El secreto de mi chico Capítulo 10
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Capítulo 10

Nathaniel

La decisión no fue meditada ni especialmente inteligente. Fue por el cansancio.

De ese tipo que no avisaba, de ese que no negociaba, de ese que simplemente te obligaba a parar.

La llamada de mi padre llegó a media mañana. Por supuesto. Siempre llega en el peor momento.

—Nathaniel, esto no puede seguir así.

Ni siquiera había saludado.

—Buenos días para ti también, padre.

—El consejo está preocupado.

—El consejo siempre está preocupado.

—Has desaparecido de varias reuniones.

—Las he delegado.

—No se ha aprobado.

Suspiré.

—Entonces aprobarlo.

Y en ese silencio que siguió a mis palabras, noté la misma tensión de siempre.

—No puedes actuar sin coordinación.

—Puedo.

—No debes.

—Lo he hecho.

Mi padre respiró hondo.

—Estás perdiendo el control.

Aquella frase me irritó más de lo que debería.

—No estoy perdiendo nada.

—Te estás alejando de la empresa.

—Me estoy tomando unos días.

—Eso no es lo que está diciendo el consejo.

Me pasé una mano por la cara, cansado de escuchar lo mismo otra vez.

—¿Qué está diciendo el consejo, exactamente?

Silencio. Y entonces lo soltó.

—Que no estás capacitado para mantener el ritmo actual.

No respondí, no porque no tuviera respuesta, sino porque tenía demasiadas.

—Entendido —dije al fin.

—Nathaniel…

—No voy a discutir esto hoy.

—Es importante.

—Todo es importante para vosotros.

Colgué sin más. Sin despedida y sin explicación. Y durante unos segundos me quedé mirando el teléfono. Como si acabara de hacer algo irreversible.

Porque probablemente lo había hecho.

Amelia llegó una hora después. Entró en el despacho como si fuera suyo.

—Me han llamado —dijo.

—Lo suponía.

—Son un poquito dramáticos.

—Siempre lo son.

Se sentó frente a mí.

—Papá está furioso.

—También lo suponía.

Amelia cruzó las piernas y me miró con esa mezcla de diversión y seriedad que solo ella tenía.

—¿Qué has hecho exactamente?

—Desaparecer.

—Te has ido un par de días sin decir a nadie dónde estabas. Tú sigues vivo y la empresa en pie. Eso no es un delito.

—Para él sí.

Amelia soltó una risa breve.

—Bienvenido a la familia.

Me recosté en la silla.

—Voy a parar unos días más.

Su sonrisa no desapareció, al contrario. Se hizo más clara.

—Por fin.

La miré.

—¿Por fin?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Parpadeé.

—Pensé que intentarías convencerme de lo contrario.

—¿Por qué?

—Porque eres tú.

Amelia se encogió de hombros.

—Estoy orgullosa de ti.

Aquello me desconcertó más que cualquier discusión con mi padre.

—No lo entiendes.

—Sí lo entiendo.

—Esto va a provocar una guerra.

—Ya lo está provocando.

—Amelia…

—Nathaniel —su tono fue suave, pero firme—. No puedes vivir para una empresa que no te deja vivir.

Silencio. Otra vez ese silencio. El que no era incómodo, pero sí pesado.

—Voy a dejarte gestionando parte de esto —dije finalmente.

—Ya lo he asumido.

—No es permanente.

—Tampoco lo necesitas justificar.

La miré.

—¿No te preocupa?

Amelia sonrió.

—Me preocuparía más si no lo hicieras.

No supe qué responder.

Mi madre fue la siguiente en visitarme. Siempre lo era en los momentos importantes.

No preguntó demasiado ni cuestionó la decisión. Solo escuchó.

—Es lo correcto —dijo cuando terminé de explicarle.

—No todo el mundo lo ve así.

—No todo el mundo importa.

Aquella frase, dicha por ella, tenía otro peso.

—Mi padre no está de acuerdo —añadí.

Mi madre suspiró suavemente.

—Tu padre nunca está de acuerdo cuando pierde control.

—Esto no es perder control.

—Para él sí.

No discutí, porque no tenía sentido. Mi madre me observó con calma.

—¿Sabes qué vas a hacer?

—No.

—Perfecto.

La miré.

—¿Perfecto?

—Sí.

—Eso no suena tranquilizador.

—No tienes que estar tranquilo —su voz bajó un poco—. Tienes que estar libre.

Esa palabra se quedó conmigo. Libre. Sonaba extraña. Como algo que no había usado en mucho tiempo.

El proceso fue más rápido de lo que esperaba. O quizá simplemente yo había dejado de resistirme.

Apagué el teléfono, desactivé las notificaciones en el correo y bloqueé la agenda. Todas las reuniones quedaron canceladas y los mensajes serían redirigidos a mi hermana.

El mundo corporativo seguiría funcionando, pero sin mí, no se detendría. Eso fue lo primero que me sorprendió. Lo segundo fue lo poco que me importó.

Salí de la mansión sin chófer. Sin escoltas. Sin itinerario. Sin destino.

El coche era mío, no de la empresa, y conduje sin rumbo.

La ciudad cambiaba alrededor como si fuera otra versión del mundo. Más ruidosa y viva, más real. Pero también más lejana.

No escuché música ni puse GPS. Solo tenía planeado conducir hasta donde la carretera quisiera llevarme.

Había estado fuera un par de días y me alojé en un hotel discreto donde nadie me molestó, donde pasé las mañanas en la piscina pasando desapercibido tanto como podía, y las noches cenando solo y tomando una copa mientras algunas mujeres me observaban y sonreían.

Podría haber tenido sexo con alguna de ellas, lo sabía, pero por alguna extraña razón que no entendí, no me apetecía. Quizás hasta de eso estaba cansado.

Seguía conduciendo y sin darme cuenta acabé en una zona que no reconocía del todo. No era Malibú, ni tampoco era Beverly Hills. No era ningún lugar que estuviera en mi rutina habitual.

Aquí las calles eran más estrechas, las luces más cálidas, había menos perfección y más vida.

Me detuve en un semáforo, miré alrededor y vi gente caminando. Escuché risas y ruido. Aquello era lo más parecido a la normalidad que había sentido nunca. Algo que no formaba parte de mi día a día.

Y, sin embargo, no me sentí fuera de lugar. Me sentí invisible. Y eso, de forma extraña, fue liberador.

Seguí conduciendo sin dirección y sin prisa. Por primera vez en años no había nadie esperando nada de mí.

Ni una decisión. Ni una respuesta. Ni una aprobación. Nada. Solo el coche, la carretera y el silencio dentro de mi cabeza.

No sabría decir cuánto tiempo conduje así. El concepto de tiempo empezó a perder sentido.

Me detuve en un borde de la carretera, apagué el motor y el silencio fue inmediato.

Salí del coche y hasta el aire era distinto aquí. Me apoyé en la puerta y miré alrededor. No sabía exactamente dónde estaba. Y, por primera vez no me importó.

Respiré hondo y sentí alivio.

Me quedé allí unos minutos, sin moverme, sin pensar demasiado, in analizarlo todo. Y entonces lo entendí.

Esto era lo que Amelia quería decir, esto era lo que mi madre intentaba explicarme. Esto era lo que llevaba años evitando.

No era la empresa, ni mi padre, ni el consejo. Era el ruido. El constante ruido. Y ahora no lo había.

Volví al coche, encendí el motor y seguí conduciendo sin destino, sin mapa y sin obligaciones.

Hasta que el mundo dejó de parecer una jaula y por primera vez eso no me asustó. Me atrajo.