El secreto de mi chico Capítulo 17
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Capítulo 17

Valentina

—¿Quieres subir? —le preguntó Mateo, y me quedé paralizada—. Podemos pedir comida para cenar.

—No quiero molestar.

—No molestas. Verdad que no, ¿Vale? —Mateo me miró con esos ojos y es sonrisa que dejaban claro que quería que Nathan se quedara.

—No —respondí.

—En ese caso, subo.

Y en cuanto Mateo escuchó aquello, desapareció escaleras arriba como un huracán. Literalmente.

Abrió la puerta del edificio, entró, y antes de que pudiera recordarle que no corriera por las escaleras ya había desaparecido.

—Voy ganando.

Su voz llegó desde algún lugar del interior.

—¿Ganando a quién? —grité.

—¡A nadie!

—Eso no tiene sentido.

—¡Lo sé!

Nathan soltó una carcajada y yo negué con la cabeza.

—Vive en una realidad paralela.

—Es una posibilidad.

—La más probable.

Durante unos segundos nos quedamos observando la entrada del edificio, escuchando el eco lejano de Mateo moviéndose por algún sitio. Y después el silencio apareció.

La clase de silencio que empezaba a resultar natural cuando disfrutabas de la compañía de alguien. Y aquello seguía sorprendiéndome.

Porque normalmente necesitaba tiempo para sentirme cómoda con una persona. Mucho tiempo.

Con Nathan había sido diferente desde el principio.

—Te has ganado su aprobación muy rápido —dije, y Nathan arqueó una ceja.

—¿Es difícil conseguirla?

—Muchísimo.

—No lo parecía.

—Porque no te ha tocado sufrir los interrogatorios completos.

—¿Eso no ha sido un interrogatorio?

Solté una carcajada.

—Eso ha sido la versión reducida.

—Ahora tengo miedo.

—Y con razón.

Él sonrió, aquella sonrisa tranquila, la que aparecía cada vez más a menudo cuando estaba conmigo. Y algo cálido volvió a instalarse en mi pecho, algo que últimamente ocurría demasiado.

—Es un buen niño —dijo.

Mi sonrisa se suavizó.

—Sí.

No necesité añadir nada más, porque hablar de Mateo siempre era sencillo y complicado al mismo tiempo.

Porque era imposible resumir todo lo que significaba para mí.

Nathan me observó unos segundos.

—Te adora.

La afirmación fue tan directa que me dejó sin respuesta durante un instante.

—Eres su hermana mayor. Tiene derecho.

—No.

Negué con la cabeza.

—Eso no funciona así.

—¿No?

—No.

Nathan metió las manos en los bolsillos.

—Entonces explícamelo.

Lo pensé unos segundos, porque no era fácil ponerlo en palabras.

—Mateo ha pasado por muchas cosas.

Su expresión se volvió más seria, más atenta. Como siempre que hablábamos de algo importante.

—Y yo también.

Tragué saliva.

—Durante mucho tiempo solo nos tuvimos el uno al otro.

Nathan no dijo nada, simplemente escuchó. Y aquello hizo que me resultara todavía más fácil seguir hablando.

—Así que sí. Estamos muy unidos.

—Se nota.

Sonreí ligeramente.

—A veces demasiado.

—No creo que exista eso.

Levanté la vista y me encontré con sus ojos. Azules, tranquilos y sinceros. Y durante un segundo me olvidé de respirar.

Solo un segundo, pero suficiente para que mi corazón diera un vuelco, otra vez.

Últimamente estaba empezando a cansarme de mi propio corazón.

—Gracias.

La palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla. Nathan parpadeó.

—¿Por qué?

—Por hoy.

Frunció ligeramente el ceño, como si no entendiera la pregunta.

—No tienes que darme las gracias.

—Quiero hacerlo.

—Valentina...

—No, —lo interrumpí—. Déjame terminar.

Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Vale.

Tomé aire.

—Mucha gente habla con los niños.

—Eso suele ocurrir.

—Ya sabes a qué me refiero.

Nathan guardó silencio, esperando, y yo continué.

—La mayoría finge escucharlos.

La sonrisa desapareció, no por incomodidad, sino por comprensión.

—Pero tú lo escuchabas de verdad.

Algo cambió en su mirada, algo difícil de explicar.

—Porque estaba diciendo cosas interesantes.

Solté una carcajada.

—Claro.

—Es verdad.

—Nathan.

—¿Qué?

—Ha hablado quince minutos sobre alerones.

—Y aprendí cosas.

—No aprendiste nada.

—Aprendí que tiene opiniones muy fuertes.

—Eso sí.

—Y que Ferrari es una religión.

—Definitivamente.

Los dos nos reímos, pero cuando el silencio regresó, algo permaneció. Una sensación extraña. Como si aquella conversación hubiera cruzado una línea invisible.

Una buena línea, pero una línea, al fin y al cabo.

Subimos a mi apartamento y mientras Mateo se bañaba y se ponía el pijama, Nathan y yo echamos un vistazo a los folletos de comida que teníamos en la nevera con imanes de todo tipo.

Al final, y porque fueron dos contra uno, acabamos pidiendo comida mexicana, ya que al parecer Nathan tenía la misma debilidad por las quesadillas que mi hermano.

Y lejos de ser una cena incómoda, debía admitir que había sido una experiencia que repetiría sin dudar, porque no habían faltado ni las risas ni las bromas.

Después de cenar, como cada noche, Mateo fue a lavarse los dientes, no sin antes ver cómo chocaba el puño con Nathan en un gesto de camaradería absoluto, y le diera las buenas noches haciéndole prometer que volverían a verse pronto.

El sol había desaparecido y la noche ya mostraba ese manto negó y estrellado que tanto me gustaba contemplar.

Y en un momento dado, y bajo la luz del salón, observé a Nathan sin que se diera cuenta.

No sabía si él era consciente o no, pero cuando estaba con Mateo parecía un hombre completamente diferente.

Más relajado, más espontáneo y cercano. Como si desapareciera parte de aquella tensión que siempre parecía acompañarlo.

La misma tensión que aparecía a veces cuando hablaba de trabajo. O de responsabilidades. O simplemente de su vida.

No sabía exactamente qué era, pero siempre estaba ahí. Y, sin embargo, aquella tarde apenas la había visto.

—¿Qué? —preguntó y parpadeé.

—¿Qué, de qué?

—Otra vez me estabas mirando.

—No te estaba mirando.

—Valentina… —arqueó una ceja y vi una leve sonrisa en sus labios.

—No te estaba mirando.

—Llevas diez segundos haciéndolo.

—Eso es una exageración.

—Ocho entonces.

—Sigues exagerando.

Nathan sonrió aún más y yo sentí unas ganas repentinas de lanzarle algo. Probablemente porque tenía razón.

Finalmente miró la hora y suspiró.

—Tengo que irme.

No me gustó lo rápido que desapareció mi sonrisa, ni lo evidente que fue. Porque Nathan lo notó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Mentira.

—No es mentira.

—Lo es.

—Eres insoportable.

—Me lo han dicho.

—Varias veces, imagino.

—Muchas —se encogió de hombros, y acabamos sonriendo los dos.

Pero aun así sentí aquella pequeña decepción. La de saber que el momento estaba terminando. Y eso fue lo que realmente me preocupó.

Porque no debería importarme tanto. No tan pronto ni de esa manera.

Nathan dio un paso atrás.

—Hablamos luego.

Asentí.

—Claro.

—¿Prometido?

Arqueé una ceja.

—¿Ahora exiges contratos verbales?

—Son muy útiles.

—Nathan.

—Valentina.

No pude evitar reír.

—Sí. Hablaremos luego.

—Perfecto.

Y entonces ocurrió algo simple, una tontería, pero aun así me quedé inmóvil.

Porque Nathan levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello de mi rostro y lo colocó tras la oreja.

Nada más. Ni siquiera pareció darse cuenta de lo natural que había sido el gesto. Pero yo sí.

Mi respiración se detuvo y mi corazón también, durante un segundo, solo uno. Y cuando volvió a bajar la mano algo había cambiado.

Nathan pareció notarlo también, porque permaneció inmóvil un segundo más de lo necesario, mirándome.

Y por primera vez desde que lo conocía, ninguno encontró una broma que hacer. Ninguno encontró algo que decir. Solo nos miramos, y fue peligrosamente fácil y natural.

Hasta que él rompió el momento.

—Buenas noches, Valentina.

Su voz sonó más baja, más suave.

—Buenas noches, Nathan.

Le vi caminar hacia el ascensor, entrar y esperar a que se cerraran las puertas. Antes de que estas se cerraran del todo, Nathan levantó la mano a modo de despedida y sonreí levantándola también.

Y otra vez sentí aquel vacío extraño cuando desapareció de mi vista. Aquel espacio demasiado grande y silencioso.

Cuando entré en casa, Mateo apareció inmediatamente.

—¿Ya se ha ido?

Lo miré.

—Sí.

—Vaya.

—¿Vaya?

—Sí.

Dejó pasar unos segundos, y después añadió solemnemente:

—Me cae bien.

Me quedé quieta, porque Mateo no regalaba ese tipo de declaraciones. Nunca.

—¿Sí?

Él asintió completamente convencido.

—Mucho.

Sonreí, intentando parecer tranquila, normal e indiferente a aquella confesión.

—Me alegro.

Mateo me observó unos segundos y entonces sonrió. Esa sonrisa sutil y traviesa que siempre significaba problemas.

—A ti también te cae bien.

Gemí.

—Vete a la cama.

Su carcajada resonó por todo el apartamento mientras corría hacia su habitación. Y yo me quedé sola en el salón, sonriendo. Porque la verdad era que sí, Nathan me caía bien. Demasiado bien.

Muchísimo más de lo que estaba preparada para admitir.

Y una parte de mí empezaba a sospechar que aquello ya no se parecía en nada a una simple amistad.

Aunque todavía no estuviera preparada para llamarlo de otra forma.