El secreto de mi chico Capítulo 9
22%

Capítulo 9

Valentina

La semana siguió su curso como si nada hubiera pasado.

Como si una carta no hubiera aparecido bajo mi puerta. Como si no hubiera existido el temblor en mis manos al reconocer aquella letra. Como si el pasado no supiera perfectamente dónde encontrarme.

Y, sin embargo, todo era un poco más difícil de lo habitual.

En la oficina intenté comportarme como siempre. Ordené la agenda de Daniel. Respondí correos. Atendí llamadas. Revisé reuniones que se acumulaban sin piedad en el calendario. Sonreí cuando debía. Asentí cuando era necesario. Hice todo lo que se esperaba de mí.

Pero había momentos en los que mi mente se escapaba sin avisar y volvía a él. A Ethan Monroe.

No al principio, ni a cuando todo era fácil o cuando todavía quedaban restos de lo que creía que era amor. Sino al final.

Los últimos meses habían sido distintos. No de golpe, ya que eso habría sido más fácil de reconocer, sino que había sido lento. Como una grieta que no notabas hasta que el cristal ya estaba roto.

Primero fueron las apuestas. Pequeñas e inofensivas, decía él. Luego llegaron las pérdidas. Las excusas. El dinero que desaparecía sin explicación clara. Las llamadas a medianoche. El olor a alcohol en momentos en los que no debía estar ahí.

Y después los cambios de humor, de tono y de mirada. Como si viviera en un lugar distinto al mío. Como si yo empezara a estorbar.

Aún recordaba una discusión concreta. No la primera, porque nunca es la primera la que te marcaba, sino la última que lo cambiaba todo.

Habíamos discutido por algo absurdo, algo que ya ni siquiera recordaba, pero sí podía recordar su voz, alta, rota y descontrolada.

Recordaba cómo avanzó hacia mí y el gesto. No llegó a tocarme, pero levantó la mano. Y en ese instante algo se rompió dentro de mí y entendí algo sin necesidad de palabras.

No hacía falta que ocurriera lo peor para saber que lo peor era posible.

Esa fue la última vez. Me marché al día siguiente sin explicaciones, porque las peticiones de que dejara las apuestas no habían surtido efecto, y sin mirar atrás. O al menos eso intenté.

Porque el cuerpo podía irse antes que la mente.

—Estás muy callada hoy.

La voz de Daniel me sacó de golpe de mis pensamientos. Levanté la vista y comprobé que estábamos en la oficina.

Me había quedado tan perdida en mis propios pensamientos, que se me había ido la noción del tiempo.

Él estaba apoyado en el marco de la puerta de mi despacho, con un café en la mano, y esa expresión suya de siempre. Pero algo había cambiado.

Estaba un poco más serio, menos bromista de lo que era habitual en él.

—Estoy trabajando —respondí.

Daniel entró sin pedir permiso, como siempre.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo ahora mismo.

Se sentó frente a mí y me observó durante unos segundos.

—¿Qué pasa?

Negué con la cabeza.

—Nada.

—Mentira.

Suspiré.

—Daniel…

—Valentina.

Ese tono, el mismo que usaba cuando sabía que no estaba diciendo toda la verdad.

—Es complicado —respondí al tiempo que dejaba el bolígrafo sobre la mesa.

—Todo lo importante lo es.

Me quedé callada unos segundos, y después hablé con la confianza que Daniel me había dado siempre.

—Mi ex ha intentado contactarme.

La sonrisa de Daniel desapareció un poco.

—¿Otra vez?

Asentí.

—¿Qué ha dicho?

—Que podemos arreglar las cosas.

Daniel soltó una risa breve, sin humor.

—Qué original.

No respondí. Él se inclinó hacia delante.

—Valentina…

—Estoy bien.

—No estás bien.

—Estoy manejándolo.

—Eso no es lo mismo.

Le miré, y por un segundo dejé caer la máscara, pero solo un poco.

—No quiero que esto afecte al trabajo.

Daniel negó inmediatamente.

—El trabajo me importa una mierda ahora mismo.

Abrí los ojos ligeramente.

—Daniel.

—No.

Su voz fue firme. Más firme de lo habitual.

—Escúchame.

Guardé silencio.

—Si ese tío vuelve a molestarte, me lo dices.

—No va a hacer nada.

—Eso no lo sabes.

—Ya lo conozco.

Daniel apretó la mandíbula.

—Precisamente por eso te lo estoy diciendo.

El tono había cambiado. Ahora era mucho menos bromista y más protector.

—No estás sola en esto —añadió, y aquello me desarmó un poco.

Porque no estaba acostumbrada a que alguien lo dijera así, sin esperar nada a cambio.

—Gracias —murmuré.

Daniel asintió, y volvió a su tono habitual poco a poco.

—Pero sigo esperando que aceptes casarte conmigo como solución a todos tus problemas.

No pude evitar una breve risa.

—Eso no ayuda.

—Ayuda a mantener el equilibrio emocional.

—El tuyo.

—Exacto.

Hizo un guiño y se marchó, dejándome sola de nuevo, con el trabajo pendiente y con esos pensamientos que, quisiera o no, volvían a mí a cada pocos segundos.

Esa tarde recogí a Mateo del colegio, como siempre, como cada día que podía.

Mi hermano salió corriendo en cuanto me vio.

—¡Vale!

Se lanzó a mis brazos sin dudarlo y yo lo abracé con fuerza.

—Hola, campeón.

—¡Hoy hemos hablado de coches clásicos!

Sus ojos brillaban. Siempre brillaban cuando hablaba de motores.

—Ah, ¿sí?

—¡Sí! Y el profesor ha dicho que pronto habrá una exposición. No, ha dicho una feria. Eso, una feria —sonrió—. Con coches clásicos y modernos.

—¿Y eso te gusta?

—¡Mucho!

Se apartó un poco para mirarme.

—¿Podremos ir?

Sonreí.

—Claro.

—¿De verdad?

—De verdad.

Mateo levantó los brazos como si hubiera ganado algo importante.

—¡Sí!

Caminamos juntos hacia el coche mientras me contaba cada detalle del día. Cada coche. Cada modelo. Cada sonido de motor que había intentado imitar. Y yo lo escuchaba, como siempre. Porque en esos momentos todo lo demás desaparecía.

En casa, la tarde se volvió rutina.

Hizo algunos deberes, le ayudé con los que aún se le resistían un poco, se bañó mientras preparaba la cena y mientras cenábamos Mateo habló sin parar.

Yo le escuché sin interrumpir. Y en un momento dado, mientras jugaba con un pequeño coche de juguete sobre la mesa, me miró.

—Vale…

—¿Sí?

—Cuando sea mayor… quiero tener un taller.

Sonreí.

—¿Un taller?

—Sí.

—¿De coches?

—De coches de verdad.

—Suena bien.

Mateo asintió con seriedad.

—Y tú puedes venir a verme cuando quieras.

Aquello me tocó más de lo que esperaba.

—Me gusta ese plan.

—¿Sí?

—Sí.

Mateo sonrió, y por un momento pensé que todo el esfuerzo había merecido la pena. Todo.

El trabajo. Las noches sin dormir. Las renuncias. Todo.

Pero la noche no terminó en calma.

Cuando Mateo ya dormía, me quedé sola en la cocina. El apartamento estaba en silencio otra vez. El tipo de silencio que no descansaba.

El móvil vibró sobre la mesa con la llegada de un mensaje de un número desconocido.

No necesitaba leerlo. Ya lo sabía antes de abrirlo. Pero lo hice igualmente.

Una sola frase, nada más que eso fue lo que vi.

«Podemos arreglar las cosas.»

Sentí el estómago cerrarse. Como si el aire se hubiera vuelto más denso.

Leí el mensaje dos veces. Tres. Y el resultado fue el mismo.

No había firma, pero no hacía falta. Era Ethan Monroe.

Porque el pasado no pedía permiso. No avisaba. Simplemente volvía.

Me quedé inmóvil con el móvil en la mano, de pie en aquella cocina en silencio. Con Mateo durmiendo al otro lado del pasillo. Y por primera vez desde que todo terminó no sentí alivio. Sentí miedo.

No del mensaje, sino de lo que significaba. Porque no era un intento aislado.

Era una puerta abriéndose otra vez.

Y la mañana siguiente no fue mucho mejor.

No me gustó que su nombre permaneciera en mi mente durante toda la mañana.

Tampoco me gustó admitir que había empezado a mirar más de una vez hacia la entrada de la empresa mientras salía a comer con Charlotte.

Y, aun así, lo hice. Como si una parte de mí supiera. Como si el cuerpo recordara antes que la cabeza.

Charlotte lo notó. Por supuesto que lo notó.

—Estás rara hoy —dijo mientras bajábamos las escaleras del edificio.

—Estoy cansada.

—Siempre estás cansada últimamente.

No respondí, porque no era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.

El aire de la calle estaba cálido, típico de Los Ángeles en aquella época del año. La ciudad seguía su ritmo habitual.

Coches, gente, ruidos, normalidad, mientras yo intentaba aferrarme a eso. A lo normal. A lo sencillo. A lo que no dolía.

Hasta que lo vi.

Ethan estaba apoyado junto a la entrada del edificio. Como si perteneciera allí. Como si tuviera derecho a estar allí.

El estómago se me cerró antes de que mi mente terminara de procesarlo. Charlotte se detuvo en seco a mi lado.

—No puede ser… —murmuró.

Ethan levantó la vista y en cuanto nos vio, sonrió.

Esa sonrisa, la misma de siempre, la que antes significaba otra cosa, la que ahora no significaba nada bueno.

Se acercó despacio, como si quisiera darme tiempo a huir. Como si eso lo arreglara todo.

—Valentina —dijo.

Mi nombre sonó extraño en su boca. Forzado e incluso ensayado. Charlotte dio un paso hacia delante.

—No te acerques más —dijo ella.

Ethan la miró apenas un segundo, y luego volvió a mí.

—Necesito hablar contigo.

No respondí, no podía permitirme abrir esa puerta. Otra vez no.

—Solo cinco minutos —añadió.

—No —dije simplemente y sin dudar.

Ethan parpadeó. Como si no esperara esa respuesta tan directa.

—He cambiado —dijo rápidamente—. Ya no bebo como antes. He dejado las apuestas. Estoy trabajando en mí.

Lo escuché, de verdad que lo hice, pero no sentí nada. Ni pena. Ni nostalgia. Ni curiosidad. Solo cansancio.

—Eso es bueno para ti —respondí.

Ethan frunció el ceño.

—Valentina…

—No.

Mi voz fue más firme. Él se quedó quieto, esperando, como si creyera que en cualquier momento cambiaría de opinión. Como si yo fuera la misma de antes.

—Se acabó —dije.

Charlotte se colocó a mi lado sin decir nada, pero dejando claro que estaba presente.

Ethan miró a Charlotte un segundo. Luego volvió a mí.

—Todos cometemos errores —dijo—. Podemos arreglarlo.

Negué lentamente con la cabeza.

—No hay nada que arreglar.

—Sí lo hay.

—No.

Mi voz no subió de tono, ni tembló, ni dudó. Y eso fue lo que lo hizo más definitivo.

Ethan respiró hondo.

—Te quería.

Aquello sí me atravesó. No porque fuera mentira, sino porque ya no importaba.

—Yo también te quise —respondí.

Y era verdad. En pasado.

—Pero eso terminó.

Ethan dio un paso hacia delante y Charlotte se movió inmediatamente.

—He dicho que no te acerques.

Ethan la ignoró.

—Podemos intentarlo de nuevo —insistió—. Esta vez será diferente.

Me obligué a mirarlo directamente, sin apartar la vista, sin evitarlo.

—No va a ser diferente —dije—. Porque tú no has cambiado. Solo estás asustado.

Ethan abrió la boca para responder, pero no lo hizo. Porque no había nada que decir.

Charlotte aprovechó ese segundo.

—Vete —dijo con firmeza—. Ahora.

Ethan la miró. Luego volvió a mí durante unos segundos más.

Y entonces suspiró.

—No voy a rendirme —dijo.

No respondí, porque no había nada que negociar.

Ethan dio media vuelta y se marchó. Desapareciendo entre la gente como si nunca hubiera estado allí.

Pero sí había estado, y eso era lo peor.

La comida con Charlotte fue más silenciosa de lo habitual.

—Podría haber sido peor —dijo ella finalmente.

La miré.

—No ha sido bueno.

—No —Charlotte jugueteó con el tenedor—. Pero lo has manejado bien.

No respondí de inmediato porque no me sentía así.

—No quiero que vuelva a acercarse —dije.

Charlotte asintió.

—No va a hacerlo si depende de mí.

Sonreí un poco.

—Eso no me tranquiliza tanto como debería.

—Lo sé.

Silencio. Y luego añadió:

—Pero tú has sido muy clara.

—No lo suficiente.

Charlotte negó.

—Lo suficiente para cualquiera con dos dedos de frente.

Aquello me hizo soltar una breve risa, sin alegría, pero real.

Cuando llegué a casa, un poco más tarde de lo que esperaba, Mateo ya estaba esperándome en el salón con su mochila tirada en el suelo.

—¡Vale!

—Hola, campeón.

Se lanzó hacia mí como siempre, y por un momento todo lo demás desapareció.

—¿Sabes qué? —dijo emocionado—. En el cole hemos hablado de la feria de coches.

—¿Otra vez?

—¡Sí! Y el profe ha dicho que va a haber coches antiguos de verdad.

—Eso suena increíble.

—¡Podemos ir, ¿no?!

—Claro que sí.

Mateo sonrió como si le hubiera prometido el mundo, y en ese instante me di cuenta de algo.

Él era mi mundo. No había dudas. No había pasado. No había Ethan Monroe.

Solo él.

Y como la noche anterior, mientras cenábamos Mateo hablaba sin parar y yo le escuchaba, como siempre.

Hablamos de motores. De carreras. De coches. De sueños que aún no sabíamos si serían reales. Y por un rato el día dejó de pesar.

Cuando se fue a dormir, lo acompañé a su habitación. Le arropé y le di un beso en la frente mientras cerraba los ojos y daba gracias mentalmente por tenerle en mi vida.

—Te quiero —murmuré.

—Yo más —respondió él medio dormido.

Sonreí y salí de la habitación en silencio.

El apartamento volvió a quedarse en calma, pero esta vez no era la misma calma. No era paz, era otra cosa.

Me senté en el sofá sin encender la televisión, sin música, sin nada.

El mensaje del día anterior seguía ahí, dentro de mí. No el mensaje en sí, sino el hecho de que él había vuelto. Que había cruzado la línea. Que había intentado entrar otra vez. Y que, por primera vez en mucho tiempo, había sentido que el pasado podía empujar mi vida hacia donde quisiera.

Apagué la luz del salón y me quedé en la oscuridad, sin moverme, sin pensar en voz alta. Solo sintiendo una cosa que no me gustaba admitir.

Que mi paz no era tan sólida como creía.

Antes de dormir, cundo entré en mi habitación, cogí la foto de mi madre de la mesilla.

Ella sonreía, como siempre, como si el mundo no pudiera romperla.

La miré durante unos segundos y respiré hondo.

— No voy a volver a eso —susurré.

No había nadie que me respondiera, pero no lo necesitaba.

— Nunca más.

Dejé la foto de nuevo en su sitio y me metí en la cama con una promesa que esta vez no era un deseo. Era una decisión.

Y, aun así, mientras cerraba los ojos, una parte de mí sabía que el pasado no siempre pedía permiso.

A veces solo esperaba.