Capítulo 5
Nathaniel
El día empezó mal, muy mal. Y eso que apenas habían pasado las siete de la mañana.
Había dormido poco, otra vez, nada nuevo. Llevaba años funcionando con menos horas de sueño de las recomendables, pero aquella noche había sido diferente.
Mi cabeza no había dejado de dar vueltas.
La reunión. Mi padre. La conversación con mi madre. Las palabras de Amelia. Todo se mezclaba una y otra vez, como una película imposible de detener.
Por eso, cuando bajé a desayunar, ya estaba de mal humor, y Margaret lo notó inmediatamente. Por supuesto. Margaret siempre lo notaba.
—Buenos días, Nathaniel.
—Buenos días.
Me observó unos segundos.
—Has dormido poco.
—¿También tienes poderes sobrenaturales?
—No.
Me sirvió café.
—Solo llevo toda una vida observándote.
—Eso explica muchas cosas.
—Entre ellas tu incapacidad para descansar.
Cogí la taza.
—Gracias por el optimismo.
—Para eso estoy.
Negué con la cabeza, y me dirigí hacia la terraza.
Necesitaba aire, silencio, océano. Cualquier cosa antes de enfrentarme a otra jornada interminable.
La brisa marina me golpeó el rostro en cuanto crucé las puertas de cristal. Normalmente aquello ayudaba, normalmente. Pero aquella mañana no.
Porque apenas avancé unos pasos cuando me quedé completamente inmóvil.
Había alguien sentado junto a la piscina, alguien que no debería estar allí.
William Blackwood. Mi padre.
Levanté la vista hacia la casa y vi que Harold estaba junto al coche y Margaret evitó mirarme. Traidores. Los dos.
—Buenos días.
Su voz sonó tranquila, como si aparecer sin avisar en mi casa a primera hora de la mañana fuera completamente normal.
—No.
Mi padre levantó una ceja.
—¿No?
—No son buenos días.
Tomé asiento frente a él.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a hablar contigo.
—Ya hablamos.
—No.
Su mirada permaneció fija en la mía.
—Discutimos.
No respondí, porque tenía razón. Y porque tampoco quería admitirlo.
Mi padre dejó la taza de café sobre la mesa.
—Nathaniel.
—Padre.
—No quiero seguir así.
Solté una carcajada seca.
—Curiosa forma de demostrarlo.
—Escúchame.
—Te escuché delante del consejo.
—No me refiero a eso.
—¿Entonces a qué?
Durante unos segundos permaneció en silencio, y algo en su expresión me hizo comprender que aquella conversación iba a ser diferente.
—No estoy intentando castigarte.
—Podrías haberme engañado.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también.
Su mandíbula se tensó, un gesto que conocía perfectamente. Porque yo había heredado exactamente el mismo.
—El problema no es la empresa.
—Claro que no.
—Déjame terminar.
Me crucé de brazos, esperando.
—El problema es la imagen.
Ahí estaba otra vez la palabra mágica. Imagen. Siempre la maldita imagen.
—Los accionistas hablan.
—Que hablen.
—Los medios especulan.
—Que especulen.
—Nathaniel...
—No me importa.
—Debería importarte.
—¿Por qué?
Mi padre apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Porque eres el rostro de Blackwood Global .
Sentí una presión inmediata detrás de los ojos, la misma que aparecía cada vez que tenía esta conversación.
—No.
—Sí.
—Soy una persona.
—También representas algo más grande que tú.
—Ahí está el problema.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué problema?
—Que nunca consigues verlo.
—¿Ver qué?
Lo observé, y comprendí que estaba cansado. Terriblemente cansado.
De justificarme, de explicar todo, de soportar y de callar.
Estaba muy cansado.
—A mí.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué?
—Nunca me ves a mí.
Mi padre no respondió, y continué. Porque una vez empezaba, ya no podía detenerme.
—Siempre ves al heredero.
—Nathaniel...
—Siempre ves al CEO.
—Escúchame.
—Siempre ves el apellido.
Mi voz se endureció, más y más. Hasta que resultó imposible contenerla.
—¿Sabes cuál es el problema?
—Nathaniel.
—¿Lo sabes?
Mi padre permaneció inmóvil.
—Dímelo tú.
Y entonces exploté. Por primera vez en años y de verdad. Sin filtros. Sin diplomacia. Sin intentar suavizar nada.
—El problema es que llevas toda la vida intentando controlar cada aspecto de la mía.
La tensión se volvió palpable, densa, pesada e inevitable. Pero ya era demasiado tarde para detener aquello.
—Controlaste dónde estudié.
—Quería lo mejor para ti.
—Controlaste mi carrera.
—Te preparé para liderar la empresa.
—Controlaste cada decisión importante.
—Porque eras joven.
—Y ahora intentas controlar incluso con quién debería casarme.
Mi padre se puso de pie lentamente.
—Eso no es justo.
Solté una risa amarga.
—¿No?
—No.
—Claro que sí.
—Todo lo que hice fue por esta familia.
—Exacto.
Las palabras escaparon de mi boca antes de poder detenerlas, y en cuanto lo hicieron supe que aquello iba a dolernos a ambos.
—Siempre la familia.
Mi padre me observó confundido y molesto. Y quizá algo herido.
—Porque la familia está por encima de todo.
Aquella frase, aquella maldita frase, la había escuchado toda mi vida. Miles de veces. Y por primera vez decidí responder exactamente lo que pensaba.
—No.
El silencio cayó sobre la terraza volviéndose más pesado de lo que me habría gustado. Mi padre parpadeó como si no hubiera entendido bien.
—¿Qué has dicho?
Lo miré directamente sin apartar la vista, sin retroceder, sin esconderme.
—He dicho que no.
—Nathaniel...
—Porque si la familia hubiera estado por encima de todo...
Mi voz bajó e incluso yo noté que sonaba más fría, dura y sincera que nunca.
—Habrías estado más tiempo en casa.
Vi algo cruzar sus ojos, algo parecido al dolor, pero ya no podía detenerme.
—Si la familia hubiera estado por encima de todo —hice una pausa—. Habríamos sido una familia normal.
Y entonces el mundo pareció quedarse completamente en silencio.
No importaba nada. Ni el viento, ni el océano, ni los pájaros. Nada.
Solo nosotros dos, mirándonos, y comprendiendo que acabábamos de cruzar una línea de la que no era posible regresar.
Porque aquellas palabras no hablaban del presente. Hablaban de toda una vida.
De ausencias, de cumpleaños perdidos, de cenas vacías, de promesas aplazadas. De años enteros sacrificados por una empresa.
Y los dos lo sabíamos perfectamente.
Mi padre bajó la mirada por primera vez, y eso me dolió más de lo que esperaba. Porque jamás había visto a mi padre quedarse sin palabras. Jamás.
Y por primera vez no tenía ninguna.
Durante varios segundos ninguno de los dos habló. Ni siquiera fui capaz de apartar la mirada.
Porque después de tantos años, después de tantas conversaciones inacabadas, después de tantos silencios, aquello había salido por fin. Y ya no podía recuperarlo.
Mi padre seguía de pie junto a la mesa, con los hombros tensos, la mandíbula apretada y una expresión que apenas le había visto un puñado de veces en toda mi vida.
Parecía cansado, mucho más de lo que recordaba. Mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Y, por primera vez, tuve la desagradable sensación de que quizá tampoco él era tan invencible como siempre había parecido.
—Nunca pensé que sintieras eso.
Su voz sonó más baja, más humana y más vulnerable de lo que la había escuchado en mi vida. Aquello me sorprendió, porque no esperaba vulnerabilidad.
Esperaba enfado, una discusión aún mayor, otro enfrentamiento. No aquello.
—Porque nunca lo preguntaste.
Las palabras salieron sin dureza, sin ira, solo con cansancio.
Mi padre bajó lentamente la vista hacia la taza de café que ya estaba fría, como la mía. Como aquella conversación.
—Creía que estabas orgulloso.
Aquello me golpeó con fuerza, no porque fuera mentira, sino porque era verdad. Al menos en parte.
—Lo estoy —dije.
Mi padre levantó la cabeza y me observó, sorprendido.
—Estoy orgulloso de lo que construiste —continué.
La sinceridad resultaba incómoda, pero necesaria.
—Estoy orgulloso de la empresa. Orgulloso de tu trabajo. Orgulloso de todo lo que lograste —hice una pausa—. Pero eso no significa que no echara de menos a mi padre.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Uno diferente. Más doloroso y más sincero. Porque por primera vez no discutíamos sobre el futuro, estábamos hablando del pasado. Y eso era mucho más peligroso.
Mi padre pasó una mano por su cabello canoso, un gesto nervioso, algo extraño en él ya que nunca dejaba que el resto del mundo le viera vulnerable.
—Todo lo que hice fue por vosotros.
—Lo sé.
—Quería asegurar vuestro futuro.
—Lo sé.
—Quería que nunca os faltara nada.
—Lo sé.
Mi voz se suavizó, porque lo entendía, de verdad que lo entendía. Nunca había dudado de sus intenciones. De lo que había dudado siempre era del precio.
—Pero a veces las personas necesitan más cosas que dinero.
Mi padre cerró los ojos brevemente y algo me dijo que aquellas palabras habían llegado exactamente donde debían.
Porque eran ciertas. Y porque los dos lo sabíamos. Mucho más de lo que estábamos dispuestos a reconocer.
Permanecimos en silencio varios segundos, observando el océano, sin mirarnos, sin saber qué decir. Y entonces ocurrió algo todavía más extraño. Mi padre suspiró.
—Tu madre me dijo que no viniera.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Dijo que necesitábamos tiempo.
Aquello sí consiguió sorprenderme.
—Y aun así has venido.
—Sí.
—No parece una gran decisión.
—Probablemente no.
Por un instante estuve a punto de sonreír, porque aquella era exactamente la clase de respuesta que jamás habría esperado escuchar de él.
Mi padre siempre tenía razón. Siempre tenía un plan. Siempre sabía qué hacer. O al menos eso aparentaba.
Aquella mañana parecía simplemente un hombre intentando arreglar algo que no sabía cómo arreglar. Y eso me resultaba extrañamente triste.
—No voy a obligarte a conocer a nadie.
Arqueé una ceja.
—¿No?
—No.
—Es un avance.
—Nathaniel.
—Lo siento.
Y era verdad, porque ya no tenía fuerzas para seguir discutiendo, ninguno de los dos las tenía.
Mi padre asintió lentamente, después miró el reloj y comprendí que iba a marcharse.
Algo dentro de mí sintió alivio. Otra parte sintió culpa, una culpa horrible, porque era mi padre. Y porque a pesar de todo le quería. Siempre le había querido.
Incluso cuando estaba enfadado con él. Incluso cuando no lo entendía. Incluso cuando me volvía completamente loco.
—Será mejor que me vaya.
Asentí.
—Sí.