El secreto de mi chico Capítulo 12
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Capítulo 12

Nathaniel

Las urgencias no olían como los hospitales que aparecen en las revistas.

No había calma ni silencio controlado, solo ruido. Pasos rápidos, voces entrecortadas, máquinas pitando en intervalos demasiado constantes. Y luces. Demasiadas luces.

Blancas, frías e implacables.

Me sentaron en una sala de observación después de revisar las heridas. Nada grave, dijo el médico. Golpes, cortes superficiales, un hematoma en las costillas que dolería durante días.

Nada que debiera preocuparme. Pero sí reposo.

—Reposo —repitió el médico como si fuera evidente.

Asentí sin discutir. No tenía energía para hacerlo. O quizá sí la tenía, pero no quería. Porque había algo más extraño que el dolor. Algo que no encajaba en toda aquella situación.

Y estaba allí, sentada a unos metros de mí.

La desconocida de la calle. La que había llamado a la ambulancia. La que ahora miraba su móvil de vez en cuando, como si aquello fuera una espera normal.

Como si no estuviera sentada en urgencias junto a un desconocido sangrando.

No hablaba por teléfono ni parecía incómoda o impresionada. Simplemente estaba. Y eso era lo que más me descolocaba.

Estaba acostumbrado a otro tipo de personas. Personas que calculaban, que evaluaban, que esperaban algo.

Un contacto, una oportunidad, un favor, una puerta abierta.

Esa mujer no miraba nada de eso. Ni siquiera parecía interesada en quién era yo. Solo en el hecho de que estaba allí, herido, sí, pero respirando.

El médico me dejó solo con la instrucción de no moverme demasiado, como si eso fuera posible.

Ella levantó la vista cuando el médico se fue y me observó.

—¿Te duele mucho? —preguntó.

—He tenido días peores.

Lo dije sin pensar y ella arqueó una ceja.

—Eso no ayuda.

—Es verdad.

—No es útil.

—También es verdad.

Negó con la cabeza.

—Eres de los que creen que la verdad siempre es suficiente.

—Normalmente sí.

—Aquí no.

La observé un segundo más de lo que debería. Tenía algo en la forma de hablar, en la forma de sostener la mirada. No era dureza, era firmeza sin esfuerzo.

—¿Por qué sigues aquí? —pregunté finalmente.

Ella no respondió al instante. Miró alrededor, como si la pregunta fuera absurda. Y luego volvió a mí.

—Porque estabas solo.

La frase cayó entre nosotros como y me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo de aquella noche.

No respondí, no porque no pudiera, sino porque no supe cómo. Ella, en cambio, no pareció darse cuenta del efecto que había causado.

O quizá sí, y simplemente no le importó. Se acomodó en la silla.

—Te van a dar el alta en unas horas —añadió—. Pero deberías descansar.

—Ya me lo han dicho.

—Pues escúchalos.

La miré con una mezcla de incredulidad y algo parecido a diversión.

—No sueles aceptar órdenes de desconocidos.

—Imagino que tampoco sueles estar cubierto de sangre.

—No estoy cubierto de sangre.

Ella señaló mi ceja.

—Eso no es un argumento a tu favor.

No pude evitar una risa, breve pero real. Ella la notó y parpadeó ligeramente, como si no esperara ese sonido.

—Así está mejor —murmuró.

—¿Qué?

—Que te rías.

No respondí, porque no sabía por qué aquello importaba.

El tiempo en urgencias pasó mientras obedecía las indicaciones del médico, y ella seguía allí.

De vez en cuando hablaba conmigo. No preguntaba demasiado ni insistía en detalles personales. No era invasiva, pero tampoco distante. Era directa. Como si el mundo fuera sencillo y solo yo me empeñara en complicarlo.

En algún momento el tema llegó. No sabía exactamente cómo.

—¿Y tú qué haces? —preguntó.

La miré.

—Trabajo para una familia en Malibú.

No fue una respuesta pensada. Fue automática, un reflejo.

—¿Eres chófer, o algo así?

—Algo así.

Ella asintió sin cuestionarlo y sin dudar.

—Debe ser tranquilo —dijo.

Casi me reí.

—Depende del día.

—¿Y vives en Malibú también?

—A veces.

—Eso suena a que no tienes horarios.

—No tengo muchos.

Ella apoyó la espalda en la silla.

—Eso no es muy sano.

—Lo es si te acostumbras.

—La gente se acostumbra a cosas que no debería.

No respondí, porque no era una conversación técnica. Era algo más, pero no sabía qué.

En algún momento el médico volvió. Me hizo una revisión rápida y me dio el alta casi inmediata, no sin antes darme una vez más esas indicaciones de antes.

Reposo, evitar esfuerzos, control en unos días si era necesario. Firmas. Papeles. Procedimiento. Y otra vez silencio.

Ella se levantó también, como si todo aquello le concerniera de alguna manera.

Cuando el médico se fue, me incorporé lentamente. Las costillas protestaron lo suficiente para recordarme que seguía siendo humano.

—Deberías volver a casa —dijo ella.

—Eso planeo hacer.

—Bien.

—Gracias —dije al final.

Ella me miró como si la palabra fuera innecesaria.

—No es necesario.

—Lo es.

Ella dudó un segundo, y luego asintió.

Cuando salimos del hospital, la noche era más fresca y el aire no tenía ese olor artificial de las urgencias.

Caminamos unos metros en silencio hasta la acera, hasta la calle, hasta el punto en el que cada uno tendría que ir en una dirección distinta.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

—¿Tienes teléfono? —preguntó.

Asentí y saqué el móvil. Ella lo cogió y comenzó a teclear, cuando acabó, me lo entregó con una leve sonrisa.

—Si te duele mucho, llama —dijo ella.

—No voy a llamar por dolor.

—Entonces llama si eres idiota otra vez.

La miré.

—Eso suena muy específico.

—Lo es.

No pude evitar otra sonrisa. Más fácil esta vez, más natural. Ella la observó y luego hizo un gesto con la cabeza.

—Bueno… ya está.

—Ya está —repetí.

Ella dio un paso atrás, como si la conversación hubiera terminado, como si no hubiera nada más. Y probablemente así era.

Pero algo dentro de mí no estaba de acuerdo.

—Valentina —dije antes de pensarlo después de leer su nombre en mi móvil.

—¿Sí? —preguntó, girándose para verme.

No supe qué decir. Nada encajaba. Nada era necesario. Así que improvisé.

—Soy Nathan —dije.

Ella parpadeó.

—¿Nathan?

Asentí.

—Nathan.

No Nathaniel. Nathan. Más fácil, más simple y más seguro.

Ella sonrió ligeramente.

—Vale, Nathan.

Y esa forma de decirlo me resultó extrañamente correcta.

Cuando se fue, la vi caminar hasta el parking y desaparecer. Me quedé allí unos segundos mirando el vacío donde había estado, y descubrí algo que no esperaba.

No quería que se fuera. No entendía por qué. Apenas la conocía. Pero el espacio que dejó detrás de ella se sintió demasiado grande.

Suspiré y me reí, sin razón lógica, sin control, solo una risa breve.

Cuando volví a la mansión, porque en el estado en el que me habían dejado esos tres imbéciles no me encontraba con ganas de viajar, el silencio me golpeó de otra forma.

Dejé las llaves sobre la mesa, me senté, y por primera vez en mucho tiempo no pensé en la empresa. Ni en mi padre ni en el consejo.

Pensé en una mujer que creía que yo era chófer, y en cómo había sido la conversación más sencilla y más peligrosa que había tenido en años.