El secreto de mi chico Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Tragué saliva y miré el océano, otra vez.

—¿Y si me equivoco? —pregunté.

Amelia sonrió ligeramente.

—Entonces vuelves. Pero si no te equivocas…

No terminó la frase, aunque en realidad no hizo falta.

El aire entre los dos se volvió más ligero, más abierto y más peligroso. Porque la idea estaba ahí. Flotando, creciendo e imposible de ignorar.

Amelia se levantó sacudiéndose las manos.

—Piénsalo.

—No.

—Sí.

—Amelia.

—Nathaniel.

Me dedicó una última mirada. De esas que no admitían réplica.

—No eres la empresa. Eres mi hermano.

Y se marchó. Así, sin más, dejándome sentado junto a la piscina. Otra vez solo.

Pero esta vez la soledad no era lo único que sentía. Porque por primera vez en mucho tiempo la idea de desaparecer unos días no parecía una locura.

Parecía una posibilidad, y eso era lo realmente peligroso.

La tarde se fue desvaneciendo sin que apenas me diera cuenta.

No entré en casa. No contesté llamadas. No revisé correos. No hice nada de lo que normalmente habría hecho.

Me quedé junto a la piscina, inmóvil, con la mirada perdida en el agua.

El reflejo del cielo cambiaba lentamente de color, pasando del azul intenso al naranja suave del atardecer. El tipo de escena que, en cualquier otra circunstancia, habría encontrado casi ridículamente perfecta.

Esta vez no. Esta vez solo parecía demasiado silenciosa.

Las palabras de Amelia seguían ahí, resonando en mi cabeza como si no tuvieran intención de marcharse.

«Estás funcionando». «No estás viviendo». «Desaparece unos días».

Apagué el móvil sin pensarlo demasiado. El gesto fue rápido y automático, pero después me quedé mirando la pantalla negra durante varios segundos. Como si hubiera hecho algo irreversible.

Quizá lo había hecho.

Lo dejé sobre la mesa, lejos de mí, y volví a mirar el océano.

La brisa era más fresca ahora, el sonido de las olas más constante, más profundo, más real. Y por primera vez en mucho tiempo no había ruido alrededor.

Ninguna reunión, ningún consejo, ninguna exigencia, ningún apellido pesando sobre mis hombros.

Solo yo y mis pensamientos. Y eso era exactamente lo que siempre había evitado.

Me recosté lentamente en la tumbona, cerré los ojos un momento y el silencio empezó a hablar más de lo que me gustaba admitir.

Vi a mi padre sentado frente a mí, intentando explicarme algo que no supo decir sin enfadarse.

Vi su cara cuando le dije lo de la familia normal y algo en mi pecho se tensó otra vez.

Porque no había sido una frase justa, lo sabía, pero había sido sincera. Y quizá por eso dolía más.

También vi a mi madre. Su voz, su calma, su forma de intentar equilibrarlo todo.

«¿Eres feliz?» Aquella pregunta volvió más insistente ahora, más incómoda.

No tenía respuesta y eso era nuevo. Yo siempre tenía respuestas. Siempre.

Suspiré, abrí los ojos de nuevo y el cielo ya estaba oscuro.

Las primeras luces de la ciudad comenzaban a encenderse a lo lejos. El mundo seguía funcionando, como siempre, sin detenerse, sin importar nada.

Y, sin embargo, yo seguía aquí, estancado en algo que no sabía nombrar.

Me incorporé despacio y caminé hasta el borde de la piscina. El agua reflejaba las luces de la casa como si fuera un espejo imperfecto.

Me quedé ahí unos segundos, observando, pensando. Y entonces lo entendí.

No era que no pudiera parar, era que no sabía quién era cuando paraba. Porque toda mi vida había sido una sucesión de objetivos.

Metas, responsabilidades, logros. Siempre algo que hacer, algo que resolver, algo que demostrar.

Y sin eso no quedaba nada claro.

Esa idea debería haberme asustado y en parte lo hizo, pero también había algo distinto esta vez.

Curiosidad, tal vez. O cansancio. O simplemente la necesidad de no seguir exactamente igual.

Me senté en el borde de la piscina y dejé que los pies tocaran el agua fría. Y por primera vez no intenté huir de mis pensamientos.

Los dejé quedarse. Todos. Sin filtro, sin orden ni control. Como si Amelia hubiera abierto una puerta que llevaba años cerrada.

Desaparecer unos días. La idea volvió, pero esta vez no la rechacé inmediatamente. Y me pregunté algo mucho más simple.

¿Qué pasaría si lo hacía? No para siempre ni como una huida definitiva. Solo unos días.

Sin reuniones, sin empresa, sin decisiones importantes, sin ser Nathaniel Blackwood el CEO. Solo Nathaniel.

El problema era que no tenía ni idea de quién era ese hombre, y eso debería haber sido una señal de alarma, pero no lo fue.

Fue otra cosa. Algo más peligroso y parecido a una oportunidad.

Solté el aire lentamente y apoyé la cabeza hacia atrás, mirando el cielo oscuro.

Las estrellas empezaban a aparecer una a una, como si el mundo, por fin, se tomara un respiro.

Y entonces lo decidí.

Me iba a ir. No sabía dónde, ni cómo, ni cuánto tiempo. Pero iba a hacerlo.

Apagué por completo la última parte de mí que seguía resistiéndose y me quedé allí, solo frente al océano, con una decisión que no cambiaba mi vida todavía, pero que acababa de empezar a hacerlo.

Y por primera vez en mucho tiempo no sentí que fuera una obligación.

Sentí que era una elección.