Capítulo 6
Valentina
Aquel día empezó como todos los demás.
Demasiado temprano, demasiado rápido y demasiado lleno de cosas por hacer.
Ya estaba revisando correos en el despacho cuando escuché el golpe suave en la puerta. Ni siquiera levanté la vista.
—Adelante.
La puerta se abrió y antes de que pudiera reaccionar, una voz familiar llenó la habitación.
—Buenos días, secretaria favorita.
Suspiré.
—Buenos días, Daniel.
Levanté la vista y allí estaba Daniel Foster. Director de ventas, treinta y cinco años, demasiado atractivo para ser legal en un entorno laboral, con dos cafés en la mano y esa sonrisa que parecía no desaparecer nunca.
—He pensado que podrías estar muriéndote lentamente sin cafeína.
—Qué considerado.
—Lo soy en muchas cosas.
Dejó uno de los cafés sobre mi escritorio. El otro lo mantuvo en la mano.
—¿Este es mío?
—No.
—Entonces qué haces dándomelo.
—Estoy creando expectativa.
—Daniel…
—Valentina.
Lo miré fijamente. Él sonrió aún más, y finalmente me tendió el café.
—Vale, sí. Es tuyo.
—Gracias.
—De nada.
Se apoyó en el borde de la mesa sin pedir permiso, como siempre.
—¿Has dormido?
—Sí.
—Mentira.
—He descansado.
—Eso es diferente.
—Mucho.
Daniel dio un sorbo a su café y me observó como si estuviera analizando algo que yo misma no veía.
—Estás muy seria últimamente.
—Estoy trabajando.
—Siempre estás trabajando.
—Es mi trabajo.
—No, Valentina —se inclinó un poco hacia mí—. Es tu vida.
Suspiré.
—No empieces.
—Empecé hace años.
No pude evitar sonreír. Porque con Daniel era imposible no hacerlo.
Tenía esa habilidad irritante de romper cualquier tensión con una frase absurda.
—¿Qué quieres?
—Verte.
—Me ves todos los días.
—No suficiente.
—Eso suena a problema tuyo.
—Lo es —se llevó una mano al pecho—. Estoy sufriendo en silencio.
—No parece muy silencioso.
—Es una interpretación artística.
Negué con la cabeza.
—Eres imposible.
—Y tú sigues sin casarte conmigo.
Me quedé mirándolo.
—Otra vez no.
—Valentina, estoy siendo constante.
—Estás siendo repetitivo.
—La persistencia es atractiva.
—La insistencia es agotadora.
Daniel suspiró dramáticamente.
—Algún día dirás que sí.
—No.
—Sí.
—Daniel —suspiré.
—Vale —levantó las manos—. Hoy no es el día.
—Nunca es el día.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
Sonrió, y durante un segundo su expresión cambió y se volvió menos bromista y más sincera.
—Me gustas mucho, Val.
Aquello me dejó quieta, porque detrás del humor siempre estaba eso. Una verdad que ninguno de los dos nombraba demasiado.
Tragué saliva.
—Lo sé.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Es complicado.
—Mi especialidad.
Le lancé una mirada de advertencia.
—Daniel…
—Vale, vale —volvió a su tono habitual—. Solo cafés y dignidad hoy.
—Eso ya es bastante milagro.
—Lo sé —sonrió y se enderezó—. Nos vemos luego.
—¿Tenemos reunión? —pregunté frunciendo el ceño.
—Tenemos reunión.
—Perfecto.
Se detuvo en la puerta.
—Valentina.
—¿Sí?
—Deberías dormir más.
—Deberías dejar de intentar casarte conmigo.
—Nunca —respondió, y se fue dejándome el despacho lleno de café y de una sensación extraña que preferí ignorar.
Charlotte no tardó en aparecer. Tenía esa habilidad de entrar en mi vida como si fuera suya.
Que, en realidad, de algún modo, lo era.
—Hora del almuerzo.
—Tengo trabajo.
—Almuerzo.
—Trabajo.
—Valentina.
—Charlotte.
—He traído comida.
Suspiré.
—Eso es trampa.
—Es estrategia.
Entró sin esperar respuesta y dejó una bolsa sobre la mesa.
—Tu jefe no te va a matar por una hora.
—Depende del día.
—Hoy no es ese día.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo lo he decidido.
La miré.
—Eso no es tranquilizador.
—Funciona en el setenta por ciento de los casos.
Nos sentamos en una pequeña sala de reuniones, como hacíamos siempre. Era nuestro pequeño refugio dentro del caos del trabajo.
Charlotte abrió la comida.
—Necesitas salir más.
—Ya empezamos —volteé los ojos.
—Sí.
—Charlotte…
—Valentina.
Suspiré.
—Estoy bien.
—No.
—Sí.
—No.
—Estoy ocupada.
—Eso no es lo mismo.
Me observó fijamente y dejó de bromear. Al menos un poco.
—No has tenido una relación seria desde hace años.
Me quedé callada.
—No necesitas recordármelo.
—No lo digo como crítica.
—Entonces ¿cómo lo dices?
—Como preocupación.
Aquello me desarmó un poco, porque Charlotte nunca hablaba así. No conmigo, porque nunca solía decirlo en serio.
—No todo el mundo necesita una relación constante.
—No he dicho eso.
—Entonces qué dices.
Charlotte apoyó los codos sobre la mesa.
—Digo que parece que te estás escondiendo.
La miré fijamente.
—No me estoy escondiendo.
—Valentina…
—Estoy trabajando.
—Otra vez eso.
—Es la verdad.
Charlotte suspiró, y bajó un poco la voz.
—Tú no eres fría.
Aquello me dolió más de lo que esperaba.
—Nunca lo has sido. Te estás protegiendo.
Negué lentamente con la cabeza.
—No tienes ni idea.
—Sí la tengo.
La miré, y por primera vez no supe qué responder. Porque una parte de mí sabía que Charlotte tenía razón.
Pero otra… Otra no quería aceptarlo.
—¿Alguna vez piensas volver a enamorarte?
La pregunta cayó directa. Sin aviso, sin tiempo para protegerme y sin escapatoria.
Me quedé quieta, con el tenedor en la mano. Sin moverme y sin hablar. Y por un instante el mundo pareció demasiado silencioso.
—No lo sé —respondí finalmente.
Y fue la primera vez que esa respuesta sonó completamente honesta.
Charlotte no insistió, pero su mirada lo dijo todo. Porque sabía que aquella respuesta no era solo una duda. Era una herida abierta. Y yo aún no lo sabía, pero algo dentro de mí ya había empezado a moverse.
Volví a casa más tarde de lo habitual.
El tráfico de Los Ángeles siempre tenía ese talento especial para hacerte sentir que el día era más largo de lo que debería.
Charlotte se había despedido con un abrazo rápido y una advertencia:
— No te encierres demasiado en tu cabeza.
Le respondí con una sonrisa, de las que no significaban nada, y ahora, mientras subía las escaleras del edificio, sentía el cansancio acumulado en los hombros.
No solo físico, también mental.
Abrí la puerta del apartamento con cuidado, intentando no hacer ruido por si Mateo ya estaba dormido.
—¿Mateo? —llamé en voz baja.
Silencio. Eso significaba que probablemente estaba en su habitación con algún libro de coches o viendo vídeos de Fórmula 1 en el móvil.
Sonreí sin querer.
— Otra vez con los Red Bull… —murmuré.
Cerré la puerta y en el suelo, justo debajo de la puerta, vi una carta.
Me quedé inmóvil y durante unos segundos no me moví. No respiré bien. No pensé. Solo lo miré.
Porque antes de verla ya sabía lo que era. No necesitaba abrirla. No necesitaba leer el nombre. Mi cuerpo ya lo había reconocido.
Esa caligrafía. Esa forma de inclinar las letras. Esa firma invisible del pasado.
Sentí un nudo en el estómago, uno que me resultó demasiado familiar.
Me agaché despacio y la recogí con dos dedos como si quemara. Porque en cierto modo lo hacía.
Me quedé de pie en mitad del salón, sin moverme. La carta pesaba más de lo que debería, y el aire del apartamento parecía más denso.
Mateo rio en su habitación. Un sonido lejano y familiar, sin embargo, yo me sentía completamente fuera de lugar.
Miré el nombre escrito en el sobre y el pasado volvió sin pedir permiso.
No abrí la carta, ni siquiera lo consideré. No quería saber qué decía, porque ya lo sabía.
No eran las palabras lo peligroso, era el hecho de que todavía existiera. De que hubiera vuelto a encontrarme. De que alguien hubiera decidido cruzar esa línea otra vez.
Tragué saliva y, sin pensarlo más, la rompí. Primero en dos. Después en cuatro. Luego en más.
Hasta que el papel dejó de parecer una carta y se convirtió en algo irreconocible. Pequeños fragmentos blancos cayendo sobre mis manos. Sobre el suelo. Sobre todo, lo que había construido para no pensar en ello.
Respiré hondo. Una vez, dos. Pero el aire no ayudaba. Porque los recuerdos no estaban en el papel. Estaban en mí. Y no se podían romper tan fácilmente.
La primera imagen llegó sin avisar.
Un coche. Una discusión. Una voz más alta de lo que debería.
Luego otra. El miedo. El intento de justificar lo injustificable. La sensación de estar atrapada en algo que no supe ver a tiempo.
Negué con la cabeza, como si así pudiera apartarlo, pero no funcionó. Nunca funcionaba.
Dejé los trozos de papel en la encimera y me apoyé en ella unos segundos cerrando los ojos, intentando volver a mí.
A mi casa. A Mateo. A mi vida. Pero algo había cambiado. Lo sentía.
Ese tipo de cambio silencioso que no hacía ruido, pero se quedaba. El que se instalaba sin pedir permiso. El que te obligaba a mirar atrás, aunque no quisieras.
Escuché pasos.
—¿Vale? —oí la voz de Mateo y abrí los ojos de golpe.
—Sí —respondí demasiado rápido.
Mi hermano apareció en la puerta de la cocina con el pelo revuelto y su pijama de coches.
—¿Estás bien?
Le sonreí inmediatamente, de manera instintiva.
—Sí, cariño. Todo bien.
Mateo me observó, demasiado atento para su edad, demasiado inteligente.
Había días en los que, por el trabajo, la madre de Charlotte lo recogía del colegio, se lo llevaba a casa para que pasara la tarde con ellos, y lo traía un poco antes de que yo llegara.
Él pensaba que se quedaba solo durante un rato, pero ella permanecía en el rellano hasta que yo la avisaba de que iba subiendo y se marchaba.
—Estás rara —dijo de pronto.
—Estoy cansada.
—No es eso.
Me quedé en silencio, y él se acercó un poco.
—¿Te han hecho daño otra vez?
Aquella pregunta me atravesó. Me agaché a su altura.
—No.
—¿Seguro?
Le acaricié el pelo.
—Seguro.
Mateo me miró unos segundos más y finalmente asintió. Pero no parecía convencido.
Nunca lo estaba cuando se trataba de mí.
—Vale…
—Ven aquí.
Lo abracé fuerte, como si necesitara asegurarme de que seguía ahí. De que nada había cambiado realmente.
—Te quiero —le susurré.
—Yo más —respondió él sin dudar.
Y en ese momento, por un segundo, volví a respirar.
Cuando Mateo se fue a dormir, el silencio regresó. Pero esta vez era distinto. Más pesado y más lleno.
Me quedé de pie en el salón durante varios minutos, mirando los restos de la carta sobre la encimera. Ya no era solo papel, era un recordatorio, un aviso.
Un error del pasado intentando volver a abrir una puerta que yo había cerrado a base de esfuerzo.
Me senté lentamente en el sofá y por primera vez en mucho tiempo sentí miedo. No del pasado en sí, sino de su capacidad para alcanzarme. Para volver a aparecer. Para desestabilizar lo que tanto me había costado construir.
Mateo. Mi trabajo. Mi vida. Todo.
Me llevé una mano a la frente y suspiré.
— Otra vez no…
Pero la frase no sonó como una orden, sonó como una súplica. Y eso fue lo que más me asustó. Porque yo no solía suplicar, nunca.
Miré hacia la habitación de mi hermano, ese lugar donde dormía tranquilo, envuelto en su inocencia, lejos de todo esto, y juré algo en silencio.
Que aquello no iba a llegar hasta él. Otra vez no. Jamás.
Y mientras apagaba la luz del salón, por primera vez en mucho tiempo, entendí que el pasado no siempre volvía con ruido.
A veces solo llamaba a la puerta.