Capítulo 20
Valentina
El sábado amaneció soleado. No era una sorpresa; en Los Ángeles parecía que el sol hubiera firmado un contrato permanente con la ciudad. Aun así, aquella mañana se sentía diferente.
Quizá porque llevaba semanas trabajando sin apenas descansar, quizá porque Mateo llevaba tres días hablando de la piscina de los Whitmore, o quizá porque necesitaba desconectar.
Fuera cual fuese la razón, cuando terminé de prepararme y salí de mi habitación encontré a mi hermano completamente vestido, sentado en el sofá y mirando el reloj.
Fruncí el ceño.
—¿Desde cuándo estás despierto?
Mateo levantó la cabeza.
—Desde hace una hora.
—¿Una hora?
—No quería llegar tarde.
Solté una carcajada.
—Vamos a una barbacoa, no a una reunión de la NASA.
—Charlotte dijo que habría hamburguesas.
—Y las seguirá habiendo, aunque lleguemos diez minutos tarde.
—No quiero arriesgarme.
Negué con la cabeza.
—Eres imposible.
—Lo sé.
—Y estás orgulloso de ello.
—También.
Sonrió. Yo acabé riéndome; era imposible no hacerlo. Mateo tenía esa capacidad: la de convertir cualquier día normal en algo mejor.
Media hora después estábamos de camino a la enorme propiedad de los Whitmore.
Cuando atravesé los portones principales sentí la misma sensación de siempre.
Aquella casa era impresionante, no porque fuera ostentosa, porque no lo era.
Era elegante, enorme, perfectamente cuidada y aun así transmitía una calidez difícil de explicar.
Tal vez porque allí nunca me habían tratado como una invitada; siempre me habían tratado como familia.
Aparqué frente a la entrada principal. Antes incluso de apagar el motor la puerta se abrió. Mateo sonrió.
—Ahí viene Eleanor.
Y efectivamente allí estaba. Elegante como siempre, con una sonrisa enorme.
—¡Mis niños!
Mateo salió disparado del coche.
—¡Eleanor!
Ella se inclinó para abrazarlo.
—Pero bueno... ¿cómo has crecido tanto?
—Porque como verduras.
—Mentiroso.
—Vale... porque como pizza.
Ella soltó una carcajada. Yo también. Cuando llegué hasta ellos Eleanor me rodeó con los brazos y durante unos segundos me permitió simplemente quedarme allí, como si fuera una niña otra vez.
—Hola, cariño.
Aquellas dos palabras me calentaron el corazón.
—Hola, Eleanor.
—Estás preciosa.
—Eso es porque me quieres.
—Eso también.
Besó mi mejilla. Después me observó.
—¿Estás descansando algo?
—Lo intento.
—Mentira.
—¿Tan evidente es?
—Muchísimo.
—Gracias por la sinceridad.
—Para eso están las madres.
Mi sonrisa se suavizó, porque Eleanor siempre había sido eso para mí: una especie de segunda madre. Justo entonces apareció Richard por la puerta. Imponente, elegante, con aquella presencia que podía intimidar a media ciudad y, sin embargo, en cuanto vio a Mateo, sonrió.
—Campeón.
Mateo corrió hacia él.
—¡Richard!
Richard lo levantó como si siguiera pesando lo mismo que cuando tenía cinco años.
—Cada vez pesas más.
—Estoy desarrollando músculo.
—Claro.
—Lo dice Internet.
—Entonces debe ser verdad.
Las risas llenaron la entrada. Yo observé la escena sintiendo algo parecido a la felicidad absoluta, porque aquella gente nunca había tenido obligación alguna de cuidar de nosotros y aun así lo habían hecho. Durante años. Siempre. Richard me abrazó después, brevemente, pero con auténtico cariño.
—Me alegra verte, Valentina.
—A mí también.
—Hoy no se habla de trabajo.
—Perfecto.
—Ni de problemas.
—Mejor todavía.
—Y comerás más que una ensalada.
—Eso ya me gusta menos.
—Lo imaginaba.
Entramos en la casa entre bromas y durante unos minutos simplemente disfruté de la sensación de estar allí.
La cocina estaba llena de comida, el jardín parecía sacado de una revista y el aroma de la barbacoa ya flotaba en el ambiente.
Charlotte apareció entonces. Llevaba un vestido veraniego, gafas de sol sobre la cabeza y una sonrisa enorme.
—¡Por fin!
Corrí a abrazarla.
—Solo llegamos cinco minutos tarde.
—Cinco minutos insoportables.
— Drama Queen .
—Orgullosamente.
Nos separamos riendo. Mateo aprovechó para intervenir.
—Charlotte.
—Dime.
—¿Hoy puedo tirarla a la piscina? —preguntó, señalándome.
Charlotte me miró. Después miró a Mateo.
—Por supuesto.
—¿Qué?
—Creo que es importante apoyar los sueños de los niños.
—Sois horribles.
—Lo sabemos.
Pasamos toda la mañana en el jardín. Richard se encargó de la barbacoa, aunque Eleanor insistía constantemente en que estaba cocinando demasiado. Charlotte y yo terminamos tumbadas en unas hamacas junto a la piscina mientras Mateo chapoteaba como un pez.
—Te veo mejor —comentó Charlotte.
Giré la cabeza.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque estás sonriendo.
Miré al cielo.
—Puede ser.
—Necesitabas un día así.
—Lo sé.
Charlotte me observó durante unos segundos.
—¿Y qué tal el trabajo?
—No.
—¿No?
—Richard ha prohibido hablar de trabajo.
—Cierto.
—Y pienso obedecer.
—Qué responsable.
—Soy una adulta funcional.
—Eso está por demostrar.
Le lancé una toalla. Ella se echó a reír.
A mediodía la comida fue incluso mejor de lo que Mateo había imaginado: hamburguesas, costillas, mazorcas, patatas, ensaladas y una cantidad absurda de postres.
Durante casi dos horas no dejaron de escucharse risas.
Richard contó anécdotas vergonzosas de Charlotte cuando era adolescente, Charlotte respondió contando algunas de mi época universitaria y yo juré vengarme.
Mateo se convirtió en el rey absoluto de la mesa cuando empezó a explicar estrategias de Fórmula 1.
Nadie entendía demasiado, pero todos fingían hacerlo.
—Y por eso la parada en boxes fue un error táctico.
Richard asintió con solemnidad.
—Completamente de acuerdo.
—¿Sabes de qué está hablando? —le preguntó Charlotte.
—Ni idea.
—Yo tampoco.
—Pero parece importante.
Mateo los señaló.
—No me estáis escuchando.
—Claro que sí.
—Mentís fatal.
Todos estallamos en carcajadas.
Después de comer pasamos la tarde entre la piscina, juegos y conversaciones.
Y mientras observaba a Mateo correr por el jardín con Charlotte y Richard fingiendo perseguirlo, sentí una punzada de emoción, porque aquel niño merecía todo aquello.
Merecía sentirse querido, seguro, feliz, y gracias a los Whitmore tenía precisamente eso.
Cuando el sol comenzó a ponerse y el cielo adquirió tonos anaranjados, Eleanor se sentó a mi lado.
—Gracias por traerlo.
La miré.
—Siempre quiere venir.
—Y nosotros siempre queremos que venga —observó a Mateo—. Es un niño maravilloso.
Mi garganta se cerró un poco.
—Lo sé.
—Y tú has hecho un trabajo increíble con él.
Bajé la mirada. Aquellas palabras siempre me afectaban, porque había días en los que sentía que no estaba haciendo suficiente.
—Intento hacerlo lo mejor posible.
—Y lo haces —me apretó la mano—. Tu madre estaría muy orgullosa.
Tuve que apartar la mirada unos segundos, porque aquella frase golpeó directamente en el corazón y porque sabía que Eleanor la decía de verdad.
Cuando cayó la noche regresamos al interior de la casa. Mateo estaba agotado, pero feliz, y eso se reflejaba en cada sonrisa. Charlotte apareció con una copa de vino en la mano y una expresión sospechosa, muy sospechosa.
—Tengo una idea.
—No.
—Ni siquiera la he dicho.
—No importa.
—Eres injusta.
—¿Qué idea?
Charlotte sonrió.
—Esta noche salimos.
Suspiré.
—Charlotte...
—Nada de excusas.
—Estoy cansada.
—Mentira.
—Un poco cansada.
—No me importa —se acercó—. Vamos a bailar.
—Hace siglos que no salgo.
—Precisamente.
—Tengo responsabilidades.
—Mateo puede quedarse aquí.
Miré a mi hermano. Estaba sentado junto a Richard viendo una carrera antigua de Fórmula 1, completamente feliz.
—Puedo quedarme —dijo él sin apartar la vista de la televisión.
Traidor. Charlotte sonrió triunfal.
—¿Ves?
—Os odio.
—No es verdad.
—Un poco sí.
—Te quiero también.
Y por primera vez en mucho tiempo, mientras observaba a la gente que quería reunida bajo aquel techo, pensé que quizá tenía razón.
Quizá necesitaba una noche para mí: sin trabajo, sin preocupaciones, sin responsabilidades, solo diversión.
Sin tener ni la menor idea de que aquella noche estaba a punto de cambiar muchas cosas y de que conocería al hombre que pondría mi mundo completamente patas arriba.
Si alguien me hubiera dicho aquella mañana que acabaría saliendo de fiesta, me habría reído en su cara. Sin embargo, allí estaba: de pie frente al espejo del enorme vestidor de Charlotte, observando mi reflejo.
—¿Vas a seguir mirando o piensas reconocer que estás espectacular?
Puse los ojos en blanco.
—No estoy espectacular.
—Valentina.
—¿Qué?
—Si vuelves a decir eso, te tiro por la ventana.
Solté una carcajada. Charlotte apareció detrás de mí. Llevaba un vestido azul oscuro que resaltaba sus ojos y una expresión de absoluta satisfacción, como si hubiera ganado una batalla. Porque técnicamente la había ganado.
—Perfecta.
—Exagerada.
—Perfecta.
Negué con la cabeza; era imposible discutir con ella. Mi vestido era sencillo: negro, elegante, ajustado sin resultar excesivo. El cabello me caía suelto sobre los hombros y por una vez había aceptado maquillarme un poco más de lo habitual.
—Te odio.
—Lo sé —Charlotte sonrió—. Pero me lo agradecerás.
—Lo dudo.
—Ya veremos.
Cuando bajamos al salón, Eleanor se llevó una mano al pecho.
—Dios mío.
—Mamá, respira.
—Estáis preciosas.
Richard levantó la vista del periódico y silbó.
—Voy a tener que contratar seguridad.
—Papá...
—¿Qué?
—No tenemos quince años.
—Para mí sí.
—Eso es preocupante.
—Y aun así es verdad.
Las risas llenaron la estancia. Mateo apareció entonces. Se quedó mirándome, parpadeó, volvió a parpadear.
—Vaya.
—¿Qué?
—Pareces una adulta.
Charlotte se dobló de la risa. Yo le lancé un cojín.
—Gracias por tu apoyo.
—De nada.
—Eres horrible.
—Lo aprendí de ti.
Antes de irnos me agaché para darle un beso en la cabeza.
—Pórtate bien.
—Siempre me porto bien.
—Esa mentira ha sido impresionante.
—Lo intento.
Sonrió y yo sentí el corazón calentarse, como siempre ocurría con él.
Una hora después Charlotte y yo llegábamos a uno de los locales más exclusivos de Los Ángeles. Música, luces, gente riendo, copas, energía... todo aquello parecía pertenecer a otra vida, una vida que yo rara vez tenía tiempo de disfrutar.
—¿Lista?
—No.
—Perfecto.
—Charlotte…
—Es demasiado tarde para escapar.
Suspiré. Ella me arrastró hacia dentro y durante la siguiente hora me obligó a reconocer algo: me lo estaba pasando bien, muy bien. Nos reímos, bailamos, tomamos algo y durante un rato olvidé todas las preocupaciones, hasta que Charlotte se quedó inmóvil, mirando algo detrás de mí.
—Oh.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Vaya.
—Charlotte.
—Esto se acaba de poner interesante.
Giré la cabeza y entonces lo vi: alto, mucho, cabello negro, traje oscuro perfectamente ajustado, hombros anchos, postura segura y unos ojos azules tan intensos que incluso desde la distancia parecían capaces de atravesar a cualquiera. Nathan.
A su lado había otro hombre, más relajado, sonriente, con una expresión divertida permanente.
Estaban hablando mientras avanzaban hacia la barra, y entonces ocurrió.
Nathan levantó la vista y nuestras miradas se encontraron durante un segundo.
Dos. Tres. Algo extraño me recorrió el estómago, una sensación inesperada, incómoda y extrañamente agradable. Fui la primera en apartar la vista.
—No me gusta esa cara.
Charlotte sonrió.
—¿Qué cara?
—La tuya.
—Acabas de mirar a ese hombre.
—Y él a mí.
—Exactamente.
—No empieces.
—Ya he empezado.
Gemí.
—Necesito otra copa.
—Necesitas una cita.
—Charlotte. Ese es el hombre del hospital.
—¿Pedona? Pero…
No terminó la frase porque una voz masculina sonó detrás de nosotras.
—¿Interrumpimos algo importante?
Charlotte sonrió de inmediato. Yo me giré y me encontré cara a cara con el hombre de ojos azules, mucho más impresionante de cerca. Genial, justo lo que necesitaba. Nathan observó primero a Charlotte, después a mí, con absoluta calma, como si nada pudiera alterarlo.
—Hola, Valentina. No esperaba verte por aquí.
—Hola, Nathan. No pensaba salir, pero me ha obligado —respondí señalando a Charlotte.
El hombre rubio a su lado sonrió.
—Por favor, decidme que no estamos interrumpiendo una conspiración.
Charlotte soltó una carcajada.
—Depende.
—¿Hay secuestros implicados?
—Todavía no.
—Perfecto. Tengo experiencia.
—Eso explica muchas cosas.
—Gracias.
Todos nos reímos. Nathan negó lentamente con la cabeza.
—Ignoradlo.
—No podéis ignorarme. Soy encantador.
—Eres agotador.
—Y aun así me quieres.
—Eso está por ver.
Volvimos a reír. El rubio extendió una mano.
—Ethan Walker.
—Charlotte Whitmore.
—Valentina Reyes.
—Encantado.
—Charlotte, él es Nathan, el hombre del hospital del que te hablé.
—Es un placer conocerte, al fin.
—¿Os apetece sentaros con nosotros? —preguntó Ethan.
—¿Por qué?
—Porque Nathaniel lleva exactamente diez minutos actuando como una persona normal y quiero celebrarlo.
Nathaniel lo miró.
—No empieces —resoplé.
—No prometo nada.
Charlotte ya estaba riéndose y yo también, porque la dinámica entre ambos era imposible de ignorar. Finalmente terminamos compartiendo mesa y para mi desgracia, o mi suerte, Nathan se sentó a mi lado.
Durante la siguiente hora hablamos de todo y de nada, bromeamos y reímos, sobre todo reímos, y no sabía cuánto necesitaba reír.
Nathan sonrió, una sonrisa breve, pero transformó su rostro y durante un segundo me costó recordar lo que estaba pensando.
—¿Qué pasa? —preguntó y parpadeé.
—Nada.
La comisura de sus labios se curvó, como si no me creyera. Y quizá tenía razón.
La música cambió entonces. El ritmo se volvió más lento, más suave, más íntimo. Varias parejas comenzaron a dirigirse hacia la pista. Ethan se levantó.
—Charlotte. ¿Bailas conmigo?
Ella sonrió.
—Vamos.
Ambos desaparecieron entre la multitud y de repente Nathan y yo nos quedamos solos. Genial, perfecto, nada peligroso en absoluto. Él me observó durante unos segundos. Después tendió una mano.
—¿Bailas?
Mi corazón hizo algo extraño, algo muy poco profesional y muy poco conveniente. Lo miré, miré su mano y por alguna razón terminé colocando la mía sobre ella.
—Solo una canción.
La sonrisa que apareció en sus labios fue lenta y peligrosamente atractiva.
—Claro.
Solo una canción. Por supuesto. No tenía ni idea de que aquella promesa iba a resultar imposible de cumplir.