Capítulo 16
Valentina
Los días siguientes llegaron sin hacer ruido, sin grandes acontecimientos ni cambios evidentes.
Y, sin embargo, todo era diferente porque Nathan estaba allí.
No físicamente, pero estaba. En forma de mensajes, de llamadas. De conversaciones sin sentido que aparecían en mitad de una jornada complicada y conseguían hacerme sonreír sin darme cuenta.
Al principio intenté convencerme de que no significaba nada, que simplemente había conocido a alguien agradable. Alguien con quien resultaba fácil hablar, nada más.
Pero cuanto más intentaba repetírmelo, menos convincente sonaba. Porque la realidad era otra.
La realidad era que me estaba acostumbrando a él y aquello era peligroso, muy peligroso, porque las costumbres terminaban convirtiéndose en necesidades.
Y yo llevaba años evitando precisamente eso.
La primera señal apareció un martes.
Un martes completamente normal. Uno de esos días llenos de reuniones interminables, correos electrónicos urgentes y clientes convencidos de que todo era una emergencia.
A las diez de la mañana miré el móvil. Nada. A las diez y cinco, nada tampoco. A las diez y diez, nada.
A las diez y doce me quedé inmóvil mirando la pantalla y comprendí algo profundamente humillante. Estaba esperando un mensaje.
Me apoyé contra la silla.
— No puede ser.
Sí podía, porque exactamente dos minutos después llegó. Y sonreí automáticamente. Como una idiota.
Nathan: Pregunta importante.
Negué con la cabeza. Era increíble cómo casi todos sus mensajes empezaban igual.
Valentina: Me preocupa la cantidad de preguntas importantes que tienes.
La respuesta apareció enseguida.
Nathan: Es porque soy una persona profunda.
Valentina: Eso no te lo crees ni tú.
Nathan: Me has herido.
Valentina: Sobrevivirás.
Nathan: Tú siempre tan optimista.
Y ahí estaba otra vez aquella facilidad. Aquella sensación extraña de estar hablando con alguien que formaba parte de tu vida desde hacía mucho más tiempo del que realmente llevaba en ella.
Lo peor era que Nathan parecía aparecer en cualquier momento.
Mientras cocinaba, mientras hacía la compra, mientras esperaba en una cola, mientras doblaba ropa, mientras revisaba deberes. Y, de alguna forma, siempre terminábamos hablando.
A veces cinco minutos, a veces una hora, a veces simplemente intercambiábamos comentarios sin sentido. Nada importante, pero suficiente.
Lo bastante para que su presencia se instalara poco a poco en mis días como una costumbre, como una rutina, como algo que ya no esperaba perder.
Y aquello me asustaba más de lo que quería admitir.
Mi vida seguía siendo exactamente la misma.
Trabajo, casa, Mateo, facturas, responsabilidades y problemas. Nada había cambiado.
Seguía levantándome temprano y seguía llegando cansada. Seguía calculando gastos y seguía intentando que todo funcionara.
Pero ahora existía algo nuevo, algo que no había estado allí durante mucho tiempo.
Ilusión. La palabra apareció una tarde mientras preparaba la cena y me quedé inmóvil. Porque era exactamente eso, ilusión.
No una fantasía, ni una historia de amor. Simplemente ilusión. La sensación agradable de saber que alguien iba a llamar.
De esperar una conversación, de preguntarte qué estaría haciendo la otra persona. De sonreír al recordar algo que dijo.
Era algo insignificante, lo sabía, pero después de tantos años parecía enorme.
Charlotte lo descubrió inmediatamente, por supuesto. Porque Charlotte descubría absolutamente todo.
Estábamos almorzando juntas cuando dejó el tenedor sobre la mesa y me observó fijamente y durante demasiado tiempo.
—¿Qué?
—Estás feliz.
Casi me atraganto.
—¿Perdón?
—Lo que has oído.
—No digas tonterías.
—No son tonterías.
Bebí agua, intentando ganar tiempo, pero fue una mala idea.
Charlotte sonrió, esa sonrisa que significaba problemas.
—Es él.
—¿Quién?
—Nathan.
—No sabes nada sobre Nathan.
—Sé que existe.
—Eso no significa nada.
—Sé que hablas con él todos los días.
—Charlotte.
—Sé que sonríes cuando miras el teléfono.
—Charlotte.
—Sé que llevas una semana poniendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara.
—No existe ninguna cara.
—Existe.
Suspiré, y ella sonrió victoriosa.
—Lo sabía.
—No sabes nada.
—Sé que te gusta.
—No.
—Sí.
—Tenemos treinta años.
—Veintiocho —me corrigió, ofendida.
—Da igual.
—No da igual.
—Charlotte.
—Valentina.
Las dos acabamos riéndonos, porque discutir aquello era inútil.
Y porque, en el fondo, ninguna de las dos necesitaba seguir la conversación.
Charlotte ya había obtenido toda la información que quería.
Dos días después ocurrió algo que no esperaba.
Nathan llamó mientras salía de la oficina.
—Hola.
—Hola.
Escuchar su voz seguía produciéndome una sensación extraña. Una familiaridad que no debería existir, pero existía. Y cada día era más evidente.
—¿Cómo ha ido tu día? —pregunté.
—He sobrevivido.
—Eso suena preocupante.
—He atendido a tres técnicos en apenas dos horas.
—Ah.
—Exacto.
Escuché su risa y sonreí.
—¿Y tú?
—Estoy saliendo del trabajo.
—¿Vas a recoger a Mateo? —preguntó, con interés.
Le había hablado de él en una de nuestras conversaciones porque, a veces, me escribía justo a la hora del baño de Mateo, o mientras le ayudaba con los deberes de verano que le habían puesto en clase, y si tardaba en responder a alguno de sus mensajes me decía cosas como «¿Estás hablando con otro? Porque me voy a poner celoso».
Y yo sonreía como una idiota, porque sabía que bromeaba, o eso quería creer al menos.
Por eso Nathan entendía que nos hubiéramos visto solo en un par de ocasiones para tomar café cuando yo terminaba de trabajar, y tal vez por eso no me habría propuesto nunca salir a cenar.
Aunque sabía que también existía la posibilidad de que yo no fuera su tipo, que no le gustara y que simplemente estuviera bien con solo hablar conmigo y tomar café de vez en cuando
—Sí —respondí, y hubo un breve silencio.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó de pronto, y me detuve en mitad de la acera, sorprendida.
Porque no era una propuesta complicada, ni extraña, pero sí importante. Mucho más importante de lo que parecía.
Nathan todavía no conocía a Mateo, y Mateo era todo.
Mi prioridad, mi responsabilidad, la persona más importante de mi vida.
—¿Valentina? —parpadeé volviendo al momento en el que me encontraba.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, puedes venir.
Hubo una breve pausa, y después escuché una sonrisa en su voz.
—Perfecto.
No sabía por qué estaba nerviosa, pero lo estaba. Muchísimo más de lo que quería admitir.
Porque mientras esperaba junto a la entrada del colegio no dejaba de mirar el reloj. Y después la calle. Y después el reloj otra vez.
Era ridículo, parecía una adolescente.
Hasta que apareció Nathan caminando hacia mí. Tan alto y atractivo que debía ser delito, y con aquella facilidad irritante para parecer elegante sin intentarlo.
Y entonces comprendí que el verdadero problema no era él, el verdadero problema era Mateo.
Porque si mi hermano decidía que alguien le gustaba, lo adoptaba emocionalmente en menos de cinco minutos.
Y si decidía que no le gustaba, era imposible hacerlo cambiar de opinión.
La cuestión era sencilla, no existía término medio. Y por alguna razón aquello me importaba mucho más de lo que debería.
Si ya estaba nerviosa, ver a Nathan acercarse más a cada paso que daba me ponía incluso más nerviosa, cosa que era absurda porque llevaba días hablando con él.
Horas de mensajes, llamadas, conversaciones interminables. Y, aun así, aquello era diferente. Porque esta vez iba a conocer a Mateo.
Y Mateo era la persona cuya opinión más me importaba en el mundo. Nathan levantó una mano al verme.
—Hola —saludó al llegar.
—Hola.
Sonrió. Esa sonrisa que cada vez aparecía más fácilmente cuando estaba conmigo. Y que, por alguna razón, me gustaba demasiado.
—¿Llevo algo en la cara? —preguntó, y parpadeé.
—¿Qué?
—Me estabas mirando fijamente.
—No te estaba mirando fijamente.
—Claro.
—Es en serio.
—Ajá.
—Te digo que no.
—Y yo, que sí.
—Empiezas a parecerte a Charlotte.
—Eso es preocupante.
—Muchísimo.
Nathan soltó una carcajada, también le había hablado de Charlotte y de que, para mí, era mucho más que una amiga.
Justo en ese momento sonó el timbre del colegio y decenas de niños comenzaron a salir por las puertas. Corriendo, gritando, hablando y moviéndose en todas direcciones al mismo tiempo creando el caos habitual.
Busqué automáticamente entre la multitud y lo encontré enseguida, como siempre, porque hacía años que encontraba a mi hermano entre la multitud.
Incluso cuando era pequeño, incluso cuando apenas sobresalía entre otros niños.
Él también me vio y levantó una mano. Hasta que reparó en Nathan y entonces frenó. Como si hubiera encontrado algo inesperado.
Me observó, observó a Nathan, me observó otra vez y después empezó a caminar hacia nosotros. Con esa expresión que conocía perfectamente. Curiosidad absoluta.
—Hola, campeón —dije cuando llegó.
—Hola —me saludó, pero sus ojos seguían clavados en Nathan.
Analizándolo, evaluándolo, como si fuera un pequeño agente secreto.
—Mateo, él es Nathan.
Nathan se agachó ligeramente para quedar más cerca de su altura, sin tratarlo como si fuera un bebé, simplemente adaptándose. Y aquello me gustó inmediatamente.
—Encantado de conocerte —dijo Nathan, y Mateo lo observó unos segundos.
—¿Tú eres el del atraco?
Cerré los ojos.
—Mateo.
Nathan parpadeó y después soltó una carcajada.
—Creo que sí. Que ese soy yo.
—Vale —se quedó callado un segundo—. ¿Y los ladrones eran tres?
—Mateo.
—¿Qué?
—No empieces.
—Solo estoy preguntando.
Nathan parecía estar disfrutando muchísimo, lo cual no ayudaba.
—Sí, eran tres.
Los ojos de Mateo se iluminaron.
—¡Lo sabía!
—No era una competición.
—Un poco sí.
—No.
—Sí.
Nathan volvió a reírse, y yo comprendí inmediatamente que aquello era un desastre.
Porque Mateo acababa de decidir que le gustaba. Y cuando Mateo tomaba una decisión así, no había vuelta atrás.
Los primeros cinco minutos fueron relativamente normales. Los siguientes treinta dejaron de serlo por completo.
Porque una vez superado el tema del atraco, Mateo encontró otro asunto mucho más importante. Los coches.
Y a partir de ahí todo terminó.
—¿Te gustan los coches?
Nathan me miró, después miró a Mateo y sonrió.
—Sí.
Y ese fue el error de Nathan. Porque aquella única respuesta fue suficiente.
—¿Cuál es tu favorito?
—Depende.
—No vale depende.
—Claro que vale.
—No.
—Sí.
Mateo cruzó los brazos, y Nathan parecía divertirse cada vez más.
—Bueno... me gustan los deportivos.
Los ojos de mi hermano brillaron.
—¡A mí también!
—Lo imaginaba.
—¿Has conducido alguno?
Nathan tardó medio segundo en responder. Yo vi el problema antes que él. Porque probablemente había conducido suficientes deportivos como para llenar varios concesionarios, siendo chófer como era.
—Alguno.
—¿Cuál?
—Unos cuantos.
—¿Cuántos?
—Mateo.
—¿Qué?
—Respira.
—Estoy respirando.
—No lo parece.
Nathan se estaba conteniendo para no reír, lo veía perfectamente, y aquello hizo que algo cálido apareciera dentro de mí. Porque no parecía incómodo, ni molesto, ni forzado.
Parecía disfrutar de la conversación. Como si realmente le interesara. Como si Mateo no fuera simplemente el hermano pequeño de una mujer que acababa de conocer. Como si fuera una persona importante.
Y para mí eso significaba mucho. Muchísimo.
Terminamos caminando juntos hacia el coche. O, mejor dicho, yo caminaba y ellos debatían.
—Ferrari.
—Porsche.
—Ferrari.
—Porsche.
—Parecéis dos niños —dije, pero ninguno me hizo caso. Absolutamente ninguno.
—Ferrari.
—Porsche.
—Traidores.
Nada, seguían discutiendo. Y lo peor era que Nathan parecía pasárselo tan bien como Mateo.
Cuando llegamos al coche ya estaban hablando de motores. Cinco minutos después discutían sobre Fórmula 1. Y diez minutos más tarde parecían conocerse desde hacía años.
Era surrealista. Pero también era extrañamente bonito.
Nathan ocupó el asiento del copiloto y Mateo se sentó detrás, como siempre. Y durante todo el trayecto me limité a escuchar.
Porque ellos hacían prácticamente todo el trabajo.
—¿Cuál es tu piloto favorito?
—Tengo varios.
—Eso tampoco vale.
—Me estás poniendo muchas normas.
—Es que respondes mal —dijo mi hermano.
—Eso es discutible.
—No.
—Sí.
Sonreí mirando la carretera, escuchándolos y sintiendo algo extraño. Porque Mateo estaba feliz. Y Nathan parecía interesado en cada cosa que decía.
No fingía, ni asentía por educación, ni lo trataba como si fuera un niño al que había que entretener.
Escuchaba, preguntaba, respondía y participaba. Como si la conversación importara. Como si Mateo importara.
Y aquella diferencia era enorme. Porque yo había visto demasiadas personas hablar con niños sin escucharlos realmente. Demasiadas.
Nathan no era una de ellas. Y cuanto más lo observaba, más evidente resultaba.
En un semáforo levanté la vista hacia el espejo retrovisor y los vi. Mateo estaba explicando algo relacionado con una carrera, moviendo las manos entusiasmado, mientras Nathan lo escuchaba con atención, sonriendo.
Y por alguna razón, la imagen me golpeó directamente en el pecho. No de forma dolorosa, todo lo contrario. Fue algo cálido y peligrosamente agradable que me obligó a apartar la mirada.
Porque no quería analizarlo demasiado. No quería preguntarme por qué aquella escena me afectaba tanto. Ni por qué me parecía tan natural. Ni por qué una parte de mí deseaba seguir viéndolos así.
Era mejor no pensar. Mucho mejor.
Cuando llegamos al apartamento, Mateo seguía hablando, lo cual no sorprendió absolutamente a nadie.
Bajamos del coche y los tres caminamos hasta la entrada del edificio. Allí nos detuvimos. Era el momento de despedirse.
Nathan miró a Mateo.
—Ha sido un placer conocerte.
Mateo lo observó seriamente, como si estuviera tomando una decisión trascendental. Y después asintió.
—Para mí también.
—Me alegro.
Silencio. Dos segundos. Tres. Y entonces mi hermano declaró solemnemente:
—Me caes bien.
Nathan parpadeó sorprendido, después sonrió. Una sonrisa auténtica, de esas que cada vez aparecían más a menudo.
—Gracias.
—De nada.
—¿Eso significa que he pasado la inspección?
Mateo lo pensó muy seriamente.
—Sí.
Solté una carcajada, Nathan también, y durante unos segundos todo pareció extrañamente sencillo. Extrañamente fácil.
Como si aquello fuera normal. Como si llevaran mucho más tiempo conociéndose. Como si encajaran. Y aquella idea me asustó un poco. Porque me gustó demasiado.
Muchísimo más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Mientras observaba a los dos despedirse, comprendí algo. No estaba pensando en relaciones. Ni en futuro, ni en nada parecido. Todavía no. Pero sí estaba pensando en una cosa.
En que Nathan había mirado a mi hermano y había visto a Mateo, no una obligación, ni una molestia, ni un inconveniente. Simplemente a Mateo.
Y para mí, eso significaba más de lo que cualquier palabra podría explicar.