿De mí también?
—Claro que sí.
—¿Siempre?
—Siempre.
—¿Aunque sea pesado?
—Especialmente cuando seas pesado.
Eso le arrancó una sonrisa. Y a mí también.
—Entonces está bien.
—¿Está bien?
—Sí.
—¿Puedo preguntar por qué?
Mateo se inclinó hacia mí. Y me abrazó. De repente. Sin previo aviso. Con toda la fuerza de sus diez años. Sentí el nudo formándose en mi garganta. Porque nadie me había abrazado así en muchísimo tiempo.
—Me gustas como cuñado.
Mi corazón dio un vuelco.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
—¿Ya has decidido eso?
—Hace horas.
Solté una carcajada.
—Vaya.
—No se lo digas a Valentina.
—¿Por qué?
—Porque se morirá de vergüenza.
—Buen argumento.
—Lo sé.
Cuando regresamos a la zona principal y bajamos del coche, Mateo salió corriendo hacia su hermana. Valentina se agachó para abrazarlo. Y yo me quedé observándolos desde unos metros de distancia. Los dos riendo. Los dos hablando al mismo tiempo. Los dos felices. Mi familia.
El pensamiento apareció de repente, sin avisar y sin permiso.
Y lo peor fue que no me asustó. Todo lo contrario.
Me hizo sonreír. Porque por primera vez en mucho tiempo podía imaginar un futuro.
Y en ese futuro estaba Valentina. Estaba Mateo.
Y por alguna razón que todavía no terminaba de comprender...
Yo también estaba allí. Quedándome. Para siempre.