Capítulo 23
Nathaniel
Cuando terminó, me puse de pie. Sus piernas temblaban, y la sostuve para que no cayera. La besé, dejándole saborearse a sí misma en mis labios, y ella respondió con una pasión desenfrenada, como si el orgasmo hubiera despertado algo salvaje en ella.
—Tu turno —murmuró contra mi boca, y sus manos comenzaron a desabrochar mi camisa con dedos torpes pero decididos.
La dejé hacer. Observé cómo me desvestía, cómo sus ojos recorrían mi torso cuando la camisa cayó al suelo, cómo se detenían en la cicatriz que tenía en el costado de un accidente de esquí de hacía años. La tocó con reverencia, y luego siguió bajando.
Mis zapatos, mis calcetines, mi cinturón. Cuando llegó a la cremallera de mis pantalones, vaciló un segundo, mirándome a los ojos en busca de permiso.
—Adelante —dije, mi voz saliendo como un gruñido.
Bajó la cremallera. Los pantalones cayeron. Y cuando me bajó los calzoncillos, mi miembro saltó libre, duro como una roca, palpitante, ansiando estar dentro de ella desde el momento en que la vi.
Valentina lo miró, y tragué saliva conteniendo el impulso de tomarla allí mismo.
En lugar de eso, la guie hacia la cama. La recosté sobre las sábanas, observándola extenderse sobre mi colchón como una ofrenda, y por un momento simplemente la contemplé, memorizando cada detalle de aquella imagen que quería grabar en mi retina para siempre.
Me tendí sobre ella, apoyándome en los codos para no aplastarla, y la besé de nuevo. Esta vez el beso fue más profundo, más urgente, cargado de la promesa de lo que vendría.
—Estás segura —pregunté, aunque era más una afirmación que una pregunta. Necesitaba oírlo de su boca.
—Sí —respondió, y sus ojos brillaron con una determinación que me desarmó—. Te quiero dentro, Nathan. Ahora.
No necesité más.
Me posicioné entre sus piernas, guiando mi miembro hacia su entrada. Estaba empapada, lista para mí, y cuando empecé a penetrarla, ambos gemimos al unísono.
Era increíblemente estrecha. Caliente. Perfecta. Me envolvió por completo, apretándome de una manera que me hizo ver estrellas. Avancé despacio, dándole tiempo a adaptarse, observando su rostro por cualquier señal de incomodidad.
—Más —susurró ella, arqueando la espalda—. Por favor, Nathan, más.
La penetré por completo hasta el fondo, y nos quedamos así, conectados de la manera más íntima posible, mirándonos a los ojos. Era abrumador. Era perfecto. Era todo lo que nunca supe que necesitaba.
Comencé a moverme. Lento al principio, sacando casi por completo y volviendo a entrar con una calma que me costaba horrores mantener. Cada embestida era una tortura dulce, cada salida una pérdida que necesitaba compensar de inmediato.
Valentina se movía conmigo, encontrando el ritmo, elevando las caderas para recibirme mejor. Sus manos recorrían mi espalda, mis hombros, mi cabello, aferrándose a mí como si temiera que desapareciera.
—Más rápido —pidió, y su voz sonó ronca, desesperada—. Por favor, más.
Aumenté el ritmo. Las embestidas se volvieron más profundas, más fuertes, más salvajes. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos, nuestras respiraciones agitadas, nuestras palabras incoherentes de placer.
La miré mientras la tomaba. Observé cómo su rostro se transformaba con cada embestida, cómo sus pechos rebotaban con el movimiento, cómo su boca se abría en una O silenciosa cuando golpeaba el punto justo dentro de ella.
—Eres perfecta —gruñí, besando su cuello, su clavícula, cualquier parte de ella a la que pudiera llegar—. Joder, Valentina, eres perfecta.
Y lo era. En todos los sentidos. No solo físicamente, aunque eso ya era suficiente para volverme loco. Era perfecta en su fuerza, en su vulnerabilidad, en la forma en que me miraba como si viera algo en mí que nadie más había visto nunca.
Mientras nos movíamos juntos, mientras nuestros cuerpos encontraban ese ritmo primitivo y perfecto, tuve un pensamiento profundo que me golpeó con la fuerza de un rayo: podía imaginar un futuro con ella.
No solo esta noche, no solo mañana. Podía imaginar despertarme cada día y verla a mi lado.
Podía imaginar fin de semana con Mateo corriendo por el jardín.
Podía imaginar años, décadas, toda una vida compartida con esta mujer que me había revuelto todos los cimientos sin siquiera intentarlo.
Era aterrador. Era maravilloso. Era todo.
—Nathan —gimió ella, y su voz me sacó de mis pensamientos—. Voy a...
—Déjate ir, preciosa —susurré contra su oído—. Quiero sentirte. Quiero sentir cómo te corres para mí.
La penetré más fuerte, más profundo, buscando ese punto que la haría explotar. Y cuando la encontré, cuando comencé a golpearla allí una y otra vez, ella se deshizo.
Su orgasmo fue intenso, violento. Se aferró a mí con fuerza, clavándome las uñas en la espalda, y gritó mi nombre mientras su cuerpo se convulsionaba alrededor de mi miembro, apretándome en oleadas que casi me hicieron perder el control.
Pero no quería terminar así. Todavía no.
Salí de ella con un gemido de protesta por mi parte y por la suya. La giré suavemente, poniéndola de rodillas sobre la cama.
—Eleva las caderas —ordené, y mi voz salió más ruda de lo que pretendía, cargada de la necesidad que sentía.
Valentina obedeció, arqueando la espalda, ofreciéndose a mí de una manera que casi me hizo correrme allí mismo. Me posicioné detrás de ella y entré de una sola embestida profunda y fuerte.
Ella gritó, un sonido de placer y sorpresa mezclados, y se aferró a las sábanas mientras yo comenzaba a moverme.
Esta posición era diferente. Más profunda. Más intensa. Podía ver cómo mi miembro desaparecía dentro de ella, cómo su espalda se arqueaba con cada embestida, cómo su cabello castaño caía sobre sus hombros desnudos.
La agarré por las caderas, marcándola con mis dedos, y la penetré con fuerza. El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con nuestros gemidos, creando una sinfonía de sexo y deseo que llenaba la habitación.
—Joder, Nathan —jadeó ella—. Así. Justo así.
—¿Te gusta? —gruñí, inclinándome sobre ella para mordisquear su hombro—. ¿Te gusta cómo te follo?
—Sí —respondió, casi gritando—. Dios, sí. No pares. Por favor, no pares.
No tenía intención de hacerlo. La penetré con una ferocidad controlada, buscando mi propio placer, pero asegurándome de que ella también lo encontrara de nuevo.
Y cuando sentí que se acercaba otro orgasmo, cuando sus gemidos se volvieron más agudos, más desesperados, la penetré con todas mis fuerzas, sintiendo cómo me apretaba, cómo su cuerpo me succionaba, cómo...
Se corrió de nuevo. Esta vez fue aún más intenso. Su cuerpo tembló violentamente, sus piernas cedieron, y hubiera caído sobre la cama si no la hubiera sostenido.
La saqué de ella con un gemido de frustración. Todavía no había terminado. Todavía la quería más.
La recosté boca arriba de nuevo, observando cómo jadeaba, cómo su pecho subía y bajaba con la respiración agitada, cómo sus ojos brillaban con un brillo vidrioso de satisfacción.
Me coloqué entre sus piernas de nuevo y entré en ella. Esta vez fue lento, profundo, mirándola a los ojos mientras nos uníamos de nuevo.
—Mírame —susurré, y ella obedeció, sus ojos encontrándose con los míos—. Quiero verte cuando me corra. Quiero ver tu cara cuando te llene.
Valentina gimió, envolviendo mis caderas con sus piernas, atrayéndome más hacia ella.
Comencé a moverme de nuevo, pero esta vez fue diferente.
Había una urgencia creciendo en mi base, una tensión que necesitaba liberar.
Aumenté el ritmo, embistiendo más fuerte, más rápido, buscando mi propio clímax mientras ella se movía conmigo, jadeando, gimiendo, repitiendo mi nombre como un mantra.
Y cuando finalmente llegué, fue explosivo. Mi cuerpo se tensó, mis músculos se contrajeron, y me vacié dentro de ella con un gemido ronco que resonó en la habitación. Fue largo, intenso, devastador. Y durante esos segundos de éxtasis absoluto, no existía nada más en el mundo que ella.
Cuando terminé, me desplomé a su lado, sin fuerzas, sin aliento, sin nada más que la sensación abrumadora de placer que recorría cada fibra de mi ser.
Durante varios minutos, ninguno de los dos habló. Simplemente yacimos allí, con las respiraciones agitadas mezclándose en el silencio de la habitación, con el olor a sexo y sudor impregnando el aire.
Finalmente, cuando mi corazón dejó de golpear como si fuera a salírseme del pecho, me giré hacia ella. Valentina tenía los ojos cerrados, una pequeña sonrisa satisfecha en los labios, y estaba más hermosa que nunca.
Le acaricié la mejilla con el pulgar, observando cómo se estremecía ligeramente ante mi contacto.
—Eres increíble —dije, y mi voz salió ronca, cargada de una emoción que no sabía cómo nombrar—. No tienes idea de lo que acabas de hacerme sentir.
Ella abrió los ojos y me miró. Realmente me miró. Y en esos ojos color miel vi algo que me dio miedo y esperanza al mismo tiempo: veía un futuro. Nuestro futuro.
—Tú tampoco tienes idea —respondió ella, y su voz era suave, casi un susurro—. Eso ha sido...
—¿Sí?
—Increíble no cubre ni la mitad.
Sonreí, acercándome para besarla suavemente. Un beso diferente a todos los anteriores. Un beso que hablaba de gratitud, de asombro, de algo que estaba empezando a parecerse sospechosamente al amor.
—¿Sabes qué? —dije después, recordando nuestra conversación anterior—. Creo que Charlotte tenía razón.
Valentina frunció el ceño, confundida.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo del himen —respondí con una sonrisa pícara—. Creo que definitivamente se te había reconstruido. He tenido que romperlo de nuevo.
Ella soltó una carcajada, un sonido claro y alegre que llenó la habitación, y me golpeó con una almohada con fingida indignación.
—¡Eres horrible!
—Soy realista —respondí, agarrando la almohada y tirándola a un lado—. Pero no te preocupes, estoy dispuesto a repetir la operación tantas veces como sea necesario. Por motivos médicos, por supuesto.
—Por supuesto —repitió ella, sonriendo ampliamente—. Todo en nombre de la ciencia.
La besé de nuevo, y esta vez el beso se extendió, se profundizó, se convirtió en algo más. Porque a pesar de que acabábamos de terminar, ya la quería de nuevo. Siempre la quería.
Cuando nos separamos, Valentina consultó el reloj de la mesilla y su expresión cambió.
—Tengo que irme —dijo, intentando sentarse.
La detuve, agarrándola por la muñeca y atrayéndola de nuevo hacia mí.
—No —dije simplemente.
—Nathan, es tarde. Mateo...
—Mateo está con los Whitmore, ¿verdad?
Ella asintió, vacilante.
—Entonces está bien. Quiero que te quedes.
—Nathan...
—Quiero dormir contigo —continué, y mi voz se volvió más suave, más vulnerable—. Quiero despertarme y verte a mi lado. Necesito saber que no ha sido un sueño. Una más de esas fantasías que he tenido desde que estuviste aquí con Mateo.
Valentina me miró con esos ojos que parecían ver directamente mi alma. Y durante un largo momento, pensé que iba a negarse. Que iba a levantarse, vestirse, y desaparecer de mi vida como si esta noche no hubiera significado nada.
Pero entonces algo cambió en su expresión. Una suavidad, una aceptación. Se acercó más a mí, apoyando la cabeza en mi pecho, y sus brazos me rodearon con una fuerza que me sorprendió.
—También yo he fantaseado —murmuró contra mi piel—. Con esto. Contigo.
La besé en la coronilla, inhalando el aroma de su cabello, mezcla de champú y algo únicamente suyo.
—Quédate —susurré—. Por favor.
Y ella se quedó.
Se quedó en mis brazos mientras la noche avanzaba hacia el amanecer.
Se quedó mientras nuestras respiraciones se sincronizaban y nuestros corazones encontraban un ritmo común.
Se quedó mientras el océano seguía su curso eterno más allá de las ventanas, testigo mudo de algo que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar pero que ambos sabíamos que había cambiado todo.
Cuando finalmente nos sumimos en el sueño, lo hicimos entrelazados, con sus piernas enredadas con las mías y su cabeza sobre mi pecho, escuchando los latidos de mi corazón como si fueran la única música que necesitaba.
Y por primera vez en treinta y seis años, Nathaniel Blackwood durmió profundamente, sin pesadillas, sin el peso de las expectativas familiares, sin el miedo al futuro.
Porque por primera vez, el futuro no parecía una amenaza.
Parecía una promesa.
Y tenía un nombre: Valentina.