El secreto de mi chico Capítulo 15
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Capítulo 15

Nathaniel

Había negociado adquisiciones de miles de millones de dólares. Había cerrado acuerdos internacionales. Había discutido con consejos de administración. Había soportado reuniones con políticos. Había sobrevivido a cenas organizadas por mi padre. Y, sin embargo, estaba nervioso por un café.

Aquello era ridículo, lo sabía era consciente de ello. Y, aun así, ahí estaba. Frente al armario, observando varias camisas como si estuviera tomando una decisión trascendental para el futuro de la humanidad.

— Esto es patético —murmuré.

Mi reflejo no respondió, probablemente porque estaba de acuerdo.

Valentina había aceptado mi invitación a un café, y no fue hasta el día anterior que me escribió para decirme que ese café podría ser hoy. Sonreí como un idiota al leerlo y no tardé ni dos segundos en responder que me dijera hora y lugar.

Y cuando faltaban apenas un par de horas para verla, me encontraba más nervioso que cuando era adolescente y recogí a Shirley Mason en su casa el día de nuestra graduación en el instituto.

Elegí una camisa azul oscuro, luego la descarté. Elegí una blanca, y también la descarté.

Volví a la azul. Después otra vez a la blanca. Y fue en ese preciso momento cuando escuché una carcajada detrás de mí.

—Por favor, dime que estás haciendo exactamente lo que creo que estás haciendo.

Cerré los ojos, y sin necesidad de girarme ya sabía quién era. Amelia, por supuesto. Porque el universo disfrutaba castigándome.

Mi hermana apareció apoyada en el marco de la puerta, sonriendo como una depredadora que acababa de detectar una presa herida.

—Vete.

—No.

—Tengo trabajo.

—Mentira. Estás desconectado de tus responsabilidades como CEO por tiempo indefinido. Ese fue el comunicado que me pediste que enviara a toda la empresa.

—Amelia.

—Nathaniel.

La miré, ella observó las dos camisas que tenía en mis manos, y después volvió a mirarme.

Su sonrisa se amplió.

—Oh, Dios mío.

—Ni una palabra.

—Estás eligiendo ropa.

—Todos elegimos ropa.

—No durante veinte minutos.

—No sabes cuánto llevo aquí.

—Lo suficiente.

Suspiré, y vi a Amelia cruzando los brazos.

—¿Quién es?

—Nadie.

—Perfecto.

—¿Qué significa eso?

—Que cuando dices «nadie» siempre es alguien.

—No empieces.

—Ya he empezado —me señaló con un dedo—. ¿Es ella?

Mi mandíbula se tensó, y ese fue mi error. Porque Amelia lo vio inmediatamente.

—Es ella.

—No sabes de qué hablas.

—La mujer del hospital.

Me quedé callado, y en ese momento lamenté profundamente el habérselo contado, y me maldije por ello.

—Lo sabía.

—No lo sabías.

—Lo sabía.

—No.

—Sí.

La ignoré, pero ella siguió sonriendo.

—¿Cómo se llama?

—Amelia.

—Nathaniel.

—Vete.

Su carcajada resonó por toda la habitación, y lo peor era que estaba disfrutando cada segundo.

—Estás nervioso.

—No.

—Sí.

—Tengo treinta y seis años.

—Y estás nervioso.

—No.

—Nathaniel…

La forma en que utilizó mi nombre hizo que frunciera el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

—Amelia.

—Nada.

Demasiado tarde, ya estaba sospechando. Y cuando Amelia sospechaba algo, acababa descubriéndolo.

—Voy a irme antes de que me lances algo a la cabeza.

—Buena idea.

—Pero me debes información —dijo mientras me señalaba con el dedo.

—No.

—Sí.

—No.

Salió de la habitación riéndose, y yo me quedé observando la puerta cerrada, preguntándome en qué momento mi vida se había convertido en aquello.

La respuesta era sencilla. Desde que apareció Valentina. Porque antes de ella nada de esto habría importado.

Antes de ella jamás habría dedicado un segundo a pensar qué camisa ponerme para tomar un café. Antes de ella habría cancelado la cita si una reunión parecía mínimamente más importante.

Antes de ella muchas cosas eran diferentes, demasiadas, y eso era precisamente lo que me tenía tan desconcertado.

Llegué veinte minutos antes, lo cual era otra prueba de que algo no funcionaba correctamente en mi cerebro.

La cafetería estaba situada cerca de su barrio, según me había dicho. Era un local pequeño pero acogedor, con grandes ventanales, mesas de madera, plantas en cada rincón y aroma constante a café recién molido.

Normalmente no habría elegido un sitio así, no porque fuera malo, sino porque mi vida estaba llena de lugares completamente distintos.

Restaurantes privados, hoteles de lujo, salas reservadas, eventos exclusivos, mundos diseñados para impresionar.

Aquello no intentaba impresionar a nadie, simplemente era agradable y, por alguna razón, me gustó.

Elegí una mesa cerca de la ventana y esperé.

Cinco minutos. Siete. Diez. Hasta que la vi aparecer y durante unos segundos olvidé absolutamente todo lo demás.

Valentina llevaba unos vaqueros oscuros, una blusa sencilla color crema y el cabello largo cayendo sobre los hombros. Nada extravagante ni pensado para llamar la atención. Y aun así era imposible mirar a otro sitio.

Entró, me vio y sonrió. Aquella sonrisa, la misma que llevaba días apareciendo en mi cabeza sin permiso.

Me puse de pie automáticamente como un idiota.

—Hola.

—Hola.

Su voz provocó algo extraño en mi pecho, algo que decidí ignorar, porque era mucho más fácil fingir que seguía siendo una persona racional.

—Llegas pronto.

Ella sonrió.

—Tú también.

—Llevo años obsesionado con la puntualidad.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Pareces una persona que organiza carpetas por orden alfabético.

Me quedé mirándola.

—Eso es muy específico.

—¿Lo haces? —preguntó, con los ojos entrecerrados y la cabeza ladeada.

—Quizá.

Valentina soltó una carcajada y por primera vez en todo el día desapareció la tensión. Completamente.

La conversación empezó con facilidad, y siguió exactamente igual durante horas.

Porque no había silencios incómodos, ni intentos de impresionar, ni juegos extraños, simplemente hablábamos.

De trabajo, de la ciudad, de películas, de música, de comida, de viajes que nunca habíamos hecho.

De lugares que queríamos conocer, de sueños, de planes, de cosas que a otras personas les parecerían insignificantes, pero no a nosotros.

Y cuanto más hablábamos más difícil resultaba apartar la mirada de ella. Porque Valentina era distinta.

No intentaba parecer inteligente, simplemente lo era. No intentaba llamar la atención, simplemente la atraía. No intentaba impresionar y precisamente por eso resultaba imposible no sentirse impresionado.

Tenía una inteligencia práctica que rara vez encontraba. Era observadora, directa, realista y absolutamente incapaz de fingir algo que no sentía.

Cada respuesta era sincera, cada opinión auténtica, cada sonrisa espontánea. Y aquello era peligrosamente adictivo.

—¿Y qué haces exactamente? —preguntó.

Tomé un sorbo de café.

—Gestiono muchas cosas.

—Eso no responde a nada.

Sonreí.

—Trabajo para una familia de Malibú.

—¿Desde hace mucho?

—Bastante.

—Deben confiar muchísimo en ti.

Aquella frase me pilló desprevenido, porque la dijo sin ironía, simplemente como una observación natural. Y por primera vez desde que nos habíamos conocido, sentí culpa.

Una culpa inesperada que me hizo sentir incómodo porque ella me estaba mirando con absoluta sinceridad.

Y yo seguía mintiendo.

—Supongo que sí —respondí.

Valentina asintió.

—Eso dice mucho de una persona.

—¿El qué?

—La confianza —se encogió ligeramente de hombros—. Es difícil encontrar gente en la que puedas confiar de verdad.

Aquello golpeó algo dentro de mí, porque durante años había aprendido exactamente lo contrario.

Que la confianza tenía precio. Que siempre existían intereses ocultos. Que las personas rara vez hacían algo sin esperar algo a cambio.

Y entonces aparecía ella. Una mujer que había pasado horas en urgencias con un desconocido simplemente porque no quería dejarlo solo. Una mujer que seguía creyendo en cosas tan simples como la confianza.

Bajé la vista hacia la taza durante un segundo. Solo uno, porque si seguía mirándola demasiado tiempo iba a terminar contándole la verdad.

Y todavía no podía hacerlo.

Cuando salimos de la cafetería, el sol comenzaba a caer. Las calles estaban teñidas por tonos dorados. La temperatura era agradable y, por primera vez en mucho tiempo no tenía ninguna prisa por irme. Ninguna.

Valentina caminó conmigo unos metros, hablando de algo relacionado con una película horrible que ambos habíamos visto y riéndose de lo mala que era. Hasta que llegamos al punto inevitable. La despedida.

Nos detuvimos frente a frente y durante unos segundos ninguno dijo nada. No porque fuera incómodo, sino porque ninguno parecía especialmente interesado en terminar la conversación.

—Me lo he pasado bien —dijo finalmente, y sonreí.

—Yo también.

Y era verdad, mucho más de lo que pensaba admitir.

Valentina me sostuvo la mirada y por un instante sentí la necesidad absurda de decirle la verdad. Toda la verdad.

Mi apellido. La empresa. La mansión. Todo.

Porque ella merecía saberlo. Porque estaba empezando a importarme demasiado. Porque no me gustaba mentirle.

Pero entonces ocurrió algo. Ella sonrió, una sonrisa tranquila y sincera. Sin saber quién era yo realmente. Y comprendí algo que me dejó sin aliento.

Aquella sonrisa existía precisamente porque no lo sabía. Porque me estaba conociendo a mí. No al apellido. Ni a la fortuna. Ni al imperio empresarial.

A mí. Solo a mí.

Y aquella sensación era demasiado valiosa para perderla. Todavía no.

Así que guardé silencio y la dejé marchar, otra vez.

—Nos vemos pronto —dije, esperando que su respuesta fuera sí.

—Nos vemos pronto. Buenas noches, Nathan —dijo con una sonrisa y se giró.

Y yo me quedé allí, observándola alejarse por la acera hasta desaparecer entre la gente. Y cuando ya no pude verla solté lentamente el aire que llevaba reteniendo demasiado tiempo.

Sí, debería contarle la verdad, lo sabía perfectamente. Pero también sabía otra cosa.

Aún no estaba preparado para hacerlo. Porque por primera vez en muchos años alguien me estaba viendo como Nathan. Y no como Nathaniel Blackwood.

Y no pensaba renunciar a eso. Todavía no.