El secreto de mi chico Capítulo 18
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Capítulo 18

Nathaniel

Llevaba tres días pensando en Mateo. Tres. Y cuanto más lo pensaba, más absurdo me parecía.

Porque no era normal. No para mí. No para alguien que había pasado prácticamente toda su vida rodeado de adultos.

Consejeros, directivos, inversores, abogados, políticos, ejecutivos. Personas que utilizaban palabras como estrategia, rentabilidad o expansión internacional en conversaciones cotidianas.

Niños no. Los niños nunca habían formado parte de mi mundo. No porque me disgustaran. Simplemente, no estaban.

Nunca había tenido tiempo. Y, sin embargo, allí estaba, sentado en mi despacho con una reunión importante dentro de veinte minutos, pensando en un niño de diez años que defendía a Ferrari con una pasión casi religiosa.

— Esto es ridículo.

Levanté la vista del ordenador. La pantalla seguía mostrando el informe financiero que llevaba diez minutos intentando leer sin éxito. Porque mi cerebro había decidido dedicarse a recordar otra cosa.

—¿Y si Ferrari cambia el alerón trasero?

—¿Y si Porsche sigue siendo mejor?

—Eso no tiene sentido.

—Claro que lo tiene.

Sonreí involuntariamente recordando la conversación y la expresión indignada de Mateo. Y recordando a Valentina observándonos desde el asiento del conductor.

Aquella mirada tranquila, aquella sonrisa casi imperceptible. Aquella forma de mirarnos como si estuviera disfrutando de la escena más de lo que quería admitir.

Mi sonrisa desapareció lentamente. Porque pensar en Valentina se había convertido en un problema todavía mayor. Muchísimo mayor.

La puerta del despacho se abrió sin previo aviso, como siempre, porque Ethan consideraba que llamar antes de entrar era una costumbre opcional.

Cada día que pasaba, más me arrepentía de haber vuelto a la oficina en vez de seguir perdido por algún rincón del mundo.

—Tienes cara de idiota.

Levanté la vista.

—Buenos días para ti también.

—Gracias.

Se dejó caer en una de las sillas.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Mentira.

—No.

—Sí.

—No.

—Nathan.

Cerré el portátil.

—¿Qué quieres?

—La verdad.

—Mala suerte.

—Estás sonriendo solo.

—No.

—Sí.

Resoplé, y Ethan sonrió con demasiada satisfacción.

—Es ella.

No respondí, y ese fue mi error. Porque aquello confirmó todas sus sospechas.

—Definitivamente es ella.

No, tampoco debería haberle hablado a él de Valentina, ahora veía que había sido un error, otro más.

—Ethan.

—Nathan.

—Tengo trabajo.

—Y yo.

—Entonces trabaja.

—Lo estoy haciendo.

—¿Cómo?

—Investigando tu comportamiento, que, déjame decirte, es un poquito extraño.

Lo señalé con un dedo.

—Fuera.

—No.

—Fuera.

—No.

—Ethan.

—¿Cómo se llama el niño? —preguntó, y parpadeé.

—¿Qué?

—El hermano. Me dijiste que tenía un hermano pequeño.

Lo observé durante unos segundos.

—¿Por qué preguntas eso?

Su sonrisa se amplió.

—Porque acabas de responder exactamente lo que necesitaba saber.

Maldita sea. Ethan apoyó la espalda en la silla.

—Te gustan los dos.

—No seas ridículo.

—No he dicho lo que crees.

—Claro que sí.

—No —me señaló—. Ella te gusta. Eso ya lo sabemos.

Ignoré el comentario.

—Pero el niño también te importa.

Y ahí estaba el problema, porque no podía negarlo. No de forma convincente. No después de pasar varios días recordando conversaciones absurdas sobre coches.

No después de descubrir que esperaba sus preguntas imposibles. No después de sorprenderme pensando que le habría encantado ver parte de mi colección privada.

Una colección que, obviamente, no podía enseñarle. Porque para eso tendría que contar la verdad. Y la verdad seguía siendo complicada.

Después de que Ethan se marchara, intenté volver al trabajo. Pero apenas duré quince minutos. Porque terminé mirando el móvil.

Y después escribiendo un mensaje a Valentina.

Nathan: Pregunta importante.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Valentina: En serio, empiezo a preocuparme por la cantidad de preguntas importantes que tienes.

Sonreí.

Nathan: Es una preocupación razonable.

Valentina: ¿Qué pasa?

Apoyé la espalda en la silla, pensando, releyendo, borrando, volviendo a escribir. Porque la propuesta sonaba extraña incluso en mi cabeza. Y eso nunca era buena señal.

Finalmente envié el mensaje.

Nathan: ¿Qué planes tenéis este fin de semana?

La respuesta tardó un poco más.

Valentina: ¿Es una trampa?

Nathan: Posiblemente.

Valentina: Eso no ayuda.

Nathan: Lo sé.

Tres puntos aparecieron en la pantalla. Desaparecieron. Volvieron. Y finalmente llegó la respuesta.

Valentina: Depende de por qué preguntas.

Sonreí. Porque aquello era exactamente lo que esperaba. Que fuera directa, práctica y cautelosa. Valentina en estado puro.

Cogí aire, y escribí.

Nathan: El propietario de la casa donde trabajo estará fuera varias semanas.

Lo cual tampoco era una sorpresa, porque la siguiente parte era todavía más extraña.

Nathan: Y pensaba que quizá podríais venir a pasar la tarde.

Valentina: ¿Perdón?

Solté una carcajada, sí, era exactamente la reacción que esperaba.

Nathan: Suena peor de lo que es.

Valentina: Eso también me preocupa.

Nathan: Hay piscina.

Nada.

Nathan: Y jardín.

Nada.

Nathan: Y vistas al océano.

La respuesta apareció enseguida.

Valentina: ¿Estás intentando sobornarme?

Nathan: Quizá.

Valentina: ¿Con una piscina?

Nathan: Es una piscina muy buena.

Pasaron varios segundos, y entonces llegó el mensaje que me hizo reír.

Valentina: Mateo acaba de leer esto por encima de mi hombro.

Nathan: ¿Y?

Valentina: Ahora cree que eres la mejor persona del planeta.

Apoyé la cabeza contra el respaldo, sonriendo como un imbécil, sin importarme lo más mínimo.

Nathan: Siempre he dicho que tiene buen criterio.

La respuesta llegó acompañada de una fotografía. Mateo con expresión de absoluta emoción y un pulgar levantado.

Debajo había un único mensaje.

Valentina: Ya lo he perdido. Ahora quiere ir.

La sonrisa permaneció en mi rostro durante mucho tiempo, porque algo dentro de mí ya estaba imaginando aquella tarde.

Los tres juntos, sin prisas, sin reuniones, sin consejos de administración, sin obligaciones. Y la idea me gustó mucho más de lo que debería.

Muchísimo más.

Cuando llegué a la mansión aquella noche, me encontré observando la casa de una forma diferente.

No como una propiedad, ni como una inversión o una herencia, sino a través de los ojos de alguien que nunca había estado allí.

A través de los ojos de Mateo. Y también de Valentina.

Imaginé sus reacciones al ver la piscina infinita, los jardines, la playa privada, la terraza, las vistas.

Y, por primera vez en años todo aquello me pareció impresionante otra vez. No por el dinero, ni por el lujo, sino porque iba a compartirlo con ellos.

Y aquel pensamiento debería haber sido insignificante, pero no lo era. Porque mientras observaba el océano desde la cristalera principal, empecé a comprender algo que llevaba días intentando ignorar.

Aquello ya no era simple curiosidad, ya no era solo atracción, no era únicamente el placer de hablar con alguien diferente.

Era algo más, algo que crecía despacio y sin pedir permiso. Y que empezaba a ocupar demasiado espacio en mi cabeza. Demasiado.

El sábado llegó mucho más rápido de lo que esperaba, lo cual era absurdo, porque los días seguían teniendo veinticuatro horas.

Las reuniones seguían existiendo, los problemas empresariales seguían acumulándose. Y, sin embargo, aquella semana había pasado a una velocidad extraña.

Como si mi atención hubiera estado centrada en otra parte.

Y probablemente era exactamente eso lo que había ocurrido.

A las diez de la mañana ya estaba despierto. A las diez y cinco había revisado el correo. A las diez y veinte había recorrido media casa.

A las diez y media Margaret me observó desde la cocina con una expresión sospechosa.

—Estás inquieto —dijo, y levanté la vista.

—No.

El ama de llaves arqueó una ceja, una sola. La misma ceja que llevaba décadas utilizando para demostrar que no creía una sola palabra de lo que escuchaba.

—Por supuesto.

—Estoy perfectamente.

—Naturalmente.

—Margaret.

—Nathaniel.

Suspiré, porque discutir con ella era inútil.

Llevaba trabajando para mi familia más tiempo del que yo llevaba vivo, prácticamente me había visto crecer. Y eso significaba que detectaba cualquier mentira antes incluso de que yo terminara de pronunciarla.

—Van a venir invitados.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabes?

—Lo escuché antes hablar por teléfono. He ordenado preparar la terraza —añadió.

Parpadeé.

—Yo no he pedido eso.

—No hacía falta.

Maldita fuera. Margaret sonrió ligeramente.

—Además, Harold ya ha apostado conmigo.

—¿Perdón?

—Sobre cuánto tardarás en admitir lo evidente.

Cerré los ojos.

—No quiero saberlo.

—Probablemente sea lo mejor.

A las once y cuarenta y siete escuché el motor de un coche acercándose por la entrada principal, y mi corazón reaccionó. Como si hubiera estado esperando exactamente ese sonido.

Ridículo. Pero era demasiado tarde para negarlo.

Salí al exterior, intentando aparentar absoluta normalidad, y los vi, en el coche de Valentina avanzando lentamente por el camino privado.

Incluso desde la distancia pude distinguir la cara de Mateo pegada a la ventanilla, mirando absolutamente todo.

Aquello me hizo sonreír. Porque era exactamente la reacción que esperaba.

El vehículo se detuvo, Mateo salió primero y se quedó inmóvil observando la casa.

Después observó los jardines, después la piscina, luego el océano, otra vez la casa. Y finalmente declaró:

—Madre mía.

Tuve que contener la risa. Valentina bajó del coche un segundo después. Y aunque intentó disimularlo mucho mejor, no tuvo demasiado éxito. Porque también se quedó observándolo todo.

Los ventanales. La fachada. Las terrazas. Las zonas exteriores. La playa privada al fondo.

Y durante unos segundos simplemente permaneció quieta, procesándolo.

—Vale —murmuró finalmente.

—¿Vale?

Ella me miró.

—Esto no es una casa normal.

—Nunca dije que lo fuera.

—Parece un hotel.

—Eso es exagerado.

—No lo es.

Mateo seguía mirando alrededor. Como si acabara de aterrizar en otro planeta.

—¿La piscina es de verdad?

—Normalmente sí.

Valentina soltó una carcajada, y Mateo salió corriendo hacia el borde. Deteniéndose solo cuando ella lo llamó.

—¡Mateo!

—¡No me voy a caer!

—¡Eso no lo sabes!

—¡Sí lo sé!

—¡Mateo!

—¡Vale!

No estaba obedeciendo, simplemente estaba negociando. Y ambos lo sabíamos.

Mientras caminábamos hacia la casa observé a Valentina.

Intentaba parecer tranquila, natural e impasible. Pero la conocía lo suficiente para detectar las señales.

La forma en que miraba alrededor. La ligera sorpresa que todavía permanecía en sus ojos. La manera en que parecía absorber cada detalle.

—¿Qué?

Giró la cabeza.

—¿Qué, de qué?

—Estás observándolo todo.

—Porque es impresionante.

Sonreí.

—Te estás conteniendo mucho.

—No me estoy conteniendo.

—Sí.

—No.

Resopló.

—De acuerdo. Quizá un poco.

—Lo sabía.

—Es enorme.

—Sí.

—Ridículamente enorme.

—También.

Valentina negó con la cabeza.

—No entiendo cómo alguien necesita una casa así.

Aquella frase provocó una punzada inesperada, porque la respuesta real era sencilla. No la necesitaba. Nunca la había necesitado. Y probablemente jamás la necesitaría.

Pero no podía decir eso. Así que simplemente me encogí de hombros.

—Supongo que cuando tienes mucho dinero las cosas dejan de tener sentido.

Ella asintió lentamente, sin sospechar nada. Y la culpa regresó.

La visita comenzó por la terraza principal. Y fue entonces cuando Mateo perdió completamente la capacidad de actuar con normalidad.

—¿Esto también es suyo?

—De los propietarios.

—¿Y esto?

—También.

—¿Y aquello?

—También.

—¿Y la playa?

—También.

Los ojos del niño parecieron agrandarse.

—Eso debería ser ilegal.

Solté una carcajada, y Valentina también.

—No creo que funcione así.

—Pues debería.

—¿Por qué?

—Porque nadie necesita una playa.

—Técnicamente no es toda la playa.

Mateo señaló el océano.

—Ya me entiendes.

Sí. Lo entendía perfectamente.

Entramos en la casa y observé las reacciones que intentaban ocultar.

La cocina abierta, los techos altos, los ventanales gigantescos, la luz natural, las vistas infinitas sobre el mar. Y comprendí algo.

Llevaba tantos años viviendo allí que había dejado de verlo de verdad. Me había acostumbrado, como ocurría con todo. Pero verlo a través de sus ojos era diferente.

Porque cada rincón parecía nuevo. Otra vez.

Y por alguna razón, aquello me gustó.

—Nathan.

Me giré. Mateo señalaba una fotografía en una estantería. Mi corazón se detuvo durante medio segundo porque era una fotografía familiar.

Mía con Amelia, tomada años atrás. Maldita sea. Había olvidado retirarla.

El niño la observó.

—¿Quiénes son?

Mi cerebro trabajó a toda velocidad.

—Los propietarios.

La respuesta salió demasiado rápido. Valentina apenas prestó atención, seguía observando la casa. Pero yo sí noté el peligro.

Porque Mateo continuó mirando la imagen, y después me miró a mí. Y después volvió a la fotografía durante unos segundos.

Hasta que finalmente dijo:

—Te pareces un poco al hombre.

Mi pulso se aceleró.

—¿Sí?

—Un poco.

—Será coincidencia.

Mateo se encogió de hombros y siguió caminando. Yo tardé bastante más en recuperar la respiración. Porque aquello había estado peligrosamente cerca.

Y empezaba a comprender que mantener aquella mentira iba a ser cada vez más complicado.

Sobre todo, porque cada vez me importaba más la persona a la que estaba engañando. Y eso lo convertía en algo mucho peor.

Mucho más personal. Mucho más difícil. Y mucho más peligroso de lo que había sido al principio.