El secreto de mi chico Capítulo 25
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Capítulo 25

Nathaniel

No recordaba la última vez que me había despertado con ganas de que el día comenzara.

Durante años, las mañanas habían sido exactamente iguales: reuniones, llamadas, informes, decisiones.

Todo perfectamente organizado. Todo perfectamente controlado.

Pero aquella mañana era diferente, porque por primera vez en mucho tiempo no estaba pensando en el consejo de administración.

Estaba pensando en Valentina. Y en Mateo.

Mientras conducía hacia la mansión de los Whitmore, observé de reojo a Valentina.

Iba sentada a mi lado, con una sonrisa suave que parecía haberse instalado de forma permanente en su rostro desde que había despertado.

La brisa cálida de julio entraba por la ventanilla ligeramente abierta.

Ella parecía relajada. Feliz. Y esa simple visión hizo algo extraño dentro de mí.

Algo peligroso. Algo que se parecía demasiado a la paz.

—¿Qué? —preguntó al notar que la miraba.

—Nada.

—Mentiroso.

Sonreí.

—Estaba pensando que deberías sonreír menos.

Ella arqueó una ceja.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—¿Y eso por qué?

—Porque me distraes.

Su carcajada llenó el coche y maldita fuera, aquello también me gustó, mucho.

La residencia de los Whitmore apareció pocos minutos después.

Una enorme mansión de estilo clásico rodeada de jardines perfectamente cuidados.

Richard y Eleanor estaban sentados en la terraza principal tomando café cuando aparqué.

Antes incluso de apagar el motor apareció una pequeña figura corriendo por el jardín.

Mateo. El niño salió disparado hacia nosotros como un cohete. No hacia Valentina. Hacia mí.

—¡¡Nathan!!

Tuve apenas tiempo de abrir la puerta cuando el niño se lanzó contra mí. Lo atrapé por reflejo y de repente tenía a un crío de diez años colgado del cuello.

—Pensaba que no volvería a verte.

Parpadeé, después fruncí el ceño.

—Mateo.

—¿Sí?

—Si sigues viéndome tanto acabarás cansándote de mí.

El niño soltó una carcajada.

—Eso es imposible.

Valentina se echó a reír, Eleanor también, incluso Richard ocultó una sonrisa tras la taza de café. Y yo... yo me encontré sonriendo como un idiota, otra vez. Algo que empezaba a ocurrir demasiado desde que había conocido a aquellos dos hermanos.

—¿Seguro que es imposible? —pregunté.

—Segurísimo.

—No me conoces tan bien.

—Sí te conozco.

—Desde hace unos días.

—Suficiente.

—Eres raro.

—Tú también.

Volvió a abrazarme y sentí algo extraño en el pecho: algo cálido, algo que no experimentaba desde hacía muchos años.

La despedida con los Whitmore fue rápida.

Eleanor abrazó a Valentina como si fuera su propia hija.

Richard revolvió el pelo de Mateo. Y cuando volvimos al coche observé algo que me hizo comprender muchas cosas: aquellos dos empresarios multimillonarios querían a esos hermanos de verdad.

No por obligación, ni por caridad, ni por lástima; los querían porque formaban parte de su familia.

Y viendo a Valentina abrazar a Eleanor comprendí por qué: era imposible no quererla.

Media hora después llegamos a su apartamento y comprendí de nuevo de dónde había salido la mujer que era.

El edificio era sencillo, modesto, alejado del lujo al que yo estaba acostumbrado, pero cuando cruzamos la puerta sentí algo que rara vez encontraba en las mansiones de millones de dólares: vida.

Aquella casa tenía vida. Fotografías familiares decoraban prácticamente todas las paredes, había macetas en el balcón, dibujos de Mateo pegados en la nevera, un calendario lleno de anotaciones, libros, mantas, cojines, recuerdos...

Era un hogar, uno de verdad, no una propiedad espectacular diseñada para impresionar, y resultó infinitamente más acogedor que muchas casas que triplicaban su tamaño.

Mateo desapareció corriendo hacia su habitación.

—¡Cinco minutos!

—Eso significa veinte —dijo Valentina.

—Veinticinco —corregí.

Ella soltó una carcajada.

—Ya le conoces.

—Empiezo a hacerlo.

Valentina me observó durante unos segundos y vi algo en sus ojos: algo suave, cariñoso, algo que me hizo desear acercarme y besarla allí mismo, en mitad del salón. Pero me contuve, milagrosamente.

—Gracias por esto —dijo.

—¿Por qué?

—Por querer pasar tiempo con él.

La miré.

—Valentina.

—¿Sí?

—¿Has visto a Mateo?

—Claro.

—Es imposible no querer pasar tiempo con él.

Ella sonrió y durante unos segundos el mundo pareció detenerse.

Finalmente aparecieron ambos cargando bolsas de viaje. Mateo llevaba una mochila enorme, probablemente con media colección de coches dentro.

—¿Dónde vamos exactamente?

Intercambié una mirada con Valentina, después sonreí.

—A una feria de coches.

El niño se quedó inmóvil, completamente inmóvil.

—¿Qué?

—A una feria de coches.

—¿De coches de verdad?

—Sí.

—¿Deportivos?

—Sí.

—¿De carreras?

—También.

—¿Ferraris?

—Probablemente.

—¿Lamborghinis?

—Seguro.

Mateo abrió la boca, después volvió a abrirla y luego empezó a dar saltos por el salón.

—¡¡¡¡Valentina!!!!

Ella se echó a reír.

—Ya lo he oído.

—¡¡Una feria de coches!!

—Sigo oyéndote.

—¡¡Una feria de coches!!

—Los vecinos también.

Yo estaba intentando no reírme, sin éxito.

El trayecto fue una sucesión constante de preguntas.

Mateo quería saberlo todo, absolutamente todo, y para mi sorpresa disfruté respondiéndolas más de lo que habría imaginado.

Cuando llegamos al recinto de exposiciones el niño casi salió disparado del coche antes de que terminara de aparcar. Tuve que agarrarlo por la mochila.

—Despacio, campeón.

—Pero mira eso.

Seguí la dirección de su dedo y entendí perfectamente su reacción: decenas de deportivos brillaban bajo el sol californiano.

Ferraris, McLaren, Porsche, Lamborghinis, Mustangs clásicos, Corvettes, modelos históricos, prototipos...

Aquello era el paraíso para cualquier amante de los coches y especialmente para un niño de diez años.

—¿Podemos verlo todo?

—Todo no.

—¿Por qué?

—Porque necesitaríamos tres días.

Mateo me miró horrorizado.

—¿Tan grande es?

—Mucho más.

Y salió corriendo. Valentina negó con la cabeza.

—No sé cómo consigues seguirle el ritmo.

—Ni yo mismo lo sé.

—Mientes.

La miré.

—¿Perdón?

—Te encanta.

—¿El qué?

—Él —sonrió señalando a su hermano.

Observé a Mateo admirando un coche de carreras a veinte metros de distancia y sonreí.

—Sí, me encanta.

Y por alguna razón, decirlo en voz alta no me dio miedo; todo lo contrario, me hizo sentir bien.

Si alguien me hubiera dicho una semana antes que iba a pasar un sábado entero persiguiendo a un niño de diez años por una feria de coches, probablemente me habría reído en su cara. Y sin embargo allí estaba: sonriendo, disfrutándolo y sin ninguna intención de estar en otro lugar.

Mateo parecía haber entrado en una dimensión paralela creada exclusivamente para él. Corría de un expositor a otro, se detenía delante de cada vehículo, leía las fichas técnicas, hacía preguntas, miles de preguntas, y lo más sorprendente era que muchas tenían sentido.

—Nathan.

—¿Sí?

—¿Qué motor lleva este?

—Un V8 biturbo.

—¿Y cuántos caballos tiene?

—Setecientos veinte.

Los ojos del niño brillaron.

—Madre mía...

—Esa fue exactamente mi reacción la primera vez que vi uno.

—¿Tú tienes uno?

Valentina soltó una carcajada. Yo tosí.

—Eh...

—Eso ha sonado sospechoso —dijo ella.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

Mateo nos observó alternativamente.

—¿Estáis ligando?

Valentina se atragantó. Yo casi me tragué la lengua.

—¿Qué?

—Pregunto si estáis ligando.

—Mateo.

—¿Qué?

—No se pregunta eso.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Los mayores sois muy raros.

Valentina empezó a reírse y yo también, porque el condenado niño tenía una habilidad extraordinaria para dejarnos sin argumentos.

Una hora después llegamos a la zona de coleccionismo y fue un error, un enorme error, porque allí había cientos de coches a escala: ediciones limitadas, modelos de colección, réplicas oficiales... Y Mateo los quería todos, absolutamente todos.

Intentó comportarse, de verdad que lo intentó; lo veía perfectamente. Miraba los coches, los admiraba, los cogía con cuidado y después volvía a dejarlos donde estaban, como si se estuviera obligando a sí mismo. Aquello me enterneció más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—¿Cuál te gusta más?

El niño señaló un Ferrari rojo.

—Ese.

—¿Solo ese?

Se quedó pensativo.

—Y ese.

—¿Y ese otro?

—También.

—¿Y aquel?

—Muchísimo.

Sonreí.

—Entendido.

Media hora después salimos de allí con varias bolsas, muchas, demasiadas, de hecho. Mateo caminaba con cara de felicidad absoluta y Valentina con cara de querer asesinarme.

—Nathan.

—¿Sí?

—No deberías haber hecho eso.

—¿El qué?

—Lo sabes perfectamente.

—No.

—Nathan.

—Valentina.

Ella suspiró.

—Te has gastado medio sueldo en él.

Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no reírme, porque si ella supiera quién era realmente...

—Lo he hecho encantado.

—No tenías que hacerlo.

—Quería hacerlo.

—Pero...

No la dejé terminar. Simplemente me incliné y la besé, un beso suave y breve, lo justo para callarla. Valentina se quedó inmóvil, con las mejillas completamente rojas, y entonces escuchamos una vocecita.

—Yo no he visto nada.

Nos giramos y vimos que Mateo caminaba delante de nosotros, mirando hacia otro lado con una sonrisa enorme.

—De verdad que no he visto nada.

Solté una carcajada y Valentina se tapó la cara.

—Tierra, trágame.

—No exageres.

—Acabo de morir de vergüenza.

—No lo parece.

—Porque estoy intentando mantener la dignidad.

Mateo levantó una mano.

—No funciona.

Aquello terminó de rematarla.

A la hora de comer encontramos una hamburguesería cercana.

Nada elegante, nada sofisticado, exactamente el tipo de sitio donde llevaba años sin entrar, y resultó ser uno de los almuerzos más divertidos que recordaba.

Mateo pidió una hamburguesa gigantesca, Valentina pidió una normal, yo hice lo mismo y cinco minutos después descubrimos que el niño no era capaz de abrir la boca lo suficiente para morder la suya.

—Necesito ayuda.

—Eso no suena muy masculino —comenté.

—Tengo diez años.

—Buen argumento.

Valentina se reía tanto que casi lloraba. Finalmente terminamos desmontando la hamburguesa, lo que provocó que Mateo declarara solemnemente:

—Ha sido una victoria táctica.

—Por supuesto —respondí.

—Las mejores estrategias requieren adaptación.

—Completamente de acuerdo.

—Seré un gran piloto de Fórmula 1.

—O un político.

—Eso jamás —respondió, y nos echamos a reír.