El secreto de mi chico Capítulo 11
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Capítulo 11

Valentina

La noche estaba pegajosa. De esas que se te quedaban en la piel incluso después de ducharte.

Julio en Los Ángeles tenía ese efecto: el aire no refrescaba, solo cambiaba de sitio el calor.

Salí de la oficina cuando ya era casi de madrugada. El edificio estaba medio vacío, con todas las luces apagadas, los pasillos silenciosos y ese tipo de calma artificial que solo existía en lugares donde la gente trabajaba demasiado.

Llevaba los papeles en la mano. Urgentes, habían dicho. Siempre era urgente. Siempre era «para ayer». Suspiré mientras bajaba en el ascensor.

Mateo estaba en casa de Charlotte. Eso, en circunstancias normales, debería haberme dado tranquilidad. Y la daba. Pero también me dejaba algo extraño en el pecho.

Un espacio demasiado grande y silencioso.

Y es que, por primera vez en mucho tiempo tenía algunas horas solo para mí. Y no estaba segura de qué hacer con ellas.

Caminé sin prisa por la calle. El aire caliente se pegaba a la ropa, las luces de los coches pasaban rápidas, y la ciudad seguía viva, aunque fuera de madrugada.

Decidí parar en una cafetería pequeña abierta las veinticuatro horas que conocía. No era nada especial ni llamativo, pero era tranquila.

Pedí un café, me senté cerca de la ventana y durante unos minutos fingí que todo estaba en orden. Hasta que los gritos rompieron esa ilusión.

Primero uno. Después otro. Luego un golpe seco.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Levanté la cabeza, miré hacia la calle y los vi.

Tres hombres al otro lado de la carretera. Al principio no entendí bien lo que estaba pasando. Luego sí.

Forcejeo, empujones, una figura sola contra ellos. Uno tirando del brazo, otro registrando bolsillos y otro vigilando.

La víctima intentaba resistirse, pero eran demasiados. Todo ocurrió muy rápido.

El primer impulso fue sencillo, ignorar aquello y seguir en mi mesa. Terminar el café, volver a casa y olvidarlo. No era mi problema. No era mi vida. No era mi historia.

Pero entonces vi el golpe. Y después otro. Y algo dentro de mí se tensó.

Me levanté sin pensarlo demasiado, salí de la cafetería y crucé la calle casi corriendo, mientras notaba el corazón golpeándome más fuerte de lo que quería admitir.

Y los ladrones, al escuchar una sirena lejana, se separaron y huyeron. Uno hacia la izquierda. Otro hacia la derecha. Otro desapareció entre los coches.

El silencio volvió de golpe.

Me acerqué y vi que el hombre estaba apoyado contra una pared. Respiraba con dificultad y tenía la camisa ligeramente desordenada, además de una ceja abierta, sangre en el pómulo y una expresión de enfado que, en otro contexto, habría sido casi ridícula.

En ese momento no lo era. Era… intimidante. Mucho más de lo que debería ser alguien en esa situación.

—¿Está bien? —pregunté sin pensarlo.

Él giró la cabeza lentamente hacia mí y me miró como si no le gustara la pregunta.

—Estoy perfectamente.

Genial.

—No lo parece —respondí, y frunció el ceño.

—No necesito ayuda.

—Eso es evidente.

—Entonces vete.

Lo miré fijamente. Un segundo. Dos. Tres.

No me moví.

—No —dije, y parpadeó. Como si no estuviera acostumbrado a esa respuesta.

—¿Perdón?

Me agaché junto a él.

—Te has llevado una paliza.

—He tenido días peores.

—Claro —volteé los ojos y saqué un pañuelo de mi bolso—. Esto va a doler.

—No lo toques.

—Lo voy a tocar.

—No…

Le limpié la sangre del pómulo sin esperar permiso y su respiración se tensó.

—Eres muy insistente —murmuró.

—Y tú muy terco.

—No te conozco.

—Y aun así estás hablando demasiado —lo miré de reojo—. Cállate un momento.

Él soltó una risa breve. Breve, pero real.

—No estoy acostumbrado a que me den órdenes.

—Pues acostúmbrate.

Me levanté un poco para revisar su cara.

—¿Dónde te duele?

—En todas partes.

—Eso no ayuda.

—Es la verdad.

Suspiré.

—Genial —dije y saqué el teléfono—. Voy a llamar a una ambulancia.

—No.

Lo dijo demasiado rápido.

—Sí.

—No necesito una ambulancia.

—Tienes la cara abierta.

—Es superficial.

—Y probablemente algo más.

—No.

Me miró fijamente y, por primera vez, su voz bajó un poco. Más seria.

—Estoy bien.

Le sostuve la mirada y algo en su expresión me hizo dudar. No de su dolor, sino de su orgullo.

—Eres imposible —dije finalmente.

—Me lo han dicho.

—Pues hoy te lo digo yo.

Llamé igualmente.

Durante la espera discutimos. Por supuesto. Porque era inevitable.

—No deberías haberte metido —dijo él.

—No me he metido. He llamado a una ambulancia.

—No hacía falta.

—Te estaban robando.

—Lo sé.

—Entonces sí hacía falta.

Él apretó la mandíbula.

—Podría haberlo resuelto.

—Sí, claro.

—Lo habría hecho.

—Desde el suelo.

Me miró con intensidad.

—Eres muy graciosa.

—No estaba intentando serlo.

—Pues lo eres.

Negué con la cabeza.

—Estás sangrando y te estás preocupando por discutir.

—Es una prioridad.

No pude evitar soltar una breve risa sin querer. Él la escuchó y se detuvo. como si no esperara eso.

—¿Qué?

—Nada.

—Te has reído.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Le miré fijamente.

—Te voy a dejar inconsciente si sigues hablando.

—Eso sería exagerado.

—Es una promesa.

Silencio. Y entonces, pasó.

Su expresión cambió muy ligeramente, la tensión bajó, el enfado se aflojó y sonrió. No fue una sonrisa burlona ni irónica, sino una sonrisa real.

Corta, pero auténtica.

—Eres peligrosa —murmuró.

—Tú lo has empezado.

Cuando llegó la ambulancia, todo fue rápido.

Preguntas, luces y movimiento de un lado a otro. Él seguía insistiendo en que no era necesario. Yo seguía insistiendo en que era idiota.

Los sanitarios lo subieron a la camilla. Uno de ellos me preguntó si era familiar.

—No —respondí.

Y aun así él no dejó de mirarme, ni un segundo. Como si intentara entender por qué seguía allí. Como si no encajara en su mundo. Como si yo tampoco entendiera por qué no me había ido ya.

Cuando cerraron las puertas de la ambulancia, el silencio volvió, pero no era el mismo. Porque algo había cambiado.

Me quedé sola en la calle, respirando despacio, mirando cómo el vehículo se alejaba, y entonces lo decidí.