Capítulo 13
Valentina
Esa mañana me desperté convencida de que no iba a pensar en él. Era una decisión perfectamente razonable.
Había sido una noche extraña. Un atraco, una ambulancia, un desconocido increíblemente testarudo y ya estaba. Fin de la historia.
Al menos, eso fue lo que me repetí mientras apagaba la alarma del móvil y me incorporaba en la cama.
La luz del sol entraba por la ventana de mi habitación, demasiado brillante, demasiado optimista para las pocas horas que había dormido.
Me quedé sentada unos segundos observando el techo, intentando organizar mentalmente todo lo que tenía que hacer aquel día.
La reunión de ventas. Los informes pendientes. Las llamadas con clientes. La compra del supermercado. Recoger a Mateo. Preparar la cena. La colada.
Mi vida normal. Mi vida real. No había espacio para pensar en hombres misteriosos con problemas de orgullo.
Y mucho menos en hombres misteriosos que sonreían de una forma capaz de desarmarte cuando menos te lo esperabas.
Cerré los ojos, suspiré y me levanté de la cama.
Aquello era absurdo, completamente absurdo.
Me preparé para ir al trabajo mientras intentaba concentrarme en cualquier otra cosa.
Funcionó durante aproximadamente tres minutos. Hasta que encontré el pañuelo manchado de sangre dentro del bolso.
Me quedé inmóvil, lo observé y automáticamente recordé su cara.
La ceja abierta. La expresión de fastidio. La manera en que había intentado convencerme de que no necesitaba ayuda mientras apenas podía mantenerse en pie.
Guardé el pañuelo en una bolsa para tirarlo después y seguí con mi mañana. Pero el recuerdo ya estaba ahí, instalado, como si hubiera decidido quedarse.
Me di una ducha, me vestí, me tomé un café más rápido de lo que me habría gustado y salí del apartamento para ir al trabajo.
La oficina estaba especialmente caótica. O quizá era yo quien estaba distraída. Probablemente fuera lo segundo.
Porque Daniel me pidió dos veces el mismo informe antes de que me diera cuenta de que ya lo tenía terminado.
—¿Te encuentras bien?
Levanté la vista. Daniel estaba apoyado contra mi mesa, con una taza de café en una mano y una expresión claramente sospechosa.
—Perfectamente.
—Mientes fatal.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Daniel dejó la taza sobre mi escritorio.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Valentina.
—Daniel.
—Estás distraída.
—Estoy cansada.
—Eso también.
Entrecerré los ojos.
—¿Siempre analizas tanto a la gente?
—Es parte de mi encanto.
—Es agotador.
—También.
No pude evitar sonreír. Daniel pareció relajarse al verlo.
—Vale. Ya parece más normal.
—¿Tan mala cara tenía?
—Parecía que estabas planeando un asesinato.
—Eso depende de cómo vaya la reunión de esta tarde.
—Ahora sí eres tú.
Negué con la cabeza. Daniel se alejó hacia su despacho y yo volví a la pantalla intentando concentrarme, intentando trabajar, intentando no recordar unos ojos azul oscuro observándome desde una camilla.
Y sí, admito que fue un fracaso absoluto. Porque media hora después seguía pensando en exactamente la misma persona.
Nathan.
Sacudí la cabeza. Aquello era absurdo. Lo conocía desde hacía menos de veinticuatro horas. Ni siquiera sabía su apellido. Ni dónde vivía exactamente. Ni qué edad tenía.
Y aun así seguía apareciendo en mis pensamientos. Una y otra vez.
La llamada de Charlotte llegó exactamente a la hora de comer. Como siempre.
—Hola, cariño.
—Hola.
Silencio. Tres segundos. Cuatro. Cinco. Y después…
—¿Qué pasa? —curioseó y cerré los ojos.
—Nada.
—Mentirosa.
—¿Por qué todo el mundo cree que miento?
—Porque te conozco desde que tenía quince días de vida.
—Buen argumento.
—Gracias.
Me apoyé contra la silla.
—¿Qué quieres?
—Saber por qué tienes voz de persona que está pensando demasiado.
Solté una carcajada.
—Eso ni siquiera tiene sentido.
—Claro que lo tiene.
—No.
—Sí.
—Charlotte.
—Valentina.
La imité, y ella se rio al instante.
—Vale. Cuéntamelo.
—No hay nada que contar.
—Eso significa que sí lo hay.
—No.
—Sí.
—Pareces Mateo.
—Y tú sigues evitando la pregunta.
Me mordí el labio. Error. Porque Charlotte detectó mi silencio al instante.
—Oh.
Cerré los ojos.
—No hagas eso.
—¿Eso qué?
—Lo que sea que acabas de hacer.
—Hay alguien.
—No hay nadie.
—Hay alguien.
—No.
—Sí.
—Charlotte.
—Valentina.
—Voy a colgar.
—Hay un hombre.
—No hay ningún hombre.
—Hay un hombre.
—Charlotte.
—¿Es guapo?
Abrí la boca y la cerré. Malísima idea, porque su grito de triunfo casi me dejó sorda.
—¡Lo sabía!
—No sabes nada.
—Es guapo.
—No he dicho eso.
—No hacía falta.
—Charlotte...
—¿Cómo se llama?
—No pienso responder.
—¿A qué se dedica?
—No pienso responder.
—¿Cuándo vais a casaros?
—Voy a colgar.
La escuché reír tan fuerte que tuve que separar el teléfono de la oreja.
—Dios mío.
—Estás loca.
—Y tú estás interesada —insistió.
—No.
—Sí.
—No.
Sonreí a pesar de todo, porque discutir con Charlotte era completamente inútil.
Y porque, por mucho que me negara a admitirlo, una pequeña parte de mí sabía que quizá no estaba siendo tan convincente como pretendía.
A las tres y cuarenta y siete de la tarde mi móvil vibró. No le di importancia y seguí trabajando.
Volvió a vibrar. Y después otra vez. Fruncí el ceño. Lo cogí y vi un número que no tenía guardado.
El mensaje era corto.
Desconocido: Sobreviví a la noche.
Me quedé mirando la pantalla durante varios segundos y luego sonreí sin querer. Simplemente ocurrió.
Bajé la vista al teclado, pensé una respuesta, escribí y la borré. Pensé otra. La borré también.
Finalmente escribí:
Valentina: Felicidades. Era una apuesta complicada.
La respuesta llegó menos de un minuto después de que guardara su número.
Nathan: Tu fe en mí es conmovedora.
Solté una breve risa.
Valentina: Alguien tenía que ser realista.
Nathan: Pensaba que eras optimista.
Valentina: Lo soy. Pero no hago milagros.
Tardó unos segundos, después apareció otro mensaje.
Nathan: Touché.
Y por alguna razón aquella única palabra consiguió hacerme sonreír todavía más. Porque podía imaginar perfectamente la expresión que habría puesto al escribirla.
La mirada divertida. La arrogancia. Ese sarcasmo tan suyo.
Me apoyé contra el respaldo de la silla y, antes de darme cuenta, seguíamos escribiéndonos.
Sobre nada en particular y sobre todo en general. Algunas tonterías, comentarios y bromas sin importancia. Pero la conversación fluía de manera fácil y natural.
Como si no fuéramos dos desconocidos. Como si lleváramos más tiempo hablando. Mucho más. Y eso era precisamente lo que más me desconcertaba.
La tarde avanzó más rápido de lo que esperaba. O quizá fui yo quien perdió la noción del tiempo. Porque cuando levanté la vista del ordenador ya eran más de las cinco. Y tenía varios mensajes nuevos.
Todos de Nathan.
Por alguna razón, aquello me hizo sonreír antes incluso de leerlos. Lo odié un poco. Solo un poco.
Abrí la conversación.
Nathan: Acabo de descubrir que los médicos son unos exagerados.
Arqueé una ceja.
Valentina: ¿Por qué?
Nathan: La mujer que me dio el alta dijo que descansara. No me he levantado tan cansado.
Valentina: Eso es bueno, porque viendo la paliza que te dieron…
Nathan: Me pillaron desprevenido. De lo contrario, habrían sido ellos quieren acabaran en el hospital.
Valentina: Muy seguro de ello te veo.
Nathan: Es la verdad. Pero entonces no habría tenido la suerte de que Superwoman apareciera justo a tiempo de rescatarme.
Me reí al leerlo, y no pude evitar mi siguiente mensaje.
Valentina: Para ser Superwoman me faltan algunas cosillas. Como el traje, para empezar.
Nathan: Ahora busco en internet y te lo hago llegar, pero necesito tu dirección para eso.
Valentina: Estás intentando averiguas dónde vivo, o me lo parece a mí.
Nathan: Pensé que no lo notarías.
Valentina: Pues pensaste mal.
Me reí sola, en mitad de la oficina. Por suerte, nadie parecía estar prestándome atención. O eso creí.
Hasta que una sombra apareció junto a mi mesa. Levanté la vista y me encontré con Daniel, con los brazos cruzados y una expresión sospechosamente divertida.
—No pienso preguntar.
—Entonces no preguntes.
—No voy a hacerlo.
—Perfecto.
—Aunque sonreírle así al móvil suele significar algo.
—Daniel.
—Ya me voy.
—Gracias.
—Pero hay alguien.
—No hay nadie.
—Claro.
Se alejó antes de que pudiera lanzarle un bolígrafo, y yo decidí ignorar el calor que había aparecido en mis mejillas.
Volví al teléfono.
Valentina: ¿Sigues vivo?
Nathan: Por ahora.
Valentina: Magnífica noticia.
Nathan: Gracias por tu entusiasmo.
Valentina: Siempre doy el cien por cien.
Nathan: Lo noto.
Y otra vez tuve aquella sensación, la de la naturalidad con la que hablábamos y éramos solo un par de desconocidos. Como si aquello no requiriera ningún esfuerzo. Como si hablar con él fuera algo que llevaba haciendo años.
No tenía sentido, y precisamente por eso resultaba tan desconcertante.
A las seis salí de la oficina.
El tráfico de Los Ángeles estaba tan horrible como siempre, nada nuevo, pero por primera vez en mucho tiempo no me molestó demasiado. Porque mi cabeza estaba ocupada en otra cosa. O, mejor dicho, en otra persona.
Nathan.
Su nombre apareció otra vez, sin permiso, como llevaba apareciendo desde que me desperté.
Intenté convencerme de que era simple curiosidad, nada más. Había conocido a alguien en circunstancias poco habituales, era normal, no significaba nada. Ni siquiera sabía si volvería a verlo.
La idea me produjo una sensación incómoda que decidí ignorar inmediatamente.
Cuando llegué a casa de Charlotte, Mateo salió disparado por la puerta incluso antes de que pudiera llamar al timbre.
—¡Valeeeee!
Sonreí, y abrí los brazos justo a tiempo para recibir el impacto. Porque aquello no era un abrazo, era un misil humano.
—Hola, terremoto.
—¡Has llegado!
—Al parecer, sí.
—¿Podemos pedir pizza esta noche?
—Eso ha sido rápido.
—Es una pregunta importante.
Charlotte apareció detrás de él, elegantísima, como siempre, y claramente divertida.
—Lleva preguntándolo desde las cuatro.
—No exageres —dijo Mateo.
—A las tres y media.
—Traidora —mi hermano resopló—. Nadie me comprende.
—Qué duro debe de ser.
—Muchísimo.
Charlotte me guiñó un ojo, y entonces me observó con atención. Reconocí aquella mirada inmediatamente. Esa mirada que solo significaba una cosa: problemas.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Charlotte.
—Luego hablamos.
Sí, definitivamente era la mirada de problemas.
Nos despedimos de los Whitmore y volvimos caminando hacia el coche. Mateo hablaba sin parar sobre Fórmula 1, sobre coches, videojuegos y algo que había visto en internet. Y yo escuchaba mientras sonreía.
Porque era imposible no hacerlo.
A mitad de camino me miró de repente.
—Charlotte dice que has conocido a alguien.
La traidora era rápida. Muy rápida.
—Charlotte habla demasiado.
—¿Es verdad?
—Depende.
—¿Conociste a alguien?
—Sí.
—Entonces es verdad.
No pude discutir esa lógica.
—Supongo.
Mateo abrió mucho los ojos.
—¿Y quién es?
—Un hombre.
—Eso ya lo sabía.
—Gracias por la observación.
—De nada.
Subimos al coche y mientras me ponía el cinturón, él seguía observándome, esperando. Como un detective en miniatura.
—¿Qué?
—Continúa.
—¿Con qué?
—Con la historia.
—No hay historia.
—Claro que la hay.
—No.
—Sí.
Suspiré.
—Eres igual que Charlotte.
—Eso es porque Charlotte es muy inteligente.
—No pienso darle esa satisfacción.
Mateo sonrió, y yo terminé cediendo, como siempre.
—Vale. Conocí a un hombre.
—¿Y?
—Y nada.
—Eso es aburrido.
—Mateo.
—Es verdad.
—Lo encontré después de un atraco.
Hubo un silencio absoluto durante dos segundos, después prácticamente estaba vibrando en el asiento.
—¿Un atraco?
—Sí.
—¿Uno de verdad?
—Sí.
—¿Con ladrones?
—Normalmente los atracos incluyen ladrones.
—¡Qué pasada!
No pude evitar reírme.
—No fue tan emocionante.
—¿No?
—No.
Mentía un poco.
—¿Y peleó con ellos?
—Bueno...
—¿Sí?
—Más o menos.
—¡Lo sabía!
—Mateo.
—¿Era fuerte?
—Supongo.
—¿Y alto?
La imagen de Nathan apareció inmediatamente en mi cabeza con demasiada claridad, tanta, que pude ver lo alto que era.
—Sí.
—¿Muy alto?
—Ridículamente alto.
—Genial.
—No entiendo tu entusiasmo.
—Es como una película.
—No era una película.
—Pero casi.
Negué con la cabeza y seguí conduciendo, mientras él continuaba haciendo preguntas.
Hasta que terminé inventándome algunos detalles inofensivos solo para hacerlo reír.
—Entonces derrotó a veinte hombres.
—¡Veinte!
—Quizá treinta.
—¡Treinta!
—Y un tiburón.
Mateo soltó una carcajada.
—Ahora te lo estás inventando.
—Por fin lo has descubierto.
—Lo del tiburón era sospechoso.
—Muy observador.
—Lo sé.
Su sonrisa iluminó todo el coche, y por un instante sentí esa felicidad sencilla de siempre. La que aparecía cada vez que conseguía verlo reír.
La llegada a casa fue como siempre, con las mismas rutinas, pero después de cenar, Mateo se fue a dormir más tarde de lo que debería.
Porque insistió en volver a escuchar la historia del atraco, dos veces. Y añadimos más tiburones.
Cuando por fin conseguí meterlo en la cama, ya estaba agotada.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Vale.
Me incliné para besarle la frente y él sonrió.
—Me gusta cuando sonríes.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Últimamente sonríes más.
Mi corazón dio un leve salto.
—Estás imaginando cosas.
—No.
—Sí.
—No.
—Duerme.
—Por supuesto.
Pero seguía sonriendo cuando apagué la luz, y eso me hizo pensar demasiado.
La casa estaba silenciosa cuando regresé al salón.
Me preparé una infusión, me senté en el sofá y por primera vez en todo el día tuve unos minutos para mí.
Sin trabajo, sin llamadas, sin responsabilidades. Solo yo y mis pensamientos.
Y ese era el error, porque mi mano fue directamente al móvil, sin pensarlo, como si tuviera vida propia.
La pantalla se iluminó y encontré un mensaje nuevo, uno que había llegado hacía apenas unos minutos.
Lo abrí, y automáticamente sentí cómo algo cálido me recorría el pecho.
Nathan: Creo que te debo un café.
Me quedé inmóvil, leyéndolo una vez, y otra, y otra más.
Era una invitación sencilla, nada extraordinario, pero hacía muchísimo tiempo que nadie conseguía ponerme nerviosa con algo tan simple. Muchísimo tiempo.
Y eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.
Nathan quería verme otra vez, y una parte de mí, una parte peligrosamente grande, quería decir que sí.