Capítulo 7
Nathaniel
Acepté la cena porque no tenía ninguna excusa creíble. Y porque, en realidad, tampoco quería inventarla.
Mi madre no solía pedir cosas, y cuando lo hacía, normalmente era porque importaban.
Victoria Blackwood había elegido un restaurante tranquilo en Santa Mónica, lejos de los focos habituales, lejos de los sitios donde la gente reconocía mi apellido antes que mi cara.
Llegué diez minutos tarde, pero no le importó, como siempre.
Ya estaba sentada cuando entré, con la calma de alguien que nunca había tenido prisa en su vida.
—Llegas puntual para tus estándares —dijo nada más verme.
—He mejorado.
—Eso es discutible.
Me senté frente a ella y por un instante no hablamos, simplemente nos miramos.
Había algo extraño en ella esa noche. No era preocupación, era como si supiera exactamente por qué estaba allí antes de que yo abriera la boca.
—Tu padre fue a verte —dijo finalmente, y no era una pregunta.
Asentí.
—Sí.
Mi madre no reaccionó con sorpresa, solo con comprensión.
—Ya me lo imaginaba.
—¿Te lo dijo él?
—No era necesario.
Suspiré lentamente.
—Fue un desastre.
Mi madre levantó ligeramente una ceja.
—¿Un desastre?
—Sí.
—Eso es muy descriptivo.
—No quiero revivirlo.
Mi madre apoyó las manos sobre la mesa.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
Aquello me desarmó un poco, porque no había juicio en su voz. Ni presión, ni expectativa. Solo escuchaba.
Algo poco habitual en mi vida.
—Dímelo como tú lo viviste —añadió.
Y lo hice. No todo, ni con detalles innecesarios, pero sí lo suficiente.
La reunión. El consejo. Las palabras de mi padre. La presión. La discusión.
Mientras hablaba, mi madre no me interrumpió ni una sola vez, ni una. Y eso, de alguna forma, hacía que todo resultara más real.
Cuando terminé, el ruido del restaurante volvió a ocupar el espacio. Cubiertos. Conversaciones lejanas. Música suave. Normalidad en estado puro.
Mi madre tardó unos segundos en hablar.
—William está asustado.
Fruncí el ceño.
—No lo parecía.
—No siempre lo demuestra bien.
—Eso es quedarse corto.
Mi madre sonrió ligeramente.
—Sí —bebió un sorbo de agua—. Pero no es lo importante ahora.
La miré.
—¿No?
—No.
Su respuesta fue firme, sencilla y clara.
—Lo importante eres tú.
Aquello me incomodó, no porque fuera falso, sino porque era demasiado directo.
—Estoy bien.
Mi madre me observó durante un segundo.
—No.
Suspiré.
—Mamá…
—Nathaniel.
El uso de mi nombre completo siempre significaba lo mismo. Me prestaba atención y me escuchaba.
—No estás bien —repitió—. Estás agotado.
No respondí, porque era verdad. Y no tenía sentido negarlo.
Mi madre bajó un poco la voz.
—Te estás quedando sin espacio para respirar.
Aquella frase se me quedó clavada, porque describía exactamente lo que sentía, aunque nunca lo hubiera dicho así.
—No sé cómo parar —admití finalmente.
Las palabras salieron más bajas de lo esperado. Más honestas también. Mi madre no pareció sorprendida, sino un poco más triste de lo habitual.
—Lo sé.
—Todo depende de mí.
—No todo.
—Casi todo.
Mi madre negó suavemente con la cabeza.
—No tienes que cargar con el mundo entero.
—He sido entrenado para hacerlo.
—Y aun así no es necesario.
Guardé silencio, porque discutir aquello era inútil. Ella no iba a cambiar de opinión y yo tampoco.
Nos quedamos en silencio unos segundos, y entonces cambió el tono de la conversación.
—No deberías casarte por presión —dijo, y levanté la vista—. Tu padre no entiende eso.
—Ya.
—Ni el consejo tampoco.
—También.
Mi madre apoyó la espalda en la silla.
—Pero tú tampoco quieres hacerlo.
No era una pregunta, era una afirmación. Y no supe responderla porque no era del todo cierto.
Ni del todo falso.
—No lo sé —dije al fin.
Mi madre asintió lentamente, como si esa respuesta fuera suficiente.
—Eso es más honesto.
Me pasé una mano por la nuca.
—Todo esto es absurdo.
—Lo es.
—Se supone que debería ser más sencillo.
—Nada importante lo es.
La miré.
—¿Tú te casaste por la presión?
Mi madre me sostuvo la mirada sin pestañear.
—No.
—¿Entonces?
—Me casé porque quise.
Aquella respuesta era demasiado simple para todo lo que yo estaba sintiendo.
—Yo no quiero eso —dije, y mi madre ni se inmutó.
—Entonces no lo hagas —me miró y se quedó en silencio—. Tu padre cree que el poder exige ciertas cosas —continuó.
—Lo sé.
—Y parte del mundo empresarial también.
—También lo sé.
Mi madre inclinó ligeramente la cabeza.
—Pero tú nunca has sido superficial, Nathaniel.
Aquello me hizo fruncir el ceño.
—¿No?
—No.
Su voz no admitía discusión.
—Nunca has tomado decisiones por apariencia.
—He tomado muchas decisiones por responsabilidad.
—No es lo mismo.
—A veces se siente igual.
Mi madre sonrió con suavidad.
—Eso es porque llevas demasiado tiempo sin preguntarte qué quieres tú.
La frase quedó en el aire. Aparté la mirada hacia la ventana y contemplé las luces de Santa Mónica brillando al otro lado del cristal.
—No lo sé —repetí.
Mi madre no insistió. En lugar de eso, cambió el rumbo de la conversación con una calma sorprendente.
—Te vendrían bien unas vacaciones.
Volví a mirarla.
—Tengo trabajo.
—No te he preguntado eso.
—No puedo desaparecer.
—Sí puedes.
—No es tan simple.
Mi madre sonrió.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad.
—No.
—Sí.
Mi madre apoyó los codos sobre la mesa.
—No te estoy diciendo que viajes por trabajo.
—Eso ya lo hago.
—Exacto.
—Entonces, ¿qué estás diciendo exactamente?
Mi madre me observó con una paciencia infinita.
—Vacaciones reales.
Parpadeé.
—¿Reales?
—Sin llamadas.
—Imposible.
—Sin reuniones.
—No funciona así.
—Sin consejos de administración.
—Mamá…
—Sin ser CEO.
Me quedé en silencio. Aquello último fue lo que cambió algo dentro de mí. No porque fuera atractivo, sino porque era impensable.
—Eso no existe —dije.
—Sí existe.
—Para mí no.
—Para ti también.
Mi madre se inclinó ligeramente hacia delante.
—Nathaniel.
—¿Qué?
—No puedes arreglar tu vida si nunca sales de ella.
Aquello no lo discutí, porque no supe cómo.
—Estás cansado —repitió.
Asentí lentamente. Esta vez sin resistirme.
—Sí.
—Entonces descansa.
No sonaba a orden, ni a consejo. Sonaba a algo mucho más simple. A permiso.
Terminamos la cena poco después, sin grandes discursos. Como siempre que estaba con ella.
Mi madre tenía esa forma de estar en el mundo. No obligaba ni forzaba, solo dejaba espacio. Y eso, en mi caso, era casi peligroso.
Antes de levantarnos, me miró una última vez.
—Algún día aparecerá una mujer que pondrá tu mundo patas arriba.
Fruncí el ceño ligeramente.
—Mamá…
Ella no se detuvo.
—Pero no puedes encontrarla si sigues viviendo únicamente para la empresa.
No respondí, porque no había nada que añadir. Ni nada que discutir.
Solo una frase que se quedó conmigo cuando salimos del restaurante. Y que no dejó de repetirse en mi cabeza durante todo el camino.
Y no precisamente el de vuelta a casa, porque mi mejor amigo, y el mayor de mis tormentos en muchas ocasiones, escogió justo esta noche para que saliéramos a tomar una copa.
Ethan eligió el bar como si estuviera decidiendo una estrategia empresarial.
— Confía en mí —dijo cuando me llamó por teléfono—. Necesitas aire. Y alcohol caro.
— Eso último no era necesario.
— Siempre lo es.
Y había aceptado, no porque me apeteciera especialmente, sino porque Ethan Walker tenía una habilidad peligrosa: sabía cuándo insistir lo suficiente como para ser imposible ignorarlo.
Nos vimos en un local elegante con vistas al océano. Cristal, madera oscura y luz cálida. Demasiado perfecto para ser casual. Demasiado caro para ser discreto.
Ethan ya estaba sentado cuando llegué.
—Llegas cinco minutos tarde —dijo.
—He mejorado.
—Mentira.
Me senté frente a él.
—Gracias por venir.
—No me des las gracias todavía.
—Eso suena amenazante.
—Lo es.
Sonrió, y levantó su vaso.
—Whisky.
—A las diez de la noche.
—Me he contenido. Podría ser peor.
—Lo dudo —respondí cogiendo el que había pedido para mí y chocamos los vasos.
El primer trago fue suficiente para notar cómo la tensión del día empezaba a aflojarse.
—Tienes mala cara —dijo Ethan.
—Eso parece ser tendencia últimamente.
—¿William?
Asentí.
—Otra vez.
Ethan soltó una carcajada breve.
—Tu padre tiene una obsesión preocupante con tu vida privada.
—No eres el primero en decirlo.
—Porque es evidente.
Dio otro sorbo.
—¿Qué ha pasado esta vez?
No le conté todo, pero le hablé de ello. No necesitaba hacerlo, pero sí lo suficiente.
La reunión. El consejo. La presión. La conversación con mi madre.
Ethan escuchó sin interrumpir, algo poco habitual en él.
Cuando terminé, dejó el vaso sobre la mesa con calma.
—Vale.
—¿Vale?
—Estoy procesándolo.
—¿Y?
Se recostó en la silla.
—Tu padre quiere que te cases.
—Correcto.
—El consejo quiere una imagen estable.
—Correcto.
—Y tú no quieres casarte.
—Correcto.
—Perfecto.
Fruncí el ceño.
—¿Qué parte es perfecta exactamente?
Ethan sonrió. Esa sonrisa que normalmente precedía a una idea mala. Muy mala, de hecho.
—Tengo una solución.
Me quedé en silencio.
—No.
—Si todavía no saber lo que voy a decir.
—Da igual. No.
—Nathaniel, confía en mí.
—Eso nunca termina bien.
—Esta vez sí.
—Ethan.
—Escúchame.
Suspiré.
—Habla.
Ethan apoyó los codos en la mesa y se inclinó ligeramente hacia delante, como si estuviera a punto de revelar el secreto del universo.
—Un casting.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Un casting.
—¿Un casting?
—Ajá —y ahí estaba de nuevo esa sonrisa.
—No.
—Sí.
—No.
—Nathaniel.
—No.
—Escucha el plan completo.
Me pasé una mano por la cara.
—Esto ya me está cansando.
Ethan continuó, ignorándome por completo.
—Buscamos una candidata perfecta.
—No existe. Mi padre la tendría, por mucho que diga que esa mujer es perfecta para mí.
—Sí existe.
—No.
—Déjame terminar.
Suspiré.
—Esto es una mala idea.
—Es brillante.
—Es delirante.
—Es estratégico.
Lo miré fijamente.
—Ethan.
—Bien. Escucha —dijo ignorando mi tono, y le dio otro trago a su whisky.
—Encuentras a alguien.
—No.
—Sí.
—Ethan.
—Nathaniel.
El intercambio ya era casi rutinario.
—Te casas.
Me quedé quieto.
—No.
—Es temporal.
Aquello hizo que levantara una ceja.
—¿Temporal?
—Uno o dos años.
—Eso es un matrimonio.
—Técnicamente.
—No.
Ethan hizo un gesto con la mano.
—Escúchame.
—Te escucho y cada vez es peor.
—Los medios se calman.
—No.
—El consejo se tranquiliza.
—No.
—Tu padre deja de presionarte.
—No.
Ethan frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—Porque después del divorcio volverían a empezar.
Silencio. Ethan parpadeó.
—Eso… es posible.
—No es posible. Es seguro.
—Vale, eso no lo había pensado.
Levanté el vaso.
—Me alegra.
—Pero podríamos gestionarlo.
—No.
Ethan suspiró.
—Vale, quizá no es perfecto.
—Definitivamente, no lo es.
—Pero funcionaría un tiempo.
—Un tiempo no es una solución.
—Es un alivio.
Me apoyé en el respaldo de la silla.
—No necesito un alivio.
—Lo necesitas.
—No.
Ethan me observó durante unos segundos, y su expresión se suavizó un poco.
—Estás agotado, Nathaniel.
—Eso es lo que me dicen todos hoy.
—Porque es verdad.
No respondí. Porque lo era.
Ethan giró el vaso entre los dedos.
—Mira, no estoy diciendo que sea una idea brillante.
—No lo es.
—Ni romántica.
—Desde luego.
—Pero es práctica.
—Es absurda.
—Es eficiente.
Negué con la cabeza.
—Tiene demasiados agujeros.
—¿Como qué?
—Como que después del divorcio volverían a exigirme lo mismo.
Ethan hizo una pausa.
—Vale.
—Y como que no puedes construir algo así sin que explote.
—Vale.
—Y como que no quiero convertir mi vida en una farsa.
Ethan suspiró.
—Eso último es razonable.
—Gracias.
—Pero…
Lo miré.
—Siempre hay un pero —suspiré.
—Podríamos pulirlo.
—No.
Ethan sonrió ligeramente.
—Lo estás descartando demasiado rápido.
—Lo estoy descartando perfectamente rápido.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Luego Ethan se terminó el whisky.
—Vale, quizá no es mi mejor idea.
—No, no lo es.
—Pero admite que te has reído.
Lo miré, y era verdad. Me había reído, una leve risa, pero lo había hecho.
—Eso no significa nada.
—Significa que sigues siendo humano.
—No lo uses contra mí.
—Demasiado tarde.
La conversación siguió un rato más. Entre bromas, ideas absurdas, comentarios sobre el trabajo, inversiones y coches que probablemente nunca conduciríamos de forma responsable.
Y por un momento me olvidé de todo.
De mi padre. Del consejo. De la presión. De las expectativas.
Solo estaba Ethan. Y yo. Como siempre había sido.
Pero el efecto no duró. Nunca duraba.
Cuando salimos del bar, el aire frío de la noche me golpeó de lleno.
Ethan se despidió con una palmada en el hombro.
—Piénsalo.
—No.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre es cierto.
—Te escribo mañana.
—No lo hagas.
—Lo haré.
Lo vi alejarse riéndose, y luego me quedé solo otra vez.
El trayecto hasta la mansión fue silencioso. El coche atravesó la carretera junto al océano sin apenas tráfico. Las luces de la ciudad quedaban atrás y, con ellas, cualquier ruido humano.
Cuando llegué, la casa estaba completamente oscura. Entré, cerré la puerta y el silencio me recibió con más presencia.
Margaret y Harold ya dormían y sentía que la mansión estaba vacía.
Caminé por el pasillo, el eco de mis pasos era lo único que me acompañaba. Y entonces lo sentí.
Algo extraño. Una conciencia incómoda.
No era tristeza exactamente. Era otra cosa.
Soledad. No la soledad de las vistas al océano, ni la soledad del éxito. Sino la real. La que aparecía cuando nadie estaba mirando.
Me detuve en el salón y miré alrededor. Todo se veía perfecto. Todo caro. Todo impecable. Y aun así… Estaba vacío.
Suspiré, y por primera vez en mucho tiempo no intenté ignorarlo.
Subí las escaleras despacio, entré en el despacho y me quedé mirando el ventanal.
El océano seguía allí. Inmenso e indiferente, como siempre. Pero ahora lo veía distinto.
No como libertad, sino como distancia. Y entonces lo entendí.
Mi madre tenía razón. Necesitaba desaparecer. No para huir, sino para recordar quién era cuando el mundo dejaba de exigirme ser alguien.
Y esa idea ya no parecía una posibilidad. Parecía inevitable.