Capítulo 4
Valentina
Charlotte todavía seguía riéndose cuando alguien volvió a llamar a la puerta.
—Adelante —dije.
La puerta se abrió lentamente y una sonrisa apareció automáticamente en mi rostro al ver a Eleanor Whitmore. Elegante como siempre e impecablemente vestida. Con aquella presencia cálida que conseguía que cualquier lugar pareciera más acogedor.
Antes siquiera de que pudiera levantarme de la silla, abrió los brazos.
—Ven aquí —dijo, y sonreí. Porque aquello tampoco había cambiado nunca.
Me levanté, crucé el despacho y Eleanor me abrazó con fuerza, como si realmente fuera una hija suya. Como si necesitara comprobar por sí misma que estaba bien.
Habíamos hablado por teléfono hacía nada, pero sabía que en cualquier momento podría aparecer, porque así era ella.
—Estás demasiado delgada —dijo, y chasqueó la lengua.
Charlotte soltó un suspiro exagerado.
—Mamá, la viste hace solo dos semanas.
—Y sigue demasiado delgada.
—También dijiste eso la última vez.
—Porque era verdad.
Me aparté riendo.
—Os prometo que como.
—Eso mismo dicen todas las personas que no comen suficiente.
—Mamá…
—Charlotte, cariño, tú tampoco comes bien.
—Oh —Charlotte se llevó la mano al pecho—. Eso es traición.
—No, cariño, es realismo.
Volví a reír. Aquellas dos eran imposibles. Y maravillosas.
Eleanor me tomó las manos entre las suyas y sus ojos se suavizaron.
—¿Cómo está Mateo?
Aquella pregunta siempre era la primera, siempre. Antes que el trabajo. Antes que cualquier otra cosa.
—Muy bien.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Ha terminado ya ese libro de coches que le regalé?
—Lo terminó en tres días.
Charlotte negó con la cabeza.
—Ese niño da miedo.
—Es inteligente.
—Es un genio.
—Es un niño.
—No —Charlotte señaló hacia mí—. Es una versión pequeña de Valentina.
—Eso sí da miedo.
Las tres estallamos en carcajadas, y durante unos segundos me limité a observarlas. La complicidad entre las tres era como la de una madre con sus dos hijas. La naturalidad, el cariño y la confianza que había entre nosotras, eran innegables.
Y sentí una vez más aquella gratitud inmensa que me acompañaba desde hacía años. Porque cuando mi madre murió, ellos aparecieron. No porque estuvieran obligados, ni porque les correspondiera. Sino porque querían hacerlo.
Richard se ocupó personalmente de ayudarme con todos los trámites. Eleanor pasó semanas enteras asegurándose de que Mateo y yo comiéramos adecuadamente. Y Charlotte prácticamente se mudó a nuestro apartamento durante meses.
Nunca me dejaron sola, ni un solo día, y jamás lo olvidaría.
Poco después ambas regresaron a sus ocupaciones, no sin antes hacerme prometer, otra vez, que Mateo y yo iríamos a comer el sábado, y cuando me quedé sola me sumergí en el trabajo.
Correos, llamadas, reuniones, organizar agendas, revisar y preparar documentación e informes.
Mi vida laboral era una sucesión interminable de tareas organizadas al milímetro, y sinceramente, me gustaba.
Me gustaba sentir que hacía bien mi trabajo. Me gustaba ser eficiente. Me gustaba ser útil.
Quizá porque durante años había aprendido que las cosas importantes no llegaban solas, había que esforzarse. Trabajar, luchar y seguir adelante.
Incluso cuando estabas cansada. Sobre todo, cuando estabas cansada.
Estaba revisando varios documentos cuando una sombra apareció junto a mi escritorio. Levanté la vista y me encontré con unos ojos verdes muy familiares.
Daniel Foster, director de ventas. Treinta y cinco años, demasiado atractivo para su propio bien y probablemente el hombre más paciente del planeta.
—Buenos días.
—Buenos días, Daniel.
—¿Tienes un minuto?
—Claro.
Se sentó frente a mí con aquella sonrisa fácil que parecía formar parte permanente de su rostro.
—Necesito que me salves.
—Eso suena preocupante.
—Lo es.
Levantó una carpeta.
—Tengo una reunión dentro de una hora.
—¿Y?
—No encuentro unos informes.
—¿Has mirado en tu despacho?
—Sí.
—¿En tu correo?
—Sí.
—¿En las carpetas compartidas?
—Sí.
—¿Debajo del montón de papeles que tienes siempre sobre la mesa?
Daniel permaneció callado. Yo arqueé una ceja y él suspiró.
—Eres cruel.
—¿Estaban allí?
—Sí.
—Lo imaginaba.
—Algún día dejarás de tener razón.
—Ese día será histórico.
Daniel sonrió. Aquella sonrisa que siempre conseguía suavizar cualquier conversación.
—¿Cómo está Mateo?
—Muy bien.
—¿Sigue convencido de que será campeón del mundo de Fórmula 1?
—Ahora quiere ser campeón del mundo y además diseñar coches.
—Es ambicioso.
—Mucho.
—Me cae bien.
—Porque se parece a ti.
—Eso es mentira.
—Los dos sois incapaces de estar quietos cinco minutos.
—Calumnia.
Reí suavemente. Daniel me observó durante un instante y vi algo familiar en sus ojos. Algo que llevaba años viendo. Algo que fingía no ver.
Porque era más fácil para ambos. Mucho más fácil.
Daniel era bueno, atento, divertido, leal, y sabía perfectamente que sentía algo por mí. Todo el mundo lo sabía.
Charlotte, Eleanor, Richard. Probablemente hasta el personal de limpieza. Todo el mundo menos Mateo. O eso creía yo.
Por suerte, Daniel decidió cambiar de tema.
—¿Tienes planes para el fin de semana?
—Comer en casa de los Whitmore.
—Eso suena mejor que mis planes.
—¿Cuáles son tus planes?
—Trabajar.
—Daniel...
—Lo sé.
—Necesitas una vida.
—Lo mismo podría decirte.
Y ahí me pilló. Porque tenía razón.
La jornada terminó varias horas después.
Conducir hasta el colegio era una de mis partes favoritas del día, porque significaba que iba a verlo. Y porque sabía exactamente lo que ocurriría en cuanto Mateo subiera al coche. Hablaría mucho, y tendría al menos diez historias diferentes que contarme.
No me equivoqué ni un poco.
—Tengo hambre —dijo nada más cerrar la puerta.
—Hola a ti también.
—Hola.
—¿Qué tal el día?
—Bien.
—¿Y el examen?
—Bien.
—¿Y los deberes?
—Bien.
Lo observé.
—¿Y qué significa exactamente bien?
Mateo sonrió.
—Que saqué un sobresaliente.
—Mateo.
—¿Sí?
—Eso no es simplemente bien.
—Es verdad.
—Eso es fantástico.
Su sonrisa se hizo enorme, y mi corazón también. Porque verle feliz era suficiente para mejorar cualquier día.
Esta era la parte buena de llevarle al colegio durante las mañanas en verano, que además de hacer actividades con las que se pudieran divertir, también había días que les ponían exámenes y deberes para repasar lo aprendido durante el curso y no llegar muy perdidos al siguiente.
Por la noche, después de haber pasado la tarde en el centro comercial, comprando algunas cosas y tomando nuestro helado favorito, cenamos juntos en el sofá ya que era nuestra noche de pizza y peli.
Y esta vez nos tocaba una de acción que Mateo insistió en que era una obra maestra. Yo seguía teniendo mis dudas.
A mitad de película apareció una persecución imposible. Después una explosión aún más imposible. Y finalmente un coche atravesó un edificio.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Claro que sí.
—Mateo.
—Es cine.
—La física está llorando.
—La física no existe en las películas.
—Eso explica muchas cosas.
Mateo soltó una carcajada y yo sonreí, porque aquellos momentos eran mis favoritos. Los más sencillos. Los más normales. Los que realmente importaban.
Cuando la película terminó y llegó la hora de dormir, lo acompañé hasta su habitación como había hecho miles de veces.
Lo arropé, le di un beso en la frente, y estaba a punto de apagar la luz cuando su voz me detuvo.
—Val.
Me giré.
—¿Sí?
Mateo jugueteó con una esquina de la sábana, pensativo.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Siempre.
Sus ojos marrones se encontraron con los míos.
—¿Algún día encontrarás a alguien que te quiera?
La pregunta me sorprendió, y mucho.
Durante unos segundos no supe qué responder, porque detrás de aquella inocencia había algo más. Preocupación por mí, otra vez.
Sonreí suavemente.
—Ya tengo a alguien que me quiere.
—No vale.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque hablo de alguien especial.
Mi corazón se encogió, porque aquel niño llevaba demasiado tiempo observando. Demasiado tiempo comprendiendo cosas que nadie le explicaba.
—No lo sé.
—Creo que te mereces a alguien.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
—¿Y cómo debería ser?
Mateo lo pensó durante dos segundos.
—Que te haga sonreír.
Aquella respuesta fue tan sencilla, y tan perfecta, que tuve que apartar la mirada un instante.
—Buenas noches, campeón.
—Buenas noches, Val.
Me quedé varios minutos apoyada contra la puerta de la habitación de Mateo después de apagar la luz, escuchando.
Era una costumbre que había adquirido cuando era pequeño. Cuando las pesadillas aparecían con frecuencia. Cuando despertaba llorando porque echaba de menos a nuestra madre. Cuando tenía miedo de quedarse solo. Cuando yo también tenía miedo.
A veces pensaba que habíamos crecido juntos, no como hermana y hermano, sino como dos personas intentando aprender a sobrevivir.
Mateo había perdido una madre y yo había perdido mucho más que eso. Había perdido a la única persona que siempre había estado conmigo. La única que jamás me había fallado. La única que había luchado contra el mundo entero para sacarme adelante.
Cuando comprobé que ya se había dormido, caminé despacio hasta el balcón. La noche era agradable, las luces de Los Ángeles brillaban a lo lejos, las macetas se mecían suavemente con la brisa, y por primera vez en todo el día me permití detenerme.
Había noches en las que el cansancio era tan grande que apenas podía pensar, y otras, como aquella, en las que los recuerdos aparecían solos.
Miré una de las fotografías colocadas junto a la puerta corredera. Mi madre estaba sonriendo, como siempre. Era imposible encontrar una fotografía en la que no estuviera sonriendo.
Tenía una sonrisa preciosa, de esas capaces de iluminar una habitación entera, y durante un instante me pareció escuchar su voz.
Aquella voz dulce, tranquila y cariñosa. La voz que había llenado mi infancia.
— Todo irá bien, mi niña.
Sentí un nudo en la garganta, porque seguía echándola muchísimo de menos. Porque había días buenos, días muy buenos incluso, pero nunca dejabas de echar de menos a las personas que amabas. Nunca.
Me senté en la pequeña silla del balcón y permití que los recuerdos aparecieran.
Recordé las noches en las que ella llegaba agotada del trabajo y aun así encontraba fuerzas para jugar conmigo. Recordé los cuentos, las canciones, las meriendas improvisadas, los abrazos.
Recordé el día en que me confesó que estaba embarazada de Mateo. La felicidad que brillaba en sus ojos.
Y también recordé a Daniel Meyers. El hombre que había llegado a nuestras vidas cuando yo tenía dieciséis años. El único hombre al que vi amar de verdad a mi madre.
Nunca olvidaré cómo la miraba, como si fuera la mujer más importante del mundo. Porque para él lo era.
Daniel había prometido darle todo lo que merecía. Una casa, una familia, una vida tranquila. Y estaba dispuesto a cumplirlo, pero el destino tenía otros planes.
Aquel viaje a Londres. Aquel avión. Aquel accidente. La llamada.
Todavía recordaba a mi madre llorando, abrazándome, intentando ser fuerte, intentando seguir adelante por mí.
Y después llegó Mateo, el regalo que Daniel jamás llegó a conocer. El pequeño milagro que ayudó a mi madre a sobrevivir a aquella pérdida.
Y años más tarde también me ayudó a mí. Porque no sabía qué habría sido de mí sin él. Probablemente me habría roto completamente, sin remedio, pero entonces apareció un niño de cinco años que necesitaba que fuera fuerte.
Y tuve que serlo.
Aunque no supiera cómo. Aunque me doliera respirar. Aunque cada mañana pareciera imposible. Lo hice por él.
Mis ojos volvieron a la fotografía de mi madre y sonreí. Una sonrisa casi imperceptible y melancólica.
— Lo estoy intentando —mi voz apenas fue un susurro—. Espero que estés orgullosa.
La brisa nocturna acarició mi rostro y durante unos segundos sentí paz. Era como si mi madre me hubiera acariciado de nuevo.
A veces sentía como si de algún modo ella siguiera allí. Observándonos, cuidándonos, acompañándonos.
Me quedé un rato más contemplando las estrellas, pensando en todo lo que habíamos superado. En todo lo que aún quedaba por delante. Y en lo afortunada que era.
Porque no tenía millones, no tenía mansiones, ni tenía una vida perfecta. Pero tenía un hogar.
Tenía una familia, tenía a Mateo y eso era suficiente. O al menos era lo que llevaba años repitiéndome.
Apagué las luces poco después y mientras me acomodaba en la cama, el sueño comenzó a vencerme lentamente.
Lo último que pensé antes de quedarme dormida fue en la comida del sábado en casa de los Whitmore. Y en la sonrisa que pondría Mateo cuando Eleanor sacara su famosa lasaña.
Después cerré los ojos, sin saber que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.