Capítulo 21
Valentina
Solo una canción. Qué mentira tan enorme. Porque desde el mismo instante en que Nathan entrelazó sus dedos con los míos y me condujo hacia la pista, supe que aquella noche ya no estaba siendo tan sencilla como había imaginado.
La música envolvía el local. Las luces eran más suaves en aquella zona. Las conversaciones quedaban amortiguadas por la distancia. Y de repente tuve la incómoda sensación de que el resto del mundo desaparecía.
Nathan se detuvo frente a mí. Sus ojos azules permanecieron fijos en los míos: sin prisa, sin nervios, sin apartar la mirada, como si observarme fuera la cosa más natural del mundo. Y eso me puso extrañamente nerviosa.
—¿Siempre miras así a la gente? —pregunté.
Arqueó la ceja.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras intentando leerles la mente.
—¿Y funciona?
—No lo sé.
—Entonces quizá no lo estoy haciendo tan bien.
Solté una breve risa.
—Eres insufrible.
—Me lo dicen a menudo.
—Lo entiendo.
—Y aun así has aceptado bailar conmigo.
—Quizá me gusta sufrir.
Sus labios se curvaron ligeramente.
—Interesante.
La música continuó sonando. Nathan colocó una mano en mi espalda: correcta, respetuosa, nada invasiva. Y aun así fui consciente de ella de inmediato. Demasiado consciente.
Comenzamos a movernos siguiendo el ritmo y descubrí algo que no esperaba: Nathan bailaba bien, muy bien.
—No me digas que además sabes bailar.
—¿Además?
—Ya sabes.
—No, no lo sé.
—Alto.
—Ajá.
—Guapo.
Nathan soltó una carcajada. Una carcajada auténtica, profunda, sorprendentemente atractiva.
—Continúa.
—No quiero alimentar tu ego.
—Mi ego está perfectamente alimentado.
—Eso es evidente.
—Gracias.
Negué con la cabeza y volví a reír. Aquello era absurdo, completamente absurdo, porque apenas acababa de conocerlo y sin embargo era como si lleváramos horas hablando.
Como si las conversaciones surgieran solas, como si no tuviera que pensar cada palabra antes de decirla.
Era fácil. Y eso me desconcertaba, mucho, porque nada en Nathan parecía fácil.
Durante unos segundos bailamos en silencio. La canción terminó y empezó otra. Yo seguía allí, él también. Ninguno pareció tener intención de regresar a la mesa.
En ese momento notamos vibrar su móvil en el bolsillo de su camisa, lo cogió y suspiró.
—¿Problemas?
—Solo una hermana haciendo preguntas absurdas.
—¿Tienes una hermana?
—Tengo una hermana.
—No me lo habías dicho.
—Es verdad. Será porque a veces es tan molesta que quiero fingir que soy hijo único.
Me reí, porque sabía que no hablaba en serio.
—¿La quieres?
—Mucho.
—Entonces ya tenemos algo en común.
Sus labios se curvaron.
—Parece que tenemos varias cosas en común.
La forma en que lo dijo provocó un pequeño revoloteo en mi estómago.
Y eso comenzó a resultar preocupante, muy preocupante, porque cada minuto que pasaba me resultaba más difícil ignorar aquella atracción, aquella conexión inesperada, aquella sensación de que algo estaba ocurriendo, algo importante.
Al otro lado de la pista vi a Charlotte bailando con Ethan y observándonos, por supuesto. Cuando nuestras miradas se cruzaron levantó ambos pulgares, sonriendo como una loca. La asesinaría más tarde, probablemente. Ella respondió guiñándome un ojo. Definitivamente la asesinaría.
—Tu amiga parece divertida.
Suspiré.
—No tienes ni idea de cuánto.
—Creo que sí.
—No.
—¿Es siempre así?
—Peor.
—Impresionante.
—Lleva años intentando emparejarme con alguien.
—¿Y lo ha conseguido?
—Nunca.
—Hasta ahora.
Levanté la cabeza de golpe. Nathan me observaba: sin rastro de broma, sin sarcasmo, sin apartar la mirada. El aire pareció quedarse suspendido entre nosotros y por primera vez en toda la noche me quedé sin respuesta, completamente sin respuesta.
La música volvió a cambiar: más lenta, más íntima, más envolvente.
Algunas parejas abandonaron la pista, otras se acercaron más y de repente me di cuenta de algo.
Nathan seguía observándome como si no existiera nada más alrededor.
Aquellos ojos azules resultaban peligrosos, no porque fueran intimidantes, porque me hacían sentir vista, de verdad.
Y hacía mucho tiempo que nadie conseguía eso, muchísimo tiempo.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Tragué saliva.
—En que eres muy difícil de ignorar.
La sonrisa que apareció en su rostro fue lenta, calmada, satisfecha.
—Podría decir exactamente lo mismo de ti.
Mi corazón decidió olvidarse de funcionar correctamente. Fantástico, justo lo que necesitaba. Nathaniel levantó una mano y apartó con suavidad un mechón de cabello que había caído junto a mi rostro.
El gesto fue simple, inocente y aun así una corriente eléctrica me recorrió por completo. Sus dedos rozaron apenas mi mejilla: solo un instante, solo un segundo, pero fue suficiente, demasiado suficiente.
El mundo pareció reducirse. La música quedó lejana, las conversaciones desaparecieron y lo único que pude ver fueron sus ojos, aquellos ojos imposibles, aquella intensidad tranquila, aquella expresión que me hacía sentir nerviosa y curiosamente segura al mismo tiempo.
Nathan bajó la vista hacia mis labios durante una fracción de segundo, después volvió a mirarme a los ojos, dándome tiempo, dándome elección.
Y comprendí exactamente lo que estaba preguntando sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Mi corazón golpeó con fuerza: una, dos, tres veces.
Y entonces fui yo quien dio el último paso.
El beso comenzó suave, tentativo: como una pregunta, como una posibilidad, como algo que ninguno de los dos quería romper demasiado deprisa.
Nathan llevó una mano a mi mejilla con una delicadeza que jamás habría esperado de un hombre como él y durante unos segundos todo desapareció.
No existía la música, ni la pista, ni el ruido del local, solo aquel momento.
Cuando finalmente nos separamos, ninguno habló de inmediato.
Nos quedamos allí mirándonos, respirando el mismo aire, intentando recuperar algo parecido a la normalidad, aunque ambos sabíamos que acabábamos de perderla y que, probablemente, ninguno tenía demasiadas ganas de recuperarla.
Nathaniel sonrió primero, una sonrisa pequeña, sincera y por primera vez desde que lo conocí, vi algo vulnerable en él.
Algo real, algo que hizo que mi corazón volviera a latir demasiado deprisa.
Y supe que estaba en problemas, serios problemas, porque aquella noche había empezado como una simple salida con mi mejor amiga y ahora ya no estaba tan segura de que fuera a terminar igual.
Durante varios segundos ninguno de los dos dijo nada y, por extraño que pareciera, el silencio no resultó incómodo.
Al contrario, era como si las palabras hubieran dejado de ser necesarias.
Nathaniel seguía observándome, yo seguía observándolo a él y cada vez que intentaba recordar que apenas acababa de conocerlo, mi cerebro parecía negarse a colaborar.
—Bueno —dijo una voz a nuestras espaldas—. Esto sí que no me lo esperaba.
Cerré los ojos, porque reconocería aquella voz en cualquier parte. Charlotte, por supuesto. Nathan soltó una breve carcajada. Me giré. Mi mejor amiga y Ethan estaban a pocos pasos de nosotros, ambos sonriendo, ambos disfrutando demasiado de la situación.
—Te odio.
Charlotte se llevó una mano al pecho.
—Qué exagerada.
—No he hecho nada.
—Has estado observándonos durante los últimos veinte minutos.
—Eso tampoco es verdad.
—Charlotte.
—Vale. Durante los últimos treinta minutos.
Ethan soltó una carcajada.
—Me cae bien.
—No la animes.
—Demasiado tarde.
Nathan cruzó los brazos.
—Ahora entiendo muchas cosas.
Charlotte señaló a Nathan.
—Y tú tampoco eres precisamente inocente.
—Nunca he dicho que lo sea.
—Punto para él.
—Gracias.
Volví a poner los ojos en blanco. Aquello era imposible, completamente imposible y, sin embargo, me encontré riendo otra vez.
La noche continuó. Regresamos a la mesa, pedimos algo de beber y las conversaciones se sucedieron con una facilidad desconcertante.
Ethan resultó ser tan divertido como parecía, Charlotte se convirtió rápidamente en su compañera oficial de bromas y Nathan...
Nathan seguía sorprendiéndome, porque debajo de aquella imagen fría y controlada existía alguien mucho más cercano de lo que aparentaba: alguien observador, inteligente y peligrosamente fácil de querer.
Varias veces me descubrí mirándolo cuando él no se daba cuenta, o creyendo que no se daba cuenta, porque cada vez que ocurría terminaba encontrándome con sus ojos y una pequeña sonrisa aparecía en sus labios, como si ya supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Lo cual era irritante, y atractivo, y muy injusto.
—Estás pensando demasiado.
Levanté la vista y vi que Nathan estaba observándome.
—¿Perdón?
—Llevas cinco minutos en silencio.
—Eso no significa nada.
—Significa que estás analizando algo.
—¿Siempre aciertas?
—Casi siempre.
—Qué modestia.
—Es uno de mis mayores defectos.
—Creo que tienes más.
—Seguramente.
Sonreí y él me devolvió la sonrisa. Aquella sonrisa volvió a provocar algo extraño en mi pecho: algo cálido, algo peligroso.
Las horas pasaron casi sin darme cuenta. La música seguía sonando, la gente seguía bailando, pero poco a poco el local comenzó a vaciarse. Charlotte consultó el reloj.
—Madre mía.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Son más de las dos.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Exactamente.
—Imposible.
—No.
—Hace una hora eran las once.
—Así no es cómo funciona el tiempo.
—Debería.
Ethan asintió.
—Estoy de acuerdo.
Nathan negó con la cabeza.
—Sois un peligro.
—Y aun así aquí estás.
—Desgraciadamente.
Charlotte se levantó.
—Voy al baño.
—Yo voy a pedir agua —dijo Ethan.
Y de repente volvimos a quedarnos solos, otra vez. Nathan se acomodó en la silla, observándome, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—¿Qué?
—Nada.
—Mientes fatal.
—No.
—Sí.
Acabé riendo.
—Eres imposible.
—Eso me han dicho.
—Varias veces esta noche.
—Empiezo a sospecharlo.
Negué con la cabeza y durante unos segundos simplemente nos observamos. La intensidad no había desaparecido; seguía allí, más tranquila, más profunda, pero seguía presente. Nathan apoyó un brazo sobre la mesa.
—Me alegro de haber venido esta noche.
Mi corazón dio un leve salto.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Por qué?
Sus ojos permanecieron fijos en los míos.
—Porque te he visto, y no contaba con ello.
Y ahí estaba otra vez: aquella sinceridad inesperada, aquella forma directa de decir las cosas. Sin juegos, sin rodeos, sin máscaras. Tuve que apartar la mirada durante un segundo, solo para recuperar algo de compostura.
—Quería haberte invitado a salir, pero pensé que acabarías cansada del día en casa de tu amiga.
—Lo estoy, te lo aseguro, pero Charlotee es insistente hasta la saciedad, y no acepta un no por respuesta, así que, aquí estoy.
—Brindo por la insistencia de Charlotte —dijo, y volví a sonreír.
Y entonces me di cuenta de que no quería que terminara la noche. Y aquello me sorprendió. Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto con alguien, muchísimo tiempo que no me sentía tan cómoda. Nathan pareció percibirlo, porque su expresión se suavizó ligeramente.
—¿En qué piensas ahora?
Lo miré y decidí decir la verdad.
—En que no esperaba pasármelo tan bien.
—Yo tampoco.
—Y eso me preocupa un poco.
Arqueó la ceja.
—¿Por qué?
—Porque normalmente tomo mejores decisiones.
La sonrisa de Nathan se amplió.
—¿Y quién dice que esta sea una mala decisión?
Por alguna razón fui incapaz de responder y creo que él lo supo, porque durante unos segundos ninguno apartó la mirada hasta que Charlotte regresó, salvándome o arruinándolo todo, todavía no lo tenía claro.
—Bueno —anunció sentándose de nuevo—. Necesito detalles.
—No.
—Sí.
—No.
Ethan levantó una mano.
—Estoy con Charlotte.
—Traidor.
—Ni siquiera te conozco lo suficiente para traicionarte.
—Buen argumento.
—Gracias.
Nathaniel se recostó en la silla, claramente divertido.
Y por primera vez en mucho tiempo pensé que quizá aquella noche no había sido casualidad.
Quizá algunas personas aparecían cuando menos las esperabas y quizá algunas miradas tenían la capacidad de cambiarlo todo, aunque todavía no estuvieras preparada para admitirlo.
Dos segundos después Nathan me cogió de la mano y me llevó de nuevo a la pista. Bailamos, nos miramos, y con cada paso que dábamos nos seducíamos.
Y lo inevitable volvió a ocurrir, y nos besamos. Y de nuevo sentí que todo a nuestro alrededor desaparecía.
Cuando nos separamos, Nathan me miró fijamente, me acarició la mejilla y sentí que me fallaban las piernas. Ese hombre me miraba con deseo, no podía negarlo.
—Pasa la noche conmigo —me pidió—. Quiero, no, necesito tenerte esta noche en mi cama.
Tragué saliva al escucharle y me estremecí ante el tono de su voz, ronco y grave, cargado de urgencia y deseo.
—Nathan, yo…
—Llevo días queriendo esto, Valentina. Llevo días controlándome para no besarte cuando estamos solos, deseando tener más tiempo, y quiero que sea esta noche.
Tal vez debía ser esta noche. Tal vez el destino había que nos encontráramos en este lugar, que tuviéramos este momento de cercanía y complicidad, y que hiciéramos eso que, ahora no tenía dudas, los dos deseábamos.
—Valetina.
Le miré, y la decisión ya estaba tomada antes incluso de que me atrajera más a él, me acariciara la mejilla y se inclinara para besarme el cuello mientras podía notar que su miembro había aumentado de tamaño bajo la ropa.
—Tú ganas —murmuré, con los ojos cerrados, sintiendo un escalofrío recorrerme de pies a cabeza mientras me besaba el cuello de nuevo—. Pasaré la noche contigo.
Noté cómo sonreía sobre mi cuello, cómo entrelazaba nuestras manos y me llevaba hasta la mesa, donde cogió mi bolso y nos despedimos de nuestros amigos antes de avanzar entre la multitud para ir a la salida.
Una noche, solo me había pedido eso, y aunque después doliera porque no hubiera ninguna noche más, estaba dispuesta a correr el riesgo.