Capítulo 14
Valentina
Seguí mirando el mensaje durante varios segundos, tal vez demasiados. Como si las palabras pudieran cambiar si las observaba el tiempo suficiente.
No cambiaron, seguían allí, igual de sencillas, directas y fáciles de entender.
Solté aire lentamente. Era solo un café, una bebida, una conversación, nada más.
No era una propuesta de matrimonio, ni una declaración de amor, ni nada que se le pareciera. Y aun así mi corazón estaba comportándose como si acabara de recibir una invitación para saltar desde un avión.
Ridículo.
Volví a leer el mensaje y después una quinta vez, porque aparentemente había perdido la capacidad de funcionar como una persona adulta, finalmente escribí.
Valentina: No me debes nada.
La respuesta llegó casi inmediatamente, como si hubiera estado esperando.
Nathan: Discrepo.
Sonreí.
Valentina: Te ayudé porque estabas herido.
Nathan: Precisamente por eso, porque me ayudaste.
Nathan: Lo habría hecho cualquiera.
Esta vez tardó un poco más. Cuando apareció la respuesta, me encontré sonriendo incluso antes de leerla.
Nathan: No.
Parpadeé.
Solo eso, una palabra, nada más. Pero de alguna manera conseguía transmitir exactamente el tono que imaginaba.
Terco, seguro de sí mismo y convencido.
Valentina: Sí.
Nathan: Valentina, no lo habría hecho cualquiera. Créeme.
Me quedé observando la pantalla porque, en el fondo, sabía que quizá tenía razón.
Mucha gente habría llamado a emergencias o habría avisado a la policía, pero no todo el mundo se habría quedado durante un par de horas con un desconocido en urgencias simplemente porque estaba solo.
Aquella idea me hizo sentir algo que no supe nombrar y que preferí ignorar.
Valentina: Sigues sin deberme un café.
Su respuesta llegó enseguida.
Nathan: Entonces déjame invitarte porque me apetece.
Y ahí estaba la invitación real sin excusas, sin rodeos y sin esconderse detrás del agradecimiento.
Mi respiración se ralentizó, no porque estuviera nerviosa, o quizá precisamente porque sí lo estaba, mucho más de lo que quería admitir. Porque hacía años, muchos años, que ningún hombre me invitaba a salir.
Y más años todavía desde la última vez que acepté.
Mi vida siempre había sido otra cosa. Trabajo, facturas, responsabilidades. Mateo. Esas eran mis prioridades. No quedaba espacio para mucho más.
Ni energía, ni tiempo, ni ganas, ya puestos.
Al menos eso era lo que me había repetido durante mucho tiempo. Y ahora estaba sentada en mi sofá pensando demasiado en un hombre que apenas conocía.
— Dios mío —murmuré, y me tapé la cara con una mano. Aquello era surrealista.
El móvil volvió a vibrar.
Nathan: ¿He conseguido asustarte?
Solté una carcajada y escribí.
Valentina: Eres muy optimista.
Nathan: Eso no es una respuesta.
Valentina: Lo sé.
Nathan: Entonces responde.
Lo pensé, porque habría sido más fácil decir que no. Eso era ir a lo seguro a lo cómodo. Eso era lo más lógico. Pero cada vez que intentaba escribir la palabra «no», algo dentro de mí protestaba.
Como si no quisiera cerrar aquella puerta todavía. Como si necesitara saber algo más. Como si la curiosidad siguiera creciendo.
Y al final acabé escribiendo:
Valentina: Vale.
Hubo unos segundos de silencio, y después llegó un nuevo mensaje.
Nathan: ¿Vale qué?
Entrecerré los ojos.
Valentina: Sabes perfectamente qué.
Nathan: Quiero verlo escrito.
No pude evitar reírme.
Valentina: Qué pesado eres.
Nathan: Lo sé.
Valentina: Mucho.
Nathan: Culpable.
Negué con la cabeza, y finalmente escribí:
Valentina: Acepto el café.
La respuesta tardó menos de cinco segundos en aparecer en mi pantalla.
Nathan: Perfecto.
Demasiado rápido. Sonreí.
Valentina: Estabas esperando.
Nathan: No puedo confirmar ni negar esa acusación.
Valentina: Mentiroso.
Nathan: Nunca miento.
Valentina: Eso tampoco me lo creo.
Nathan: Empiezo a notar una preocupante falta de confianza.
La conversación continuó durante varios minutos más. Sobre horarios, sobre días libres, sobre cafés absurdamente caros. Sobre si las cafeterías modernas tenían una obsesión enfermiza con la leche de avena.
Y, de alguna manera, terminamos discutiendo durante diez minutos sobre algo tan absurdo como eso.
Cuando me di cuenta de la hora, ya era casi medianoche y seguía sonriendo.
Nos despedimos quedando en hablar para tomar ese café y cuando me metí en la cama, la sonrisa aún seguía en mi rostro. No recordaba cuándo la fue la última vez que hablé con un hombre durante horas y después seguía sonriendo.
A la mañana siguiente me desperté con una sensación extraña, como si algo hubiera cambiado.
Preparé el desayuno para Mateo, lo ayudé a organizar su mochila y fingí absoluta normalidad. Hasta que él me observó durante unos segundos.
—¿Qué?
—Nada.
—Mateo.
—Nada.
Lo señaló con el dedo.
—Estás sonriendo otra vez.
—No estoy sonriendo.
—Sí.
—No.
—Sí.
Resoplé.
—Termina el desayuno.
—Eso no es una negación.
—Mateo.
—Tú ganas —dijo, pero seguía sonriendo.
Y lo peor era que yo sabía exactamente por qué.
Durante toda la mañana intenté trabajar, intenté concentrarme, intenté comportarme como una persona racional.
No funcionó demasiado bien, porque mi móvil vibró varias veces y, cada vez que lo hacía, miraba la pantalla inmediatamente, sin pensar y sin disimulo, como una adolescente. Lo cual era profundamente humillante.
A las once y veinte apareció un mensaje nuevo de Nathan.
Nathan: Pregunta importante.
Mi corazón volvió a dar un leve salto.
Valentina: ¿Qué pasa?
Nathan: ¿Siempre rescatas desconocidos?
Sonreí.
Valentina: Depende.
Nathan: Esa es una respuesta evasiva.
Nathan: Y lo tuyo una pregunta absurda.
Nathan: Responde.
Pensé unos segundos, y finalmente escribí:
Valentina: No.
Nathan: Entonces tuve suerte.
La frase me pilló desprevenida, porque era sencilla, pero había algo sincero en ella. Algo que me hizo detenerme y releerla dos veces.
Valentina: No fue suerte.
Nathan : ¿No? ¿Qué fue entonces?
Mis dedos permanecieron inmóviles sobre la pantalla. No sabía qué responder porque la verdad era que tampoco lo sabía.
No sabía por qué me había hecho acercarme, ni por qué me había quedado, ni por qué seguía pensando en él.
Y mucho menos por qué aquella conversación se sentía tan fácil. Así que terminé escribiendo:
Valentina: Estabas en el lugar equivocado.
Su respuesta llegó enseguida.
Nathan: Y tú en el correcto.
Mi corazón dio un pequeño vuelco, uno que intenté ignorar sin éxito.
Por la tarde, cuando salí del trabajo, encontré varios mensajes de Charlotte.
Exactamente siete. Eso nunca era buena señal.
Abrí el primero.
Charlotte: ¿Ya tienes fecha para el café?
Cerré los ojos y suspiré, no debería habérselo contado.
Abrí el segundo.
Charlotte: Valentina Reyes, no me ignores.
Fui al tercero.
Charlotte: Un hombre guapo te invita a un café y tú le das largas. Cariño, eso no es normal.
Suspiré y leí el cuarto.
Charlotte: ¿Qué haces que no me respondes? Dime que estás tomando ese café con el futuro padre de tus hijos.
Por Dios, se le había ido la cabeza por completo.
El séptimo mensaje fue el definitivo para saber que Charlotte estaba perdiendo la paciencia.
Charlotte: LLÁMAME.
Solté una carcajada, y comprendí que mi mejor amiga iba a convertirse en un auténtico problema en cuanto descubriera toda la verdad.
Porque por primera vez en muchos años ni siquiera yo estaba segura de lo que estaba pasando. Y eso era precisamente lo que más miedo daba.
Y también lo que empezaba a resultar peligrosamente emocionante.