El secreto de mi chico Capítulo 22
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Capítulo 22

Nathaniel

La noche de Los Ángeles nos envolvía con esa especie de magia particular que solo se encuentra en las ciudades que nunca duermen del todo.

Las luces de neón, el murmullo lejano del tráfico, el olor a sal marina que se colaba entre los edificios del centro.

Todo parecía conspirar para que aquella noche fuera diferente a cualquier otra.

Caminábamos de la mano.

Sus dedos entrelazados con los míos, pequeños y cálidos, aferrándose con una fuerza que contradecía la aparente fragilidad de su mano.

Valentina caminaba a mi lado en silencio, y yo no podía dejar de mirarla de reojo cada pocos segundos, como si temiera que desapareciera si apartaba la vista demasiado tiempo.

Estaba nerviosa. Lo notaba en la forma en que mordisqueaba su labio inferior, en cómo sus ojos color miel recorrían el entorno sin detenerse realmente en nada, en la tensión casi imperceptible de sus hombros bajo aquel vestido negro que le sentaba de una manera que rozaba lo indecente.

Mi coche nos esperaba aparcado a la vuelta de la esquina.

Un Mercedes negro, imponente y discreto a la vez, como todo lo que me rodeaba.

Harold, mi chófer, debía haberse ido ya hacía horas, dejándome las llaves en la guantera como siempre hacía cuando sabía que podía necesitar conducir por la noche.

—¿Estás bien? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros desde que salimos del local.

Valentina giró la cabeza hacia mí. La luz de una farola iluminó su rostro durante un segundo, destacando aquella sonrisa preciosa y natural que parecía reservada únicamente para momentos de vulnerabilidad.

—Sí —respondió, aunque su voz salió más aguda de lo habitual—. Solo... pensando.

—¿En qué?

—En que esto es una locura.

No pude evitar sonreír. Porque tenía razón.

Era una locura. Yo, Nathaniel Blackwood, que llevaba años evitando cualquier tipo de compromiso emocional, que me había convertido en experto en encuentros fugaces y despedidas sin miramientos, estaba allí, caminando por las calles de Los Ángeles a las tres de la madrugada, sintiendo que cada paso que daba me alejaba más del hombre que había sido y me acercaba a alguien que aún no conocía pero que, extrañamente, me resultaba más auténtico.

Llegamos al coche. Abrí la puerta del copiloto para ella, y Valentina se deslizó dentro con una elegancia innata que no necesitaba aprender. Cuando cerré la puerta y rodeé el vehículo para sentarme al volante, el silencio volvió a apoderarse de nosotros.

Arranqué el motor. El sonido del motor V8 ronroneó suavemente mientras salíamos hacia la autopista.

Podría haberla llevado a cualquier hotel de la ciudad.

El Beverly Hills, el Chateau Marmont, cualquiera de esos establecimientos donde la discreción era el principal servicio y donde nadie preguntaría por nuestros nombres.

Había hecho eso cientos de veces antes. Entrar, follar, salir.

Sin complicaciones, sin ataduras, sin que nada trascendiera más allá de la noche.

Pero mientras conducía por la Pacific Coast Highway , con el océano oscuro a mi derecha y las luces de la ciudad alejándose en el retrovisor, supe con absoluta certeza que no podía hacer eso con ella.

Valentina no merecía una habitación anónima con sábanas de mil hilos, pero sin alma. No merecía ser una más en mi larga lista de conquistas sin importancia. Ella merecía todo. Y si era honesto conmigo mismo, quería tenerla en mi casa. En mi espacio. En mi cama.

Desde que había estado allí con Mateo, desde que había visto cómo su hermano pequeño corría por el jardín fascinado por la piscina infinita, desde que había observado a Valentina sentada en la barra del chiringuito riendo con el niño mientras el sol se ponía sobre el Pacífico, no había dejado de imaginar cómo sería tenerlos a ambos allí de forma permanente.

Fantaseaba con despertarse y ver a Mateo construyendo castillos de arena en la playa privada, con Valentina tomando café en la terraza con el pelo alborotado por la brisa marina, con risas llenando esas seis habitaciones que hasta ahora solo habían conocido el silencio y la soledad.

Eran pensamientos peligrosos. Pensamientos que me aterraban por su intensidad. Pero que, al mismo tiempo, me hacían sentir vivo de una manera que nada en mi vida había logrado antes.

No quería acostarme con ella en ningún otro lugar que no fuera mi cama.

Quería que su olor impregnara mis sábanas, que su calor permaneciera en mi colchón durante días, que cada vez que entrara en mi habitación recordara la noche en que Valentina Reyes había estado allí, desnuda y entregada, mía de una forma que ninguna otra mujer había sido.

El camino a Malibú transcurrió en un silencio cómodo, cargado de electricidad y expectativa.

Valentina miraba por la ventana, pero podía ver en el reflejo del cristal que sus ojos se encontraban con los míos cada vez que yo la observaba de reojo.

Y la observaba constantemente. Cada semáforo en rojo, cada curva suave de la carretera costera, cada momento en que el tráfico nos obligaba a detenernos.

Estaba preciosa así, pensativa y nerviosa, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la respiración algo acelerada que movía sutilmente su pecho bajo el vestido.

Cuando finalmente giré hacia la entrada privada de mi propiedad, las puertas de hierro se abrieron automáticamente reconociendo la matrícula. Valentina se incorporó ligeramente en el asiento, observando la larga avenida de palmeras que conducía a la casa.

Aparqué en el garaje subterráneo. El silencio del motor al apagarse nos dejó sumidos en una quietud absoluta, rota solo por el sonido distante de las olas rompiendo contra la playa.

Salí del coche y organicé la puerta de ella antes de que pudiera hacerlo. Valentina me miró con esos ojos color miel que parecían capaces de ver a través de todas mis máscaras, de todas las armaduras que había construido durante treinta y seis años.

—Nathan...

No dejó que terminara la frase.

La cogí de la mano y la atraje hacia mí, rodeándola con mis brazos allí mismo, en el garaje iluminado tenue, con el olor a sal y lujo mezclándose en el aire. Su cuerpo se tensó por un instante, y luego se fundió contra el mío, buscando calor, seguridad, algo que yo estaba más que dispuesto a darle.

Se sonrojó. Lo vi con claridad incluso en la penumbra, ese rubor que subía desde el escote hasta sus mejillas, tiñéndolas de un rosa delicado que resultaba terriblemente excitante.

—No tienes por qué estar nerviosa —murmuré, acariciando su espalda con una mano mientras con la otra le levantaba la barbilla para que me mirara—. Es solo sexo, Valentina. Nada más.

Mentira. Era una mentira monumental, pero necesitaba que se relajara, que dejara de tensar los hombros y morderse el labio como si estuviera a punto de enfrentarse a un peligro.

Ella soltó una risa nerviosa, casi inaudible.

—El problema —dijo, con una voz que temblaba apenas— es que hace mucho tiempo que no tengo sexo.

Arqueé una ceja, sintiendo cómo algo caliente se encendía en mi estómago ante esa confesión. La idea de ser el primero en mucho tiempo, de ser quien la reintrodujera a ese placer, resultaba terriblemente excitante.

—¿Cuánto? —pregunté, mi voz bajando una octava, volviéndose más grave, más ronca.

Valentina apartó la mirada, avergonzada, y murmuró algo que apenas pude captar.

—¿Qué has dicho?

—Que Charlotte dice —repitió más alto, con un hilo de voz— que hace lo suficiente como para que se me haya vuelto a reconstruir el himen.

La carcajada salió de mi pecho antes de que pudiera contenerla. Sonora, profunda, auténtica. Porque era absurdo. Porque era adorable. Porque era tan propio de ella mezclar esa timidez con ese humor sarcástico que ya empezaba a adorar.

Valentina me miró con fingida indignación, aunque sus labios temblaban conteniendo una sonrisa.

—No te rías.

—Es imposible no hacerlo —respondí, acercándome más, hasta que nuestros cuerpos se tocaban de nuevo, hasta que podía sentir el calor que irradiaba a través de la tela de su vestido—. Eso es biológicamente imposible, por cierto.

—Lo sé. Pero Charlotte insiste en que...

—Charlotte es una exagerada.

—Eso también lo sé.

La besé. Un beso suave al principio, casi tierno, que rápidamente se fue encendiendo. Sabía a vino tinto y a algo dulce, único, específicamente suyo. Cuando nos separamos, ambos estábamos sin aliento.

—Entonces —murmuré contra sus labios, dejando que mis manos bajaran por sus costados hasta agarrarla por las caderas— vamos a poner remedio a eso, preciosa.

Antes de que pudiera responder, la cogí en brazos.

Valentina soltó un pequeño grito de sorpresa, instintivamente rodeándome el cuello con los brazos y las piernas con mis caderas. Se aferró a mí con una fuerza que me excitó hasta límites insospechados, con sus muslos envolviendo mi cintura y su peso perfectamente distribuido contra mi cuerpo.

Nos miramos a los ojos durante un largo momento. Los suyos estaban dilatados, oscuros de deseo, y yo sabía que los míos reflejaban exactamente lo mismo. Era una locura lo que estaba sintiendo. Una locura absoluta.

La besé de nuevo mientras caminaba hacia el interior de la casa. Subí las escaleras sin esfuerzo, guiado por la memoria muscular de un espacio que conocía perfectamente, sin necesidad de encender más luces que las que ya estaban programadas para iluminar suavemente el camino.

Valentina se aferraba a mí, besándome el cuello, mordisqueando mi piel, haciendo que cada paso fuera una tortura dulce porque quería detenerme allí mismo, apretarla contra la pared y tomarla sin más preámbulos. Pero no. No esta vez. Esta vez quería hacerlo bien. Quería saborear cada segundo.

Llegamos a mi habitación. La puerta se abrió silenciosamente y el espacio se desplegó ante nosotros: las ventanas de suelo a techo con vistas a la oscuridad del océano, la cama King size con sábanas de algodón egipcio, la decoración minimalista y masculina que ahora, con ella allí, parecía cobrar vida de una manera diferente.

La dejé de nuevo en el suelo junto a la cama. Sus pies tocaron la alfombra y durante un segundo ninguno de los dos se movió. Nos miramos, respirando el mismo aire cargado de anticipación.

Y entonces comencé a desvestirla.

Lentamente. Como si cada prenda fuera un regalo que necesitaba ser desenvuelto con cuidado. El vestido se deslizó por sus hombros, revelando piel bronceada y suave. La cremallera bajó con un sonido suave, y el vestido cayó al suelo formando un charco de tela negra a sus pies.

Se quedó allí, con la respiración agitada, vestida solo con un conjunto de lencería de encaje color crema que contrastaba maravillosamente con su piel. Era sencilla, elegante, perfecta. Como ella.

—Eres preciosa —dije, y mi voz salió ronca, cargada de una emoción que no sabía que era capaz de sentir.

Valentina se sonrojó de nuevo, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto instintivo de protección.

—No hagas eso —murmuré, apartando sus manos suavemente, pero con firmeza—. No te escondas de mí. Nunca.

La besé entonces con toda la pasión que había estado conteniendo desde el momento en que la vi en aquel club.

La besé como si necesitara su aliento para sobrevivir, como si sus labios fueran el único oxígeno disponible en la habitación.

Mis manos recorrieron su cuerpo, memorizando cada curva, cada valle, cada punto que la hacía estremecerse bajo mis dedos.

La acaricié por encima del sujetador, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra la palma de mi mano. Valentina arqueó la espalda, buscando más contacto, y soltó un gemido que resonó en mi pecho como un trueno.

Bajé mis labios por su cuello, mordisqueando, lamiendo, dejando un rastro de besos húmedos hasta llegar a la curva de sus pechos. Desabroché el sujetador con una destreza que ni siquiera sabía que poseía, y la prenda cayó al suelo uniéndose al vestido.

Sus pechos eran perfectos. Redondos, firmes, con pezones de un color rosa oscuro que se endurecieron aún más bajo mi mirada. Los tomé en mis manos, los acaricié, los besé, los succioné hasta que ella jadeaba, con las manos enterradas en mi cabello, tirando suavemente, guiándome.

Seguí bajando. Mis labios trazaron un camino por su estómago plano, por sus caderas, mientras mis manos se deslizaban por sus muslos, acariciando, acariciando, siempre acariciando.

Llegué a la cintura de su tanga. La miré desde abajo, arrodillado ante ella, y vi cómo me observaba con esos ojos color miel ahora oscurecidos por el deseo, con la boca entreabierta, con las mejillas sonrojadas.

—Nathan...

—Shhh —murmuré, besando su vientre justo encima del borde de la lencería—. Déjame. Quiero saborearte.

La agarré por las caderas para mantenerla quieta y deslicé el tanga hacia abajo, despacio, revelando poco a poco su intimidad. Se lo quité por completo y lo dejé a un lado, y allí estaba ella, completamente desnuda ante mí, vulnerable y hermosa y perfecta.

La separé suavemente con mis dedos y la besé allí. Un beso suave al principio, casi reverente, y luego más profundo, más insistente. Valentina se estremeció violentamente, sus manos agarrándose a mis hombros para no caer, y soltó un gemido que me hizo sentir como un rey.

Usé mi lengua, explorando, probando, encontrando los puntos que la hacían jadear, que la hacían arquear la espalda, que la hacían repetir mi nombre como una plegaria. La sostuve mientras ella se movía contra mi boca, buscando más fricción, más presión, más todo.

Y cuando finalmente se corrió, fue glorioso. Su cuerpo se tensó como un arco, sus muslos temblaron alrededor de mi cabeza, y soltó un grito ahogado que resonó en la habitación mientras yo seguía lamiéndola, probándola, llevándola hasta el límite y más allá.