El secreto de mi chico Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Ninguno se movió durante unos segundos, y aquello resultó ridículamente incómodo.

Dos hombres adultos incapaces de despedirse correctamente. Era casi cómico. Casi.

Mi padre terminó incorporándose.

—Cuídate.

Aquellas dos palabras parecieron extrañas en su boca. Poco habituales, poco ensayadas, pero sinceras. Y eso era lo importante.

—Tú también.

Mi padre asintió una última vez y después simplemente se marchó. Sin más discusiones, sin reproches, sin vencedores, sin derrotados.

Escuché el motor de su coche desaparecer a lo lejos y permanecí sentado junto a la piscina mucho tiempo después.

Solo, completamente solo, observando el lugar donde había estado sentado.

Pensando demasiado, como siempre. No me sentía bien, tampoco me sentía mal.

Era algo más complejo. Algo más incómodo.

Porque una parte de mí estaba aliviada. Por fin había dicho la verdad, por fin había expresado algo que llevaba guardando años.

Pero otra parte seguía viendo la expresión de mi padre cuando pronuncié aquellas palabras. Y aquello me hacía sentir como un auténtico imbécil.

— Maldita sea.

Me pasé una mano por el rostro porque no quería hacerle daño, nunca había querido hacerlo. Solo quería que me escuchara. Que me entendiera. Que me viera.

Y quizá él quería exactamente lo mismo.

Aquella posibilidad resultaba tan incómoda como reveladora.

Mi teléfono vibró. Lo observé esperando encontrar algún mensaje suyo, pero no era él. Era mi hermana Amelia.

Amelia: Voy para allá.

Nada más. Ninguna explicación. Ninguna pregunta. Ninguna opción para poder negarme.

Sonreí por primera vez en toda la mañana, porque aquello era exactamente lo que haría mi hermana. Presentarse sin pedir permiso, sin avisar realmente, y sin aceptar jamás un no por respuesta.

Una hora después escuché un coche entrando en la propiedad.

No me moví, seguía sentado junto a la piscina, con los pies descalzos, una taza de café ya fría y una montaña de pensamientos que empezaban a resultar insoportables.

—Vaya.

La voz de Amelia llegó desde detrás.

—Tienes un aspecto horrible.

Suspiré.

—Hola a ti también.

—Lo digo desde el cariño.

—Eso lo empeora.

Mi hermana tomó asiento en la hamaca de enfrente.

Llevaba unas gafas enormes, una botella de agua y una expresión demasiado observadora. Mala señal.

—¿Ha venido?

—Sí.

—¿Y?

Miré el océano.

—Ha sido complicado.

—Eso significa que ha sido horrible.

—Más o menos.

Amelia asintió lentamente. Como si ya hubiera esperado aquella respuesta.

—Mamá me llamó.

—Por supuesto.

—Estaba preocupada.

—Ella siempre está preocupada.

—Porque os parecéis demasiado.

Aquello me hizo soltar una pequeña risa.

—Eso dice ella.

—Porque es verdad.

Durante unos segundos ninguno habló, y por una vez Amelia no intentó bromear. No intentó provocarme y no intentó hacerme reír.

Simplemente se quedó allí, acompañándome, y fue exactamente lo que necesitaba.

A veces las personas más importantes no solucionaban tus problemas, simplemente se sentaban a tu lado mientras intentabas hacerlo tú mismo.

Y mi hermana siempre había sido experta en eso. Mucho más de lo que la mayoría imaginaba.

—Le dije cosas bastante duras.

Amelia no pareció sorprendida.

—¿Necesitaba escucharlas?

Pensé en ello.

—Sí.

—Entonces deja de castigarte.

—No es tan fácil.

—Nunca lo es.

La observé, y descubrí algo curioso. Que quizá ella entendía mejor la situación de lo que yo creía. Porque ella también había crecido con el mismo padre. Con las mismas expectativas. Con las mismas ausencias.

Simplemente las había gestionado de forma distinta.

—¿Sabes qué creo? —preguntó finalmente.

—Probablemente voy a arrepentirme de preguntar.

—Sin duda.

Sonrió ligeramente, después añadió:

—Creo que papá está siendo injusto.

Aquello no me sorprendió.

—Pero también creo que tú llevas demasiado tiempo escondiéndote detrás del trabajo.

La sonrisa desapareció de mi rostro, porque aquellas palabras sí dieron en el blanco.

Y los dos lo supimos inmediatamente.

No respondí de inmediato porque si lo hacía, iba a hacerlo mal. Y porque Amelia tenía esa habilidad irritante de decir las cosas justas en el momento exacto.

Me levanté de la hamaca y caminé hacia el borde de la piscina.

El agua estaba quieta, demasiado quieta. Como si también estuviera escuchando la conversación.

—No me escondo detrás del trabajo.

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. Amelia soltó una pequeña risa.

—Claro.

—Es cierto.

—Nathaniel…

—Es cierto.

Me giré hacia ella. Mi hermana me observaba con esa mezcla de paciencia y agotamiento que solo alguien que te conocía desde siempre podía tener.

—Trabajar es mi responsabilidad.

—Sí.

—Dirijo una empresa de miles de millones.

—También.

—No es esconderse.

Amelia se cruzó de brazos.

—Entonces explícame por qué no paras nunca.

La pregunta quedó suspendida en el aire. No era acusatoria, al menos no del todo. Era real. Demasiado real.

—Porque hay cosas que hacer.

—Siempre hay cosas que hacer.

—Exacto.

—Eso no responde a mi pregunta.

Apreté la mandíbula, y miré el agua otra vez. Porque era más fácil que mirarla a ella.

—Si paro… todo se desordena.

Amelia soltó un suspiro lento.

—Eso no es verdad.

—Sí lo es.

—No.

—Amelia.

—Nathaniel.

Me giré otra vez. Ella no había cambiado de postura, seguía igual. Inmóvil, sosteniéndome la mirada sin miedo. Como siempre.

—No se te cae el mundo si dejas de trabajar dos días.

—No entiendes cómo funciona la empresa.

—Sí lo entiendo.

—No.

—Nathaniel, te entiendo mejor de lo que crees.

Aquello me hizo callar. Porque probablemente era cierto. Amelia continuó.

—No es la empresa la que no puede quedarse sin ti. Eres tú el que no sabe qué hacer si la empresa no está.

El silencio esta vez fue distinto. Más pesado e incómodo.

Noté un pinchazo en el pecho, leve pero constante.

—Eso es absurdo.

—No lo es.

—Sí lo es.

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que no tuviera que ver con trabajar?

La pregunta me golpeó directamente, y no supe responder. No porque no quisiera, sino porque no lo sabía.

Amelia arqueó una ceja.

—Exacto.

—Eso no significa nada.

—Significa todo.

Me pasé una mano por el pelo, molesto, cansado y frustrado.

—No necesito hobbies.

—No he dicho que necesites hobbies.

—Entonces qué estás diciendo.

Amelia se levantó lentamente y caminó hacia mí. Sin prisa y sin presión, pero con una claridad que resultaba imposible ignorar.

—Estoy diciendo que no estás viviendo, Nathaniel.

Aquello me dejó quieto, inmóvil, como si alguien hubiera apagado el ruido del mundo durante un segundo.

—Estás funcionando. Trabajo. Casa —enumeró—. Reuniones. Decisiones. Control. Todo, absolutamente todo, lo tienes que tener bajo control.

Su voz se suavizó un poco.

—Pero no hay nada más.

Sentí un nudo en la garganta. Uno tan molesto como inexplicable.

—Eso no es justo.

—No estoy siendo injusta.

—Sí.

—No.

Se detuvo frente a mí y bajó ligeramente la voz.

—Estoy siendo tu hermana.

Aquello me desarmó más que cualquier argumento porque era verdad.

Amelia no estaba hablando como ejecutiva, ni como heredera, ni como alguien acostumbrada a ganar discusiones. Estaba hablando como familia.

—Papá quiere controlarte.

—Ya lo sé.

—Pero tú le estás dejando hacerlo de otra forma.

Fruncí el ceño.

—¿De qué estás hablando?

—Del trabajo.

—No tiene sentido.

—Sí lo tiene.

—No.

Amelia suspiró, y por primera vez en toda la conversación pareció frustrada de verdad.

—Nathaniel, estás tan acostumbrado a demostrar que puedes con todo que has olvidado cómo es no tener que demostrar nada.

Aquello me dejó sin respuesta, porque dolía, porque era incómodo y porque, en el fondo, no podía negar que una parte de mí entendía exactamente lo que quería decir.

Amelia me miró durante unos segundos y entonces bajó un poco la intensidad.

—No puedes seguir así. Esto no es vida.

El silencio volvió, pero esta vez no fue incómodo.

Me senté lentamente en el borde de la piscina como si el cuerpo pesara más de lo normal.

—¿Y qué quieres que haga?

Amelia no respondió de inmediato, y eso fue lo peor. Porque significaba que lo había pensado. Que venía preparada. Que no era una conversación improvisada.

Se sentó a mi lado, más cerca ahora.

—Desaparece unos días.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Apaga el teléfono.

—Amelia…

—No lo pienses como huir.

—Es exactamente lo que estás diciendo.

—No —dijo y me miró con firmeza—. Es descanso.

—Eso no es descanso.

—Sí lo es.

—Tengo trabajo.

—Sobrevivirán sin ti.

Solté una risa breve, sin humor.

—No tienes ni idea de lo que dices.

—Sí la tengo.

—No.

Amelia apoyó las manos sobre sus rodillas y habló más despacio.

—Tienes miedo de parar porque cuando paras… piensas.

Aquello me dejó callado de verdad. Porque era peligrosamente cierto.

—Y cuando piensas —continuó—. Te das cuenta de cosas.

No dijo cuáles, pero no hacía falta. Ambos las conocíamos.

Soledad. Vacío. Rutina. Ausencia.

—No estoy vacío.

Mi voz salió más baja, menos segura. Amelia no me contradijo y eso fue peor que cualquier discusión.

—No he dicho eso.

—Lo has insinuado.

—He dicho que estás cansado.