El secreto de mi chico Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Me dio un beso en la frente y, para mi sorpresa, me cogió en brazos. Protesté débilmente, pero me ignoró, llevándome hacia el cuarto de baño con una facilidad que hablaba de su fuerza física.

—Nathan, qué haces...

—Ducharnos —respondió simplemente, encendiendo el grifo de la ducha de piedra natural que ocupaba casi toda una pared del baño.

El agua caliente cayó sobre nosotros, creando vapor que envolvió el espacio.

Nathan me apretó contra la pared de la ducha, y antes de que pudiera protestar por falta de tiempo, me penetró de nuevo.

Esta vez fue rápido, urgente, salvaje. Me cogió en brazos, apoyándome contra la pared de piedra mientras me follaba con fuerza y rudeza, con embestidas que hacían que el agua salpicara por todas partes.

Me corrí con un grito que resonó en el espacio cerrado, y él me siguió segundos después, vaciándose dentro de mí con un gemido ronco que me hizo estremecer.

Pero no terminó ahí. Nos lavamos rápidamente, y cuando salimos de la ducha, aún húmedos y excitados, me hizo apoyar las manos en la pared del baño y elevar las caderas.

Me tomó desde atrás con una fuerza que me hizo ver estrellas, penetrándome una y otra vez hasta que ambos llegamos al orgasmo de nuevo, casi simultáneamente, con los cuerpos temblorosos y las respiraciones completamente agitadas.

Cuando finalmente salimos del baño, ya eran casi las nueve de la mañana.

Nos vestimos con ropa prestada que Nathan encontró en uno de los armarios —una camiseta y unos pantalones cortos para mí que seguramente pertenecían a alguna mujer del pasado, aunque preferí no pensar en eso—, y bajamos a la cocina.

Margaret estaba allí, como siempre. La ama de llaves moviéndose entre los fogones con la eficiencia de quien lleva décadas en el servicio.

Nos saludó con una sonrisa cálida que no juzgaba, que no preguntaba por qué bajábamos a las nueve de la mañana juntos y con aspecto de haber pasado la noche follando como conejos.

—Buenos días, señor Nathaniel —dijo, y luego se giró hacia mí—. Buenos días, señorita. ¿Les preparo el desayuno completo?

—Por favor, Margaret —respondió Nathan, y su tono era diferente, más suave, más respetuoso de lo que había escuchado antes.

Desayunamos en la enorme isla de la cocina, con vistas al jardín y la piscina infinita que brillaba bajo el sol de julio.

Margaret nos sirvió zumo de naranja recién exprimido, café, huevos revueltos, tostadas con aguacate y fruta fresca.

Estaba delicioso, y me di cuenta de que estaba famélica después de la noche y la mañana que había tenido.

Margaret se quedó charlando con nosotros mientras comíamos. Era una mujer de sesenta y tantos años, con el pelo canoso recogido en un moño perfecto y unos ojos azules que brillaban con inteligencia.

—Conozco a Nathaniel desde que llevaba pañales —dijo de repente, mirándome con una sonrisa cómplice—.

Era un niño terrible, siempre metiendo las narices donde no le llamaban.

Y de mayor... —suspiró con cariño— ...a veces es un poquito cabezota.

Hace alguna que otra locura, como todos los jóvenes con dinero y tiempo libre.

Me atraganté con el café. ¿Con dinero? Miré a Nathan, pero él parecía concentrado en su plato, con una expresión extraña.

—Pero es un buen hombre —continuó Margaret, ignorando mi reacción—.

Lo sé mejor que nadie. Y estoy segura —su mirada se clavó en mí con una intensidad que me inquietó— de que cuando encuentre a la mujer adecuada, se entregará en cuerpo y alma a ella.

Sin miedo, sin engaños ni mentiras. Y la hará feliz el resto de su vida.

Fruncí el ceño, confundida. Había algo en la forma en que lo decía, en la forma en que miraba a Nathan y luego a mí, que no entendía. Nathan me miró con los ojos muy abiertos, como si quisiera decirme algo, pero no encontrara las palabras.

—Margaret, yo...

Pero no pudo terminar. En ese momento, mi móvil sonó con el tono particular de Eleanor Whitmore. Lo cogí de la encimera donde lo había dejado y respondí.

—Valentina, cariño —la voz de Eleanor sonaba alegre, maternal—. Solo quería decirte que Mateo pregunta si te vas a quedar allí todo el día, porque si es así, ya tiene planes con el tío. Quiere ir al museo de coches con Richard.

Sentí una punzada de culpa. Había olvidado completamente a mi hermano en medio de... bueno, en medio de todo esto.

—Dile que iré a recogerle en media hora —respondí, mirando el reloj—. Solo necesito... terminar unas cosas aquí.

—No te preocupes, cariño. Tómate tu tiempo. Richard está encantado de pasar tiempo con él.

Colgué y miré a Nathan. Él ya me estaba observando con una expresión que no sabía interpretar.

—Tengo que irme —dije—. Mateo...

—Te llevo —interrumpió Nathan, levantándose de la silla—. Y luego... —dudó un segundo— ...y luego podemos pasar por tu casa para que cojáis ropa. Para los tres.

—¿Los tres?

—Quiero que paséis el fin de semana aquí —dijo, y su voz tenía una urgencia que me desarmó—. A Mateo le encantó el otro día. Tiene la playa privada, la piscina... y yo... —tragó saliva— ...yo quiero pasar más tiempo contigo. Con vosotros.

Negué con la cabeza, sintiendo que estaba cruzando una línea peligrosa.

—Nathan, no debería abusar así de la confianza de tu jefe. Esta casa es impresionante, pero no puedo simplemente...

—Valentina —me interrumpió, y tomó mis manos entre las suyas—.

Mi jefe... —hizo una pausa, y vi algo en sus ojos, una verdad que aún no estaba preparado para contar— ...

es más que un jefe. Es un buen amigo. Y mientras le cuide la casa, estoy seguro de que no le importa si llevo a gente. A gente importante.

La forma en que dijo «gente importante», mirándome fijamente, hizo que mi corazón diera un vuelco.

—¿Estás seguro?

—Absolutamente —respondió, y sonrió con esa sonrisa que me derretía las rodillas—. Vamos. Vamos a recoger a Mateo. Y luego... luego seremos tres en esta casa grande.

Asentí, sabiendo que estaba tomando una decisión que cambiaría todo. Pero por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo. Porque cuando Nathan me cogió de la mano y caminamos juntos hacia el coche, supe que, fuera lo que fuera esto, valía la pena.

Incluso si estaba construyendo castillos de arena sobre una mentira que aún no conocía.