El secreto de mi chico Capítulo 8
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Capítulo 8

Nathaniel

No dormí. No de la forma habitual, con la mente ocupada en reuniones o cifras o decisiones pendientes. Aquella noche fue distinta.

La mente no estaba ocupada, estaba despierta.

Me quedé en la cama mirando el techo durante horas, sin moverme, sin buscar el móvil, sin encender la televisión. Sin hacer nada de lo que normalmente hacía para evitar pensar.

Porque esta vez ya había pensado demasiado.

«Desaparece unos días». La voz de Amelia seguía ahí. Clara, insistente y demasiado lógica para ignorarla.

«Vacaciones reales». La voz de mi madre también estaba ahí.

Dos mujeres distintas, dos estilos distintos, pero la misma idea. Y eso era lo realmente inquietante.

Me levanté antes del amanecer. La casa seguía en silencio. Ese tipo de silencio que solo existía en lugares demasiado grandes para una sola persona.

Caminé hasta la cocina y preparé café sin pensar demasiado. El gesto era automático, como todo lo demás en mi vida.

Encendí el portátil y volví a la rutina. Leer el correo, revisar las reuniones, la agenda, las notificaciones.

Veintisiete mensajes sin leer. Tres reuniones programadas. Dos decisiones urgentes. Una adquisición en revisión.

El mundo no se detenía. Y esperaba que yo tampoco lo hiciera.

Aun así, no abrí ninguno de los correos. Me quedé mirando la pantalla. Durante varios minutos, como si esperara que algo cambiara solo. Pero no cambió.

Suspiré y cerré el portátil. El sonido del cierre fue más fuerte de lo que debería, como una decisión.

A media mañana llegó la llamada que sabía que llegaría, y es que mi padre no sabía respetar el silencio.

Contesté antes del segundo tono.

—Padre.

—Nathaniel.

Su voz era la misma de siempre. Controlada y medida.

—He oído que te fuiste temprano de la oficina ayer.

No era una pregunta.

—Has oído bien.

Silencio.  Sabía que mi padre esperaba el motivo, pero no se lo di.

—Necesito hablar contigo —dijo.

—Estoy trabajando.

—No estás en la oficina.

—Trabajo desde casa, también.

—No es lo mismo.

Suspiré.

—Padre…

—Ven a la sede.

—Hoy no.

El silencio del otro lado fue inmediato.

—Es importante —dijo al fin.

—Todo es importante para ti.

—Esto lo es más.

No respondí. Porque sabía lo que venía. Lo sentía antes de que lo dijera.

—El consejo quiere una reunión extraordinaria.

Cerré los ojos un segundo.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

Perfecto. Siempre sobre mí.

—No estoy de humor.

—No es opcional.

Aquella frase sí me hizo abrir los ojos.

—Claro que lo es.

—Nathaniel.

—No.

Nos quedamos en silencio y pude escuchar a mi padre respirar hondo.

—Estás poniendo en riesgo la estabilidad de la empresa.

Solté una risa seca.

—No he hecho nada.

—Tu imagen importa.

—Otra vez con eso —resoplé.

—Importa.

Me apoyé en la encimera mirando el océano a través del cristal.

—Voy a tomarme unos días.

El silencio esta vez fue mucho más largo, tanto, que pensé que se había cortado la llamada, o que a mi padre le había dado un infarto de la impresión.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que voy a tomarme unos días.

—Eso es absurdo.

—Es necesario.

—No puedes desaparecer.

—Sí puedo.

—Nathaniel.

—No es negociable.

Mi padre tardó unos segundos en responder y, cuando lo hizo, su voz era más baja y controlada, pero también más tensa.

—Esto no es un capricho.

—Tampoco lo es lo mío.

—Te estás alejando de tus responsabilidades.

—Estoy agotado.

Aquello salió más honesto de lo previsto. Mi padre no respondió de inmediato y, por un segundo, pensé que quizá había escuchado.

Quizá, pero no.

—Hablaré con el consejo —dijo finalmente.

—Haz lo que quieras.

—Nathaniel…

—Necesito tiempo.

—El tiempo no soluciona nada.

—En mi caso sí.

Colgué antes de que pudiera responder y me quedé mirando el teléfono en silencio, con el pulso ligeramente acelerado. No por miedo, sino por la decisión que había tomado.

Por primera vez había cortado la conversación sin esperar aprobación, sin justificarme y sin suavizarlo, y no me sentí culpable.

A media tarde, Amelia apareció sin avisar, como siempre.

—Sabía que estabas aquí —dijo entrando.

—Eso es inquietante.

—Soy tu hermana.

—Eso lo empeora.

Amelia dejó su bolso sobre la mesa y miró alrededor.

—Has tomado una decisión —dijo, y no era una pregunta.

—¿Cómo lo sabes?

—Hermanito, tienes cara de «voy a hacer algo que probablemente enfadará a todo el mundo».

La miré.

—Qué específico.

—Te conozco.

Me crucé de brazos.

—Voy a desaparecer unos días.

Amelia no pareció sorprendida ni preocupada, ni siquiera feliz. Solo… tranquila.

—Bien.

Parpadeé.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—No —dijo mientras se sentaba—. Es lo correcto.

Aquello me descolocó más que cualquier discusión.

—Pensé que intentarías convencerme de lo contrario.

—¿Por qué?

—Porque normalmente lo haces.

Amelia sonrió ligeramente.

—Normalmente estás evitando el problema.

—¿Y ahora?

—Ahora lo estás mirando de frente.

Esa frase se quedó conmigo.

—¿Te vas a pelear con papá? —preguntó.

—Ya lo he hecho.

—Perfecto.

—No es perfecto.

—Claro que no. Es necesario.

Suspiré pasándome la mano por la frente.

—No sé cuánto tiempo estaré fuera.

—Ni falta que hace.

—No es muy tranquilizador por tu parte que me digas eso.

—No estoy aquí para tranquilizarte.

Me observó y bajó un poco la voz.

—Estoy aquí para asegurarme de que no te arrepientes.

Aquello sí me hizo dudar.

—¿Y si me arrepiento?

Amelia se encogió de hombros.

—Volverás.

—No estarás planeando hacerte con el control de la empresa, ¿verdad? —arqueé la ceja.

—Oh, por favor, Dios me libre de usurpar el trono. De ser así, creo que acabaría decapitada por alguien contratado por el consejo, como en la Edad Media.

Y así, sin más, mi hermana pequeña consiguió que me relajara, solo un poco, y que sonriera al escuchar aquello.

Esa noche empecé a preparar las cosas sin planificar nada realmente.

Ropa básica. Un par de camisas. Un portátil que, probablemente, no debería llevar y que miré durante unos segundos. Lo dejé dentro pero entonces recordé las palabras de mi hermana.

Amelia tenía razón. No iba a trabajar.

Saqué el portátil, lo dejé en la mesa, lo miré otra vez y asentí. Nada de trabajo por unos días.

Antes de dormir, me quedé frente al ventanal.

El océano estaba oscuro y sin movimiento visible. Como si el mundo entero hubiera decidido callarse.

Por primera vez no pensé en la empresa, ni en mi padre, ni en el consejo, ni en cifras. Pensé en mí, y solo en mí

Y supe que no había vuelta atrás. Mañana me iría sin un destino claro, sin un plan, sin controlarlo todo.

Todo lo que había sido mi vida quedaba atrás, y mientras apagaba las luces de la mansión, el silencio no sonó igual.

Esta vez sonó como el principio de algo nuevo.