El secreto de mi chico Capítulo 19
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Capítulo 19

Nathaniel

Por suerte, Mateo olvidó la fotografía en menos de treinta segundos. Yo tardé bastante más.

Porque mientras caminábamos hacia la zona exterior seguía pensando en ello.

En lo cerca que había estado. En lo fácil que habría sido que hiciera una pregunta más. Una sola.

Y en cómo cada día resultaba más complicado sostener aquella mentira.

No porque fuera difícil, sino porque Valentina empezaba a importarme demasiado.

Y mentir a alguien que te importaba siempre tenía un peso distinto.

La piscina infinita terminó convirtiéndose en el centro de la tarde, algo que no sorprendió absolutamente a nadie.

Especialmente a Mateo. Porque en cuanto terminó de recorrer la terraza quedó completamente fascinado.

—No parece una piscina.

—¿Qué parece entonces?

—Parece que se cae al océano.

Sonreí.

—Esa es la idea.

El niño observó el agua, después el horizonte, y después otra vez el agua.

—Vale.

—¿Vale qué?

—Esto es increíble.

Valentina soltó una carcajada y yo me descubrí observándola más de lo que observaba la propia escena. Porque verla reír se estaba convirtiendo en una de mis actividades favoritas.

Algo preocupante y peligrosamente adictivo.

Margaret apareció poco después con bebidas, fruta, y una cantidad absurda de comida.

—No hacía falta tanto.

Margaret me ignoró completamente, como hacía siempre.

—Buenas tardes.

Valentina sonrió inmediatamente.

—Buenas tardes.

—Encantada de conocerla.

—Igualmente.

Mateo saludó con entusiasmo y Margaret le respondió con una sonrisa cálida. Algo poco habitual. Porque normalmente reservaba aquella expresión para muy pocas personas.

Observé la escena con atención y vi cómo Margaret evaluaba discretamente a ambos.

La forma en la que hablaban, la forma en la que se comportaban. Y después me lanzó una mirada. Una sola. Breve pero suficientemente expresiva.

La conocía demasiado bien. Aquella mirada significaba exactamente lo mismo que si hubiera pronunciado las palabras en voz alta. «Ahora lo entiendo».

Aparté la vista inmediatamente antes de que decidiera divertirse a mi costa.

Las horas comenzaron a pasar con una facilidad sorprendente, como si nadie estuviera pendiente del tiempo. Como si no existieran relojes, ni horarios, ni obligaciones.

Mateo terminó sentado junto a mí en una de las tumbonas hablando muchísimo sobre coches, circuitos, motores, carreras históricas y datos que probablemente ningún niño de diez años debería conocer. Y lo peor era que me estaba divirtiendo. Porque era imposible no hacerlo.

—¿Y tú cuál comprarías? —preguntó.

—¿Qué coche?

—Solo puedes elegir uno.

—Eso es cruel.

—Las normas son las normas.

Sonreí.

—Entonces un Porsche.

Mateo abrió mucho los ojos.

—¡Lo sabía!

—¿Por qué?

—Porque tienes cara de Porsche.

Parpadeé.

—¿Tengo cara de Porsche?

—Sí.

—No sé cómo sentirme respecto a eso.

Valentina casi se atragantó con la bebida de tanto reír, y yo terminé riéndome también.

Porque aquella conversación no tenía absolutamente ningún sentido, y precisamente por eso era perfecta.

En algún momento acabamos los tres dentro del agua, algo que tampoco esperaba porque normalmente no compartía momentos así con nadie.

Pero allí estaba, escuchando a Mateo explicar teorías imposibles, viendo a Valentina reír y olvidándome durante unas horas de todo lo demás.

Del trabajo, de la empresa, de mi padre, de las reuniones, de las expectativas, de las obligaciones. De todo.

Y aquella sensación era tan extraña como agradable. Porque no recordaba la última vez que me había sentido así. Sin estar pensando constantemente en el siguiente problema.

En la siguiente decisión o en la siguiente responsabilidad.

A media tarde nos instalamos en la zona chill out junto a la piscina.

Las sombrillas protegían del calor, la brisa del océano hacía el resto, y por primera vez en mucho tiempo me encontré deseando que las horas avanzaran más despacio.

Mateo estaba terminando un enorme helado, completamente concentrado, como si se tratara de una misión de importancia nacional. Valentina lo observaba divertida.

—Te va a doler el estómago.

—No.

—Sí.

—No.

—Mateo.

—Vale —hizo una pausa—. Quizá un poco.

No pude evitar reírme, y Valentina tampoco.

La observé mientras hablaba con él. Mientras le limpiaba una mancha de chocolate de la mejilla. Mientras le revolvía el pelo. Mientras discutían por algo completamente absurdo.

Y comprendí algo que llevaba semanas viendo sin terminar de procesar. Valentina había construido su vida alrededor de aquel niño. Todo.

Cada sacrificio, cada esfuerzo, cada decisión, y aun así nunca parecía resentida. Ni amargada, ni cansada de él.

Agotada, a veces. Preocupada, muchas veces. Pero jamás resentida, al contrario. Lo miraba como si fuera el centro de su universo. Y probablemente lo era.

Aquello provocó una sensación extraña en mi pecho. Algo parecido a admiración. Algo mucho más profundo que simple admiración. Porque pocas personas habrían sido capaces de hacer lo que ella había hecho.

Y menos aun conservando aquella capacidad para sonreír.

—¿En qué piensas?

La voz de Valentina me sacó de mis pensamientos y parpadeé.

—Nada.

—Mentira.

Sonreí.

—Empiezas a conocerme demasiado bien.

—Eso significa que estabas pensando en algo.

Miré hacia Mateo, que seguía ocupado con el helado, y después volví a ella.

—Estaba pensando que tienes un hermano increíble.

Sus ojos se suavizaron inmediatamente.

—Sí.

—Es un buen chico.

—Lo es.

Sonrió, y por un instante vi algo distinto. Valentina más vulnerable que nunca.

—Es lo mejor que me ha pasado nunca.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre nosotros, y por alguna razón me costó apartar la mirada. Porque comprendía exactamente lo que quería decir. Y porque la forma en que lo dijo hizo que mi pecho se tensara de una manera inesperada.

Más tarde acabamos jugando una especie de competición organizada por Mateo.

No entendí las reglas, ni creo que nadie las entendiera. Incluido él, pero eso no pareció impedirle actuar como árbitro oficial.

—He ganado.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Mateo.

—Las normas son las normas.

—Nadie sabe cuáles son las normas —le dijo Valentina.

—Yo sí.

—Eso es sospechoso.

Valentina estaba doblada de risa, y yo también. Y fue entonces cuando me di cuenta de verdad, no como una idea pasajera, ni como una sospecha, sino con absoluta claridad.

Hacía años que no me reía tanto. Años. Quizá demasiados. Y eso tenía nombre, tenía rostro, una sonrisa preciosa y unos ojos color miel.

Cuando el sol comenzó a descender lentamente hacia el horizonte, la luz cambió bañando todo en tonos dorados y naranjas.

El océano parecía fundirse con el cielo y el mundo entero se volvió más tranquilo.

Mateo estaba dentro de la casa buscando algo de beber, Valentina permanecía apoyada contra la barandilla de la terraza, mirando el mar en silencio. La brisa movía ligeramente su cabello y durante unos segundos me olvidé de respirar.

Porque era imposible no mirarla. Imposible. Y lo peor era que ya no intentaba convencerme de lo contrario.

Porque la verdad empezaba a ser demasiado evidente. Demasiado imposible de ignorar.

Aquello ya no era simple curiosidad, ya no era interés, no era atracción. Era algo más.

Algo mucho más profundo y peligroso. Y por primera vez desde que la conocía esa certeza empezó a asustarme de verdad.

Mateo tardó más de lo esperado en volver, lo cual no me sorprendió. Porque cuando desaparecía en una casa como aquella, lo normal era que estuviera explorando cada rincón como si fuera un mapa del tesoro.

Valentina seguía en la terraza, apoyada contra la barandilla, mirando el océano como si el mundo hubiera decidido quedarse en silencio solo para ella.

Y yo seguía mirándola a ella, sin disimular demasiado, porque ya había dejado de intentarlo hacía un rato.

El sol bajaba despacio, tiñendo todo de naranja y oro. El tipo de luz que hace que incluso las cosas normales parezcan importantes.

Valentina se movió ligeramente.

—Esto es… increíble.

Lo dijo sin mirarme. Como si no quisiera romper el momento.

—Sí.

Ella giró la cabeza.

—¿Siempre es así?

—Casi siempre.

Frunció el ceño.

—Eso no puede ser normal.

—Te acostumbras.

—No creo que debas acostumbrarte a algo así.

Sonreí sin querer.

—¿Por qué?

—Porque dejas de verlo.

Aquella frase me golpeó más de lo esperado, porque tenía razón.

—Puede ser.

Valentina volvió a mirar el horizonte y durante unos segundos ninguno habló.

El silencio no era incómodo, era extraño. De esos que no pedían ser llenados. Solo compartidos.

—Nathan.

Su voz fue más baja esta vez. Me giré hacia ella.

—¿Sí?

Dudó un segundo, como si no estuviera segura de querer hacer la pregunta.

—Tú… ¿estás bien?

Parpadeé.

—¿Por qué no iba a estarlo?

Se encogió ligeramente de hombros.

—No sé.

Silencio. La miré sin la barrera habitual, sin el papel que solía interpretar, y ella no apartó la mirada. Eso fue lo primero que me descolocó.

La mayoría de la gente no sostenía una mirada demasiado tiempo cuando había algo incómodo en el aire. Valentina sí.

—Estoy bien —dije al final.

No sonó del todo convincente, ni siquiera para mí, y ella lo notó, pero no insistió. Y eso fue aún peor.

Porque significaba que respetaba el silencio. Incluso cuando no entendía lo que había detrás.

Escuchamos pasos dentro de la casa. Mateo reapareció con dos botellas de agua como si hubiera completado una misión de vida o muerte.

—He encontrado esto.

—Genial —dijo Valentina.

—Había tres frigoríficos.

—¿Tres?

—Sí.

—Eso es excesivo.

—Totalmente innecesario —añadí.

Mateo nos miró.

—Pero útil.

—Eso no lo niega nadie —respondí.

Valentina se rio, y otra vez el ambiente cambió.

Volvió la ligereza, la facilidad, la normalidad imposible de aquella tarde.

Nos sentamos juntos en la zona baja de la terraza. El sol ya estaba casi tocando el horizonte y el océano empezaba a volverse más oscuro, más profundo.

Mateo se tumbó sobre el sofá exterior, agotado por primera vez en horas.

Valentina se sentó a su lado y le apartó el pelo de la frente con un gesto automático.

Y yo lo observé, sin poder evitarlo, porque era imposible no hacerlo.

Había algo en la forma en que cuidaba de él; sin esfuerzo, sin espectáculo, sin necesidad de demostrar nada.

Solo naturalidad, como si hubiera nacido para eso.

Y entonces lo entendí de una forma muy clara: no tenía nada que ver conmigo, ni con la casa, ni con el lujo, ni con la situación. Era ella. Siempre había sido ella.

—Se ha dormido —la voz de Valentina fue apenas un susurro.

Mateo estaba medio tumbado, con los ojos cerrados, respirando lento, agotado.

—No me sorprende.

—Ha hablado más hoy que en toda su vida.

Sonreí.

—Es posible.

Valentina lo observó unos segundos con una expresión suave, casi tierna.

—Se lo ha pasado bien.

—Mucho.

—Gracias.

La miré.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí.

—Valentina.

—Nathan.

La forma en que dijo mi nombre me hizo sentir algo incómodo, porque ya no sonaba como antes. No como una simple forma de llamarme, sino como algo más cercano, más personal.

El cielo cambió: rojos, naranjas, violetas.

El tipo de atardecer que parece irreal incluso cuando lo estás viendo con tus propios ojos.

Valentina se levantó lentamente y caminó hasta la barandilla otra vez.

Yo la seguí sin pensarlo demasiado. Nos quedamos de pie uno al lado del otro, sin hablar.

Mateo dormía detrás, el océano frente a nosotros y el mundo, por primera vez en mucho tiempo, parecía sencillo. Demasiado sencillo.

—Es precioso —dijo ella.

—Sí.

Silencio. Y entonces ocurrió algo pequeño, pero definitivo.

Valentina apoyó ligeramente los codos en la barandilla y dejó escapar un suspiro relajado, real, sin filtros, sin defensas.

Y yo la observé de verdad, no como la había observado antes, no como alguien curioso, no como alguien interesado, sino como alguien que empieza a entender que algo se estaba volviendo importante.

Y eso me asustó, porque hacía años que nada me importaba así.

Nada. Ni siquiera mi apellido, ni siquiera mi empresa, ni siquiera mi familia en el sentido en el que debería.

Y ahora estaba allí, con ella, con Mateo durmiendo a unos metros, sintiendo algo que no sabía cómo nombrar pero que no quería perder.

Valentina giró la cabeza y me pilló mirándola. No aparté la vista; ella tampoco.

—¿Qué?

Tragué saliva.

—Nada —mentí mal, porque no era solo nada. No era ni remotamente «nada».

Pero ella no insistió, solo sonrió ligeramente, como si entendiera algo que yo todavía no era capaz de decir en voz alta.

—Ha sido un buen día —dijo.

—Sí.

—Gracias por esto.

—Ya te he dicho que no tienes que darme las gracias.

—Lo sé.

Silencio otra vez, pero diferente: más pesado, más consciente. Y entonces Valentina miró el mar.

—Mateo está feliz.

Aquello sí fue importante. Más importante que todo lo demás.

—Sí.

—Y eso no pasa todos los días.

Asentí porque lo sabía. Me di cuenta de algo en ese instante, de verdad. No era la casa, no era la piscina, no era el dinero. Era eso: Mateo riendo, Mateo tranquilo, Mateo siendo simplemente un niño. Y Valentina haciéndolo posible.

El sol desapareció casi por completo. La última luz se reflejó en el agua como una línea dorada y el mundo quedó en calma. Valentina suspiró.

—Deberíamos irnos pronto.

—Claro.

Pero ninguno se movió, porque había algo en el aire, algo que no quería romperse, algo frágil pero real.

Y entonces lo entendí con una claridad incómoda.

No era curiosidad, no era atracción pasajera, no era casualidad.

Era algo que estaba creciendo sin permiso, sin control.

Y lo peor de todo era que no quería detenerlo, porque por primera vez en mucho tiempo sentí que quizá, solo quizá, podía pertenecer a algo.

A alguien. Y esa idea era la más peligrosa de todas.

Tan solo cinco minutos después se despidieron y se fueron, dejándome solo en la que se suponía que no era mi casa, pero lo era, y con un pensamiento que se repetía una y otra vez.

Quería volver a verlos, a los dos, pasar tiempo con ellos y ser solo Nathan, no Nathaniel Blackwood, el CEO que todos conocían, el hombre que tenía que pensar en casarse y crear una familia solo porque un puñado de viejos asesores así lo quisieran.